El ojo ante el espejo, su reflejo y un cuadro con un conejo - Jot Down Cultural Magazine

El ojo ante el espejo, su reflejo y un cuadro con un conejo

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Detalle de El matrimonio Arnolfini, de Jan van Eyck.

Detalle de El matrimonio Arnolfini, de Jan van Eyck.

Tal vez recuerden la escena de Blade Runner: tras haber encontrado unas fotografías en el apartamento del sospechoso, el detective Deckard introduce una de ellas en una máquina llamada Esper, que venía a ser una especie de Photoshop con esteroides. No solo le permite ampliarla sin que quede pixelada, además puede variar el ángulo de observación como si de una imagen tridimensional se tratara, de manera que enfoca en un espejo del centro de la foto, amplía, gira, amplía… y voilà, ahí aparece una de las replicantes plácidamente tumbada. Difícilmente dicho espejo pudo haber reflejado la cara de Zhora desde el ángulo en que fue fotografiada, pero no queremos ser aguafiestas ni desmerecer esta gran película, pues en realidad lo que hace es continuar una larga tradición artística en torno a los espejos y sus reflejos a menudo fascinantes y en ocasiones también imposibles, como si la tecnología Esper llevara en realidad varios siglos en funcionamiento. De ello hablaremos a continuación.

Coge un espejo, dirígelo a todas partes, y en el momento harás el sol y todos los astros del cielo, la tierra, a ti mismo, los demás animales, las plantas, las obras de arte y todo lo que antes mencionamos.
—Sí, haré todo lo que dices en apariencia; pero nada de eso existirá, ni tendrá realidad.
—Muy bien. Comprendes perfectamente mi pensamiento. El pintor es un operario de esta especie. ¿No es así?
—Sin duda.

Le bastaron estas palabras a Platón en su libro décimo de La República para desdeñar a los pintores, que junto otros artistas quedaban excluidos de su utopía política, tan perfecta que en realidad ningún ser humano tendría cabida en ella. Pero a la manera de aquellos que adoptan el mote que otros les ponen y exhiben con orgullo lo que les es señalado como defecto, a lo largo de los siglos posteriores los pintores parece que vieron en los espejos no una comparación despectiva sino a un formidable aliado, un instrumento que cautivaba su atención y desafiaba su talento. Al fin y al cabo el campo de juego de la pintura es el del color, las luces y las sombras y la perspectiva, siendo esta última donde los espejos multiplicaban las posibilidades al incluirlos en la representación. Cabalgar este potro salvaje era un reto muy tentador… Aunque alguno pueda terminar rompiéndose la crisma en el intento, pues una cosa es lo que el artista quiere expresar y otra lo que dictan las leyes de la óptica, y no siempre coinciden. Claro que a veces el desafío a ellas es tan explícito que no estamos ante una falta de pericia, sino ante un guiño del autor por el que el espejo adquiere unas propiedades sobrenaturales. ¿No ha sido, al fin y al cabo, el objeto mágico por excelencia de toda bruja, mago o pokémon?

