Ana Curra: «Hubo dos Movidas, la light que se ha vendido, y la de los perdedores y transgresores»

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Antes de la llegada de Internet, antes de saberlo todo con un par de clics, a las generaciones que no vivimos los años ochenta, Ana Curra (El Escorial, 1958) nos entraba por los ojos. Cuando rebuscando en las tiendas de elepés de segunda mano dabas con la portada del Grandes Éxitos de Pegamoides, la veías con su peluca rubia en alguna copia de El acto de Parálisis Permanente expuesta en algún escaparate a precios estratosféricos. También aparecía en las míticas fotografías de Alberto García-Alix que retrataron aquella época salvaje. Llegaron a llamarla «la Viuda de Madrid» cuando falleció su novio, Eduardo Benavente, líder de Parálisis Permanente y un genio en gestación. Desde aquel momento, considera que lo mejor de esos años fue devorado por los habituales tiburones y arribistas. Ahora no quiere protagonismos, ni siquiera pelear por lo que considera suyo. Pero nosotros sí queremos comentar la trayectoria de una artista que, entre muchos proyectos, participó en la puesta en marcha de uno de los primeros sellos independientes de este país.

¿Has leído los libros de Grace Morales y Patricia Godes sobre Mecano y los Pegamoides, que tienen esa visión tan crítica y tan escéptica, y por eso son tan interesantes, sobre los ochenta?

Patricia es muy polemista, siempre ha sido un poco radical y muy peculiar. Me cae muy bien y me divierte mucho, pero reconozco que te puede tocar las narices. Patricia y Grace son muy inteligentes y críticas con el mundo. Con sus historias cada una de ellas, sus manías, sus complejos y sus limitaciones, pero creo que la mujer madura a pasos agigantados frente al hombre y ahí tienes la prueba.

Naciste en El Escorial. ¿Cómo te convertiste en moderna, cómo llegaste a esos círculos de lo que luego se llamó la Movida?

El Escorial es un lugar esotérico donde los haya. El granito tiene unas vibraciones un tanto chungas, imprime carácter. Este lugar fue elegido por Felipe II porque había un cúmulo de energías muy especiales y de ahí me viene un poco mi lado oscuro, siniestro o esotérico. Esa parte de brujita que tengo. Pero también fue el resquicio de los franquistas, allí vivían. Yo rápidamente me distinguí y me empecé a encontrar incómoda en el pueblo. Así que me fui a Madrid a los diecisiete años y me encontré con la gente en el Rastro y los colegios mayores. Ahí empecé a relacionarme con grupos.

De niña escuchaba música clásica, mi madre había estudiado piano. A la vez que empecé a ir al colegio, me proporcionó clases de piano. Aprendí a hablar y a estudiar música a la vez. Cuando fui a Madrid a un colegio mayor, ya tenía prácticamente siete cursos de piano en el conservatorio. Y a través de mis hermanos me introduje en la música pop. Uno de ellos, recientemente fallecido, no paraba de pinchar en casa a Bob Dylan. Era como un predicador permanente, mi hermano lo ponía por la mañana, por la tarde y por la noche. Y el otro hermano que tengo ponía la Velvet Underground y mucha música de los años cincuenta. Lo cogí todo con mucha euforia, rápidamente me di cuenta de que la música era mi lenguaje natural.

¿Y los primeros conciertos que te marcaron?

El primer concierto al que me llevaron fue al grupo de Wilco Johnson, Dr. Feelgood, precursores del punk. Luego fui a Iggy Pop, que no tocó porque la gente empezó a escupirle y a insultarle. Lo que más recuerdo es que había poquísima gente. Era Iggy en su época de todo de cuero negro y de rubio platino, todo enmonado de anfetas. Le veías hecho polvo, luego todo eufórico, veías todos los estados que tenía. Igual que Johnny Thunders, que en su actuación todo dependía de que tuviera caballo o estuviera de mono, si había conseguido pillar o no.

Los conciertos en esos años eran un caos. No había ninguna profesionalidad, no sonaban, la gente se colaba en masa. Aunque todo era muy divertido, pocos conciertos veíamos decentemente en aquella época. Nada llegaba a funcionar en el escenario. El nuestro era un país que no tenía ninguna tradición en organizar música en directo. Aquí no teníamos nada. Ahorrábamos todo lo que podíamos para poder irnos a Londres que era lo más barato que teníamos al alcance para poder alimentarnos musicalmente.

Pero el punk y la nueva ola llegaron a España bastante a tiempo.

Es relativo. Lo asumimos por necesidades vitales que teníamos. No éramos conscientes de la situación política, social e histórica que vivíamos. Se absorbió inmediatamente por necesidad vital. El momento que se vivía en España era tan triste, tan gris, tan rancio… De pronto murió Franco, se produjo ese lapso de la Transición, en el que todo estuvo permitido de alguna manera durante unos años, y la gente que estábamos hartos de ver a nuestros hermanos con pantalones de pana, cansados de la España en blanco y negro, y queríamos otra cosa, nos agarramos a esto. Pero todo a un nivel muy ínfimo y muy pequeño. Hubo punk en barrios, pero no fue un fenómeno a gran escala.

De todas formas, gracias al punk nos hemos unido mucha gente de distintas clases, unos que estaban trabajando, otros eran estudiantes, unos venían de familias de clase trabajadora, otros de gente adinerada. Pero todos teníamos en común la parte lúdica del punk. El «hazlo tú mismo», el no estar dispuesto a vivir lo que habían vivido tus hermanos mayores, el decir: vamos a comernos el mundo a nuestra manera, sin saber, ya lo aprenderemos sobre la marcha.

