Crimen perfecto

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Imagen: Mikhail Vrubel (DP)
Imagen: Mikhail Vrubel (DP)

Uno no sabe cómo nacen las ideas, qué dispara ese destello, en qué momento y por qué va a instaurarse en uno esa figuración de realidad, esa maquinación preclara. Uno no es siquiera responsable de ese acto inicial, y eso, en cierto modo, es un consuelo, al menos cuando esa idea es, como decirlo, algo vergonzante, tan vergonzante como puede serlo acabar con la vida de una persona. Sí, yo soy una persona de principios, no vaya a pensarse que no he sentido el menor remordimiento. Desde el momento en que supe que iba a hacerlo me sentí algo abyecto. No sabe uno tampoco por qué algunas ideas se esfuman, se diluyen y se olvidan, y otras, sin embargo, vuelven recurrentes, insistentes, golpeando por más que intentemos apartarlas de nuestra mente. Es quizá la belleza. La belleza en un sentido amplio, entiéndase, no digo que haya belleza en el acto en sí de acabar con alguien. Me refiero a la belleza del plan, cuando ese plan es perfecto, cuando entiendes, y ahí está el destello, que todo encaja. En ese momento de epifanía se te revela de alguna forma un aspecto de la realidad, objetivo, algo como descubrir la demostración de un teorema. El hecho en sí de llevar a cabo el plan no es tan importante si uno piensa que el plan estaba ya ahí. Yo solo lo descubrí, pero estaba ya ahí, no lo creé yo, estaba impreso en la naturaleza, y eso, en cierto modo, ya he dicho que supone un consuelo, porque soy una persona de principios. A veces uno hace las cosas porque no puede no hacerlas, la belleza es sin duda un motor muy potente.

Que tuviese también un móvil más mundano no cambia las cosas. Mi principal motivación fue estética, pero el profesor se había convertido en alguien molesto, incluso peligroso. Es cierto que pasábamos por una situación delicada desde la cancelación de alguna de nuestras cátedras en universidades de prestigio. La comunidad de escépticos y divulgadores científicos aprovechó las circunstancias para lanzarse a la yugular e intentar asfixiarnos, darnos la puntilla como suele decirse. Las redes echaban humo, había quien aseguraba que era una oportunidad que no podía dejarse escapar para desprestigiar definitivamente la homeopatía. La rueda de prensa del principal laboratorio del sector no ayudó, ciertamente. En un intento por lavar su imagen, solo consiguieron dejar patente que los mecanismos por los que funcionan las ultradiluciones son aún desconocidos, lo que los escépticos se apuntaron naturalmente como un tanto a su favor. Digo que la situación era delicada, sí, pero no estaba preocupado. Yo estaba convencido de que el revuelo terminaría por calmarse, las críticas quedarían reducidas al endémico grupo de los escépticos y la aceptación y el uso de nuestros productos seguirían prácticamente intactos.

Lo que hacía para mi diferente al profesor Bueno era su actitud desapasionada. Nunca lo vi enzarzarse en acaloradas discusiones —y todos sabemos que en estos temas se dan, y acaban siempre más o menos de la misma forma, con los contendientes más convencidos si cabe de sus respectivas posturas y los presentes más moderados sacudiéndose la vergüenza ajena porque la situación de ha ido de las manos—. Podría decirse que era incluso conciliador. «Yo combato ideas, no personas», solía afirmar, pero con un tono cándido, nada grave, que resultaba convincente al menos en primera instancia. Parecía escuchar con atención tus argumentos, e incluso concederte alguna victoria dialéctica sin pelear excesivamente, así que siempre resultaba agradable debatir con él; no es fácil sustraerse a esa adulación encubierta, taimada. Ese lado artero lo descubrí después, porque ya digo que resultaba de lo más encantador, lo que no le impedía recurrir como el resto de nuestros adversarios, al número de Avogadro, la estadística, los experimentos doble ciego y demás argumentos del repertorio escéptico. En realidad, estoy dispuesto a concederle cierta autenticidad; pude entender que en efecto no tenía ningún interés en atacar a nadie de forma directa, sencillamente porque no sentía ningún vínculo con el resto de los humanos; mostraba un desapego patológico. Los argumentos y chistes malintencionados, o incluso los insultos directos, pueden resultar hirientes, pero solo pueden venir de alguien que ha decidido saltar al ring, es decir, pelear de tú a tú, y por tanto te otorga implícitamente el beneficio de considerarte un igual, al menos eso. Pero del profesor aprendí que a veces, detrás del respeto más exquisito, puede esconderse el más profundo de los desprecios, la negación de los demás como entes capaces de alterar en lo más mínimo tu vida. Sí, el profesor era un sociópata, y puede parecer incoherente que yo haga tal afirmación, pero recuerdo que mi motivación era principalmente estética, y que al considerarlo objeto de mi plan lo tuve en mayor consideración de lo que él tuvo jamás a nadie. Y digo esto porque solo un sociópata pudo urdir el plan que se disponía a llevar a cabo.

