¿Cuál es el mejor bodegón jamás pintado?

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Imagínense la situación: uno podía tener una gran afición por el dibujo en su tierna infancia y aunque solo fuera por la cantidad de horas dedicadas demostrar cierta pericia, así que el siguiente paso era que tus padres te apuntasen a una academia de dibujo. Sonaba prometedor. Ahí aprenderías nuevas técnicas, tendrías más herramientas a tu alcance y te convertiría en un consumado pintor en poco tiempo… Algo parecido a esperar aprender la patada de la grulla el primer día de clase con el profesor Miyagi. Lo que vino después en realidad fue un inagotable dar cera pulir cera con los dichosos bodegones. Uno tras otro. Había que pintar tantos y de tan variadas formas que cualquier cesta con frutas en una mesa te hacía dar un paso atrás alarmado. Esa fue al menos mi experiencia personal, pero en cualquier caso el colocón que te llevabas a casa con trementina y otras sustancias compensaba cualquier tormento. Además, tal como más tarde aprendería, dicha disciplina tenía su lógica dado que tradicionalmente ha sido considerado el más bajo de los géneros pictóricos, teniendo por encima el paisaje, el retrato, las escenas de la vida cotidiana y, presidiéndolos todos, las escenas históricas/religiosas. A pesar de todo, se trata de un género que ha atrapado la atención de grandes artistas a lo largo de los siglos y ha dado lugar a obras muy notables. A continuación veremos algunas de ellas. Voten abajo su favorita o añadan las que hemos olvidado.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Bodegón con ciruelas, brevas, pan, barrilete, jarra y otros recipientes, de Luis Meléndez

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Nada mejor para empezar que con el mejor pintor español de naturalezas muertas, que en nuestro país pasarían a llamarse bodegones. Nacido a comienzos del siglo XVIII, fue hijo de otro conocido pintor, Francisco Meléndez de Rivera Díaz, y parece ser que ciertas disputas personales le impidieron llegar a convertirse en pintor de cámara del rey, especializándose finalmente en este género. Lamentablemente no le dio para vivir holgadamente, aunque las obras que realizó para el Gabinete de Historia Natural al menos le otorgaron la gloria inmortal y hoy en día pueden encontrarse en el Museo del Prado. En la que vemos sobre estas líneas se percibe bien el extremo detallismo del autor y su dominio de la iluminación y de las texturas, con esa mesa en cuya madera se perciben vetas y muescas en los bordes, esas apetecibles ciruelas gordas a las que solo hace falta pasar por debajo del grifo y la jarra de bola que casi parece tener relieve.

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El aguador de Sevilla, de Velázquez

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No hay unas reglas escritas en piedra sobre qué es un bodegón; en general tiende a considerarse a aquella representación en un espacio cerrado que muestra en un primer plano alimentos (lo más común), flores, animales, objetos domésticos y ocasionalmente también personas. Las composiciones de Velázquez durante su periodo de formación en Sevilla estarían a medio camino entre el bodegón y la escena costumbrista, así que aquí traemos una de las pinturas más conocidas de esa época, que Fernando VII regaló a los ingleses en otra muestra de su torpeza.

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Naturaleza muerta de banquete con ratón, de Abraham van Beyeren

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Aunque los bodegones españoles han logrado mucho reconocimiento, este género se asocia comúnmente a los Países Bajos, donde tuvo su origen a finales del siglo XVI. Este autor acostumbraba a acompañar sus representaciones de frutas con pescado y marisco, quizá por su sintonía con el ambiente marino que retrató en diversas ocasiones en sus inicios. En el caso de esta pintura además incluyó un ratón, a ver si logran encontrarlo.

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Bodegón con gato y raya, de Jean-Baptiste Chardin

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Donde haya un ratón no puede faltar detrás el gato y aquí lo pintó este artista francés del siglo XVIII, que tomó como referencia a los holandeses del siglo anterior, especialmente en el uso del color. En su otra obra más conocida, El buffet, incluyó también un perro.

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Bodegón, de Clara Peeters

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Las naturalezas muertas eran pinturas profanas que encontraban su mercado en la creciente clase burguesa. Carecían de la solemnidad y la trascendencia exigidas hasta entonces por el mecenas de arte que había sido la Iglesia, y en su lugar mostraban un estilo de vida, cierta abundancia material; era lo más parecido a mostrar fotos en Instagram del plato que tiene uno delante. Se ve que nos gusta contemplar —y exhibir— la comida casi tanto como comer. En este caso, y por primera vez en un bodegón, vemos piezas de caza, pintadas por una autora flamenca nacida en 1594 y que tiene, junto a esta, otras tres obras en el Museo del Prado.