Yo me iba con la gente de Los Escaparates, de donde salieron Eduardo Benavente, El Ángel y César Scappa, que les invitamos a compartir local con los Pegamoides porque nos fascinaba su lenguaje, su argot y su actitud. Nosotros a cambio de esa cultura de calle les proporcionábamos lo que habíamos visto en Londres. Aunque, bueno, César Scappa estaba entre dos mundos porque ya había ido a Nueva York en la época del CBGB’s, vio salir de ahí a los Ramones, a Television, a Patti Smith… y traía esa información, algo que entonces valía mucho porque no había Internet. Pero esencialmente ellos traían la rebeldía, la veracidad de la gente de barrio, y tú les aportabas la información. Yo siempre me he sentido muy cómoda en ambos sitios. Mis padres fueron grandes trabajadores, pero siempre he estado bien con gente como los Canut, que eran clase acomodada, y Eduardo, que era trabajadora.

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¿Cómo recuerdas el Rastro, donde se conocía todo el mundo?

Era un sitio de trueque, auténtico. Íbamos los domingos por la mañana a La Bobia, un lugar que era emblemático. Allí muchos llegábamos de toda la noche sin dormir y otros iban a tomar el aperitivo por la mañana. Eso estaba lleno de camellos, borrachos, punks, rockers, había peleas, navajazos, pero a la vez se intercambiaba todo tipo de información… ahí pasaba de todo. El Rastro era de ir a lucir domingo, todo el mundo se ponía a ver quién daba más, a presumir de modelo. Y como barrio castizo que siempre ha sido, también era un lugar de mucho canalleo. Nada que ver con lo que es ahora, con tanta tasa e impuestos, que parece que todos los puestos venden lo mismo. Antes el trasiego de cosas era muchísimo más interesante. Podía vender cualquiera, te dabas una vuelta y solías encontrar algo que no era estándar. Siempre se ponía alguna viejecita que se le había muerto un familiar que tenía un caserón, ponía ahí todo lo que tenía y te lo llevabas. En plan un sillón de época, objetos sorprendentes… No había controles y era absolutamente enriquecedor.

Tú al principio ibas con un look años cincuenta.

Era el primer referente de moda que me moló. La moda años cincuenta siempre ha sido preciosa. Era también la moda que vivió mi madre, de los cincuenta lindando con los sesenta. Me fascinaban los vestidos que tenía, los tacones de punta de aguja. De hecho, varios modelos que tenía los heredé de mi madre. Y el primer traje de cuero que tuve, con falda estrecha ajustada a la rodilla, también era de mi madre. Todo eso me marcó a la hora de vestir.

Y yo me hacía la ropa que llevaba. Me acuerdo de que me iba con Olvido a Almacenes Arias y al Sepu, comprábamos cualquier camiseta o vestido horrible del que nos gustara la tela y lo convertíamos en otra cosa completamente diferente. Hasta todo el rollo de sadomaso que llevé después en Parálisis Permanente me lo hice yo. También tenía instalada una especie de peluquería en casa y le cortaba el pelo a todos cada quince días. Le hacía los crepados a Olvido y a Toti, le cortaba el pelo a Eduardo. Otros como Nacho y Carlos no se ponían en mis manos, eran más así y se iban al peluquero [risas], pero todos los demás no. Y sigo siendo yo mi peluquera, y con la ropa, igual. Todo con esa filosofía del «hazlo tú mismo».

En lafonoteca cuentan que en esa primera etapa Paraíso te dedicó la canción «No quiero mirar (otra vez atrás)» a modo de burla.

No tengo ni idea. Lo dudo ¿De burla? Juan Luis Paraíso me adoraba. Pero ni sé ahora mismo qué canción es.

Otro lugar emblemático fue el Penta.

Era el único sitio en Madrid al que podías ir a escuchar música que no se podía escuchar aquí. Traían discos que importaban de Londres y yo iba todos los días por la tarde a modo de segunda clase. Escuchaba en Onda Dos a Rafael Abitbol y a Mario Armero y después me iba al Pentagrama a escuchar canciones que no podías escuchar en otro sitio. Éramos siempre unos veinte o cuarenta que luego éramos los que también íbamos a los conciertos. Después ya vinieron el Marquee y el Rock-ola, donde ya por fin tuvimos una sala de conciertos con dos grandes programadores, Lorenzo y Pepo, que trajeron cosas increíbles para el momento. Ahí sí que logramos ver a grupos contemporáneos que acababan de salir, fue donde se empezó a profesionalizar el tema de los conciertos. Además, por ahí pasamos todos los grupos españoles.

El Rock-Ola para mí era lo más, estaba deseando que llegase el jueves para ir al concierto. Los que íbamos éramos lo mejor de cada casa, lo mejorcito. La gente se maqueaba para ir a relacionarse, pero en plan bien, no de pintoneo tonto, sino vivir el momento. Era la adolescencia, despertabas a muchas cosas descubriendo grupos, letras que no son las que te ponen los 40. Fue como un santuario de iniciación, una corriente de información muy intensa, de sexo, de literatura, de todo. Eran nuestros sitios, el Penta, Bobia y Rock-Ola, pero es que no había más. Después ya vino el Carolina…

También había peleas en la puerta de Rock-Ola. De hecho, se cerró por una puñalada mortal. Es lo único que recuerdo chungo. Lo demás era mucha droga, mucha música, mucha vida. Todo muy divertido, todos los días había una aventura. Y también era un sitio muy cercano, cuando vino Iggy tuvimos la oportunidad de abrazarle, de estar con él.

Entraste en Pegamoides porque dabas la imagen, se fijaron en ti sin saber si tocabas algo.