Él combatía ideas, no personas, tal vez por eso compartió de forma un tanto cándida —estoy dispuesto a concederle eso, cierta autenticidad— esas ideas. La ley siempre había sido benévola con los productos homeopáticos tanto antes de la regulación, por motivos obvios, como después de incluirse en la ley del medicamento; el hecho de que pudiesen venderse sin necesidad de informes de eficacia o toxicidad era una ventaja. Bueno, esto es una ventaja, de eso se trata, nuestros productos no pueden tener efectos secundarios. Siempre hemos estado pendientes a la legislación, pero no parecía que la última ley sobre etiquetado fuese a tener ningún efecto importante. Me desconcertó ya desde el principio escucharlo afirmar que la legislación es una especie de puzle lógico y que frenar los productos homeopáticos era una cuestión de encontrar una solución a ese puzle. Y él la había encontrado. No era posible retirar esos productos con la ley en la mano, pero la nueva ley implicaba una suspensión cautelar en caso de irregularidades, algo que en nuestro caso no iba a suponer ningún problema, pequeñas cuestiones de forma que se resolvían rápidamente. Entonces habló de no sé qué historia de inteligencia artificial, que lo había hablado con un amigo y era factible. No entendí muy bien los detalles, pero básicamente planteaba entrenar una máquina para rastrear irregularidades y de esa forma iban a salir no unas pocas, sino miles. El golpe de efecto no estaba ahí, él sabía que las denuncias no prosperarían en ningún caso: ¡con lo que contaba era con el colapso del sistema! Pretendía colapsar los juzgados con cientos, miles de denuncias pequeñas, individuales, que tendrían que ser evaluadas una a una, algo virtualmente imposible. Y una vez planteadas, podía exigir el embargo de todos los productos que incurriesen en estas irregularidades, de toda la línea de producción me refiero, es decir: no hubiera bastado con cambiar las etiquetas, bloqueaba de facto la producción de nuevas diluciones. Era maquiavélico, me quedé petrificado. No había sido capaz de leerlo hasta ese momento, pero entonces todo cobró sentido, era un auténtico sociópata. «Solo combato ideas» decía, pero amenazaba con llevar a la ruina a miles de familias que dependen de la venta de homeopatía y dejar desamparados a miles y miles de pacientes fieles a estos productos. El plan era perfecto, es cierto, le concedo ese tanto, me lo imagino en ese momento de epifanía, esa revelación, la solución de su puzle.

Yo estaba demasiado asustado para pensar en nada. Mi momento de epifanía llegó unos días más tarde, y al principio me sonreí con malicia, porque naturalmente no se me pasó por la cabeza llevarlo a cabo. Uno no sabe por qué algunas ideas se esfuman, se diluyen y se olvidan. Esta volvía insistentemente a mi cabeza, cada vez perfeccionada, una nueva duda disipada, como la obra de un escultor que con cada cincelada se acerca a su plan final, aunque la escultura en realidad está ahí desde el principio: solo había que quitar lo que sobra. Era un plan perfecto, ya estaba ahí, yo solo lo cincelé. No importa que tuviese un móvil personal, tengo unos principios y aquello no me hacía sentir orgulloso, pero la belleza… Uno a veces hace las cosas porque no puede no hacerlas.

