Ida (y vuelta) al culo del mundo

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Fotografía: David Ruano / El Terrat.

Cáncer. La sola palabra da miedo, ¿verdad? Y por si no lo hiciera, le añadiremos un adjetivo: terminal. Tiene un cáncer terminal. Y no lo sabe. Ha venido a nuestra consulta para un simple chequeo, pero esto es lo que hay. Con veintitrés años y toda la vida por delante, en su caso una coletilla particularmente desafortunada. A ella le queda poco que vivir, quizá solamente meses. Y se lo tenemos que decir. Nosotros, que somos el médico, a ella, que es la paciente. Y tenemos que hacerlo cumpliendo una norma: en ningún momento nos puede dar la risa.

No es una frivolidad, de verdad que no. Es un experimento. La escena es de Mi vida sin mí, una película de Isabel Coixet, y los actores son Carlos Areces y Andreu Buenafuente, dos superpotencias de la comicidad. Queremos saber si pueden interpretarla no sin reír, sino sin hacer reír. El uno al otro y ambos a nosotros, que somos la audiencia y el verdadero sujeto experimental. Sin chistes, sin payasadas y sin el abrigo de la intimidad. Con una cámara delante y con la propia Coixet tras el artefacto, para mayor gravedad. Y a ver qué pasa, si es que pasa algo. Que el héroe puede prescindir de sus superpoderes es algo confirmado desde Clark Kent, pero ahora sabremos cómo reaccionaría la humanidad si Superman se negase a volar. Cáncer. Veintitrés años. Areces y Buenafuente. Cámara. Acción.

Una escena de El culo del mundo. Imagen: El Terrat.

No lo diga usted, que ya lo decimos nosotros: es un experimento imperfecto. Empezando solo por el sesgo, ya que forma parte de una pieza que tiene la comedia por tema central. Se lo puede permitir, no obstante, y se lo debe permitir. El culo del mundo, que así se llama, no es una obra académica. Es un documental sobre tres cosas: el humor, la televisión y Andreu Buenafuente. Y sobre lo que le ocurre a estas tres cosas cuando dejan de ser una sola para ser, en efecto, tres.

Se puede explicar con menos lírica, por supuesto. El último programa de Buenafuente, Buenas noches y Buenafuente, fue cancelado en mayo de 2012, cuando llevaba poco más de un mes en Antena 3. Iba por el siete por ciento se share, cerca de un millón trescientos mil espectadores, y bajando. La última vez que el presentador pasó por aquella cadena con su fulgurante late night, de 2005 a 2007, lo hizo con una media del veinte por ciento, para hacernos una idea. Por eso la cadena decidió que ahora Buenafuente no estaba funcionando, por primera vez tras quince años dirigiendo televisión y una concatenación de éxitos sin precedentes en la televisión nacional, entre ellos Sense titol, La cosa nostra, Una altra cosa y el propio Buenafuente. Un tortazo de los que no constituyen novedad en televisión, por supuesto. Este negocio, ya se sabe, es un misterio que solo admite ecuación si viene neutralizada por un gran factor equis, el equivalente matemático de tener un tío en Graná. Nada que no dijese  George Burns y repitiese después Bart Simpson cuando anunciaron que el mundo del espectáculo es una diosa ramera.

Y, sin embargo, la explicación no le sirvió al presentador. Quizá porque, si se para uno a pensarlo, en realidad no es una explicación.

Por eso no hay poética en la duda que guía El culo del mundo, el documental que rodó queriendo saber qué pasó y que estrenó en salas el mes pasado, ahora también disponible online. O al menos él no se la encuentra. El no conocer le frustra y le anima a querer saber, aunque de poco le sirva aquí ese impulso tan humano. En la era de la vuelta de todo quedan enigmas simples por resolver, pero eso es seguramente porque son irresolubles. ¿Qué hace reír? Ni lo sabemos ni lo podemos saber, pero Buenafuente reivindica su derecho a preguntárselo, así suene a misterio resobado y la respuesta huela desde ya a respuesta a medias. Del camino, lo dijo Kavafis, importan sus recodos. Y además, qué coño: también le mueven motivos prosaicos. Quizá la solución le importa poco a la inmensa mayoría que ríe, pero a la inmensa minoría que hace reír le va en ella el pan de sus hijos. Y Buenafuente acaba de tener uno.