Como he dicho, mis hermanos me introdujeron en el mundo de la música de la calle. Yo les seguía siempre, y en una de estas fuimos al Sol, estábamos en un concierto de los Zombies, Carlos Berlanga me miró y me dijo «¿Tú no tocarás algún instrumento?». Le contesté que el piano y directamente me preguntó si quería tocar con ellos. Como yo ya tenía localizados a Kaka de Luxe, les dije que vale. También me lo habían pedido Los Secretos, pero yo tenía claro que prefería algo tipo Kaka de Luxe.

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Fuisteis de las primeras chicas que hacían algo hasta entonces reservado a los hombres.

Íbamos a los pueblos de España y nos llamaban brujas, putas y zorras. En algún sitio concreto tuvo que venir la Guardia Civil porque estuvieron a punto de tirar los camerinos porque nos querían violar. Puedo decir que he vivido la España profunda y había pueblos que… Recuerdo en Navarra, sitios donde celebran las fiestas con peñas, montaban el escenario en el medio de la plaza, en el centro, y se ponían las peñas a tirarse cosas entre ellos, pero todo nos caía a nosotros. Nos mirábamos y decíamos ¡pero qué hacemos aquí!

No obstante, yo, como mujer, me divertía mucho. Era muy joven, estaba descubriendo el mundo y me provocaba mucha diversión ir por la calle viendo cómo te miraban, no sabías si como una zorra puta o escandalizados. Había ese morbo de epatar por parte nuestra, al menos por parte mía, a toda esa gente mayor que pretende que porque eres mujer le debes algo. La verdad es que este tipo de cosas las he intuido cuando las he tenido enfrente, pero no me han causado ningún shock en mi vida, siempre me he sentido por encima de estas historias. No he tenido que luchar en el mundo de las feministas porque consideraba que lo tenía ya superado.

¿Qué te pareció el linchamiento que sufrieron las Vulpes?

Una injusticia absoluta. Pero Olvido sufrió mucho más en los pueblos, aunque no se ha contado o no se ha visto. Insultos, escupitajos… La diferencia fue que nosotros caímos en gracia y nunca nos censuraron. A las Vulpes, sin embargo, pues no. Pero también creo que ellas se rindieron. Podían haber luchado. Tienen una parte de victimismo que no la entiendo, lo mismo que nosotros continuamos podían haberlo hecho ellas.

En el homenaje a Canito, que se considera el estallido de lo que fue la Movida, cuentan las crónicas que vuestro concierto fue caótico.

Fue como era todo entonces. Con cero previsión y sin profesionalidad por parte de ninguno. Yo llevaba cinco días en el grupo. No teníamos ni batería. Toqué con una caja de ritmos, pero ese era el espíritu, todo era como una aventura. Ahora lo analizas y lo ves de otra manera, pero yo me lo pasaba muy bien en todas partes. Aunque no me pareció tan caótico, nadie sonaba bien, era el reflejo de lo que éramos y luego aprendimos todos mucho muy rápido.

Eduardo aprendió a tocar la batería en una semana.

Eduardo era un crack. Era uno de los tipos con más talento musical y carisma que yo he visto en mi vida. Llevo años conociendo músicos, y viendo gente, enseñando música a mis alumnos del conservatorio, viendo lo que es el talento musical, y Eduardo puedo asegurar que era un monstruo. No sabremos nunca hasta dónde hubiera llegado. Y además tenía un gran carisma, era un seductor.

Al final fuiste conquistando parcelas de protagonismo en Pegamoides y compones dos canciones, «Redrum» y «Estrategia militar».

Fue muy difícil. Había un tándem que eran Nacho y Carlos, uno con las letras y otro con la música, y era muy difícil entrar. Entonces me alié con Olvido y le dije que teníamos que hacer nuestras canciones. Llegábamos con ellas en plan: ¡hey, que Olvido y yo hemos compuesto una canción! Fueron las más oscuritas.

¿Cómo fueron, o qué visteis en los viajes que hicisteis a Londres que coincidieron con el apogeo del post-punk y todo lo que ahora se denomina «gótico»?

Pegamoides inicialmente éramos un grupo colorista. Muy punk, pero de colores, con un rollo kitsch. Entonces fuimos a Londres cuando empezaba la música más oscura. De pronto, nos interesó. Básicamente porque en un año ya habíamos quemado la etapa más yeyé. Además, a mí personalmente siempre me ha atraído mucho la muerte. El caso es que Eduardo y yo empezamos a imponer todo esto en Pegamoides y a Carlos le molestaba porque él era eminentemente pop. A nosotros nos gustaba más buscar otras cosas más hipnóticas, más incómodas, algo como nuestra propia vida. Es que estábamos ya en otra etapa vital.

Vuestras giras fueron extenuantes. ¿Alguien que no fuerais vosotros se enriqueció con ellas?

No te puedes imaginar, de pronto estábamos en Almería y al día siguiente en La Coruña, y después a Barcelona y luego a Málaga. Era una paliza… recuerdo aquel verano, que fueron ochenta bolos, y la pobre Olvido se quedaba dormida de pie en las pruebas de sonido. En estos conciertos ni nosotros ni Santiago Cano, nuestro manager, sacamos rentabilidad. Nosotros entonces hacíamos conciertos simplemente porque había que hacerlos, no había una premisa de hacerse rico. El que empezó a protestar fue Carlos, que todo este ritmo le resultaba muy duro. Y entre que no estaba cómodo con la figura de Eduardo y no le gustaba girar, lo terminamos dejando.

Ese verano fue realmente duro, pero a mí me divertía, tenía energía para dar y tomar. Eduardo y yo lo pasábamos muy bien de gira. Carlos, sin embargo, quería ir a hoteles de más nivel y yo prefería hoteles más baratos, porque solo entraba cinco horas nada más a dormir. Prefería llevarme un dinerito para luego comprarme un teclado o algo así. El manager no nos engañó, era tan poco profesional como nosotros. Las discográficas sí, con ellas sí que firmamos contratos leoninos y siguen sacando el material, reeditándolo, sin que veamos un duro.

