Transparent: sexo, familia y gilipollas

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Imagen: Amazon Studios.
Imagen: Amazon Studios.

(Este artículo no contiene spoilers)

Congratúlense: habemus nueva criatura televisiva a la que no le falta un ingrediente para erigirse como serie indie de moda. A saber: un reparto muy al gusto de Sundance, altísima valoración en la sacra Rotten Tomatoes, y una distribución que dice a gritos «esto no lo haría HBO». Ya saben, esa ficción aromatizada para hablar de ella a media voz, no vaya a ser que el vulgo se abalance y haya que quitarle la vitola de «independiente». Zanjemos el asunto advirtiendo de manera clara al respetable que sí, Transparent es orgullosa y completamente indie. Mucho. En la esquina superior darán con la equis por la que pueden ir saliendo ordenadamente los alérgicos y cascarrabias. Fin del disclaimer.

Y además de indie, qué. Transparent es, para comenzar, un juego de palabras: Trans (de transexual, de a través de) y parent (paternidad). El argumento canónico sostiene que se trata de la historia de Mort, profesor jubilado, judío y divorciado, que a sus setenta primaveras decide vivir como lo que siempre se ha sentido: una mujer. Pero ojo, no es una serie sobre la transexualidad o el transgénero, o por lo menos no está concebida para el aplauso por abordar un asunto arriesgado. Sin ejercer la portavocía de nada, la transexualidad es una premisa que acaba trascendiendo el argumento para meterse hasta la cocina de la familia de Mort —Maura, en adelante— que tendrá que afrontar su revelación. Los Pfefferman son urbanitas angelinos de privilegiado universo, intensos y algo disfuncionales. ¿Resuenan ecos por ahí? Deberían, porque Transparent lleva la impronta de Jill Soloway, poseedora de esa forma de mirar a sus no-tan-adultos personajes, en comunión perfecta entre ternura y socarronería. Como un jarro de nostalgia cálida de A dos Metros Bajo Tierra, donde lo difícil es no detectar en estos Pfefferman algo de aquellos Fisher.

Ellos son Sarah, Josh y Ali, los tres hijos a los que Mort comunicará su decisión, y su secreto. Sarah (Amy Landecker) es la mayor de los tres, que ha seguido escrupulosamente la senda prefijada de convertirse en madre amantísima, profesional reputada y esposa ardiente; a quien solo le resta ajarse en ese molesto «algo más». Josh (Jay Duplass) es el típico producto de la esfera privilegiada de L.A: un productor musical, coolhunter de éxito y catre de paso para ninfas lánguidas con aspiraciones polifónicas. Completando el trío está la repentinamente ubicua Gaby Hoffmann (provocadora del efecto de dónde la he visto yo antes) la robaplanos oficial. Porque aunque el relato orbita en torno a Mort/Maura y su proceso, a Soloway se le vuelve a imantar el objetivo en la benjamina, una joven en el ocaso de la veintena y del pretexto de «estoy buscándome a mí misma».

Hay una escena en el primer capítulo de Transparent que retrata a la perfección quiénes son ellos, sin que hagan falta aquí más jerigonzas. Y no casualmente, esta escena se produce en torno a una mesa repleta de comida. Los hijos han acudido a la convocatoria del padre para contarles «algo importante». Se trata de una de esas estampas perturbadoramente cotidianas, de las que hacen sentir al espectador detrás de la mirilla invisible de la lucidez narrativa. Los personajes dan cuenta del manjar, con la salsa barbacoa escurriéndose por las comisuras como una erupción. Manosean la comida, despreocupados por exhibir bocados mientras se enredan en batallitas sobre menudencias. Son, aquí más que nunca, transparentes. Porque —y esto es una certeza tan personal como indiscutible— la mesa es uno de los escasos lugares que nos sacan a la luz, sin espacio para el fingimiento. Observar las maneras de deglutir de un comensal siempre ofrece más sinceridad que su parloteo. Los Pfefferman se muestran tal como son: voraces, pasionales, ávidos —de todo— a rabiar. Tan insaciables de emociones como de sustento. La secuencia está plagada de claves para entender lo que vendrá después. Es Sarah la que intenta adecentar el rostro de su padre, pintado de la pringosa mácula del carbohidrato: «¡Déjale! Ya se limpiará después», dice Josh. «¡Como parrillada y lo llevo escrito en la cara!», exclama, apelando a lo innecesario de aparentar cuando se está en la intimidad.

Sarah será la primera en conocer el secreto de Mort y también a quien menos tormento le provocará su digestión, familiarizada como está con la fatiga de pretender. Porque lo explosivo de la revelación no es que en adelante papá sea una mujer y quiera llevar falda y ponerse peluca, sino que lo ha sido siempre. Que ha fingido. Y ese es el lastre de un secreto, y que no es el secreto en sí —en este caso, que sea una mujer— sino el engaño que ha tenido que perpetuar para encubrirlo. Tanto más, si la revelación afecta algo tan esencial como la propia identidad. Lo que les ocurre a los tres hermanos, en diferentes grados, no es fruto de su egocentrismo ni su gilipollez sino un resorte lógico. ¿Quién es mi padre realmente? ¿Qué parte era impostada? ¿Todos los recuerdos que tengo junto a él están perseguidos por el fantasma de alguien que nunca fue? En esencia, el descubrimiento de esa «persona» o «máscara» que denominaba Carl Jung, diseñada para crear una impresión definida sobre otros y ocultar la verdadera naturaleza.

