John Dillinger, el excepcional enemigo público número uno

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John Dillinger custodiado mientras es conducido a Indiana, 1934. Fotografía: Cordon Press.

22 de julio de 1934. Blackie es inculpado en un juicio por su propio hermano y es condenado a la silla eléctrica. Motivos no faltan: Blackie es un malhechor con un largo historial a sus espaldas y es considerado el «enemigo público número uno» de Estados Unidos. Aquella escena la ven decenas de ojos, entre los que pasan desapercibidos los del criminal más notorio de los últimos tiempos, que ve inquieto el final más esperado para los gánsteres en aquella época. Minutos más tarde, la muchedumbre sale del 2433 de la avenida Lincoln de Chicago. Entre la multitud, la tensión se abre paso y apaga el ambiente distendido de aquel domingo hasta silenciarlo con varios disparos. El primero atraviesa la cabeza de aquel hombre intranquilo que miraba el final de Blackie. El segundo, choca contra su pecho. El pánico se apodera del momento mientras el cuerpo de la víctima cae inerte en la acera. A medida que la sangre baña el suelo de Chicago, la ficción de Blackie, protagonista de Manhattan Melodrama, película que se acababa de proyectar en el Biograph Theatre de la avenida Lincoln, se desvanece y da paso a la realidad: en el suelo yace el verdadero enemigo público número uno de Estados Unidos, John Dillinger.

La vida no es más que una serie de circunstancias y en los años veinte se dieron dos: los años sin ley y John Dillinger. Ambas llevaban de cabeza a la FBI. La Oficina Federal de Investigación tenía serios problemas para erradicar los robos, el crimen organizado, a los gánsteres y la mafia italiana durante la ley seca. Dillinger, en cambio, tenía una facilidad innata para robar bancos: su estilo, asaltando varias entidades que se quedaron con los ahorros de miles de personas para superar la Gran Depresión, y su chulería le auparon a las portadas de los periódicos nacionales. Sus atracos y sus sucesivas fugas, a ser el enemigo público número uno de Estados Unidos. Dillinger fue para el FBI una amenaza a la moral nacional. Y también fue su obsesión.

La controvertida vida de John Dillinger ha traspasado las páginas de los periódicos y los libros biográficos para ser contada varias veces en la pantalla grande. Sin embargo, para entender la trascendencia del ladrón más mediático y polémico de las primeras décadas del siglo pasado hay que huir de las escenas de acción de las películas. Hay que ir más allá de los atracos de los bancos y las huidas de prisiones de alta seguridad y adentrarse en su presuntuosa vida y su temeraria personalidad. Más allá de la cinta de balas que descargaban enfurecidas las ametralladoras de la época y adentrarse en una mente astuta y pícara que quería ser diferente y que lo fue: Dillinger fue un mirlo blanco, algo excepcional entre los criminales.

Joven aprendiz de ladrón

Nacido en 1903, con una infancia ajetreada y sin figura materna, Dillinger comenzó sus fechorías en la adolescencia. Se convirtió en el líder de la banda Dirty Dozen y comenzó a robar carbón de los vagones del ferrocarril procedentes de Pensilvania que pasaban cerca de su barriada de Indianápolis. Como no podía ser de otra manera, la policía le paró los pies. Pero no por ello dejó de gamberrear: abandonó la escuela a los dieciséis años y entró a trabajar en una fábrica de chapa. Se cansó rápido y se puso a trabajar de mecánico. Tampoco duró. Descubrió la vida nocturna. Y las mujeres. Muchas mujeres. Por todo ello, su padre decidió mudarse con la familia a Mooresville, un pueblecillo de mil ochocientos habitantes cercano a la ciudad y que silenciaba el bullicio creado por las más de doscientas mil personas que por entonces levantaban Indianápolis. Volvió a la escuela y por segunda vez tiró la toalla. Pese a ser un mal estudiante, al joven Johnny le entusiasmaba el salvaje Oeste y leía todo lo que encontraba sobre ello. Le llamó la atención, ni más ni menos, el forajido Jesse James. Y quiso ser él. Los vicios siguieron y acabaron con un alistamiento en la Marina de los Estados Unidos tras robar un coche, ser perseguido por la policía y no poder volver a casa, donde le esperaba su padre desquiciado por su comportamiento.

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Cartel de «Se busca», 1934. Imagen: FBI (DP).

