
Ángelo se quedó mirando el cartel de la administración de loterías:
«Juega al Combiplus. Gana hasta 3000€. Más oportunidades de acierto que en otros juegos».
Debajo de aquel cartel estaban las bases del nuevo sorteo. En esencia era como la lotería de siempre, pero se jugaban varios bloques a la vez y podías combinar los aciertos de los distintos bloques. Leyó las bases de principio a fin, como siempre hacía con cualquier conjunto de instrucciones. Los que le conocían lo tildaban de maniático, enfermo, tiquismiquis, o cualquier otro calificativo peyorativo que se les ocurriera para describir aquella costumbre suya de leer de forma exhaustiva las instrucciones de cualquier cosa que cayera en sus manos.
Algo en las bases de aquel nuevo sorteo llamó su atención, pero en un principio no supo identificar lo que era. Tuvo una sensación extraña, como si algo no encajara, como si la persona que las había redactado se hubiera olvidado de algo. Allí, en aquel conjunto de instrucciones numeradas, algo faltaba o sobraba.
—¿Qué va a ser, Ángelo? —Preguntó Sara, la empleada de la administración de loterías—. Era una chica agradable, tendría unos veinticinco años, atractiva sin ser guapa, simpática, educada, cariñosa. Si no fuera porque Ángelo era un adicto a los juegos de loterías se preguntaría si no jugaba varias veces a la semana para tener la oportunidad de verla e intercambiar algunas palabras con ella. Pero no, si Sara hubiera sido un tío grande, feo y desagradable, Ángelo hubiera seguido yendo varias veces a la semana a aquella administración a jugar sus apuestas. Era la que quedaba más cerca de su casa y su adicción era lo suficientemente fuerte como para no poder esperar a llegar más lejos. Había lunes en los que llegaba una hora antes de que abrieran, y allí, estoico y tenaz, aguantaba hasta que la compuerta subía accionada por el motor eléctrico que la impulsaba.
—Una apuesta de cada —respondió él.
—Como siempre —contestó Sara con una sonrisa—. Sara era consciente de la adicción de Ángelo, pero nunca se permitió hacerle una sugerencia sobre la necesidad de ponerle freno. Incluso cuando Ángelo aparecía con los signos evidentes de haber sufrido la visita de los matones que enviaban los prestamistas a los que debía dinero. Cada cierto tiempo Ángelo aparecía con golpes en la cara, luciendo unas innecesarias gafas de sol en días nublados cuyo cometido solo era esconder los ojos amoratados. En las ocasiones en las que la deuda era más importante alguna pierna o brazo había necesitado una escayola. Una vez uno de los matones que enviaron era nuevo en el oficio y desconocía que Ángelo era un buen cliente para su jefe. Y, deseoso de hacer méritos, le rompió varios dientes de un puñetazo. Aquello le costó una reprimenda de su jefe. Varios dientes rotos son varias visitas al dentista. Una factura considerable, eso podía provocar que la deuda se tardara más en cobrar.
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