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Has comentado alguna vez que pese a tu formación musical te costó adaptarte a tocar en un grupo «nuevaolero» porque era demasiado simple.

Me fascinaba esa espontaneidad. A mí me habían propuesto becas para irme a estudiar fuera, porque tenía un expediente increíble en el conservatorio, y luego llegué al local de ensayo con estos y me corté. Les tenía envidia. Lo que hacían era lo más fácil, pero yo no era capaz. Sentía una especie de miedo, como un prejuicio. Con todas las horas de estudio que tenía a la espalda no era capaz de hacer lo que ellos, que sabiendo muy poco de música se ponían a componer canciones. Pero tardé dos días en coger el truco. Lo que tenía que hacer era simplificarlo todo. Y lo sigo haciendo. En realidad, la técnica te vale para bien poquito. En el punk y en el pop, cuanto más simple eres, mucho mejor.

Siempre tuve críticas de los músicos de nivel porque estuve varios meses saliendo en una revista, no sé si en Popular 1, que ponían una lista con los mejores teclistas, un ranking, y yo era la número uno [risas]. Eso traía críticas de otros teclistas, que no había muchos por otro lado. Con los Pegamoides se metieron mucho porque no sabíamos tocar, pero luego las canciones funcionaban muy bien. Eso a la gente le da mucha rabia. ¡Pero la vida es así! Lo más simple es lo que llega. Está demostrado que puedes ser un gran virtuoso y a la vez un coñazo que no hay quien te aguante.

Fabio McNamara os presentaba en los conciertos.

Es lo mejor que ha hecho en su vida. Era lo más ingenioso y transgresor que te puedas imaginar. Sobrepasaba mil veces a cualquier personaje de Pedro Almodóvar. De hecho, Pedro mamó mucho de Fabio. Todo era improvisación, al 100 %. Nunca sabíamos lo que iba a hacer, nos quedábamos atónitos.

Tenía que ser difícil salir después de él.

Bueno, no era tampoco difícil. Nosotros también éramos cinco personalidades muy acusadas, salíamos y llenábamos el escenario. Pero lo que más me ha gustado de toda la carrera de Fabio fueron sus entradas a los Pegamoides. Era su excusa para salir al escenario y soltar el speech.

Fabio tiene discos muy reivindicables hoy, como el de Fanny y los +.

Eso y lo que ha hecho después con Miguélez son cosas muy divertidas.

¿Qué opinas de su conversión al cristianismo?

Siempre ha sido un adicto y ahora ha cambiado de adicción, simplemente. No comprendo que se haya ido con los evangelistas. Hablando en serio, no lo comprendo; hablando en broma, pues es otra de sus adicciones. Si no le quisiera haría otro comentario, pero como le quiero me lo voy a reservar.

¿Qué recuerdas de la grabación del disco?

Tardó siglos en grabarse. Tardamos mogollón porque nos decían que fuéramos al estudio y de repente nos echaban porque había llegado Raffaella Carrá. Éramos la última mierda de Hispavox. Teníamos que ir a los huequitos. Nos dieron las horas sobrantes. Por eso tardamos tanto en hacerlo. Había mucha gente por allí, conocí a Bibi Andersen, que también tenía contrato con ellos. Y a Enrique y Ana [risas]. Luego recuerdo que tanto a Eduardo como a Nacho no les firmaron contrato, los expulsaron del grupo. Solo firmaron con Carlos, Olvido y yo. Fue porque soltaron algún improperio punk nada más entrar, se sintieron molestos y nada, no les contrataron.

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En el libro que publicó en su día El Zurdo sobre la Movida, Música moderna, habla de un concierto de Los Escaparates en la sala Carolina que terminó violentamente, decía: «Eduardo no solo ha importado un estilo musical, sino también la violencia que lo ampara y motiva».

Sucedió que Miguel Ángel Arenas cogió la sala Carolina y comenzó a hacer conciertos. Este fue de los primeros, tocaban Las Chinas y Los Escaparates. La formación de Escaparates era César Scappa (mi pareja actual), El Ángel, Eduardo Benavente y El Porras, iban todos de negro, de corte neoyorquino, con mucha distorsión y mucho acople y letras realmente duras. Eran canciones largas y nada alegres, algo totalmente opuesto a lo que se llevaba por aquí. Aquel día Los Canijos, grupo sevillano, hacían de guardia pretoriana. A cada escupitajo del público Los Escaparates paraban y se enfrentaban a quien los lanzaba. Los Canijos iban y los mantenían a raya con amenazas. Con el caos sonoro y con un «Sister Ray» de la Velvet, en español y de veinte minutos, surgió mala vibra. Miguel Ángel Arenas vio que se iba a liar, subió al escenario y empezó a apagar los amplis. Eduardo le metió con la barra del micro en toda la cabeza, el grupo tiró las columnas encima de la gente, se lió una batalla campal y salieron de allí como pudieron entre la maldición de los Radio Futura. «Sois unos macarras y vais acabar muy mal», les dijo Santiago Auserón. La maldición se cumplió, la banda del barrio les juró guerra abierta. Al día siguiente salieron en las páginas de sucesos y en las radios no les volvieron a poner nunca más. Acababan de grabar una maqueta genial y nadie la pudo escuchar.

Como Pegamoides también tuvisteis una pelea multitudinaria en El Sol, esta vez por culpa de Ramoncín.

