Eloísa y Napoleón, de Cristina Florido y Francisco Ruizge

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«He conocido a una mujer muy, muy alta. Y a un hombre muy, muy pequeño. Se querían como nadie que haya podido conocer nunca a pesar de la distancia que mediaba entre ellos.

Ochenta centímetros exactamente».

A Cristina Florido se le ocurrió separar a dos personas en lo físico al mismo tiempo que las acercaba en lo emocional y a Francisco Ruizge se le ocurrió dibujar su romance sobre escenarios desdibujados. De esos cariños nacía Eloísa y Napoleón.

Eloísa y Napoleón es en realidad un poema, de apariencia sencilla y sobre cosas que parecen sencillas, que se esconde bajo el aspecto ligero de un tebeo como ese hombrecillo que acecha entre las flores de un mercado a alguien cuyo campo visual escapa a su altura. Napoleón, diminuto, con unas piernas que parecen colgar de cualquier silla, tiene cada mañana una sonrisa perenne y un fabuloso virtuosismo para componer un zumo de frutas. Eloísa, luciendo un espigado ceño fruncido, ignora al mundo tras abandonar las sábanas hasta que da cuenta de la pócima que su compañero prepara. Llevan (quizá) solo cinco años juntos. Pero en algún momento dos personas tan dispares, el hombre niño minúsculo y la mujer difícil gigante, tuvieron que conocerse.

Cristina Florido se encarga de narrar ese encuentro que implica un tropezón desde las alturas y dedicación total a ras de suelo durante un paseo por el mercado de las flores. No investiga en los personajes antes o después de ese momento porque no es lo que quiere ni probablemente lo que necesita aquel que se aproxime a la obra, tampoco utiliza sus diferencias para remarcar que los polos opuestos antes o después tienden a chocar. En realidad, y de manera más sincera, cuenta la historia de cómo tropiezan un hombre que necesitar amar tras mucho tiempo mirando al suelo con una mujer impenetrable que huye aterrorizada del cariño. Su relato pasea por el mercado de las flores y tiene bicicletas de ruedas con tamaños divertidos, es ligero pues no recarga más que con los lirismos que cree oportunos. También comete un pecado, narrar un capítulo solamente con unas líneas de texto (el capítulo “tres”) cuando previamente nos ha acostumbrado a la disección de gestos de Ruizge y para compensar tiene un detalle delicioso, invitar en un capítulo diferente (“cinco (Eloísa)”) a contemplar los acontecimientos que están teniendo lugar desde otra perspectiva muy sorprendente, un punto de vista que se salta la norma del tebeo de utilizar únicamente a dos personajes (norma propia e imaginable, no escrita) para convidar a un tercero muy especial que forma parte de la historia en más de un sentido.

Francisco Ruizge, viene de conquistar Francia con aquel Robin de los bosques llamado Luxley de dibujo realista y detallado, en Eloísa y Napoleón debido a la naturaleza del propio relato cambia su estilo por completo, minimizándolo. Y si hay algo curioso, sobre todo para el lector con conocimiento de los antecedentes, y que requiere mucha más habilidad de la que puede parecer a primera vista, es un proceso de adaptación como el que ha sufrido el artista: dibujando menos, sustrayendo, definiendo a los personajes sobre el bullicio que les rodea, esbozando la línea de forma que esta no se coma a la historia y se convierta en un mecanismo de la misma, haciendo un uso nada tímido de la doble página cuando lo cree necesario y clasificando los pequeños gestos, las miradas y los detalles entre los límites de las viñetas. También da forma a una Eloísa alargada, de gesto severo y figura huraña y a un Napoleón de ojos pequeños en cuyo proceso de creación la inspiración decidió darle algún sorbo a la figura de Charlie Rivel y probablemente por eso mismo sea poco casual que el propio libro en su dedicatoria inicial incluya una mención al conocido payaso. Dicho Napoleón enamoradizo es aquel a quien principalmente persigue la narración y también el personaje que se gana con su mudo carisma (por físico bonachón y carácter afable) al lector.

Eloísa y Napoleón no es sesudo, ni obtuso, ni pretende reinventar el mundo del tebeo. Es delicado, honesto y resulta ligero como las hojas garabateadas que flotan en el aire en la portada de la edición española. Florido y Ruizge lo facturan con bastante cariño y especial personalidad, y eso es algo muy de agradecer.

Hombres pequeños y dedicados, mujeres ariscas y aterradas por la dulzura, una montaña de flores y algún corazón que se escapa. Si todo el libro y su conquista napoleónica fuese tan solo una excusa para justificar el desembocar la fábula en la hermosa imagen de la última página incluso podríamos permitírselo. Pero afortunadamente no es solo eso.

Eloísa y Napoleón
Cristina Florido y Francisco Ruizge
Dibbuks, 2012
108 págs. 19 x 22 cm
Cartoné al cromo, B/N
16 Euros

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