Obviamente, la vida de la Armada no fue del gusto de Dillinger: no esperó a que el barco atracara en Boston para salir corriendo y volver a Mooresville tras cinco meses de servicio militar. Desertor del ejército, con apenas veintiún años se casó y, lejos de formar una familia y sentar la cabeza, comenzó a firmar el principio del fin. Se convirtió en ladrón, malhechor y preso fugado. La historia da fe de que estas dos últimas aficiones jamás le abandonaron. Además, puso un punto de comedia en la tragedia y durante unos meses fue una estrella del béisbol local. Como todos los inicios, el suyo también fue difícil: entre sus primeros delitos se incluye el robo de cuarenta  y un pollos.

Como Jesse James

En septiembre de 1924 dejó atrás sus hazañas amateurs y pasó a pulir su trayectoria como delincuente profesional. Atracó a un tendero local con una pistola y un perno, pero, ante su sorpresa, el vendedor se resistió. Dillinger le golpeó, le disparó y echó a correr hasta donde debía esperarle su socio, que nunca apareció. Fue condenado a más de diez años en el reformatorio de Pendleton. Lejos de achantarse, no tardó ni un mes en intentar fugarse. Y su condena aumentó seis meses por ello. No por ello dejó de intentarlo una semana después en un traslado eventual. Sin éxito. Por última vez, cogió fuerzas durante cinco semanas y lo volvió a intentar. No cumplió con el dicho y a la tercera no fue la vencida y sumó seis meses más de cárcel. No le quedó otra que asumir la condena. Pero a su manera: organizaba partidas de cartas entre los presos, destruía el material de la prisión, hacía contrabando de alimentos y, de vez en cuando, se liaba con los puños. En 1929, solo y con el divorcio firmado por el mismo juez que le condenó, pidió el traslado a la cárcel de Michigan para reunirse con Harry Pierpont y John Red Hamilton, presos que conoció en el reformatorio. Fue allí cuando aprendió de los maestros de lo ajeno y lo ilegal, y se adentró en la técnica de robar bancos. Aprendió el diseño que tenían los bancos norteamericanos y ensayó los pasos a seguir para completar los atracos con la máxima rapidez. Además, el grupo puso a prueba su aprendizaje adquiriendo un coche rápido y definiendo una buena ruta de escape de la prisión. Solo faltaba poner el plan en práctica.

Toda la banda de la prisión, formada por Dillinger, Pierpont, Hamilton, Van Meter, Makley, Russell y Clark, tenía algo en común: estaban desesperados por salir de los barrotes de Michigan, así que idearon una huida en la que el soborno era la pieza central. Untaron a unos cuantos guardias, se hicieron con algunas armas, encontraron un lugar para esconderse después de la fuga y esperaron hasta el instante adecuado. Pero ese momento se adelantó para Dillinger: en mayo de 1933 le notificaron que su madrastra, a la que apreciaba, se estaba muriendo. Le concedieron la libertad condicional, pero no le dio tiempo a despedirse de ella. Se le removió la conciencia y prometió a su padre que se convertiría en un hombre respetuoso con la ley. ¿Adivinan cuánto duró la promesa? Dos semanas, catorce días de pura bondad en la vida del delincuente más buscado.

De cuarenta y un pollos a miles de dólares

ca.1933, Indiana, USA --- Original caption: IN-John Dillinger, notorius criminal in Indiana court, manacled to Sheriff Holley. At right is attorney Joseph Ryan. Photograph. --- Image by © Corbis
John Dillinger, esposado al Sheriff Holley (izq.) y custodiado por Joseph Ryan (dcha.) en la Corte de Indiana . Fotografía: Corbis.

