Cuando Peter Sagan no quiso ser Eddy Merckx ni Raymond Poulidor

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Peter Sagan. Foto: Denismenchov08 (CC)
Peter Sagan. Foto: Denismenchov08 (CC)

Es julio de 2013 y Peter Sagan sube tranquilo las rampas del Alpe D´Huez consciente de que esa no es su guerra. Va acompañado por otro compañero del Cannondale, los dos tan cicloturistas, cuando cerca ya de los últimos kilómetros oye cómo los aficionados, cansados de ver pasar caravanas publicitarias y corredores espídicos durante horas, le gritan al unísono: «¡Wheelie, wheelie, wheelie!», y Sagan, encantado a sus veintitrés años de ser foco permanente de atención, atiende el clamor sin dudarlo: levanta la rueda delantera y hace un caballito mientras suelta los brazos del manillar. Un caballito en medio de una rampa al diez por ciento que dura unos diez segundos. Luego, sin dejar de sonreír, continúa su marcha junto al compañero atónito.

Ese es Peter Sagan: el hombre de los caballitos para los aficionados y para la televisión —días antes, justo antes de subir al Mont Ventoux, cuando el pelotón acabó con su escapada, había hecho lo mismo frente a las cámaras de TF1—, el crío que pellizca el culo de una azafata en el pódium del Tour de Flandes y después le pide perdón con cara de niño bueno y le regala un ramo de flores en la salida de la siguiente clásica de primavera… «Here I´m allowed everything all of the time».

No estamos hablando exactamente de un enfant terrible, eso sería otra cosa: el enfant terrible suele centrar todas sus fuerzas en molestar, incordiar, ir a la contra. Sagan es casi lo contrario: está obsesionado con agradar, con parecer divertido. Es joven, guapo y rico, que diría aquel, y lo va a seguir siendo muchos años, ¿por qué no disfrutarlo? En su cuarta temporada como profesional, después de ser campeón del mundo junior de mountain bike con solo dieciocho años, ya lo ha ganado prácticamente todo y de todas las maneras posibles: en sprints masivos, en sprints reducidos, atacando en la última rampa, resolviendo escapadas…

Hay en torno a él un aura de invencibilidad que parte de aquella primera gran victoria, con veinte años recién cumplidos, en la París-Niza de 2010, cuando se metió en una escapada con Alberto Contador, Nicolas Roche y Purito Rodríguez, y les ganó a todos con una facilidad asombrosa. A partir de ahí, un palmarés envidiable para un posadolescente: otra etapa en esa misma París-Niza, un triunfo en Romandía y dos en el Tour de California, su carrera fetiche.

Los años le harán cada vez mejor: en 2011 no gana etapas en la París-Niza sino en la Vuelta a España. Tres, ni más ni menos, incluyendo una soberbia exhibición del equipo Liquigas, el germen del posterior Cannondale, que copa tres de los cuatro primeros puestos en la sexta etapa. Es un triunfo curioso, poco habitual, porque Liquigas no trabaja nunca para él sino para Basso o para Nibali, de manera que Sagan se acostumbra a buscarse la vida él solo con una comodidad inaudita: en la Vuelta a Suiza gana otras dos etapas aquel año y en 2012 debuta por fin en el Tour, ganando la primera etapa en un sprint cuesta arriba contra Fabian Cancellara y el otro niño milagro, Edvard Boason Hagen.

Sería la primera de tres victorias en Francia, a las que añadir cuatro en la Vuelta a Suiza —incluyendo el prólogo— y cinco en California. Es el nuevo caníbal. La gente le compara con Eddy Merckx y a Sagan no parece importarle aunque conteste con una modestia casi impuesta, mil veces oída en tantos otros deportistas: «No quiero ser el segundo Eddy Merckx, quiero ser el primer Peter Sagan». Inicia ese año su idilio incompleto con las clásicas, que se convierten en un continuo «no pudo ser». Parte siempre de favorito y acaba siempre segundo, tercero, cuarto o quinto: así San Remo, así Flandes, así Roubaix, así la Amstel Gold Race… solo consigue imponerse en la Brabante Pilj, una enorme carrera pero sin la consideración de «monumento».

