Ilusión, el alucinado musical que España merece

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Ilusion-493337452-large«¿Qué es Suárez para la gente de hoy?», se pregunta un atribulado David Trueba al comienzo de esta película al ver sobre su mesa un proyecto musical basado en los Pactos de la Moncloa. Carrillo bailando, Tejero rapeando… La reciente muerte del expresidente y el circo mediático montado alrededor pueden convertirse en inesperada campaña de promoción para Daniel Castro, director y protagonista de este mediometraje, su primer trabajo como realizador. Y como bien ha demostrado ese circo, Suárez significa ese tipo de algo que parece mucho y se queda en nada una semana después. Suárez bailando quizá fuese al final más Suárez que el propio Suárez. Que en paz descanse mientras bastantes intentan bailar ahora sobre su tumba.

Mi cerebro realiza un flashback al ver el currículum de Castro, guionista de multitud de series televisivas, entre ellas Yo soy Bea. Recuerdo ver capítulos de aquella serie hace años, al coincidir en verano con otros productos que favorecen la siesta, como los documentales de La 2 o el Tour de Francia. Al igual que sucede en muchos culebrones sudamericanos, donde dominan los clichés y un férreo corsé de tópicos, muchos destellos de ingenio dejaban adivinar que «atrapados» en ese oficio de fabricantes de lugares comunes había un puñado de guionistas con talento. El autor juega con todo esto en su película, presentando a un guionista que decide dar un portazo a todas esas labores para perseguir un sueño.

El personaje cuya actitud plantea una distancia casi insalvable entre realidad y utopía se puede considerar una mezcla de dos tipos muy reconocibles. El primero el artista con ínfulas sin un criterio claro sobre su (falta de) talento, que considera prostitución cualquier trabajo alimenticio y desea trascender mediante lo que en su cabeza valora como sublime. El segundo, más de actualidad debido a la crisis económica, aquel que rechaza cualquier oficio que se salga de sus pretensiones o estudios y, a pesar de no llegar a fin de mes y ni tan siquiera a fin de semana o a fin de día, insistir en eso que se denomina trabajar de lo mío. El extravagante cóctel se podría presentar como Sancho que se ha tragado a un indigesto Quijote. O quizá al revés.

Partiendo por tanto del establecimiento de una distancia irónica con su propia vida real, Daniel Castro propone una comedia sustentada en el choque entre sus pretensiones y la imposibilidad de llevar a cabo su demencial proyecto, donde las escenas cómicas llegan al absurdo a causa de los problemas del protagonista para relacionarse con los demás y, especialmente, para mantener la boca cerrada en los momentos precisos. La sinceridad choca con el orden social. La mentira lo sustenta.

Ilusión no solo cuenta con magníficos diálogos humorísticos, sino con algunas de las canciones más descacharrantes de los últimos años, con especial mención a la última de todas, una joya que debería ser parte del temario obligatorio de la carrera de Historia, estudios que ya que no tienen mucha salida puedan al menos distraer mientras se cursan. El autor además ofrece soluciones muy imaginativas para el intercambio de correos electrónicos entre los personajes, que se convierten en monólogos de cada parte implicada, o para mostrar sus alucinados anhelos mediante entrevistas a sí mismo con acento de periodista extranjero incluido.

Filmada con pocos medios y mucho ingenio, la película cuenta, y no es exageración, con varias de las mejores escenas de humor de la comedia española en los últimos años y un memorable personaje principal al que dan ganas de volver ver en otras andanzas. Los secundarios arropan perfectamente la función e incluso David Trueba se revela como un eficaz actor de reparto.

Con poco más de una hora de duración, Ilusión se puede enmarcar dentro de un nuevo tipo de cine elaborado con cuatro duros (al menos en comparación con los largometrajes habituales) y sólidas interpretaciones y guiones que contrarrestan sus carencias. En cierto modo, Ilusión, aunque con un estilo diferente, puede compartir estos rasgos con trabajos como Carmina o revienta y El Mundo es nuestro, con la desventaja de que Daniel Castro no parte del reconocimiento de Paco León o los famosos compadres del Yotutube, Alfonso Sánchez y Alberto López. Lamentablemente, la distribución de películas como esta se suele topar con un muro casi insalvable. Por tanto hay que elevar ahora que nos acercamos a la Semana Santa, y la obra lo merece desde luego, una plegaria a Nuestra Venerable e Ilustre Señora del Boca a Boca para que en su sagrada misericordia ayude al conocimiento y reconocimiento de esta excelente comedia. Una auténtica sorpresa.

La puedes ver en Filmin.

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