Dillinger se juntó con dos amigos de Pierpont para comenzar a delinquir. Con el primer robo consiguió cien dólares. Bastante para entonces; miseria para él. Quería ser como Jesse James y probó su osadía ideando el primer atraco a un banco. Sin saberlo, en ese momento pasó de ser un ladrón del montón a forjarse como el enemigo público número uno de Estados Unidos. El primer saqueo fue en el New Carlisle National Bank de Ohio y el botín ascendió de diez mil dólares. La suerte del principiante, quizás. Pero cuando salen dados ganadores hay que seguir jugando y ese robo solo fue el primero de una larga lista: días después robaron un almacén de droga y un supermercado obteniendo tres mil seiscientos dólares. Ese robo sirvió para que Dillinger dejase atrás a sus socios y buscase a hombres más hábiles y astutos para cometer sus ansiados atracos. A un robo cada dos semanas, se hizo con tres mil quinientos dólares del Commercial Bank de Daleville, seis mil setecientos del Montpelier National Bank de la ciudad homónima y la friolera de veintiún mil dólares del Massachusetts Avenue State Bank de Indianápolis. «Esto es un atraco a mano armada», le dijo Dillinger al gerente del banco de Indianápolis mientras esperaba tranquilamente con la piernas cruzadas sobre la barrera de dos metros de altura y su sombrero de paja a que sus chicos llenaran las bolsas con fajos de billetes. Los tres atracos cometidos a grandes bancos del estado de Indiana, con un breve paso por el Bluffton Bank de Ohio para hacerse con seis mil dólares, lo pusieron en la diana del capitán Matt Leach de la Policía Estatal de Indiana.

Sus fechorías tampoco tardaron en llegar al FBI. La Oficina Federal vivía una renovación al mando del histórico director J. Edgar Hoover tras unos años salpicada por escándalos de corrupción. La Gran Depresión trajo consigo un aumento de la criminalidad y Hoover vio en esa lacra una oportunidad: se centró en atrapar a los enemigos del país consiguiendo un incremento del interés del público hacia los organismos de jurisdicción federal, cuyos resultados podían verse a menudo en los periódicos. Por eso, los gánsteres se convirtieron en el enemigo a batir. Y fueron cayendo, a excepción de Dillinger, que consiguió huir reiteradamente de la telaraña policial.

Con el botín de todos los atracos, Dillinger tenía un objetivo pendiente: perpetrar la fuga de Pierpont y compañía de la prisión de Michigan que habían planeado antes de salir con la condicional. Pero la policía se le adelantó: en lugar de conseguir la libertad de los suyos, consiguió su propia detención. Dillinger volvió a la cárcel, en esta ocasión a la de Lima, en Ohio. Para su suerte, la huida de sus compañeros ya estaba en marcha y el 26 de septiembre de 1933 se hizo realidad: se produjo la evasión más grande de la historia de Indiana. Consumado su plan, tocaba devolver el favor a Dillinger, por lo que Pierpont no tardó en idear su fuga junto con Makley y Clark.

La fuga de Dillinger fue rápida, pero no sin sangre: Pierport y Makley mataron a un carcelero. Apodados como The Terror Gang por su audacia y su descaro, la banda de Dillinger por fin estaba junta y no tardó en actuar. A lo grande. Haciendo gala del ego de Dillinger. En plena Depresión, del Central National Bank de Greencastle de Indiana se llevaron setenta y cuatro mil ochocientos dos dólares, del American Bank and Trust Co de Rice, en Wisconsin, veintiocho mil, y del First National Bank de East Chicago, en Indiana, veinte mil dólares. Los atracos incluyeron disparos y rehenes. El último, además, la muerte de un agente. Tras el reguero de sangre, tuvieron que darse un respiro. Después de un mes de paz en Chicago, su coche no pasó desapercibido y Red Hamilton mató a otro policía que se había acercado a detenerlos. Sin quererlo, en ese momento la banda de Dillinger sumó al agente Mel Purvis tras sus pasos. Nombrado por Hoover y respaldado por su brillante trayectoria, Purvis llegó a las oficinas de Chicago en 1932 con la misión de acabar con los criminales más buscados.

25 Jul 1934, Washington, DC, USA --- Original caption: July 1934 Washington, DC: J. Edgar Hoover, Chief of the Department of Justice, extends his hand in congratulation to his Chicago Bureau Chief, Melvin Purvis, when the latter arrived in Washington, 7/25, to give his report on the trapping and slaying of John Dillinger. It was annouced shortly afterward that Purvis and Samuel Crowly were rewarded with promotions and salary incresases for their excellent work on America's Public Enemy #1. --- Image by © Bettmann/CORBIS
Edgar Hoover extiende la mano para felicitar a Melvin Purvis tras la «captura» de John Dillinger. Fotografía: Corbis.