Una, de hecho. Se llama Joana, tenía siete meses cuando el documental se grabó y la suya es la primera risa que mueve el presentador sin importarle cuántas son, sino de quién viene. No es el único apunte sobre la comedia que el showman descubre, y nos descubre, en El culo del mundo. Su documental no llega a una conclusión final, a un gran tachán con el que dar cierre a la reflexión sobre el ejercicio cómico, pero no se echa en falta, o no se debería echar. Si es usted de los que critican que el lecho marino esté sin cartografiar cuando se celebra que la humanidad ha pisado la Luna, laméntese mejor por esta otra verdad: la risa es la consustancia misma de nuestra humanidad, pero en toda nuestra historia no hemos sido capaces de escribir una sola línea sobre cómo crearla. Sabemos hacerla, pero no cómo hacerla. Y Buenafuente nos engañaría si viniese a decir, previo planteamiento y nudo, que conoce su quintaesencia. No la conoce, no. Él mismo anuncia al empezar el documental lo mismo que cuando despidió su último programa: que nadie sabe nada.

Una escena de El culo del mundo. Imagen: El Terrat.

¿Qué podemos saber, en cambio? Bueno, pues que en comedia la improvisación no existe, por ejemplo. Lo dice Santiago Segura y con mucha razón, porque lo improvisado que funciona se repite y deja, por tanto, de ser improvisación. Y que a Leo Bassi un italiano le rompió un dedo en el escenario por hacer chistes de política, lo que invita a conclusiones sobre en qué monstruo se convierte el humor si le damos de comer después de medianoche. Berto Romero asegura que a la gente le molesta ver a la persona detrás del cómico, que el público no quiere ver a un humorista serio y que eso debe ser por algo, algo seguramente en la enigmática naturaleza misma de la comedia. Y sobre ella, una pista final: a lo mejor esta misma naturaleza se nos escapa porque la risa solo conoce el propósito, pero no una esencia fundamental. Si suena a espesor filosófico, diluyámoslo con realidad: Concha Velasco asegura que no se suicidó en cierta ocasión gracias a la hilaridad de Buenafuente, de uno cualquiera de sus programas. Visto así, ¿acaso no es el porqué más importante, más determinante, que el qué? Para Velasco sí, no cabe duda. Y para Buenafuente también.

Eso es El culo del mundo. Una colección de preguntas, la mayoría sin respuesta, acerca de uno de esos temas sobre los que no solemos hacérnoslas por su consustancia misma con la forma que tenemos de ver y vivir el mundo. Y un repaso personal y formalista, por supuesto, a la biografía de Buenafuente y a su intimidad, expuesta sin pudor en la obra. ¿Podría ser de otra manera? Quizá, pero siendo entonces otro documental. Este va de un hombre compuesto por sí mismo, por el humor y por la televisión, y sobre lo que le ocurre cuando las dos abstracciones le son requisadas y se queda, ay, consigo mismo. Sobre el derrumbe de las certezas y sobre la conciliación con la duda a la que obliga la naturaleza misma del mundo, que es un gran embrollo. Sobre que a veces el porqué, como ya se ha dicho, es más fundamental que el qué, y sobre que el qué a veces no existe y solo aspiramos al porqué. Y sobre que todo esto se puede contar, por qué no, moviendo una sonrisa, aunque sea de consuelo. Las penas con pan ya se sabe que son menos. Y que el consuelo sea cosa de tontos está aún por demostrar.

Una escena de El culo del mundo. Imagen: El Terrat.

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4 Comentarios

  1. Dicen que que hay que ser andaluz para apreciar el humor de los Morancos. Quizá haya que ser catalán para apreciar el de Buenafuente; tal vez por eso tuvo tantos éxitos en la “televisión nacional “.

    Y en cuanto a la bobada de Giliberto sobre que a la gente no le gustan los humoristas serios, que se lo pregunten a otro catalán, este sí prodigioso humorista: Eugenio.

  2. ¿En qué minuto del documental sale Berto Romero, ese tío tan “gracioso”? Es para pulsar el botón de FFWD >>.

  3. alucino, con el de los morancos, habráse visto humor más simple y más tonto? igual hace 20 años te hacían gracia pero ahora? son patéticos y no me extraña, porque lo que representan es patético.

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