Hebras y nodos

La última vez

Ilustracion de Pablo -Amargo. última vez
Ilustracion de Pablo Amargo.

Con algunas personas sabemos cuándo entraron en nuestra vida y somos incapaces de recordar cuándo salieron. La memoria parece ocuparse mejor de los comienzos. Conserva la primera noche en aquel bar, la mesa donde nos sentamos, la casa en la que conocimos a alguien, incluso una frase que puede que nunca fuera exactamente como la recordamos. De la despedida queda a veces muy poco. Nos vimos por última vez, eso está claro, porque cualquier relación que ha terminado tuvo necesariamente una última tarde, una llamada, una cerveza antes de volver a casa. Lo que no sabíamos era que aquello iba a ser lo último. Seguramente nos despedimos diciendo que ya nos llamaríamos y nos fuimos pensando en el día siguiente. Pienso de vez en cuando en una amiga con la que pasé una parte entera de mis veinte años y de la que ahora apenas sé nada. Recuerdo su piso, una cocina en la que cabíamos seis personas si nadie pretendía abrir la nevera, las discusiones que tenía con un novio cuyo apellido he olvidado y una chaqueta suya que pasó meses en mi armario porque se la había dejado en casa. También recuerdo un viaje en coche durante el que nos perdimos varias veces y una cantidad de conversaciones que entonces parecían inagotables. No recuerdo la última vez que la vi. He intentado reconstruirla más de una vez y no puedo. Supongo que nos encontramos, hablamos de las cosas que entonces ocupaban nuestra vida y nos fuimos cada una por su lado convencidas de que habría otra ocasión.

Las amistades dependen de una cantidad de circunstancias que solo se vuelven visibles cuando dejan de existir. Durante unos años podemos ver a una persona varias veces por semana porque trabajamos cerca o vivimos en el mismo barrio, porque alguien ha encontrado un bar al que todos terminamos yendo o porque todavía tenemos una edad en la que una tarde del martes puede acabar a las dos de la mañana sin demasiadas consecuencias. Luego cambian los empleos, alguien se muda, llegan parejas que traen otros grupos de amigos, aparecen hijos o simplemente dejamos de estar siempre en los mismos sitios. Quedar empieza a exigir una fecha, una hora y cierta previsión. Entonces comienzan los mensajes que durante meses todavía parecen parte normal de una amistad. A ver si nos vemos. Esta semana no puedo. Cuando vuelva del viaje te escribo. Ya quedamos después de Navidad. Ninguno suena a despedida y por eso uno de ellos puede acabar siéndolo sin que nadie se entere. Antes había además una explicación sencilla para perder a alguien. Se marchaba a otra ciudad y durante años podías no saber qué había sido de él. Ahora es posible pasar quince años sin dirigirle la palabra a una persona y saber que tiene un perro llamado Bruno. Las redes sociales permiten seguir recibiendo noticias de gente con la que ya no tenemos relación. Sabemos que alguien ha cambiado de trabajo o se ha ido de vacaciones, vemos cómo crecen sus hijos y descubrimos que corre carreras los domingos, aunque no recordemos la última vez que hablamos por teléfono. Si mañana nos encontráramos en una tienda, sabríamos cosas de su vida que seguramente no mencionaríamos. Preguntaríamos qué tal todo aunque dos días antes hubiéramos visto una fotografía suya cenando en Lisboa.

Las antiguas agendas tenían otra manera de conservar a esa gente. Un nombre podía quedarse escrito durante años junto a un teléfono que ya no servía y, cuando una encontraba la libreta en un cajón, tenía que averiguar primero quién era. Los móviles heredaron parte de aquello. Cambiábamos de aparato y trasladábamos todos los contactos, incluidos los que llevaban años sin utilizarse, de modo que sobrevivían nombres acompañados por aclaraciones que en algún momento habían sido necesarias. Marta academia. Luis curro. Ana piso. Pasado el tiempo podíamos recordar a Marta y haber olvidado por completo qué academia era aquella.

Yo también conservo contactos que no utilizaré. Borrarlos me cuesta aunque sé que mantener un número en el teléfono no conserva nada fuera de él. Con las fotografías y las cartas pasa algo parecido. Siguen en una caja porque pertenecen al tiempo en que una relación existía y tirarlas parece borrar una parte de ese tiempo que en realidad no depende de ningún objeto. Hay cosas que van pasando de una mudanza a la siguiente sin que hayamos decidido guardarlas. En alguna caja todavía tengo fotografías de personas a las que no veo desde hace veinte años y entradas de conciertos a los que fui con gente cuyo teléfono ya no podría encontrar. Cuando reaparecen, el recuerdo no siempre llega entero. A veces reconozco una cara antes que un nombre. Otras sé perfectamente quién está en la fotografía y tengo que pensar durante un rato dónde se hizo. Hay amistades cuyo final podemos explicar porque hubo una discusión, un enfado o un momento en que una de las dos dejó de llamar. Con otras no existe ningún episodio al que podamos atribuir la desaparición. Dejamos de coincidir, los mensajes se fueron espaciando y un día, sin que hubiera ocurrido nada concreto, aquella persona pertenecía ya a otro periodo de nuestra vida.

A veces la buscamos. Tecleamos el nombre, encontramos una cuenta y miramos durante unos minutos qué ha sido de ella. Pensamos incluso en escribir. El problema llega cuando intentamos imaginar qué decir después de «hola». Han pasado diez años, o quince, y entre ambas vidas hay una cantidad de cosas que ya no sabemos colocar en una conversación. Tampoco siempre queremos recuperar una amistad. Puede que solo queramos saber dónde está esa persona, comprobar que sigue allí y ver en qué se ha convertido alguien que conoció una versión de nosotras que ya apenas recordamos.

Eso es quizá lo que más me interesa de la gente que se ha ido quedando atrás. Una mujer a la que no veo desde hace veinte años sabe cómo era yo cuando todavía fumaba, llevaba el pelo de otra manera y estaba convencida de que terminaría dedicándome a una profesión que nunca ejercí. Conserva conversaciones que yo no podría reconstruir y recuerda personas de las que he olvidado hasta el apellido. En su memoria aparece una versión mía que solo puedo recuperar a medias. A veces ocurre que vuelves a encontrarte con alguien después de mucho tiempo y te cuenta una escena en la que tú estabas presente, algo que dijiste o hiciste, y no reconoces nada. Para esa persona el recuerdo está intacto y tú eres la única que ha desaparecido de él.

Hace unos meses encontré en una caja una fotografía tomada durante unas vacaciones. Éramos varias amigas sentadas alrededor de una mesa. Reconocí enseguida a una de ellas, pero tardé en recordar su apellido. Me sorprendió haber olvidado algo tan elemental de alguien con quien había pasado tardes enteras. Al cabo de un rato lo recuperé y seguí mirando la foto. Podía acordarme de aquellas vacaciones, de cumpleaños, de llamadas que duraban horas y de una discusión sobre un asunto que entonces nos tuvo ocupadas durante semanas. Intenté recordar cuándo nos habíamos visto por última vez y no apareció nada. Podría haber sido en una estación, en la puerta de su casa o después de cenar. Tal vez alguna de las dos miró el reloj porque al día siguiente tenía que madrugar. Nos despediríamos como tantas otras veces, dando por hecho que volveríamos a vernos, y durante un tiempo esa posibilidad siguió abierta. Luego pasaron los años hasta que aquella tarde se convirtió en la última sin que ninguna de las dos pudiera saber en qué momento había ocurrido. Cuando nos despedimos, todavía no lo era.

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