Quizá porque Soloway atravesó esta misma situación con su padre, es capaz de plasmar sin cinismo las consecuencias de una revelación así. «Es tan duro cuando alguien ve en ti algo que no quieres vean», musita el patriarca, dando en la diana del conflicto de la serie. Porque, al obligar a su familia a verla tal y como ella se ve, Maura actúa como un espejo que refleja las mentiras y autoengaños de todos los que están a su alrededor. Y ahí es donde la serie echa a andar, dejándonos ser partícipes ese tortuosa —y a veces, tan ridícula— búsqueda de la identidad de los personajes, que es de lo que va la cosa.

Imagen: Amazon Studios.
Imagen: Amazon Studios.

Transparent encara la tarea de la única manera posible: tomándose el sexo en serio. Si antes decíamos que la mesa es uno de los escasos lugares que nos desenmascaran, qué decir de la cama. Sarah, Ali y Josh evidencian su verdadero yo en el sexo, incluso cuando fingen. O tal vez, especialmente cuando fingen. Bajan la guardia y dejan que, entre jadeo y jadeo, se les escurran las mentiras que se dicen a sí mismos. Así, tras un squirting oceánico junto a una mujer, Sarah dará carpetazo al convencionalismo marital; Josh asumirá que su ansia fornicante esconde más de dependencia pueril que de promiscuidad; y Ali… Ay, Ali. Lo suyo será una catarsis genital y mental, que sin bien no desenmaraña el nudo de sus complejos sí que ha acabado generando un debate sobre un —recemos que improbable— retorno de la entrepierna sesentera. Y solo con lucir, por tercera vez, el ídem en frondoso primer plano.

Pero no todo es tan bravío en Transparent. La serie, que ostenta esa confusa etiqueta de dramedia, tiene también un resplandor insospechado de inocencia y ternura, especialmente en todo lo que tiene que ver con la transformación de Maura. Jeffrey Tambor firma una interpretación de las que punzan en el esternón, por incómoda y sincera. Y por compleja también. Su personaje vive en una eterna dualidad: a veces, es ese cachorro asustado por la tormenta exterior, tembloroso y entrañable como el mejor Christopher Plummer en Beginners. Otras, es un lector implacable de la realidad que le rodea, difícilmente endulzable. «Son tan egoístas» dice, sobre sus hijos. «Ni siquiera sé cómo crié tres personas que no son capaces de ver más allá de sí mismos». Él radiografía, y nosotros asentimos. Porque además de ávidos y voraces, los vástagos de Maura son salvajemente egoístas y, por qué adornarlo, gilipollas. Y puede que ese sea el escollo fundamental que el espectador rastreador de empatía encuentre en Transparent: que estos tres niños pijos, malcriados y esnobs le sean tan ajenos que hagan infranqueable su antipatía. Pero es que Transparent no es el tipo de televisión que ver con un guiño y un codazo. Más bien, se trata de ese tipo de realidad con un chorro de luz tan incómoda, que hace falta mirar haciendo visera con la mano.

Para quienes estén pidiendo árnica temiéndose que la serie es una colección de pedanterías, tal vez podríamos advertirles en este punto que los diez capítulos rebosan humor cabrón. Podríamos citar cómo Soloway se mofa en el rostro de los clichés judíos, angelinos y familiares. O por poner un ejemplo, aludir a ese momento en el que Ali, en una de sus muchas «exploraciones de sí misma» se matricula en un curso sobre feminismo en el que se pronuncian delirantes postulados como «los hombres insisten en terminar las cosas con signos de exclamación, los cuales son en sí mismos pequeñas violaciones». Así, quizás, la serie parecería más esponjosa y digerible, espantando la idea de los capítulos como un aluvión de drama y excentricidades de un cerril trío de gilipollas. Pero eso sería como culpar al espejo de lo desagradable que nos resulta nuestro reflejo.

Olviden todo lo anterior. Si algo merece ser retenido de Transparent es su valentía. La de la serie, y la de Sarah, Ali, Josh, y por descontado, Maura. El poso que deja no son sus relaciones desastrosas, sus continuos tropiezos crueles o idiotas. Es más un reflejo compasivo ante un niño desesperado, tratando de engarzar las piezas de un rompecabezas con infinitas soluciones. Podemos resignarnos a una de ellas, y ser, por ejemplo el marido de Sarah: «Sabía que no éramos felices, pero no se me ocurrió hacer nada al respecto». O hacer el gilipollas un ratito más con las piezas.

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6 comentarios

  1. Pingback: ARTMANHA

  2. La mejor serie del año llegó medio tarde. Bellísima.

  3. Juan José Martínez Jambrina

    Humor cabrón. Me lo quedo. Aún no he visto la serie.

  4. Es maravillosa.

  5. Pingback: Transparent: sexo, familia y gilipollas

  6. Pingback: Déjese querer por una loca - Jot Down Cultural Magazine

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