Tras la muerte del policía, Dillinger y sus hombres fueron a pasar la Navidad a Florida, pero su hacer ya había traspasado fronteras y diferentes estados se peleaban por atraparlos. Los carteles con el famoso «se busca» se apilaban en las comisarías y las recompensas por atrapar a los bandidos, vivos o muertos, se comían el papel. Para esconderse, la banda huyó a Arizona. Aun así, la policía les persiguió a la otra punta del país. Cosas del destino, el 22 de enero de 1934 se inició un incendio en el sótano del hotel Congress de Tucson y se extendió hasta el tercer piso, donde se alojaba la banda. No tuvieron escapatoria y Dillinger fue directo a la prisión de Crown Point en Indiana por el asesinato del policía de Chicago. Lejos de acabar con su trayectoria delictiva, su tercer paso por prisión supuso una de las fugas más célebres.

Un criminal audaz

3 de marzo de 1934. Nueve en punto de la mañana en Crown Point, prisión de alta seguridad de Indiana. John Dillinger rompe la calma imperturbable apuntando a un carcelero con una supuesta pistola. Consigue que le abra la celda, toma dos rehenes, encierra al resto de guardias y sale por la puerta principal de la prisión. La hazaña, perpetrada con una pistola de madera untada con betún, aunque este hecho nunca la confirmó el FBI, le aupó al podio de los más buscados.

Sin embargo, Dillinger cometió el error de robar el coche del sheriff, un flamante Ford V8, y conducir desde Indiana a Illinois en busca de su chica, Billie Frechette, a la que también consideraba un mirlo blanco entre lo común. Cruzar una frontera estatal supuso infringir una ley federal que daba pie al FBI a unirse a la cacería. Además, estaba solo: el resto de la banda había sido juzgada en otros estados por asesinato con fortuna dispar: Pierpont y Makley habían sido condenados a la pena capital y Clark a cadena perpetua.

No tardó en crear una nueva banda en Chicago con el objetivo de hacer dinero rápido y volver a llenar las páginas de los periódicos. Los elegidos fueron John Hamilton, Baby Face Nelson, un psicópata de gatillo fácil que había formado parte de la banda de Capone, Homer Van Meter, amigo de Dillinger en el reformatorio de Pendleton y la cárcel de Michigan, Eddie Green y Tommy Carroll. El resultado fue estremecedor: cuarenta y nueve mil quinientos dólares del Securities National Bank de Sioux Falls en Dakota del Sur, cincuenta y dos mil más en el First National de Mason City en Iowa y diecisiete mil en el de Fostoria de Ohio. Su último atraco fue en Indiana, donde comenzó todo: robó veintinueve mil ochocientos noventa dólares del Merchants National de South Bend el 30 de junio de 1934.

Acorralado y traicionado

Dillinger llevaba toda la vida robando, pero también huyendo. En abril de 1934 se dio cuenta de que estaba acorralado y más cerca de seguir el mismo destino de Pierpont y Makley que de salir impune del mazo de la ley. En Chicago, Purvis seguía todos sus movimientos gracias a contactos vendidos, chivatazos y vigilancias exhaustivas, e intentó detenerlo. Pero a esas alturas, el enemigo público solo temía por una cosa: por su mirlo blanco, Billie. El FBI conocía su punto débil y no dudó en usarlo. Idearon otra captura. Dillinger consiguió huir, pero Frechette fue detenida y condenada a dos años de prisión. Jamás volvería a ver a su amor.

El final se precipitaba. Lo que no intuía Dillinger es que sus más allegados empujarían la bala que le atravesó la cabeza. Una serie de chivatazos destaparon su escondite en el hostal Little Bohemia, aislado en Wisconsin y convertido ahora en un hotel y restaurante que rinde tributo al gánster para ganar dinero fácil. Esa noche volvió a acabar con disparos y otra huida épica. En la oscuridad también fracasó el FBI, ya que no planificó bien la operación. Dillinger volvió a huir, pero lo pagó caro. Atrapado y herido, recurrió a su gente de confianza, concretamente a Anna Sage, a quien la historia ha rebautizado como «la dama de rojo» y la mujer que le traicionó. El FBI, por su parte, ante el enésimo fracaso recurrió al agente especial Samuel A. Cowley para capturarlo.

