Arte y Letras Literatura

El silencio os sienta tan bien

Thomas Pynchon. Fotografía: DP.
Thomas Pynchon. Fotografía: DP.

En estos tiempos de literatura selfie, en los que autores de pequeño y largo recorrido procuran estar presentes en todos los mentideros digitales y alargan el cuello cuanto pueden para ser vistos en cada foto, en cada evento o eventillo, la noticia de que un autor novel como Joseph Andras rechace todo un premio Goncourt y declare valorar su independencia lo suficiente para alejarse de los focos debe contemplarse como un salto a contracorriente al alcance de muy pocos. En este momento, la polémica del plantón de este joven al Goncourt está en su momento más vivo ¡qué envidia la cultura en Francia, en donde a la gente parece realmente importarle la cuestión y llueven ríos de tinta sobre el hecho!, con hipótesis que van desde la inexistencia del tal Andras, acompañadas de la suposición de que se trata del seudónimo de un autor de carrera, hasta las que incluso apuntan que pudiera tratarse de todo un colectivo quien ha resuelto la magnífica obra que lleva por título De nos frères blessés. Este tipo de historias nos fascinan porque nos sabemos incapaces de hacer algo así. No podríamos tenerlo todo en nuestras manos (una fama literaria, unos lectores entregados, un talento de esa naturaleza) y negarnos a vivirlo, o al menos a vivirlo de esa forma. Pero el hecho que más me interesa, y el que detona este artículo, es la elección voluntaria del silencio y la reclusión por parte del escritor, algo que ha llegado a ser una tradición más de las letras.

Hay reputaciones literarias forjadas desde el ruido y la ubicuidad, con escritores que luchan por estar en todas partes y ofrecen un flujo constante de textos. Un ejemplo al respecto sería esa insistente e incontenible Amélie Nothomb, a quien las páginas parecen fluir sin descanso, como si escribir hubiera llegado a ser para ella una especie de segunda respiración. Nothomb es eso, cantidad. Pero también hay leyendas literarias forjadas a partir del silencio. La condición evidente para que ese silencio sea efectivo, tenga un significado en sí mismo y sobre todo una consecuencia duradera es que previamente haya un gran texto. Teniendo en cuenta esas normas, la princesa de las escritoras silentes sería Harper Lee, quien debuta allá por el año 1960 con una novela como Matar a un ruiseñor, apabullante, evocadora, global, eterna, y después calla para siempre. Cincuenta años sin ofrecer un texto y rechazando cualquier tipo de entrevista o aparición pública con notas manuscritas de una refinada dulzura, como si se tratasen de una página más de su única novela que merece llamarse así.

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2 comentarios

  1. lichtenberg

    Por extraño que parezca hay escritores que no buscan la fama. https://antoniopriante.com/2014/05/13/por-extrano-que-parezca/

  2. Pingback: Abriendo ciclos — Pablo Poveda

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