La frontera del tigre

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Foto: Deardelirious
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La frontera del tigre

Un tigre cruza libre los doscientos sesenta y seis kilómetros de biodiversidad que hay entre Colombia y Panamá. Es el único que se explaya sin miedos por la frontera, dejando en sus huellas el mensaje de que hay territorio por salvar.

La historia de dos cuerpos que aparecieron sin cabezas, devorados por el tigre, se esparce por el Darién entre dos mares. Las emisoras locales la difunden, los colonos e indígenas la repiten. Los pasos del animal y demás sonidos atrapados en las montañas, dialogan como prisioneros de la selva, escapan, viajan entre la niebla que se decanta en el aire húmedo tropical y se liberan en las costas del Pacífico y del Caribe en forma de relato.

Tres miembros de las comunidades afrodescendientes de los consejos comunitarios del departamento del Chocó y cuatro funcionarios de Parques Nacionales Naturales de Colombia viajan a reunirse con la población para escucharla; una periodista y un fotógrafo vamos a la caza de la historia de la frontera, no del tigre.

En Turbo, Antioquia, Marco Antonio Cuesta Mosquera nos pone al tanto. Es de los pocos en esta región que ha visto un tigre. Nació hace sesenta años en Pueblo Montaño, Carmen del Darién, Chocó.

Imama viene por lo suyo.

Piensa en voz alta el hombre de dientes escasos y piel oscura, quien ha vivido en Bijao, en la cuenca del río Cacarica. Colonizó y vendió sus tierras al Parque Nacional Los Katíos, de setenta y dos mil hectáreas, que limita con el Parque del Darién, en Panamá.

Fuimos aserradores, cultivamos arroz, maíz, vivíamos del pescado, pero nos tocó salir en 1997, cuando corrió bala en la región. Ahora estamos retornando.

Ese año las autodefensas quemaron treinta y ocho casas en la zona y la población se desplazó.

Para Marco, el Darién pertenece a las especies nativas, a los indígenas y a los negros que con arrojo consiguieron la tierra; por eso entiende que el tigre reclame lo suyo.

El Darién no es de nadie más, ni de los gringos que en 1975 nos contrataron para hacer huecos en la tierra y sacar minerales. Uno se mató tratando de cruzar las cascadas del salto del Tendal.

Las cascadas Kalu son el «lugar sagrado» para los indígenas Kuna que viven en Arquía, Unguía. Están en la cuenca hidrográfica que nace en las lomas de Sautatá y el alto de la Guillermina, en las estribaciones de la Serranía del Darién, y desemboca en el río Atrato.

Marco vive en la frontera explorada y explotada. Fue contrabandista. De Colombia llevaba cigarrillo, azúcar y panela de los rezagos del ingenio que había en la zona y de Panamá traía loza china.

El recorrido era difícil. Entonces había bestias que cazábamos. Ahora hay un tigre recorriendo lo suyo. Se comió a dos hombres y está hambriento —dice Marco.

En «panga» al Darién

Foto: María del Pilar Ruíz
Foto: María del Pilar Ruíz

Embarcamos en el puerto Wafe, de Turbo, a orillas del golfo de Urabá, de aguas lentas cargadas de sedimentos, taruyas, algas descoloridas y también basura.

La sentencia llega primero que el amanecer:

En la espesura de la selva hay belleza y peligro —dice Juan Carlos Delgado, ecólogo que trabaja en el parque Los Katíos.

Todos nos miramos las caras.

Santiago Felipe Duarte, jefe del parque, se concentra en la línea irregular en donde termina el Golfo y comienza el Darién:

Allá vamos.

Abordamos la «panga» o lancha. Por la frontera se mueven colonos, infantes de marina, grupos ilegales e indocumentados, últimamente asiáticos y africanos. Migración Colombiana, en Turbo, precisa que a julio de 2013 han sido deportados setenta y dos extranjeros.

Los chocoanos del grupo nos miran con desconfianza. Las historias del cronista Germán Castro Caicedo revelan por qué son así tras la barbarie de los conquistadores españoles hace más de quinientos años y la violencia guerrillera y paramilitar de estos tiempos.