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Cesto con frutas, de Caravaggio

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Caravaggio se distinguió por sus recreaciones de episodios bíblicos, tan sórdidas como fascinantes, en las que mostraba entre fuertes contrastes de luces y sombras a personajes a menudo de aspecto grotesco en escenas cargadas de violencia. Nada podía resultar más lejano a todo ello que un sencillo cesto con frutas, pero como tantos otros así empezó y lo supo hacer con excepcional maestría. En el aspecto roído y algo putrefacto ya se intuye esa inclinación suya por el lado oscuro que le llevaría a meterse en frecuentes peleas callejeras e incluso matar a uno. Aunque resulta menos exuberante que la otra naturaleza muerta que se le conoce, la supera en realismo.

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Bodegón de cocina, de Mateo Cerezo

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No recuerdo quién desdeñaba los vegetales diciendo que «no son más que la comida de mi comida», así que si hemos visto hasta ahora el retrato de frutas, pan, marisco, pescado y aves no podíamos olvidarnos de la carne roja. Nacido en Burgos en 1637, Mateo Cerezo pintó este cuadro en torno a 1664, que destaca por su variedad de elementos y por los diferentes niveles de profundidad en los que están distribuidos. Actualmente está en el Museo del Prado.

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Festón con flores y fruta, de Jan Davidsz. de Heem

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Además de representar alimentos, un subgénero bastante frecuentado fue el de las naturalezas muertas florales, en el que se intentaba recrear la belleza propia de las flores. El holandés Jan Davidsz. de Heem destacó en ese ámbito aunque también pintó bodegones buscando innovar en su temática y estilo. Situándolos al aire libre o con un paisaje a través de la ventana, como en Fruta y jamón sobre una mesa con una vista de la ciudad.

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Bodegón con pastel de pavo, de Pieter Claesz

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Nacido en la localidad belga de Berchem en 1597, Pieter Claesz forma parte del llamado Siglo de Oro holandés y esta es una de sus creaciones más notables. Es una obra con muchos detalles en los que podríamos fijarnos; por ejemplo, el pavo era un ave exótica traída de América que aquí simbolizaba el lujo y el poderío imperial de Holanda, que por entonces acababa de fundar Nueva Ámsterdam, una ciudad que tendría bastante porvenir aunque hoy sea más conocida por la isla que ocupa, Manhattan. Por otra parte, un elemento frecuente de los bodegones son los recipientes metálicos o de cristal que por la dificultad de sus texturas son un reto para el artista: según cómo logre reflejar en ellos la luz e incluso el entorno circundante podremos valorar su habilidad. Es en cierta forma como pintar un cuadro dentro del cuadro, lo que requiere dominar la perspectiva y conocer las leyes de la óptica. Algo que a Claesz se le daba realmente bien, aunque de él y de otros pintores de espejos dentro de cuadros ya hablamos en este artículo.

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Naturaleza muerta con copa dorada, de Willem Claesz Heda

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Pese a su apellido no comparte parentesco con el anterior, aunque sí el reconocimiento por ser los dos pintores más destacados de su tiempo en este género.

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Bodegón de caza, hortalizas y frutas, de Juan Sánchez Cotán

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Juan Sánchez Cotán es otro de los muchos pintores españoles que han destacado en este ámbito, con la particularidad de que llevó a cabo parte de su obra tras haber ingresado en 1603 en la cartuja de Granada. Por ello los suyos son conocidos como bodegones de Cuaresma. Representar colgados algunos de los objetos se convertiría desde entonces en un recurso imitado por otros artistas posteriores. Actualmente forma parte de la colección del Museo del Prado.

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Naturaleza muerta con langosta, de Anne Vallayer-Coster

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Anne Vallayer-Coster logró ingresar en 1770 en la Real Academia de Pintura y Escultura y tuvo con sus bodegones un notable éxito de público, atrayendo la atención de intelectuales como Diderot y hasta de la mismísima María Antonieta, de quien se convertiría en su jefa de gabinete de pintura. Luego llegó la Revolución y, aunque tuvo más suerte que ella pudiendo conservar la cabeza sobre los hombros, su reputación quedaría ya inevitablemente afectada. De su producción impresiona también por su realismo La sopera blanca.

