La verdad sobre el caso Harry Quebert

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portada-verdad-sobre-caso-harry-quebert_grandeLa verdad sobre el caso Harry Quebert
Joël Dicker
Alfaguara

1975. Estamos en el pequeño pueblo costero de Aurora, en la costa este de Estados Unidos. Todo es paz, tranquilidad y dulce hastío hasta que la noche del sábado 30 de agosto la anciana Deborah Cooper llama a la policía tras haber visto a un hombre perseguir a una joven ensangrentada. Unas horas después, la anciana es asesinada en su propia casa. La joven, Nola Kellergan, una risueña quinceañera, desaparece sin dejar rastro. El caso se archiva pronto dada la escasez de pruebas.

1998. El joven Marcus Goldman entra en la Universidad de Burrows, Massachussets. Allí conocerá al famoso novelista Harry Quebert, que pronto se convertirá en su maestro y amigo.

2006. Gracias a las lecciones magistrales de Harry en su casa de Aurora, Marcus publica su primera novela. Muy pronto es saludada por la crítica como una de las más influyentes del panorama norteamericano.

2008. Marcus, víctima del síndrome de la primera novela, se siente incapaz de abordar la escritura de un segundo libro a pesar de que por contrato debe entregarlo en unos meses. Desesperado, se pone en contacto con su mentor, que le invita a pasar unos días en Aurora. Una vez allí, Marcus descubrirá que Harry tuvo un romance con Nola, a pesar de que ella era menor. Unos días después, el cadáver de la joven es descubierto en el jardín del profesor. Harry es detenido inmediatamente. Ansioso por ayudar a su mentor, Marcus comienza a investigar por su cuenta, convencido de que no es culpable. Ante una historia semejante, el editor de Marcus pretende que su nueva novela sea una morbosa reconstrucción de los hechos.

Con estos cuatro planos temporales y simultáneos comienza La verdad sobre el caso Harry Quebert, la nueva novela del escritor suizo Joël Dicker que, como sucede con todo best seller que se precie de serlo, trae consigo una tremenda algarabía de halagos y críticas negativas.

Es cierto que la sinopsis planteada en los primeros cuatro párrafos no parece muy novedosa: a primera vista, podría pasar como el típico argumento de otra novela-negra-con-detective-aficionado-primerizo-pero-con-buena-intención-y-mejor-suerte. Otro tanto sucede con la caracterización de los principales personajes: nos encontramos, entre otros muchos, con el maduro novelista de éxito atormentado por un pasado del que no consigue escapar, la jovencita enamorada y dispuesta a cualquier cosa por amor, el hosco y respetado reverendo de pueblecito americano, la severa y rencorosa dueña del diner donde trabaja la dulce camarera de la que está enamorado en secreto el brusco pero sensible policía de la ciudad… Por no faltar, no falta ni el filantrópico millonario misterioso que, por supuesto, también esconde un secreto. Hay muy poco en este libro que no hayamos visto o leído en otros sitios, desde Ciudadano Kane a Twin Peaks.

Pero no se dejen engañar: nada es lo que parece en esta novela. Ni los personajes son planos ni la historia sencilla. Nos encontramos ante una novela policíaca en la que cada personaje, como no podía ser de otra forma, tendrá un punto de vista distinto sobre los hechos y conocerá detalles que nadie más puede conocer. Para contar lo que le sucedió a Nola, Dicker nos raciona la información milimétricamente. Sus continuos puntos de giro podrían parecer tramposos, pero en realidad son un sugerente juego con el lector, al que solo le queda rendirse ante el placer de encontrarse cara a cara con el arte de la carpintería literaria. No es necesario conocer los fundamentos de la teoría de la novela para darse cuenta de que aquí el contenido es tan adictivo como la forma.