No importa: esos triunfos llegarán tarde o temprano, solo hay que esperar. Cuando llega al Tour de 2013, Sagan ya ha ganado dos etapas en la Tirreno Adriático, otras dos en Suiza y dos más en California. Su actuación es portentosa: solo gana una etapa pero queda segundo tres veces y acaba otras seis entre los diez primeros. Efectivamente, se puede permitir todos los wheelies del mundo. Por delante, un montón de corredores dicen soñar con ganar una gran vuelta. A Peter Sagan le basta con no dejar de ser él mismo.

La cosa pierde color cuando la piensas dos veces…

El problema es que entre tanta exageración, tanto reconocimiento, tanto pararse en la cuneta para darle besos a su novia Katarina, algo competitivo se va perdiendo en Sagan, como quien pretende retomar un trabajo que ha dejado meses atrás y no sabe cómo empezar, todo el rato mirándose los pies para no pisar a nadie. Cuando no se esperaba nada del eslovaco, sorprendió al mundo. Ahora que el mundo empieza a señalarlo como su referente, a Sagan le entra algo parecido a un ataque de pánico.

Empieza la temporada 2014 con veinticuatro años recién cumplidos en enero, pero algo no funciona: ataca demasiado pronto o demasiado tarde, se crispa con facilidad, lanza los sprints a destiempo, se pelea con su equipo, a punto de cerrar tras la marcha de Nibali al Astana. El hombre que arrasaba de enero a julio, llega al Tour de ese año con una sola etapa en la Tirreno Adriático y otra en su santuario de California. Las clásicas han vuelto a ser decepcionantes: pese a ganar Herelbeke, no pasa del tercer puesto en la Gante-Wevelgem, del sexto en Roubaix y del décimo en la Milán-San Remo.

Cualquier otro lo habría firmado, pero Peter Sagan no es «cualquier otro». No lo ha sido nunca y no va a empezar justo ahora.

Su actuación en el Tour no ayuda a sacarle de dudas: aunque gana su tercer maillot verde consecutivo, hay en su regularidad algo de impotencia. Queda entre los cinco primeros de las siete primeras etapas, igualando un récord que databa de antes de la I Guerra Mundial, tiempos del mítico Charles Pélissier… pero no gana ninguna. A veces es un despiste, otras es falta de fuerza; otras, directamente, mala suerte o milímetros que separan su rueda de la del rival. Probablemente algo había cambiado antes en Peter Sagan, pero ahora se ve mejor que nunca: está crispado, no hay caballitos, no hay sonrisas ni espectáculos. Vive para la victoria y la victoria no llega. Desesperado, se mete en todas las escapadas, incluso en las etapas de montaña, y acumula premios de la combatividad, pero no, no hay pódium, ni azafatas, ni ramos de flores…

Después de un cortejo de años, el magnate ruso Oleg Tinkov le hace una oferta para unirse a su equipo: el Saxo. Sagan acepta. Ahí tendrá más apoyos y mejores compañeros que en Cannondale y si no los tiene al menos tendrá más dinero: doce millones de euros por tres años, una barbaridad en tiempos de crisis, casi lo mismo que cobra la estrella del equipo, Alberto Contador… solo que Contador acaba de ganar su sexta grande: la Vuelta a España y aún ganará una séptima —el Giro— al año siguiente.

El resto de temporada es infame: se pasea por la Vuelta sin ningún ánimo combativo hasta que acaba retirándose días antes de llegar a Madrid. Muchos apuntan a que quiere preparar el Mundial de Ponferrada… pero en el Mundial ni aparece, muy lejos de la nueva revelación, el polaco Michal Kwiatkowski. «El cambio me sentará bien», piensa, y tras unos meses de relajación se marcha a Gran Canaria a reunirse con sus compañeros de equipo para entrenar durante el invierno.

De Eddy Merckx a Raymond Poulidor

Oleg Tinkov no tarda mucho en darse cuenta de que los problemas de Sagan no se han quedado en Italia. Hombre iracundo e impaciente por naturaleza, casi sacado de una novela de Emmanuele Carrère, Tinkov ve cómo avanza la temporada 2015 y sus grandes estrellas no consiguen ganar nada. Contador lo ha fiado todo al Giro y Sagan solo se ha llevado una etapa en Tirreno después de su habitual colección de segundos puestos en carreras menores.