Es difícil precisar cuál fue la primera representación artística de un espejo, pues ya en la antigua Grecia hubo algunos ejemplos y en las ilustraciones medievales también se hicieron un hueco. De lo que no hay duda es de que la más celebrada, la que más influencia ejercería en la historia del arte, fue la contenida en El matrimonio Arnolfini. Este cuadro fechado en 1434 tiene un interés excepcional por muchos motivos —que ya desgranamos en este artículo—, pero ahora lo que nos interesa es el espejo que preside toda la escena como si de un ojo divino se tratase y cuyo detalle pueden ver arriba. Está enmarcado por diez imágenes de la crucifixión y resurrección de Cristo, lo que enfatiza la función religiosa que en la época se atribuía a estos elementos decorativos, concretamente como parte del llamado «arte de morir» o memento mori del que ya hablamos aquí. Sobre él podemos ver la leyenda Johannes van Eyck fuit hic, es decir, «Jan van Eyck estuvo aquí». ¿Quiere decir eso que es uno de los que aparecen reflejados? Al menos por la posición desde la que ha sido retratada la escena así debería ser. Pero en cualquier caso lo fundamental es que este recurso era una ventana que nos asomaba no a otro espacio sino a otra perspectiva, como decía Foucault «repetía lo que se daba una primera vez en el cuadro, pero en el interior de un espacio irreal, modificado, encogido, curvado. Se veía en él lo mismo que, en primera instancia, en el cuadro, si bien descompuesto y recompuesto según una ley diferente». De esta manera es como si el cuadro se convirtiera en un holograma, las figuras ya no son bidimensionales sino que adquieren el volumen de una escultura, pasando a formar parte de un espacio en el que parece que pudiéramos meter la cabeza. En un sentido más abstracto, ver lo mismo desde otra perspectiva es la actitud filosófica por excelencia (y también la más humorística, por cierto), de forma que al hacer esto el artista nos invita a ver su obra desde otra perspectiva quizá para que seamos capaces de ver también la realidad que nos rodea desde otro ángulo. Ya decía Proust que el único viaje auténtico no consistía en ir hacia nuevos paisajes sino en observar el mundo con los ojos de otro. Así que, en definitiva, se trataba de un recurso demasiado valioso y sugerente como para dejar que esta fuera la última ocasión en que se emplease. Y vaya si se repitió.

Tabla izquierda del Tríptico Werl y detalle ampliado.

Tabla izquierda del Tríptico Werl y detalle ampliado.

Solamente tuvieron que pasar cuatro años para que otro pintor flamenco, Robert Campin, tomara nota de la idea y la recreara en el Tríptico Werl, que hoy en día se expone en el Museo del Prado. Lo que vemos sobre estas líneas es la tabla izquierda y la ampliación del detalle del espejo. En un alarde de virtuosismo el autor incluyó el reflejo la ventana, que si desde nuestro punto de vista ofrece un paisaje, a través del espejo lo que nos muestra son las fachadas de las viviendas de enfrente. También vemos la figura reflejada de san Juan Bautista, lo que nos permite concluir que los santos no son como los vampiros y sí se muestran en los espejos. De rodillas, el hombre que reza y a quien está protegiendo es el teólogo Heinrich von Werl, que no aparece en el espejo, aunque sí dos franciscanos testigos del milagro.

¿Sería correcta esa perspectiva si la escena fuera real? Dado que las ciencias adelantan que es una barbaridad, hoy día la informática permite elaborar un modelo en 3D de la estancia y de la superficie convexa en la que se reflejaría, y eso es ni más ni menos lo que este estudio de Oxford y Microsoft analizó, tanto de este cuadro como del anterior. Utilizaron para ello términos como «sistema catadióptrico» y «factor de protrusión», así como unas fórmulas matemáticas y figuras geométricas que parece que estuvieran invocando al diablo, pero es todo ciencia moderna, no se crean. La conclusión a la que llegaron ensalzó «la extraordinaria precisión de la representación geométrica y el alto nivel de pericia aplicados por Robert Campin (…) un logro asombroso que sugiere una gran mente y talento». Mientras que en el caso de Jan van Eyck detectaron ciertos errores, aunque también lo consideraron «bastante impresionante».

Un orfebre en su taller, de Petrus Christus.

Un orfebre en su taller, de Petrus Christus.

En 1449 un tercer pintor flamenco, de nombre Petrus Christus, cumpliría el encargo del gremio de orfebres para su capilla en la ciudad de Brujas, añadiendo en su parte inferior derecha otro espejo convexo. En este caso no refleja la escena general, sino que presenta una escena distinta por completo, con dos paseantes observando el interior de la tienda del orfebre. Una composición en la que sin duda debió de inspirarse posteriormente Quentin Massys para El cambista y su mujer. De finales del siglo XV hay otra obra digna de mención que no es un cuadro sino un tapiz, tejido con lana y seda, que los más observadores recordarán de Harry Potter: se trata de La dama y el unicornio. Por la posición del espejo que sostiene la chica el reflejo está invertido a como en principio debería ser, pero a lo mejor es que los unicornios se reflejan del revés, que ya se sabe que son muy raritos. Algo parecido ocurre con Dama en el baño, atribuido a la escuela de Fontainebleau en torno a 1590, en la que vemos un espejo mágico capaz de desafiar las leyes de la óptica.