Este es, sin duda, el gran punto fuerte del libro: el fascinante juego de espejos que se despliega ante nuestros ojos. Desconozco si el escritor suizo ha leído La verdad sobre el caso Savolta, novela con la que no solo comparte el paralelismo del título: en ambos libros la trama avanza a través de materiales de procedencia tan diversa como diversos narradores, notas y pruebas policiales, artículos periodísticos, hipótesis, narraciones indirectas de otros personajes, crónicas de sucesos…

Street-Scene-Gloucester-Edward-Hopper

En todo caso, el otro gran hallazgo de Dicker es, precisamente, la principal diferencia con la obra de Mendoza. Mientras que Savolta es una novela esencialmente política, el eje sobre el que gira Quebert es la literatura en todos sus aspectos: el miedo a la página en blanco, el proceso de escritura, el mundo editorial, la crítica textual y la recepción por parte del público. Como ya sucedía con la caracterización de los personajes, este componente metaliterario tampoco es una novedad: ya Cervantes se encargó de que don Quijote supiera que sus aventuras habían quedado plasmadas en negro sobre blanco. Pero el escritor suizo de nuevo da una sutil e ingeniosa vuelta de tuerca: La verdad sobre el caso Harry Quebert (es decir, la novela que el lector real tiene en sus manos) comienza con el éxito de público y crítica que ha logrado La verdad sobre el caso Harry Quebert (el libro que escribe el protagonista de la novela) una vez que Marcus Goldman, tras meses de investigación, ha conseguido desvelar la verdad sobre el caso Harry Quebert (o sea, las circunstancias que rodearon los trágicos hechos de aquella noche de 1975). Pero el doble viaje emprendido para conocer esos hechos (el del lector y el de Marcus) estará tan lleno de dobles y triples lecturas que ambos (lector y escritor) dudarán en todo momento de si existe una única verdad sobre el caso Harry Quebert; y, por tanto, si en algún momento podrá llegar a escribirse La verdad sobre el caso Harry Quebert, a pesar de que el lector real tiene en sus manos un libro llamado La verdad sobre el caso Harry Quebert que comienza diciendo que La verdad sobre el caso Harry Quebert ha sido un tremendo éxito.

A esto hay que sumar el profundo respeto que Goldman (autor del libro en la ficción, pero trasunto del propio Dicker) siente hacia el oficio del escritor, así como le repugna el mundo editorial concebido como un simple medio de ganar dinero. La figura del chulesco y pragmático editor Roy Barnaski aparece así como un contrapunto necesario al, digamos, misticismo que subyace en algunos momentos en los que se reflexiona sobre la concepción de la escritura. Sirvan como ejemplo estos dos fragmentos en los que no parece necesario aclarar a qué concepción sobre la literatura pertenece cada uno.

Si los escritores son seres tan frágiles, Marcus, es porque pueden conocer dos clases de dolor afectivo, es decir, el doble que los seres humanos normales: las penas de amor y las penas de libro. Escribir un libro es como amar a alguien: puede ser muy doloroso.

[Barnaski] Me miró con expresión de complicidad; un camarero trajo champán e insistió en abrir él mismo la botella. Firmé el contrato, hizo saltar el tapón, puso todo perdido de champán, llenó dos copas y entregó una a Douglas y otra a mí. Le pregunté
—¿No bebe usted?
Hizo una mueca de disgusto y se secó las manos en un cojín.
—No me gusta nada. El champán es solo por el espectáculo. El espectáculo, Goldman, es el noventa por ciento del interés que muestra la gente hacia el producto final.
Y se largó a llamar a la Warner Bros para hablar de los derechos cinematográficos.

Esta caracterización casi caricaturesca de Barnaski nos acerca a otro aspecto fundamental en la novela: la multiplicidad de códigos literarios. Si la estructura y la trama son poliédricas, otro tanto sucede con el género de la novela. No cabe duda de que nos encontramos ante un thriller policíaco con un crimen que debe ser resuelto, pero paralelamente nos encontramos con escenas completas escritas en un registro de comedia (las discusiones entre Tamara y su marido Bobbo o cada aparición de la madre de Marcus son realmente hilarantes), de folletín romántico (la relación tormentosa e imposible entre Nola y Harry) e incluso de drama sentimental (como es el caso del pasado de Luther Caleb). Como si de otra vuelta de tuerca se tratase, Dicker juega en todo momento a emplear ciertos códigos imprescindibles para el funcionamiento de la novela pero riéndose a la vez de ellos.

