Se ha publicado estos días uno de esos relatos que definen una época. Algo así como un Oliver Twist, un J’accuse o una Hoguera de las Vanidades. Bueno, no sé si esas obras definen nada, pero es que es tarde cuando escribo este artículo y me acabo de leer ciento cuarenta hojas entre la declaración prestada por D. Ignacio Urdangarín Liebaert y la exposición razonada que el magistrado José Castro dirige al Tribunal Superior de Justicia de Valencia para plantearle la posibilidad de que Rita Barberá y Francisco Camps hayan cometido una simpática ristra de delitos. Lo que sí sé es que esos dos documentos son terriblemente demostrativos de una manera de hacer las cosas, de un tiempo en el que el dinero público no era de nadie y por eso terminaba en el bolsillo de “cualquiera” por razones extrañamente difíciles de explicar ahora por esos beneficiarios.
Si he leído estas piezas de literatura cómico-dramática ha sido porque había visto previamente, en un periódico, protestar a la señora Barberá por las calificaciones del juez, por el error de atribuir la mayoría de una fundación al Ayuntamiento de Valencia (cuando al parecer “solo” controla un 38%) y por tener que explicar con su agenda que ella no fue a cierta reunión en el palacio de la Zarzuela a la que también habrían asistido el señor Camps y los dueños de Noos, el señor Torres y el propio marido de la infanta.
Ya sé que son documentos muy largos y que resultan penosos de leer, pero voy a recomendarles que lo intenten, que hagan el esfuerzo de seguir la maraña de razonamientos del juez o, al menos, que se entretengan descubriendo que el señor Urdangarin es el dueño —él también— de una mente maravillosa.
No me gustan las resoluciones del magistrado Castro. Son a menudo confusas, usa un lenguaje enrevesado y además tiene afición a la ironía. Eso es algo que me molesta muchísimo en un juez. Los jueces no están para hacer chistes, por ingeniosos que parezcan, o para usar recursos literarios, da igual su fortuna. De nuevo, en la larga resolución, el magistrado se empeña en demostrar lo cachondo que es. Así, por ejemplo, ante un cambio de declaración de una informante (esto es coña, es que se trata de una de esas personas que hace informes de pega para “completar” el papeleo), el magistrado se dedica a preguntar si ha sido torturada por la policía; además usa la expresión “ya estaba cantada” para referirse a una de las contrataciones y habla de los “defectos de audición” de un vicepresidente de la Junta y de la consejera de cultura, ambos de la Comunidad Valenciana; por último, literalmente afirma de los amigos de Nóos que “… tampoco se cortan en presentar facturas como una por la intermediación en la contratación de una asistenta para la asistenta …”. Uno comprende que un juez pueda tener esa tentación, pero no les pagamos para eso. Les pagamos por su objetividad, por contar los hechos tras investigarlos, por valorarlos y por calificarlos jurídicamente, todo ello de la forma más aséptica posible. Por eso mismo sobran sus «interpretaciones» sobre el efecto psicológico que pueda haber tenido o no una visita a la Zarzuela.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.







Pingback: Tsevan Rabtan: El cortijo
«A donde no llegue la justicia, llegará el hombre», me gustaría pensar.
Ratas, no hombres, son ratas.
Que venga Espada y lo vea.
Ja ja ja ni así…
Buen resumen, Tsevan.
Saludos.
Rita siempre está diciendo que ella no ha decidido ni firmado nada. Cosa que no me extraña porque este tipo de cosas siempre se hacen de palabra: «dadle a ése». Incluso cuando firman la adjudicación lo hacen con un informe técnico del que no tienen por qué dudar.
Pese a todo a Jaume Matas no le sirvió para librarse. Desconozco los entresijos jurídicos.
Y con Rita y Camps? El juez Castro establece de alguna manera en su auto la vinculación entre la adjudicación irregular y el poder político de estos dos sospechosos?
Sí, es verdad, estás cansado.
Bravo, Tse.
Oiga, ya me estaba tardando. Llevo días esperando que pusiera en su justo valor la gilipollez esa del librito de visitas, y la otra, la de la agenda de la alcaldesa.
¡¡Ay, lo que fuimos y en lo que nos hemos quedao!!
Gran artículo. De la primera a la última letra.
Este «cortijo» es nuestro, aunque no lo creamos, de todas y cada una de las personas que amamos, vivimos, trabajamos, pagamos impuestos y luchamos cada día por nuestro (y el de todos) bienestar.
Y los de Zarzuela, sus palmeros y acólitos, si no erradican su comportamiento (la «Justicia» es demasiado lenta y las escasas «condenas» son más nuestras que de los bandidos), están pidiendo «a voces» un 21 de Enero de 1793.
¡GENIAL!