Magdalena Fabius, de Georges de La Tour.

Magdalena Fabius, de Georges de La Tour.

Georges de La Tour fue un pintor francés tenebrista nacido a finales del siglo XVI dotado de un estilo muy característico y fácilmente distinguible. Actualmente y hasta el 12 de junio el Museo del Prado acoge una exposición de su obra, y la que ven sobre estas líneas es una de las que forman parte de la muestra. Se titula Magdalena Fabius y retrata a una de las mujeres más icónicas de la historia del arte, aquella de la que Jesús sacó siete demonios, María Magdalena. Como es costumbre en el autor hay un fuerte contraste entre las luces y las sombras y los personajes tienen un aire melancólico, reflexivo, que en este caso, además, se ve reforzado por esa calavera que era otro de los símbolos del memento mori anteriormente mencionado. De manera que la mirada ausente de la joven parece dirigirse no al cráneo sino al reflejo de este en el espejo, enfatizando así la carga alegórica sobre la banalidad de la existencia. También por ello Shakespeare puso a Hamlet divagando sobre la vida y la muerte con el cráneo del bufón Yorick en la mano, era un tópico recurrente para abordar ese tema presente igualmente en muchos bodegones llamados «Vanitas» como este de abajo de Pieter Claesz: Vanidad con violín y bola de cristal, de 1628, en el que aparece el propio pintor con su lienzo y caballete.

Vanidad con violín y bola de cristal, de Pieter Claesz.

Vanidad con violín y bola de cristal, de Pieter Claesz.

Pero si hablamos de obras en las que se muestra al propio artista pintándose a sí mismo, la referencia ineludible está en Las Meninas. Un cuadro en el que aparecen otros cuadros, que trata todo él en su conjunto de un cuadro siendo pintado y que, rizando el rizo, muestra un espejo en su centro en el que estarían reflejados los dos protagonistas del lienzo en el que supuestamente Velázquez estaría trabajando, Felipe IV y Mariana de Austria. Por esa época el pintor austríaco Johannes Gumpp pintó también un ingenioso autorretrato en el que vemos su rostro por dos veces, pero ninguna de ellas resulta ser el auténtico.

Venus del espejo, de Velázquez.

Venus del espejo, de Velázquez.

Volviendo al pintor español, si retrocedemos unos años antes de su gran obra, tenemos sobre estas líneas un cuadro de Venus mirándose a un espejo sostenido por Cupido, con unos rasgos convenientemente difuminados pues según algunos críticos la modelo fue una amante del pintor durante su estancia en Italia. Otros también han señalado que refleja el rostro de la diosa con un tamaño que al menos duplica al que realmente le correspondería y por último hay quienes se han servido de esta pintura para hablar del «efecto Venus» común a otras obras de arte. ¿En qué consiste dicho fenómeno? En que si podemos ver su rostro reflejado en el espejo entonces es que ella no está usándolo para verse a sí misma, sino al observador. En cualquier caso el cuadro es de una belleza cautivadora, tanta que hace poco más de un siglo una perturbada atacó el cuadro con un hacha de carnicero ante la manera en que los hombres lo «miraban boquiabiertos todo el día». En el Museo Thyssen hay una versión pintada por Rubens.