Éramos la «generación Pegamoide», según escribió Francisco Umbral en una columna en El País (31 de octubre de 1980). Coincidió que presentaba por aquellos días su libro Los helechos arborescentes y se le ocurrió hacerlo en El Sol y que nosotros tocáramos en la fiesta. Allí estuvimos los Pegamoides y también estaba Ramoncín, arribista y amigo de intelectuales, políticos y gente que le pudiera conseguir dejar de ser «El Rey del Pollo Frito». Hicimos nuestro repertorio, llegamos a «Sé una chica de hoy», que viene a decir algo así como que «Ramoncín ya está demodé… ya lo van a disecar… ¡uh! ¡uh!». Ramoncín se encontraba en las primeras filas con un cubata en vaso de cristal (así era entonces y, por cierto, sabía todo mucho mejor aunque se corrieran riesgos), su ira al oír los versos le hizo lanzarlo hacia Alaska con tan mala fortuna que el vaso se rompió y chocó contra la batería de Eduardo (en esa época tocaba la batería). Eduardo se levantó como un muelle y se tiró a por Ramoncín, el resto del grupo paramos inmediatamente y Olvido y yo nos fuimos contra la novia de Ramoncín, que se había metido a defenderlo. Nos tiramos de los pelos y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Nunca nos gustó que nos escupieran y mucho menos que nos tirase Ramoncín un vaso a la cara, cuando encima estábamos diciendo la verdad.

A ti fue a quien más pena te dio la ruptura de Pegamoides.

Siempre fui consciente de que habíamos sido un grupo muy importante, de que habíamos significado mucho. Le dábamos a los demás grupos una somanta de palos en directo que no te lo puedes ni imaginar. Después de salir nosotros la gente se aburría mogollón. Pero la lucha de egos rompe las cosas. Eres demasiado joven y no sabes gestionar ciertas cosas. Pegamoides era un grupo realmente rompedor, teníamos mucho que decir y que aportar. Fue como que se rompiera esa adolescencia bonita que había tenido. Se termina y, aunque teníamos proyectos y no se iba a acabar el mundo, a mí me dio mucha pena. Como fui de las que menos problemas de ego tenía, o no tenía ninguno más bien, pues fui la que más lo sentí. Fuimos un grupo efímero, realmente solo duramos un año, y hubiéramos sido muy productivos, teníamos mucho que decir todos, pero se rompió.

Después Parálisis Permanente y Seres Vacíos.

Hicimos Parálisis, sacamos El acto y Eduardo, que era muy inquieto, me convenció de que necesitaba un grupo para mí sola e hicimos Seres Vacíos. Ahí yo componía aunque él me ayudaba a grabar todo.

Has declarado en alguna entrevista que ahora sacan reediciones de los discos de Parálisis sin tu permiso.

Varias reediciones las han sacado sin mi permiso. Es otra de las putadas de la industria. Una la sacó el hermano de Eduardo, con quien hubo problemas en los que no voy a entrar, ya han pasado muchos años. Pero, para empezar, cuando murió Eduardo me denunciaron porque era yo la que conducía. En todo caso, quiero olvidar. Me quedé al margen de muchas cosas porque estaba hundida, el hermano se apoderó de los derechos y yo lo he dejado correr. El material ahora se reedita sin mi permiso, sin mi apoyo, sin pagarme royalties y sin tenerme en cuenta. No sabes todo lo que han hecho para evitarme y ningunearme. Además, sabían que yo estaba hecha polvo y me la hicieron redonda, pero paso. El problema es que yo nunca he atado las cosas. En aquel momento no creías que Eduardo fuese a morir, no pensabas que te ibas a hacer mayor y otros se iban a aprovechar de ti. Ni te planteabas que en el futuro podrías estar viviendo cómodamente con un dinero que están ganando otros a los que no les pertenece. Nos ha pasado a muchos. No solo me ha ocurrido a mí.

Las canciones sí que las registramos, pero el tema con las discográficas era un desastre. El mayor problema vino por la venta de los catálogos de unas a otras cuando se disolvían. El catálogo del sello independiente que montamos Eduardo y yo, Tres Cipreses, luego lo absorbió DRO sin pagarme nada cuando murió Eduardo, que de ahí vienen los malos rollos, y después Warner también se hizo con él sin pagarme nada. Todo porque no firmábamos contratos, éramos amigos. Las cosas las hacíamos como entre colegas y de aquella manera. Así lo que pasó fue que en Tres Cipreses teníamos a un chico que se encargaba de todos estos asuntos, empezó a trabajar también con DRO, pero como estaba enganchado, resultó que les vendió su parte y la que no era suya. En fin, a mí nunca me ha interesado discutir esto. Lo que ocurrió es que, simplemente, al principio haces las cosas sin tener consciencia de que tienes que proteger tu obra porque al final te la pueden mangonear. ¡Quién pensaba que a mí me iban a poner como artista invitada en Parálisis!

Hay gente muy miserable. Se me han hecho muchas putadas, pero también soy de la opinión de que no estoy aquí para perder el tiempo y hacer litigios. No me interesa. Qué le voy a hacer. El grupo éramos Eduardo y yo, junto a otros que podían haber estado o no. Solo al principio sí que hubo una época en la que no figuro, cuando están Jaime Urrutia y Nacho Canut, pero por problemas por mi contrato con Hispavox.

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Parálisis conseguía que el punk sonase asequible como el pop y que letras oscuras fuesen divertidas.