Sage delató a Dillinger con un fin, el de evitar la deportación a su natal Rumania, país que dejó con su primer marido en busca de una vida mejor en el país de las oportunidades. Su oportunidad se limitó a cambiar de nombre, de Ana Cumpanas a Anna Sage, a ser una afamada prostituta de Chicago y a regentar un popular burdel de la ciudad. Su chivatazo fue clave. Cantó al FBI que estaba dando cobijo al malhechor y la policía ideó la captura final después de saber que al día siguiente acudirían al cine junto a una examante del criminal. De esa conversación también nació el detalle del vestido rojo. Sage dijo que iría vestida de ese color para que la identificaran fácilmente. La biografía Public Enemies: America’s Greatest Crime Wave and the Birth of the FBI, 1933-1934, publicada por Bryan Burrough, explica que se trataba de una falda naranja.

22 Jul 1934, Chicago, Illinois, USA --- Original caption: John Dillinger Killed in Chicago. Chicago, Illinois: Federal agents caught up with the elusive John Dillinger and killed him as he was leaving the Biograph movie theater in Chicago on July 22. This photo shows the front of the small theater after the shooting. The picture the arch desperado was seeing was Manhattan Melodrama, a crook picture. --- Image by © Bettmann/CORBIS
Curiosos en el lugar del asesinato de John Dillinger el 22 julio de 1934. Fotografía: Corbis.

Poco antes de las ocho de la tarde, Dillinger entró acompañado de las dos mujeres al Biograph Theatre para ver Manhattan Melodrama. Dos horas y media después, salió despreocupado, en mangas de camisa y con su inseparable sombrero de paja. Custodiado por una dama a cada lado, rápidamente palpó la tensión que se vivía en el ambiente. Purvis encendió un cigarrillo, señal para que comenzara la acción. Ante los movimientos, Dillinger entendió lo que pasaba. Sacó su pistola y corrió hacia un callejón anexo al teatro. Cinco disparos de tres agentes del FBI trataron de detenerlo, dos de ellos le alcanzaron. Cuando cayó fulminado en el suelo, aún tenía en la mano su Colt del calibre 38. No tuvo tiempo de disparar ningún tiro.

De aquel primer atraco al banco New Carlisle National Bank a esa cálida noche de julio donde acabó todo habían pasado siete meses. Tiempo suficiente para salir del anonimato, vivir una vida demasiado rápido, ser el criminal más buscado del país y morir a tiros en un callejón de la Windy City. Esos frenéticos siete meses fueron la historia del inicio del FBI. La muerte del enemigo público número uno supuso el éxito tras años de fracasos de la Oficina Federal. Hoover pasó del anonimato a la escena pública y ni siete presidentes de los EE. UU. consiguieron arrebatarle el poder en el FBI. Purvis no supo encajar la vida lejos de la acción y acabó suicidándose con la pistola que le regalaron sus colegas cuando se jubiló. Frechette cumplió su condena de dos años y comenzó una nueva vida. Anna Sage no se libró de la deportación.

Después de llenar páginas con los atracos de Dillinger y sus burlas al FBI, y de analizar su vida y su personalidad, el New York Times publicó que murió como comenzó: pobre, con siete dólares en su bolsillo, pese a que en los últimos catorce meses sus asaltos sumaron trescientos mil dólares y dieciséis muertos. Así, terminaba la historia del enemigo público número uno más mediático, de quien marcó un precedente en el FBI y popularizó la lista de los enemigos de Estados Unidos. Adiós al mirlo blanco.

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6 comentarios

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  3. Daniel

    no entiendo quien es blackie, quien murió de un tiro en la chorla ni que tiene que ver el principio del artículo con el final. Por favor o me lo aclaran o esta noche no duermo.

    • Hola, Daniel.

      Blackie es el protagonista de la película ‘Manhattan Melodrama’, una de las primeras películas de Hollywood que tratan sobre el concepto del ‘enemigo público’ que se usa en Estados Unidos para nombrar a los delincuentes más perseguidos. Curiosamente, el enemigo público número uno de la época, John Dillinger, está viendo en el Biograph Theatre la película de ficción, que es un vivo retrato de su trayectoria y un augurio de qué le puede deparar. De ahí que juegue con el paso de la ficción a la realidad para introducir al protagonista del texto, Dillinger.

      Saludos :)

    • Está un poco mal redactado, pero se supone que comenta la película (última) que vio Dillinger antes de morir, intentando hacer un símil (el protagonista, Blackie, de la película) con él.

  4. Bueno, pero salvo ese inicio que puede llevar a alguna confusión, y despertar las iras de algún exquisito cascarrabias, el artículo es muy ameno y se deja leer con mucha facilidad. Bien por Alba.

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