La «panga» se adentra en el horizonte de aguas verdosas y cafés hasta entrar por el brazo Coquitos, del río Atrato. Atrás quedó Turbo, el pueblo «chilapo», una mezcla de negros, mestizos e indígenas; y el ruido ensordecedor de los batanes que anuncian la rumba en la playa, la venta en los almacenes y los tiquetes para viajar a pueblos del Chocó y del Caribe colombiano.

El tiempo avanza indeciblemente lento al pasar de Antioquia a Chocó. En Bocas del Atrato nos recibe el sonido de los manducos que las mujeres usan para golpear la ropa y el de los trastos cayendo en las poncheras de peltre que se reflejan en el agua.

Llegamos a Tumaradó, pueblo de casas palafíticas cuyo nombre rinde tributo al río, que en lengua embera katío es do. Varios pueblos adoptaron esa terminación: Baudó, Apartadó, Chigorodó, dada la influencia de la etnia, que tiene sus resguardos en Perancho y Peranchito, a orillas del río Cacarica.

El piloto de la «panga» reporta el recorrido a cuatro infantes de marina que llegan en una lancha rápida y controlan el tránsito por el río. Al despedirnos de los pobladores escuchamos el sollozo de algunas niñas, que se quejan del trabajo manual que hacen sus madres, entretejiéndoles trencitas que terminan en coloridas chaquiras.

Arribamos a Puente América, antes Travesía. Le cambiaron el nombre debido al proyecto concebido en el gobierno de Álvaro Uribe, de construir la Transversal de las Américas. La vía de ciento cuarenta y ocho kilómetros conectaría Turbo-El Tigre-Lomas Aisladas-el Cacarica y Palo de Letras (hito número once, de catorce que tiene la frontera) y atravesaría el Darién; por eso la autoridad ambiental negó el permiso. El presidente de Panamá, Ricardo Martinelli, le dijo a su entonces homólogo Uribe Vélez que no aprobaba la Carretera Panamericana porque temía la penetración del conflicto colombiano a su país.

Al desembarcar las mujeres nos ofrecen pescado frito y tajadas de plátano. Los niños sonríen. Karen, de seis años, empuja a un chico más grande que ella para captar la atención del fotógrafo. El niño llama a tres amigos, se desnudan y saltan al Atrato. Las brazadas los alejan de la ribera, se suben a un tronco que viene aguas abajo y posan para la gráfica. Son parte de la cultura anfibia que primero chapotea y después camina.

En el pueblo de treinta y siete casas vive Pacho Pote. Su nombre es Francisco Romaña Perea y exhibe sus ochentaiún años con garbo. Ha vivido en el Darién desde niño. Allí se casó, tuvo hijos y todos se fueron.

Así es la ley de la vida y de la selva —ríe.

Enviudó y se buscó una segunda compañera, María Vicenta Moreno, veinte años menor que él. La señala desde la puerta azul cielo de su casa de patas largas. Ella está concentrada en el ritual doméstico a orillas del río.

Pacho Pote es un aventurero indómito. Atravesó la selva para ir a Panamá muchas veces.

Había que hacerlo por tradición. Colono que se respete ha cruzado. ¡Eso da carácter! La travesía siempre fue legal —aclara Pacho para que no queden dudas.

De Puente América a El Limón, una hora en «panga»; de ahí a Peranchito. Caminando, con buena suerte, en unasdoce horas llegábamos al río Tuira; a Bocacupe. Así atravesamos eso que llaman El Tapón del Darién, hasta llegar a Payita, Panamá.

Conserva un documento de ciudadanía panameña que le facilitó la vida como comerciante. De Colombia llevaba peinillas, pomadita para el cabello; de Panamá traía sombrillas y cigarrillos. Era la ruta del contrabando. Otros, más avezados, llevan y traen otras cosas.

En las paredes de su casa están los rastros de sus aventuras: un billete panameño y una banderita descolorida. En el enfriador que funciona cuando una planta comunitaria de energía se enciende, tiene refrescos colombianos y bebidas extranjeras que vende a quienes hacen tránsito en Puente América.

Ofrece té de limón en lata. De repente suena un vallenato de la nueva ola:

Prefiero la chirimía —se refiere a la música de viento típica del Chocó, en la que se destaca el sonido de la flauta de carrizo o de cobre.