La historia nos ha convertido en un grupo que ha trascendido. Nunca tuvimos esa intención. Hicimos muy pocos conciertos, creo que fueron seis antes del accidente. Fue efímero. Llevábamos una carrera impresionante, no sé hasta dónde hubiéramos llegado. Era mucho más maduro y más interesante que Alaska y los Pegamoides. Más que sentido del humor, Alaska tenía ganas de epatar. Parálisis sin embargo tiene una evolución tan salvaje que me parece imposible que en un año pudiéramos cambiar tanto. A nivel personal lo veo como un crecimiento brutal. La clave fue toda la energía sexual que tienes a esa edad con la persona de la que estás locamente enamorada. Los dos teníamos la suerte de vivir ese enamoramiento con un proyecto musical muy nuestro, y eso la gente lo notaba en directo, se transmitía.

¿«Tengo un pasajero» está inspirada en Alien, el octavo pasajero, que la estrenaron por esas fechas?

En ese año echaron Alien, pero nosotros lo hacíamos con otra connotación. Cuando la escribimos estábamos pensando más en el mono de heroína. Lo bonito de una letra es que puede quedar abierta, no concretas de qué va y que cada uno la entienda como más le guste.

¿Y «Unidos»?

«Unidos» era por la película Freaks (La parada de los monstruos; Tod Browning, 1932).

Mi letra favorita es «Yo no».

Esa letra es de Nacho Canut, hay que preguntarle a él de dónde viene. Está inspirada en una de los Ramones que hablaba de animales. Me parece muy buena a mí también. Nacho es un gran letrista.

Dario Vico escribió en Efe Eme que El acto era «el disco punk que más gente ha escuchado mientras se masturbaba». Igual se refería a canciones como «Bacanal».

«Bacanal» es fruto de nuestras orgías sexuales. Los jadeos los hago yo todo el tiempo. Jugábamos mucho con todo el sexo. Lo que dice Darío Vico para mí es un halago. El sexo, la muerte y la religión son los motores del mundo. Todo eso está impregnado en El acto y luego tiene la urgencia de que son canciones de tres minutos. La gente se quedaba con la boca abierta. Y sonábamos brutal en directo. Nos interesaba muchísimo más el tema del sonido y de las luces. Al final de cada concierto nos reuníamos para ver qué había que mejorar y se reían de nosotros.

El primer disco es compartido con los Gabinete Caligari de la época en que abrían los conciertos con el «Somos nazis».

Jugaban a eso, eran juegos. Es una manera de empezar a descubrir la historia. Se jugaba con las esvásticas y hoy en día se hace una lectura errónea de todo eso. Aquello era una mofa, no tenía ninguna importancia.

En vuestro sello fichasteis a Desechables, otro grupo con historia trágica detrás.

Y a Loquillo también lo sacamos nosotros. Cuando murió Eduardo se acabó lo de buscar grupos, él era el mayor agitador con todas estas cosas. Desechables fue un grupo muy efímero, otro grupo maldito que lo llevó hasta las últimas consecuencias. El guitarra tuvo un percance en una joyería, entró a atracarla con una pistola de juguete, se encontró con que el joyero se la devolvió de verdad y le mató. A partir de ahí cambiaron de miembros pero se quedó con ese malditismo. Fue muy fuerte y les marcó, pero eran un grupo brutal. Desechables en Barcelona y Parálisis en Madrid… eso hubiera sido… El sonido alcantarilla de Desechables, con ese sonido y esa chica al frente, es que no habías visto nunca nada igual. Eran los Cramps pero sin conocer a los Cramps, que no sabíamos todavía quiénes eran. Tere era una cosa descomunal en directo, una niña preciosa pero salvaje. También despuntaba La Banda Trapera en Barcelona, aunque era un poco anterior, pero tenían una mezcolanza y una actitud que me encantaba.

¿Décima Víctima no te gustaba?

Es un grupo de culto, aunque creo que cada vez se les recuerda más. Tenían ese rollo oscuro con melodías muy bonitas. Eran buenos, componían de una manera muy personal. Muy a tener en cuenta.

Parálisis Permanente ibais lanzados, teníais proyectos con el sello… y sucede el accidente en el que muere Eduardo.

He tardado un montón de años en aterrizar. Me costó una eternidad superarlo. Fue un infierno; un infierno elegido, porque me volqué en la heroína. No me permití el duelo. Mi relación con Eduardo para mí era como un cuento de príncipes y princesas, éramos dos chicos jovencísimos, superenamorados, que teníamos un grupo de rock and roll, y de pronto eso se partió. Me negué a hacerme mayor y la heroína me sirvió. Ha tenido que pasar mucho tiempo después para que yo haya sido capaz de restituir lo que tenía pendiente, conmigo misma, con Eduardo, por mi propia historia. Me he tenido que ver muy lejos de toda aquella época para poder reivindicar su legado con toda la fuerza y respeto que merece. Y aun así me ha costado muchísimo, me quedé muy marcada. Con Seres Vacíos intentaba mantener sus canciones en el repertorio, pero no podía. Las fui quitando hasta dejar de tocarlas.

¿Ese accidente fue el inicio del fin de la Movida?

Todo movimiento artístico cuando nace nunca se plantea llegar a nada. Aquí fue después, cuando surge una gestión, una intención de ganar dinero y comercializarlo, cuando se echa todo a perder. Aquello solo fue un movimiento que vivimos una clase de gente, que éramos muy pocos, te lo digo ya, en un Madrid que era gris y rancio. Logramos generar atención en el resto del país, salíamos en las radios, y todo fue absolutamente romántico y carente de pretensiones. Luego decayó porque se metieron grupos que no tenían ese espíritu, todo empezó a ser un bluf, en los ayuntamientos se pagaron millonadas por artistas que no lo valían. Pasó como pasa con las ONG, con las empresas, con la vida. Cuando deja de tener un sentido lúdico y creativo, entran unos elementos que lo arruinan.

¿La heroína no tuvo que ver con que se perdiera ese espíritu?