Desde el siglo XVII en adelante los ejemplos se acumulan y terminan resultando algo estereotipados, así que ahora apretaremos el paso. Tenemos por ejemplo a José Ribera, otro pintor español de la época aunque afincado en Italia, que quiso incidir en el aspecto filosófico antes mencionado, o al menos así tituló el cuadro: Un filósofo sujetando un espejo. Si bien es igualmente idóneo este objeto para señalar la superficialidad de quien no puede soportar la pérdida de la belleza juvenil porque no tiene nada más, tal como nos mostró Bernardo Strozzi. O puede ser simplemente un complemento para una escena más cotidiana y entrañable, como en Mrs. Russell e hijo, de George Romney en 1786. Ejemplo que probablemente inspiró a Jacques-Augustin-Catherine Pajou para el retrato de su familia dos décadas después. Ya en el siglo XIX tenemos este de Friedrich Kersting titulado certeramente Ante el espejo, ideal para decorar una portada de cualquier libro de Jane Austen. Por su parte Alfred Stevens concluye en 1872 La parisina japonesa, que tiene su encanto pese a que el cliché de chica guapa ante el espejo comienza a sufrir una falta de originalidad alarmante, aunque siempre alegra la vista, eso sí. Diez años después llega uno de los más conocidos y que más han dado que hablar, Un bar del Folies-Bergèrede Manet. Y con el cambio de siglo vemos con William Orpen cierto regreso a los orígenes con ese espejo circular que nos remite a los maestros flamencos.

El espejo, de William Orpen.

El espejo, de William Orpen.

Gerald Brockhurst fue conocido como retratista de miembros de la realeza británica y de estrellas de cine, pero tuvo también una faceta más audaz como en esta obra titulada Adolescencia, fechada en 1932.

Adolescencia, de Brockhurst.

Adolescencia, de Brockhurst.

De ese mismo año es Mujer frente al espejo, en la que Picasso retrató a su amante Marie Thérèse Walter. De una forma cargada de simbolismo vemos como el espejo le devuelve un reflejo que no corresponde a lo que ella es realmente.

Mujer frente al espejo, de Picasso.

Mujer frente al espejo, de Picasso.

M. C. Escher realizó su autorretrato en 1935, Mano con esfera reflectante, que ha sido homenajeado o parodiado con frecuencia desde entonces. Mientras que, como en tantas otras ocasiones, ese talento desbordante que era René Magritte llegó para aportar su punto de originalidad y humor. La reproduction interdite, de 1937, nos muestra a un hombre que o bien salió de la vaina antes de tiempo o tiene un espejo con bastante mala leche. Bien pensado quién no ha conocido alguna vez o incluso está rodeado por gente así de anodina, que no se sabe si está de frente o de espaldas.

La reproduction interdite, de René Magritte.

La reproduction interdite, de René Magritte.

Veamos cómo conscientes de la tradición artística que les precedía en torno a esta materia, los grandes creadores del siglo XX sintieron que también debían hacer su aportación, cada uno, eso sí, en su particular estilo. Fue el caso también de Dalí y su obra llamada Dalí de espaldas pintando a Gala de espaldas eternizada por seis córneas…. En conclusión, los espejos han formado parte de un gran número de obras de arte dotándolas de una nueva perspectiva —a veces imposible que las hacía mucho más ingeniosas, sugerentes y profundas. Hemos repasado algunas aunque las aquí reunidas son solo la punta del iceberg, pero no les entretendré más, que sé a lo que han venido. Michael Sowa es un pintor contemporáneo alemán cuyo trabajo ha aparecido en películas como Amélie y publicaciones como The New Yorker y su obra definitiva es la prometida en el título: aquí tienen por fin el reflejo de un conejo en el espejo, disfrútenlo:

Conejo frente al espejo, de Michael Sowa.

Conejo frente al espejo, de Michael Sowa.

5 comentarios

  1. Pingback: El ojo ante el espejo, su reflejo y un cuadro con un conejo

  2. ¡Se quedó descansado Picasso con el cuadrito! “Mujer frente al espejo” dice…
    ¡Valiente mierda!

  3. Hay un tipo dentro del espejo que me mira con cara de conejo. Oye tú, tú que me miras, es que quieres servirme de comida?
    De un puñetazo me cargo el espejo, rompo los dientes a cara de conejo.
    Soy un macarra…

  4. Un artículo estupendo, pero el episodio del ataque a la Venus del espejo no se puede despachar como un simple acto vandálico de una perturbada. Su significado tiene mucha más miga: https://elestadomental.com/diario/sufragistas-y-propiedad

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