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Cesto de manzanas, de Paul Cézanne

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Esta obra de Cézanne puede gustar más o menos, pero tiene su importancia dentro de la historia de la pintura por ser una de las precursoras del cubismo. Esa mesa de bordes imposibles a un lado y a otro ya es un claro indicio de que el arte estaba abandonando cualquier conexión con el mundo real y las formas reconocibles (y por tanto con la belleza, según muchos, pero esa es ya otra cuestión). Hay otro bodegón suyo digno de mención, Frutero, copa y manzanas, debido a que fue homenajeado en otro cuadro, Homenaje a Cézanne, pintado en 1900 por Maurice Denis, que retrata la influencia que en otros artistas y críticos estaba comenzando a tener este autor.

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Rana muerta con moscas, de Ambrosius Bosschaert II

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Concluimos con este pintor holandés que fue conocido principalmente por sus pinturas dentro del ya mencionado subgénero de los bodegones de flores, pero no es en ninguno de ellos en el que nos fijaremos. Como hemos visto hasta ahora, casi todas las naturalezas muertas pretendían retratar la belleza. ¿Pero qué ocurre cuando un artista se detiene en mostrar algo deliberadamente feo? ¿Diríamos de este cuadro que es bonito? Desde luego está ejecutado con apreciable habilidad, pese a que en principio a esto no nos apetezca hincarle el diente (aunque hay gente que nos lee desde países rarísimos, a saber). También puede resultar inspirador, al hablarnos de la fugacidad de la existencia y del ciclo de la vida. Somos polvo de estrellas, decía Carl Sagan, pero también estamos hechos de ranas muertas, deposiciones de diplodocus y vaya usted a saber qué más porquerías, que la materia orgánica siempre está reciclándose. De todo ello también nos hacía reflexionar un subgénero de los bodegones llamado «Vanitas» que merece una encuesta propia que haremos más adelante, aquí tienen uno del citado Pieter Claesz para que se hagan una idea.

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13 comentarios

  1. A día de hoy me encantan los bodegones, aunque comparto con el autor la tortuosa experiencia de haber tenido que dibujar cientos de manzanas y copas durante mi infancia y adolescencia. Mi bodegón preferido es El buey desollado, de Rembrandt, aunque supongo que por sus características podría entrar a formar parte de ese subgénero llamado «Vanitas» que se menciona al final del artículo.

  2. ¿Arcimboldo vale?

  3. IVÁN MARCOS GARCÍA-DIEGO

    Se ha dejado usted al que probablemente sea el mejor pintor de naturalezas muertas del siglo XVII español. Me refiero a francisco de Zurbarán cuyo bodegón de naranjas del Museo de Los Ángeles debiera estar sin duda en esta relación. Y Frans Snyders en Flandes,Jaques Linard en Francia, Giacomo Ceruti en Italia o Van der Hamen en España, también tendrían que estar

  4. Unamico

    Morandi

  5. Hay uno de Miquel Barceló con peces que me revolvió la tripa hace unos años, pero no sé encontrarlo.

  6. Pingback: ¿Cuál es el mejor bodegón jamás pintado? – Jot Down Cultural Magazine | Historia del Arte 2º de Bachillerato

  7. Bianca Visser

    El bodegón de Abraham van Beyeren es casi idéntico a una pieza que el pintor neerlandés Willem Kalf pintó algunos años antes. Si no me equivoco, cuelga en el Boymans van Beuningen, en Rotterdam. Lo que no sé es si este cuadro también incluye un ratón. Otro pintor maravilloso que merece ser mencionado es Adriaen Coorte. Sus cuadros son una delicia.

  8. Euribe

    Hace unas semanas estuve en La Haya y vi en la Maurithuis esta preciosidad de Adrian Coorte: https://en.wikipedia.org/wiki/Adriaen_Coorte#/media/File:Coorte_5.jpg

    • luchino

      Por cierto, un estupendo museo, ubicado en un agradable palacio.
      Muy buenos cuadros y el colofón, a mi entender, La joven de la perla, de J. Vermeer.

    • Malena

      El más sutil en cuanto al significado de » naturaleza muerta » la mariposa sobre los espárragos o el de los duraznos es sensacional. Desconocido en vida su obra no se reconoce hasta 1950 .

  9. Cualquiera de Juan Gris

  10. Pingback: El tamaño adecuado de un marco - Mi Decoración Decoración

  11. Muy interesante, me gusta.

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