La chirimía enamora a las mujeres —dice al ver pasar a su esposa mojada desde el cuello hasta los pies.

Y esa música hasta calma los animales. Con la chirimía unos cazadores, antes del desplazamiento de 1997, atraparon a un tigre.

Recuerda el 97 como el año de la fractura con la vida, porque hubo varias masacres.

Pacho Pote sugiere que se organice una expedición para cazar al tigre del reporte radial, pero con música de chirimía.

Su mujer lo interrumpe:

Es cierto eso de la música y quizá pueda calmar al tigre, pero por esas montañas hay cosas más peligrosas.

Los ojos brillantes de María Victoria han visto lo posible e imposible en esta gran frontera verde y azul.

Foto: María del Pilar Ruíz
Foto: María del Pilar Ruíz

De Sautatá al límite

Cae el sol y el conductor de la «panga» hace el primer llamado para salir a Sautatá. No es seguro dormir en Puente América. Los últimos refrescos los compramos en otra casa en donde sobre la cama hay un par de revólveres. No hay que tentar a la suerte.

Vamos a un campamento del Parque Katíos, en lo que era una antigua hacienda comprada por el Estado en los años 70. La embarcación entra por un canal que se desprende del Atrato, bordeado por arracachos, una planta ribereña, mediana en tamaño y muy fuerte. Sus hojas en forma de corazón sirven para la fabricación del papel moneda. En el pasado los habitantes se opusieron a un proyecto industrial, porque los arracachos, como los mangles, son la sala-cuna de especies que le dan equilibrio biológico al sistema.

El próximo trayecto es a pie, atravesando un sitio al que bautizamos «puerto mosquito». Nos defendemos con ramas. Levantamos la mirada al cielo: dos guacamayas verde limón y varias golondrinas bobas lo atraviesan. Al bajar la vista divisamos las cabañas de Sautatá, que en kuna significa «metal que brilla».

Cuelguen bien sus toldillos, asegúrense de revisar detrás de la puerta, las esquinas, la cortina de baño y mover la papelera. A veces hay huéspedes —advierte Juan Carlos, el ecólogo de Parques. No tardamos en descubrir arañas grandes, ranitas que podrían ser venenosas. No hay que quedarse a averiguarlo.

La noche es cerrada, no hay un solo lucero. Se escucha una sinfonía de animales. La oscuridad nos cubre y los mosquitos obligan a suspender la conversación, o es el miedo a ser sorprendidos por el tigre. Los sapos alternan como en una orquesta y suben los decibeles.

En la madrugada el sol se pelea con la bruma por asomar un rayo entre el espeso bosque de árboles cativos, de unos quince metros de altura. Un mono capuchino marca el territorio entre ramas, su sonido pone en evidencia a quienes salimos a explorar la frontera. Los pájaros irrumpen como en sonata y en los intermedios, el gotear de las hojas le da vida a la vida misma que se concentra en el Darién.

Una guagua o roedor de gran tamaño pasa rauda entre los matorrales que esconden insectos de colores. Su velocidad se escucha. Un rayo cruza el cielo y descarga un trueno seco que pareciera tragárselo el imponente río Atrato en la parte baja de la montaña, como no permitiéndole al sonido salir de la jurisdicción del Parque.

Asoma la lluvia pertinaz.

En la selva, en verano, llueve todos los días y en invierno, todo el día.

La frase sale tímida de la voz de Arnobio Chocho, indígena Wounaan, trabajador del Parque. Su comunidad Juin Phubuur está dentro del área protegida, en Cristales, en la cuenca media del río Cacarica, muy cerca de la línea fronteriza, al sur.

Wounaan significa «agua propia» —explica.

Su comunidad ha resistido defendiendo la tierra y el agua, que son la vida.

Subimos por lomas resbalosas, vestidas de pangana, una planta verde esmeralda, parecida al helecho. Se siente el resquebrajar de los palitos al son de las pisadas. La tierra pareciera que muda de color. En la mañana es amarilla y en la tarde rojiza, desgarrada por hilos de agua cristalina.

La frontera se desparrama haciendo imperceptible la línea. Es espacio ocupado por las especies y habitado por la memoria de los pueblos. Es un escenario silvestre, en el que la amalgama cultural impresiona los sentidos.