Cuando llegan las clásicas de primavera y Sagan solo puede quedar cuarto en San Remo y en Flandes, dando enormes muestras de debilidad y fatiga ante rivales que no habría temido apenas dos años antes, el millonario estalla en Twitter. No quiere más excusas. No quiere más segundos puestos. Se ha gastado un dineral en el equipo y quiere que sea un equipo ganador. Echa a Bjarne Riis, ese ilustre dopado, de su puesto de director deportivo y se pone a sí mismo en su lugar. De repente, las cosas cambian casi milagrosamente: Contador se pasea por Italia ante la resistencia caótica del siempre poderoso Astana y Sagan consigue dos etapas en la Vuelta a Suiza, igualando el récord total de Koblet y Kubler, y logra imponerse en el Tour de California a su manera, con una sola etapa pero seis top tens en las siete etapas disputadas.

Todo apunta a un Tour grandioso para los dos líderes del Tinkoff-Saxo, pero a la hora de la verdad ninguno cumple del todo con las expectativas: Contador acaba quinto, pero a casi diez minutos del vencedor, Chris Froome, y Sagan gana por cuarto año consecutivo la regularidad pero vuelve a dar una imagen de frustración, acumulando cinco segundos puestos y hasta doce etapas entre los diez primeros sin victoria alguna. De Merckx ha pasado a Poulidor en demasiado poco tiempo y ser Poulidor no le hace ninguna gracia. Cuando las cosas parecen arreglarse en la Vuelta a España, ganando una etapa y a punto de ganar otra, una moto de la organización se lo lleva por delante. Es una de la imágenes del año: no la del atropello, porque nunca se quiso emitir, sino la de Sagan con el muslo abrasado discutiendo con motos, médicos, organizadores y todo lo que se le ponga por delante.

Al día siguiente no toma la salida. La versión oficial habla de las heridas sufridas. La lógica apunta a que el cabreo no ha remitido lo más mínimo.

La redención de Richmond

Y así llega el Campeonato del Mundo, una prueba que lo tiene todo para ser la gran referencia del ciclismo mundial pero que suele perderse entre recorridos mal diseñados, desinterés de algunas estrellas y la dichosa maldición del maillot arcoíris que parece que hubiera que evitar a toda costa. El circuito de Richmond es principalmente llano pero presenta alguna cuesta empinada no muy larga y tramos cortos de pavés. Si se piensa con distancia, es difícil hacer un recorrido mejor para Peter Sagan, pero, sin embargo, el eslovaco apenas entra en los pronósticos porque nadie sabe con qué actitud encarará la prueba.

Se habla de Kristoff, de Degenkolb, de Greipel, de Van Avermaet, incluso del veteranísimo Tom Boonen… y a Sagan se le menciona de corrido porque, bueno, hay que mencionarlo, igual que uno se ha acostumbrado a mencionar a Boasson-Hagen sabedor de que, desde que dejó el Sky, su rendimiento no ha estado nunca a la altura. Así, pasan los kilómetros y las fugas y el cansancio y de Sagan no se sabe nada. Como no tiene nadie que le ayude —Eslovaquia solo cuenta con cuatro corredores, ninguno de ellos con calidad suficiente como para cerrar una fuga o lanzar a un compañero— se limita a esperar a que los demás se maten entre ellos y confiar en llegar vivo a la última vuelta.

Todo sale según lo previsto: el pelotón compacto enfila el último giro con el equipo belga en cabeza tirando a bloque. El primero en intentarlo es el checo Zdenek Stybar, otro habitual de los puestos de honor en las clásicas de primavera. Tras Stybar se va Van Avermaet como loco, sabedor de que es incapaz de ganar una carrera al sprint y que tiene que intentarlo de lejos. El problema es que Van Avermaet tiende a atacar a destiempo y cuando ya ha gastado casi todas sus energías se encuentra de morros con la famosa calle 23, la pared de piedras, donde ve cómo Boasson Hagen le coge la rueda y Peter Sagan directamente se va como loco hacia arriba, igual que si estuviéramos en 2011, 2012 o 2013.