En España se metió a saco la heroína. Especialmente en el País Vasco, para anular a la juventud y que no se metiera en rollos políticos. En Madrid la heroína nos la traían los amigos vascos. La heroína entró a saco en el norte, a Madrid fue cayendo y luego se establecieron las redes de iraníes por todo el país. Como en aquella época teníamos la premisa de que había que probarlo todo y no teníamos información, que te ponían todas las drogas al mismo nivel, decían que un porro era tan peligroso como un chute, pasó lo que pasó. No era como ahora. Yo me tenía que ir al Vademécum para informarme de las drogas, me leía Opium de Jean Cocteau, a Burroughs.

Ahora mismo, las drogas no es que no me gusten, pero ellas me han abandonado a mí. Yo por mí seguiría coqueteando con ellas, pero llega una edad en que no te sientan bien. Pero si fuese joven, no habría droga que me dejase por probar. Me encantaría haber estado informada, eso sí. Pero esto es como todo, y si encima te pilla en un momento de bajón, por un acontecimiento duro, te atrapa y es chungo. En todo caso, para mí el camino del exceso es un camino de sabiduría como cualquier otro. No me arrepiento de nada. He sufrido mucho, he perdido muchos amigos en ese trayecto y con esa sustancia. Pero a unos les ha tocado esto, a otros una guerra y a otros pasar por el mundo y no enterarse de nada. Prefiero haber bajado al infierno, subir. Ver mundo, chico.

Ana Curra para Jot Down 6

Después fuiste musa y compañera de Alberto García-Alix. ¿Cómo trabaja?

Es muy paranoico. Alberto es la persona más perfeccionista que te puedas imaginar. En las fotos puedes parecer muy natural, pero te somete a un sufrimiento, poniendo posturas forzadas, y solo para tirar una foto. Hasta que no la ve no la tira. Echa una cada cinco minutos. Es una tortura. Hiperperfeccionista.

Al principio él era «el novio de Curra». Salía a la calle todos los días con una Nikon y yo siempre llevaba público, así que cada día era una aventura. Luego hemos viajado a muchas partes, siempre con la cámara colgada. Él iba a muchas carreras de motos. Siempre me decía: «Vamos a ver mundo, que eso no nos lo quite nadie». Es una persona con pasión por la vida. Con él me lo he pasado muy bien, he vivido intensamente, he disfrutado muchísimo. Era también muy golfo. Es otro que le ha gustado probar todo. Era tremendamente vital. Y luego tiene un lado muy trágico de la vida en lo más profundo. Últimamente, en las presentaciones que está haciendo está poniendo la carne en el asador de una manera brutal. Y cada vez escribe mejor. En los últimos años trabaja todo en diaporama y hace un relato por detrás con su voz, esa voz ronca que tiene. A mí me emociona, me lo paso muy bien. Soy una fan absoluta de Alberto y él mío, nos adoramos mutuamente.

En España ha habido dos Movidas. Una light que se ha vendido y otra que no, que es la de García-Alix, la mía y la de tanta gente que ha estado ahí. Siempre hemos buscado hablar de lo que nos gustaba y de lo que nos alimentábamos, sin evitar lo radical o transgresor, asqueados por lo políticamente correcto, decir las cosas con un par de ovarios. Alberto es un ser absolutamente libre, lleno de talento y el capitán del Canto de la Tripulación, una revista memorable que sin él jamás hubiera existido. Ahora acaba de ser nominado al premio de fotografía Deutsche Börse, lo que demuestra que se puede llegar muy lejos haciendo un excelente trabajo a lo largo de tu carrera. No todo es el dinero, existe algo que se llama prestigio y coherencia.

Yo siempre he querido estar en el lado salvaje de la Movida, el perdedor, el más maldito. Cada uno elige el camino que quiere en la vida.

Otro genio que andaba por ahí era Poch, de Derribos Arias.

Poch era maravilloso. Era un personaje adorable, muy peculiar. Llegó del País Vasco y había estudiado medicina. Era un personaje caótico, pero nunca le vi con una mala cara. Siempre estaba sonriendo. Junto con Alejo, componían de forma muy vanguardista, sin prejuicios, completamente libres. Poch es un personaje a revindicar. Recuerdo que me fascinaba verlo sobre el escenario, ver cómo se movía de forma eléctrica y arrítmica, pensar que era un frontman increíble y luego enterarme de que los movimientos se debían a espasmos por la enfermedad que tenía.

En el libro de Patricia Godes, dice que Olvido (Alaska) odiaba las drogas, que en esa época mientras todo el mundo se iba de marcha, ella se quedaba en casa leyendo. Su objetivo era convertirse en un personaje público, como los de las revistas del corazón que devoraba junto a Carlos Berlanga. ¿Es cierto este retrato?

Sí , es cierto aunque simplificado. Ella no salía apenas y no se drogaba, pero le gustaba conocer al día siguiente qué es lo que había pasado, quién había dicho qué y quién estaba con quién y qué era lo que había ocurrido. Olvido siempre fue más teórica que práctica y nunca arriesgó demasiado. Me encantaría que hubiera sido posible seguir siendo amigas, pero creo que cada uno elige a quien quiere tener alrededor en su día a día y no es nuestro caso. En sus discos con Nacho en Fangoria tengo total respeto por su trabajo, aunque no todo me gusta, y lo que no me gusta nada son sus falsos directos, ya que son totalmente playback y eso no me va.

¿Qué hay de cierto de vuestra rivalidad —Pegamoides— con Mecano? ¿Cómo vivisteis su éxito? Ahora, pasados los años ¿aprecias de otra manera el talento de Nacho Cano o sigues siendo refractaria a todo lo que significa su música?