La respiración jadeante de todos se mezcla con los sonidos de la selva y se torna nerviosa cuando alguien repite el cuento del tigre que se ha comido a dos. Arnobio dice que el animal rodea a los cazadores hasta hacerlos huir.

El paisaje amansa el temor. El Darién, el gran territorio compartido entre dos países, seiscientas treinta mil hectáreas en total, es patrimonio de la humanidad. Los negros, colonos e indígenas de la zona se resguardan con el manto de la vegetación, conviven con la naturaleza, recorren los intrincados caminos. Son testigos del ir y venir de unos y otros que uniformados o de civil cruzan la línea. A los lugareños no les produce temor el tigre, hay otros peligros.

El cuento llega al mar

El oleaje se escucha a lo lejos. Vamos camino a Sapzurro y La Miel, el último enclave caribeño en el que se conectan Colombia y Panamá.

Son dos horas y treinta minutos desde Turbo, en una lancha con treinta y cinco colonos y turistas europeos que se maravillan con el cuadro natural. Un húngaro abraza a su novia colombiana, mientras que un británico fornido salta cada vez que una ola embiste la «panga». Sus caras extasiadas contrastan con las de incertidumbre que dejamos en el Parque.

Para ir a Sapzurro hay que llegar primero a Capurganá, en el municipio de Acandí. El piloto se toma su tiempo comprándole calamar a los barcos pesqueros anclados en alta mar. Miramos con respeto el interminable trayecto de olas de tinta azul que golpean fuerte contra las montañas verdes, formando una franja de espuma blanca.

En el puerto los nativos ofrecen restaurantes y habitaciones, y los policías demandan pasaportes a los extranjeros y respuestas a los nacionales. Hay que hacer trasbordo a una embarcación más pequeña. Bordeamos la costa haciéndole el quite a corales y rocas. El paisaje es solemne: árboles milenarios están arraigados a la mera roca. La lancha colorida juguetea con el agua cristalina de una pequeña bahía que da la bienvenida a Sapzurro.

Una mujer con la cabeza rapada terminada en una trenza, saluda a los turistas. Miriam Montoya, antioqueña, vende artesanías y vive sola en el pueblo, a donde dice que fue a morir. Sus hijos están en Estados Unidos. El húngaro y su novia se despiden, van a las cabañas coloridas a orillas de la playa de arena blanca, donde el chileno.

Foto: María del Pilar Ruíz.
Foto: María del Pilar Ruíz.

En este rincón de tierra colombiana conviven el de aquí con el de afuera. Eliseo Zúñiga Berrío, un afrodescendiente de ochentaiún años y Luis Alberto Fontecilla, un chileno de setenta y tres, son los ejemplos. El primero habla de la pesca a mar abierto; el extranjero del amor a primera vista que nació cuando conoció Sapzurro en 1989:

No pude evitar quedarme aquí.

«Chile», como llaman a Luis Alberto, comparte con un alemán, un francés y un español la bahía, la playa, y el deseo de no salir nunca de allí. No importa que el servicio de energía sea deficiente, que no tengan un médico permanente y que los políticos solo se acuerden del pueblo en elecciones.

Con camaradería se relacionan colombianos y extranjeros de Sapzurro con sus hermanos de La Miel (Panamá), un pueblo detrás de la montaña al que se llega recorriendo un camino demarcado, de trescientos cuarenta y cinco escalones de cemento, entre subida y bajada. En la cumbre hay que detenerse, tomar un segundo aire, mirar a Sapzurro de un lado y La Miel del otro, ambos frente al mar y a orillas de la montaña. El mismo Caribe, el mismo Darién, la frontera extendida.

Narciso Degaiza, el guardia panameño pide la cédula para anotar la visita. A pocos metros, del otro lado de la línea fronteriza lo observa Giovanni Rodríguez, un soldado profesional colombiano que hace lo mismo con quienes entran a territorio tricolor. El primero es parco, el segundo sonríe. El panameño es de origen embera, el colombiano mestizo. Narciso está resguardado en una caseta de cemento, Giovanni en una trinchera de sacos verdes.

En La Miel, el comerciante José Lucio Torres confirma la hermandad entre los pueblos.

