Maria Antonieta pasó su vida encerrada, de su dulce prisión de cristal a la amarga de barrotes, de la jaula de oro a la sala de espera de los condenados. En su célula en la Conciergerie de París contó sus últimos días antes de sucumbir a la fría guillotina. Allí no había doseles sobre la cama ni mobiliario versallesco. Solo un colchón, dos sillas y una mesa. Un séquito vigilaba día y noche a la monarca caprichosa y derrochona que pidió al pueblo que arruinó que, a falta de pan, saciara su hambre con brioche.
La versión cinematográfica que Sofia Coppola hizo de la historia de la reina concluye con la condenada subida a un carruaje, rumbo a la antesala mortuoria. Símbolo del terror durante la revolución francesa, el edificio de la Conciergerie está en uno de los cruces con más encanto de París, en la isla que divide la zona noble y la popular, norte y sur, izquierda y derecha, en una especie de limbo suspendido sobre el Sena.
Entre los siglos X y XIV, antes de convertirse en prisión de estado, fue la residencia de los reyes de Francia. La cárcel ocupaba la planta baja de este Mordor con sus tres torres: la del César, la de la Plata y la del Reloj. En esta última se instaló el primer reloj público de Francia. El acceso a la cárcel estaba situado al fondo de un estrecho pasaje por el que pasaban las carretas que conducían a los condenados.
Cuando llegaban, estos se registraban. En el cuarto de baño se les despojaba de todos sus objetos personales, se les cortaba el pelo y se les ataba las manos a la espalda. Era el ritual previo a la ejecución. Pocos escapaban al golpe certero de la navaja. En dos años 2700 personas pasaron sus últimas horas en la que fue cárcel durante todo el siglo XIX hasta que en 1914 fue clasificado monumento histórico.
Su interior alberga hoy exposiciones y se pueden visitar las celdas y hasta ver hojas de guillotina. Fuera el edificio preside un espectáculo de cielo anaranjado. Saca pecho, como si sus torres picudas quisieran tocar las nubes con sus dedos siniestros. Da miedo y atrae a la vez, con el agua del río bajo sus pies agitando el aroma de su pasado tenebroso. Cuando atardece el cielo camaleónico abre sus pupilas y hechiza al que en ese momento pasa por el puente. Las parejas aprovechan el momento mágico y lo atrapan para siempre en un clic, más atraídos por las luces del cielo que por la majestuosidad de la Conciergerie. La mayoría de los turistas quizá desconoce su historia y corretean a ver las vidrieras de la vecina Saint Chapelle, con mucha más presencia en las guías turísticas.
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Mis recuerdos de París han regresado gracias a este texto. Ese puente lo recuerdo bien, he pasado miles de veces por allí y me encanta recordarlo ahora, en la distancia. Gran texto y maravillosa foto.
Es una foto mágica…ya te dije. Y la historia, tan hermosa y sugerente…tan triste…
Ya!
¿Sabes? A mi siempre me pareció que la revelación de la foto de Doisneau los hizo aún más grandes, a fotógrafo y a fotografía:
tantos años interpretándola como ´instantánea` -´real` siempre lo fue- hicieron de Doisneau, para mi, aún más poderoso, como un pequeño dios que crea sus propias realidades y nos las muestra como un alquimista, como un mago maravilloso…´Voilà!, está es la verdad!`
Hacer pasar por fiel una fantasía, es algo que está al alcance de unos pocos genios…
…y poner un texto tan bonito a una foto propia, sólo al alcance de alguien con mucho talento :_)
Enhorabuena, Raquel!
Los pelos de punta Raquel. Qué sensibilidad. Gran foto y gran texto. ¡Eres muy grande, muy grande, amiga! Quiero más.
Me encanta :)