A partir de ahí todo es historia: la ventaja del eslovaco es mínima, de diez o veinte metros, pero cuando Van Avermaet se relaja un par de segundos para coger resuello, Sagan no mira hacia atrás y continúa a todo ritmo, solo dos kilómetros para la meta, bajando con el pecho sobre el manillar. Mientras Van Avermaet y Boasson Hagen se hacen los remolones, como si una medalla les bastara, él se lanza a la típica aventura que en el Tour acabaría en un tercer o un cuarto puesto o incluso, para mayor crueldad, un segundo.

No tiene tiempo para pensar en eso y cuando Sagan no piensa es mucho más peligroso. Toma una curva a derechas a tal velocidad que está a punto de hacer como Cancellara en los Juegos Olímpicos de Londres cuando se comió las vallas en plena entrada a línea de meta. Esa curva, esa velocidad, es crucial: le da la ventaja definitiva. El pelotón no volverá a saber nada de él. Mete un desarrollo inhumano en la cuesta final, una cuesta que no acaba nunca y en la que parece ir parado, pero no, avanza y avanza y cuando cruza la meta, en vez de celebrar a lo grande, se limita a reivindicarse abriendo los brazos como si el triunfo fuera algo inevitable para después bajarse de la bici y empujarla casi con desprecio: «Ahí tenéis vuestro campeonato del mundo, hijos de puta», parece querer decir para después, erguido, pasear por la línea de meta en dirección contraria.

Él de pie, los demás aún sentados.

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18 Comentarios

  1. Seamos serios: menos en el caso de Cancellara, estas carreras se ganan básicamente porque atrás no se ponen de acuerdo para tirar a por todas.
    A mí Sagan me parece uno de los más normalitos dentro de la élite en la que se encuentra. Todo parecía destinado a un belga (exhibición de esta selección) o a Greipel y Sagan hizo lo único que podía hacer para ganar (en sprint masivo perdía): saltar y rezar para que atrás hubiera falta de ganas y de dar la victoria en bandeja al contrario. Lo que suele ocurrir siempre.
    De todos modos, lo mejor fue la excusa de Valverde: «es que iban muy rápidos».

    • Omites el hecho de que cuando Sagan ataca todos los del grupo de abren de patas miserablemente. Luego está claro que en un persecución de 30 contra Sagan, el eslovaco no tiene nada que hacer, pero en el ciclismo, como bien apuntas, pasan estas cosas: cuando uno tira se deja todo; cuando tiran varios hay reticencias.

      Por cierto, en la rampa del Alpe d’Huez puedo presumir de ser el primero que grita «wheelie!wheelie!». Aquí dejo el vídeo que grabé:

      https://www.youtube.com/watch?v=6J7rbKn-Jkc

      El artículo resume perfectamente la trayectoria de Sagan pero no estoy nada de acuerdo con esta frase:

      «Y así llega el Campeonato del Mundo, una prueba que lo tiene todo para ser la gran referencia del ciclismo mundial pero que suele perderse entre recorridos mal diseñados, desinterés de algunas estrellas y la dichosa maldición del maillot arcoíris que parece que hubiera que evitar a toda costa»

      Todas las estrellas capaces de ganar el Mundial están en la salida. Otra cosa es que los Contador, Quintana o Froome no vayan, pero es que no rascarían bola. Para eso mejor ceder su puesto.

      Y lo de la maldición…Dame pan y llámame tonto. Todos firman ganar y tirarse un año sin rascarla.

    • ‘Sagan normalito’, ‘todo destinado a un belga’ ?!, o a Greipel (que se eliminó kilómetros antes del final para cazar una fuga sin alemanes), ‘en un sprint masivo perdía’ ?!…
      Estoy dudando en si tienes 10 años o tu pareja te ha sido infiel con Sagan.
      Al menos dices algo con sentido, que en las clásicas suele ganar el que va escapado cuando los de atrás no se ponen de acuerdo para cazarle, ¡BRAVO!
      Así es que ya sabes, te haces ciclista, vas a todas las clásicas y cuando queden 3 kilómetros te escapas, ala venga… te vas a hinchar.

  2. Sagan estaba en todas las casas de apuestas mínimo entre los tres favoritos para ganar el mundial, junto a Kristoff y Degenkolb. Decir que apenas entraba en los pronósticos está totalmente alejado de la realidad.