Tengo dos hermanos viviendo del lado colombiano.

En Sapzurro, Eliseo Zúñiga cuenta que tiene familia residiendo en Puerto Obaldía, departamento del cual hace parte La Miel. Se reúnen en octubre, en Capurganá, durante el Festival de la Cigua, un caracol con el que se prepara un apetitoso plato.

Las pisadas cansadas de los turistas se escuchan sobre la escalera fronteriza construida en la montaña verde musgo. No perturban el silencio que caracteriza a los indígenas Kuna Tule, que andan por estos parajes.

Son habitantes perpetuos de tierras conquistadas. Unos se refugiaron en pequeñas comunidades en Arquía (Chocó-Colombia), en el resguardo indígena Kuna Makilakuntiwala; la mayoría se fue al archipiélago de San Blas o Gunayala, en Panamá. Historiadores relatan que los Kuna migraron desde los bosques del Darién oriental húmedo y el norte antioqueño de Colombia hacia territorio panameño, debido al maltrato de los conquistadores españoles, quienes utilizaron a los Katíos para enfrentarlos y desterrarlos.

Entre Sapzurro y La Miel hay un comercio fluido de artesanías que los indígenas Kuna venden. Descargan las telas decoradas a mano llamadas molas, en las que se lee la visión cosmogónica de su pueblo. Las mujeres se visten con esta tradición elaborada y conservada por ellas, y con las molas se hunden en la tierra cuando llega la muerte.

Aleiti cuenta que los hombres, la selva, el mar y los animales están juntos en los caminos que ellas bordan en sus molas.

El camino amarillo es el de la tierra en la que vivimos y moriremos todos, en la que está el tigre que ahora la reclama. Hay que invitarlo y no temerle  —relata la indígena confirmando que hasta allá llegó la historia.

Así como el tigre se resiste a marcharse, ellos, naturales del Darién, se opusieron a la ocupación de España, pero sucumbieron a la colonización criolla, por lo que se fueron a otro espacio de la frontera. Repelen los conflictos, los evitan con el silencio prudente.

Pero conservamos los lazos con nuestros hermanos en tierra firme —dice Aleiti, refiriéndose a Sapzurro, que en su lengua significa «bahía profunda».

Su voz tiene brillo y color, como sus tejidos, por eso relata con fuerza el cuento que traspasó la frontera: el del tigre del Darién que recorre un territorio inexpugnable custodiado por dos mares.

Este reportaje es uno de los trabajos surgidos de un taller de periodismo realizado en Bogotá entre junio y agosto de 2013, con las fronteras colombianas como tema, bajo el patrocinio del Ministerio de Cultura de Colombia, el Fondo Mixto de Cultura de Nariño y la asociación de editores Andiarios.

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3 comentarios

  1. Fulgencio Barrado

    Me ha extrañado leer sobre el tigre en Colombia. Supongo que será que llaman así al jaguar.
    Lo que siempre me resulta llamativo de Colombia son los nombres…, de las personas, las regiones…, las ciudades…, la música…; Barranquilla, Ibagué, Bucaramanga…, Valle del Cauca, Antioquía, Cundinamarca, Risaralda…, Marco Antonio Cuesta Mosquera, Santiago Felipe Duarte, Germán Castro Caicedo, Pacho Pote, María Vicenta Moreno…, chirimía, bachata, vallenato…
    Tienen un don especial para bautizar. Gran parte del embrujo de Cien Años de Soledad reside en eso, para mi gusto. Si vuelvo a nacer que me bauticen en Bogotá, Medellín, Cartagena de Indias…

  2. Roberto

    Claro, se refieren a ese tigre.

    Me parece que los kunas son los creadores del nombre Abya Yala (América), que diversas organizaciones han adoptado en todo el continente.

  3. David Nazar Coutiño

    Me parece fascinante la visión que plasma de ese maravilloso lugar, antes no tenía otra idea al respecto de él que como una zona fronteriza selvática y de malas comunicación, pero ahora he quedado enamorado de la riqueza cultural y natural que relata, espero tener alguna vez la oportunidad de visitar tan bello lugar.
    Por cierto sobre lo del «tigre» también aquí en Chiapas se le suele (o solía) llamar así al jaguar.

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