Esto es lo que sucede especialmente con la novela autobiográfica que convirtió a Harry en un autor célebre: Los orígenes del mal, cuyo manuscrito aparece junto al cadáver de Nola y de la cual se insertan algunos fragmentos en la trama de La verdad sobre el caso Harry Quebert (en este caso, tanto en la novela real como en la novela ficticia). A lo largo de toda la novela se nos cuenta cómo Los orígenes del mal es una de las obras más importantes de la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX, pero cada vez que leemos un fragmento solo nos encontramos con párrafos vacíos de contenido y llenos de lugares comunes.

Querido mío:
Sé que no me quiere. Pero yo le querré siempre.
Aquí tiene una foto de los pájaros que tan bien dibuja, y una foto nuestra para que no me olvide nunca.
Sé que no quiere verme más. Pero, al menos, escríbame. Solo una vez. Solo unas pocas palabras para tener un recuerdo suyo.
No le olvidaré nunca. Es la persona más extraordinaria que he conocido.
Le querré siempre.

Él respondió días más tarde, cuando encontró el valor para escribirle. Escribir no era nada. Escribirle era una epopeya.

Esta es una buena muestra del humor y el constante doble juego de la novela: da la sensación de que, como buen escritor europeo, Dicker admira y se ríe al mismo tiempo de los estadounidenses.

early-sunday-morning, de Edward Hopper

No parece que esto sea óbice para que algún día La verdad sobre el caso Harry Quebert pueda convertirse en una exitosa serie de HBO, Showtime o AMC: muchas de las acciones de los personajes traspasan el límite de lo moralmente aceptable, aunque el lector comprende que es lo mejor (o incluso lo único) que podía haber hecho un personaje así en una situación como esa. Esto sucede especialmente en el caso de Nola Kellergan, que entra de golpe en el ranking de los grandes personajes femeninos literarios del siglo XXI a pesar del sentimentalismo casi bobalicón que le guía en todo momento. Nola es dibujada como una antítesis de Lisbeth Salander (a quien ya encumbró en su momento Vargas Llosa): mientras que la protagonista de la saga Millenium es una joven fuerte y cruel que esconde un lado sensible y atormentado, Nola es una chica dulce y algo pacata que oculta una determinación oscura y obsesiva. Dos arquetipos que, otra vez más, no son nada originales; y, sin embargo, no podríamos comprender el inmenso éxito de ambas novelas sin la fuerza omnipresente de sus respectivas protagonistas.

Es pronto, por supuesto, para decir alegremente que nos encontramos ante una obra maestra. Pero, a diferencia de la gran mayoría de best sellers, se trata de una novela que el lector disfrutará más y más con cada relectura gracias a su compleja, fascinante e hipnótica estructura de planos y perspectivas. Esto es así porque, en el fondo, no nos encontramos ante un simple best seller. Lo es, por supuesto, porque 750.000 ejemplares vendidos en Francia no es algo que consiga cualquier aficionado por casualidad. Pero no cabe duda de que hay mucho trabajo, mucha sinceridad, mucha lectura y mucho estudio detrás de esta novela. Y es que, al igual que la historia está llena de múltiples perspectivas, el libro admite varias aproximaciones: aquel que busque una sencilla y entretenida lectura de verano quedará muy satisfecho, como también le sucederá al teórico que quiera documentarse para escribir una tesis doctoral acerca de, por ejemplo, la superposición de los planos temporales y narrativos como marco idóneo para la construcción de una novela.

Todo gran escritor (y Joël Dicker nos ha demostrado sobradamente que lo es) sabe que la buena literatura es una mezcla de verdad y mentira. De ficción y realidad. Es por eso que La verdad sobre el caso de Harry Quebert es un libro en el que todos los personajes mienten cuando dicen la verdad y viceversa. Esto es lo que hace que una vez que comenzamos La verdad sobre el caso Harry Quebert no queramos dejarlo hasta conocer la verdadera verdad sobre el caso Harry Quebert. Aunque todo sea ficción y manipulación de cada uno de los personajes y del propio Dicker, y nosotros tengamos claro que, como lectores, somos más felices cuando no exista una única verdad sobre el caso Harry Quebert.

rooms-for-tourists Edward Hopper

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