Todo lo que puedo decir de Mecano es que los odiábamos en su día y con los años me he trabajado mis sentimientos. A fecha de hoy puedo decir que no me interesan nada ni ellos ni el público al que influyeron, ellos son el agujero bobo de la historia.

¿Qué te pareció cuando Esperanza Aguirre celebró el 25 aniversario de la Movida?

Ni puta idea. Nunca he ido a esas fiestas, no me interesan lo más mínimo.

Estuviste prácticamente desaparecida durante un tiempo

Hay temporadas en tu vida que toca otra cosa. Nunca me he planteado tener que estar de cara a la galería permanentemente. ¿Por qué? No es obligatorio. Tienes que estar cuando te apetece hacer algo, cuando tienes que contar alguna cosa. No creo que sea tan importante ni grabar un disco ni estar en el candelero ni otra cosa. Durante esos años que no estuve, tenía unas prioridades más importantes que todo eso.

Apareciste con los poemas y el disco de El Ángel y hace poco en Digital 21 vs Ana Curra.

El Ángel fue pareja mía también. En esta época en la que desaparecí es precisamente cuando estoy en duelo por su muerte. Dejó obras maestras, como Los planos de la demolición, un libro de poesía, de la primera prosa poética que se escribe en este país con dos cojones y muchísimo talento. Relató su biografía de forma poética. Y luego hizo un disco, Polvo de Ángel, donde cuenta todo lo que nos ha tocado vivir a nuestra generación. Con una voz ronca, muy áspera, y unas letras con una intensidad, con unas imágenes poéticas… con un punto brutal.

Otra cosa no, pero en esta vida he sabido rodearme de las mejores parejas. He tenido los mejores compañeros que se pueden tener. Eduardo Benavente, García-Alix, El Ángel y ahora mismo César Scappa, que todos tienen una personalidad y un talento impresionante.

Y junto a Digital 21 quería hacer como un recorrido desde el clasicismo hasta el punk. Fue un reto para mí porque nunca había tocado solamente el piano. Actuábamos en teatros, yo salía con un piano de cola y él con una máquina. Ha sido un disco que supuso una cosa distinta dentro de la vanguardia. Como decía Mendelssohn, lo hermoso no necesita palabras. La música es un estado anímico que se transmite sin necesidad de palabras. Y al final había un homenaje a los Stooges, una versión electrónica de «Quiero ser tu perro». Me lo pasé muy bien, tocamos en el Teatro Príncipe de Mallorca, en el Miguel Delibes de Valladolid, en Miami. Fue muy bonito. Y si lo llego a sacar hoy, ni llego a presentarlo porque tal y como están las cosas no habría forma de alquilar un teatro.

También organizaste una sección de poesía en el Festimad, al principio, cuando tenía un mercado underground en el Círculo y todo aquello…

Eso fue idea de César Scappa y mía. Fuimos capaces de traer a un encuentro poético a Gonzalo Rojas, a Richard Hell, a Leopoldo María Panero, a Agustín Goytisolo, a Anton Reixa, a Jesús Ferrero, a Lydia Lunch, a John Cale, a Manolo Kabezabolo y hasta una grabación del Comandante Marcos. Fue un festival de poesía increíble. Acababa de morir El Ángel y para mí una forma de vivir el duelo fue difundir su obra, por eso se me ocurrió proponer que dentro del Festimad hubiera un apartado de poesía. Pudimos traer a toda esa gente. No sé cómo nos pudo salir así de bien. No pudimos pagarles caché porque no teníamos presupuesto. Lo único que podíamos ofrecerles era tratarles muy bien, con mucho cariño. Les pagamos el viaje, unas comidas, unas cenas, les llevamos a la terraza del Círculo a ver todas las estatuas de las azoteas de Madrid, les regalamos retratos hechos por García-Alix, que es un lujo. Cuando acababan, les sacaba una foto y se la dábamos. Nunca las vendimos. Para poder organizar esto estuve unos años que solo leía poesía. Me lo pasé muy bien, fue genial.

Y luego, como siempre, como el festival fue muy alabado y tuvo muchos seguidores, nos quitaron de en medio y registraron la idea. Lo de siempre. Así que me dije: «Vale, otra cosa que se ha muerto, vámonos a otra cosa mariposa». Ni siquiera fueron capaces de hacer una tercera edición. Porque la gente que traíamos, los poetas, son muy especiales. Es gente a la que había que seducir. Nosotros teníamos un discurso. Querían estar. Por eso no funcionó después. No sabían ni a quién traer.

¿Qué diferencias ves entre este Madrid y el que viviste tú con veinte años?

A todos nos toca vivir lo que nos toca vivir y no vale plantearse si es mejor o peor ahora. Tienes que vivir lo que hay. Además, dos fenómenos no se pueden reproducir igual en la historia, que siempre está avanzando. Pero yo creo que Madrid es peor ahora. Hoy la gente no está desinformada como antes, está manipulada. Antes queríamos democracia, y ahora está el desencanto de que nos han engañado. Antes, sin embargo, teníamos miedo a viajar porque éramos unos paletos, y ahora el mundo es grande para los jóvenes. Si no te gusta lo que hay no llores, puedes marcharte. Por otro lado, ahora para hacer cualquier cosa hay que reunir tantos trámites que es imposible. Antes había ladrones y ahora son todos ladrones. Antes teníamos el romanticismo de que un sistema político nuevo podía funcionar y ahora creo que es asqueroso y lo único que puedes hacer es apearte. Yo ya me he bajado. No me interesa esta vorágine. Soy muy escéptica, cuanto más mayor me hago más me doy cuenta. Lo mejor de mi vida son mis perros.

Ana Curra para Jot Down 7

Fotografía: Begoña Rivas

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