  3. En una carrera como el Mundial, ubicada en un punto de la temporada donde sólo los más fuertes tras el Tour de Francia y la Vuelta tienen claras opciones de victoria, el triunfo de Peter Sagan confirma tanto el gran prestigio de esa competición como la dedicación y sacrificio que requiere para subir a lo más alto del podio.

  4. Este año sin haber ganado ninguna etapa, ha sido el mejor en el tour con diferencia. Metiéndose en todos los sprints (sin equipo) y en escapadas en etapas de media montaña que no le correspondían. Se merece el arcoíris de sobra.

  5. En el ciclismo hay corredores especialistas, como en atletismo; unos lo son en el «sprint», otros en la montaña, del mismo modo que hay especialistas en los 100m lisos y especialistas en maratón. Todos son atletas, pero no tienen nada que ver unos con otros. En el ciclismo se da la circunstancia de que todos corren juntos en la misma carrera, y eso despista. Los ciclistas que podíamos llamar -por seguir con el símil- mediofondistas, y que no son especialistas en ninguna modalidad, pero que se defienden en todas como Sagan, son los que suelen ganar los mundiales. Sagan es un gran «mediofondista», como lo fue en su día O. Freire, pero a día de hoy, está muy lejos de poder ganar una grande.

  6. Enorme ciclista, de los pocos con un gran carisma y que siempre da espectáculo. Ganó el mundial a lo grande y la gente que dice que no se pusieron de acuerdo en ir a por el tendría que ver más ciclismo. Hay ciclista espectáculo para rato y aunque no gane siempre podemos repasar sus descensos como el de amino a Gap de este año, para mí el momento de la temporada.

  7. «….pero no gana ninguna. A veces es un despiste, otras es falta de fuerza; otras, directamente, mala suerte o milímetros que separan su rueda de la del rival. Probablemente algo había cambiado antes en Peter Sagan….»

    Se os olvida algo clave en el ciclismo: que los rivales también corren, y que en cualquier carrera en la que este Sagan (a no ser que sea de alta montaña), se convierte en favorito y apenas tiene libertad de acción, ya que todos los favoritos están pendientes de su rueda.

  8. «Hoy es un excelente día para Sagan», dice el director deportivo, por la mañana. La «maldición» de Sagan se explica en parte porque sirve para (casi) todo. Compite con Greipel o Cavendish (sprints), Stybar o Cancellara (clásicas del norte) pero también Valverde, Nibali o Kwiatkowski en escenarios como Strade Bianche. Cuando se mueve, todos se mueven -siempre- y eso se paga a menudo con falta de victorias y una cantidad enorme de puestos secundarios.
    Al margen: La chispa de Boason Hagen se apagó cuando *entró* en el régimen del Sky, donde su talento fue muy desperdiciado trabajando para otros. En el Qhubeka Boason Hagen tiene mucha más libertad y creo que le conviene.

  9. Eslovaquia participa con tres ciclistas en el Mundial de Richmond: Peter Sagan, su hermano Jurag y Michael Kolar, los tres del equipo Tinkoff-Saxo. Y eso de que no estaba en las quinielas de favoritos para el arcoíris…

    • A veces el afán por novelar el artículo lleva a algún imprevisto. Eso sí, yo aposté por Gilbert, lo recuerdo, y Sagan estaba quizá entre los diez primeros, al menos veinticinco a uno debía estar la cuota. Gran ciclista, ecléctico como Valverde, quizá sin fondo en la alta montaña para optar a una Gran Vuelta, máxime cuando no destaca en contrarreloj, pero en sprints duros sin las locomotoras alemanas, en las clásicas flamencas y francesas, y en etapas de media montaña como ya ha hecho Tony Martin alguna vez, se puede hinchar dejando atrás el mal fario…

  10. Pues no me parece de recibo pasar de puntillas por una victoria en la general de California donde se lo ganó en alta montaña y contrarreloj… Cualquiera que no siga ciclismo en profundidad podrá pensar que ganó la prueba por el puestometro… Y nada más lejos de la realidad.
    Por cierto, Cancellara hizo un recto en una curva el los JJOO de Londres, pero varuosbkms antes de meta.

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