Las dinamizaciones afortunadamente son automáticas, de haber tenido que agitar la dilución con la mano tal vez hubiese sentido el peso de la premeditación. La dilución debía ser potente, así que preparé una 200CH de epinefrina, una auténtica bomba. En dosis normales, la epinefrina (seguro que la conocéis más por adrenalina) acelera el ritmo cardíaco. Una ultradilución como esa debía ralentizarlo de forma fatal, máxime teniendo en cuenta la braquicardia natural que se le presuponía a un deportista como el profesor Bueno. No debía disimular demasiado, y eso era parte de la perfección del plan. A esas altura —no hacía tanto en realidad que nos conocíamos— no resultó extraño que aprovechase un casual paso por su facultad para invitarle a tomar algo y debatir distendidamente; nuestra relación podía considerarse cordial, aunque yo ya no lo aguantara, uno no sabe por qué se instaura a veces una animadversión tan visceral hacia alguien, aunque yo tuviese motivos. Naturalmente aceptó, tan solícito como siempre. «Ya hacía días que no te veía, hombre. ¿Cómo van esas diluciones? Aprovecha, que cualquier día se os acaba el chollo». El chollo, eso dijo, lo que me irritó aún más, como si fuésemos charlatanes sacacuartos. Fue de esas pocas veces en las que inadvertidamente —eso se lo concedo— podía herir a alguien con sus palabras y estoy convencido de que, de habérselo hecho notar, se hubiese disculpado más o menos sinceramente. Pero no importaba, incluso podría decir que se lo agradecí, ayudó a silenciar un poco mi mala conciencia. Me terminé la caña con cierta rapidez, tenía sed —«¿Quieres otra? Tranquilo, ya voy yo»—, pero era ese momento el que buscaba. Con falso disimulo vacié la dilución en su copa, que aún tenía a mitad. Me costó mantener la concentración el resto de la conversación. El trabajo estaba hecho y yo solo quería desaparecer de allí.

La noticia me llegó a la mañana siguiente. No esperaba, obviamente, que la cosa fuese fulminante. El rumor se había corrido rápido por el campus, el profesor Bueno había muerto de camino a casa la tarde anterior; un infarto o algo así. Era lo suficientemente joven como para que se iniciasen ciertas diligencias y no tardaron en encontrar un estudiante que pudo afirmar haber visto a alguien «echar algo chungo» en su bebida esa misma tarde. Me hice el sorprendido cuando consiguieron dar conmigo, pero traté de resultar suficientemente sospechoso. No había nada sólido contra mí, pero me asignaron un abogado, y entonces me derrumbé. Relaté nuestras diferencias de criterio respecto a la homeopatía, mi creciente inquina hacia él y cómo había planeado todo. En mi casa encontraron el bote con la dilución que había usado. Mi abogado estaba algo perplejo, pero no tuvo ninguna duda. Durante el juicio echó mano de científicos que aseguraron que era absolutamente imposible que yo hubiese podido llevar a buen puerto ese plan ya que la homeopatía no tenía ningún efecto y la propia autopsia había descartado la presencia de cualquier sustancia en el cuerpo del profesor. La acusación contaba con mi declaración y consiguió encontrar a un homeópata que respaldó la tesis de la epinefrina, pero era evidente que no iban a poder con el lobby científico.

Hubiera sido una victoria terminar acusado, un bonito sacrificio por la causa. Encerrarme hubiera supuesto implícita y explícitamente reconocer que la homeopatía tiene efectos reales y eso hubiera sido un triunfo que bien habría valido unos cuantos años de cárcel. Alguien pensará por tanto que estar libre es una derrota, y es cierto que no fue fácil encajar los alegatos de mi abogado y los testigos en contra de la homeopatía, pero todo plan perfecto implica un sacrificio. El plan era tan bello, yo no podía perder: ¡mi victoria es un golpe de justicia poética! Un escéptico de los más peligrosos, asesinado por mi veneno homeopático, y el crimen resulta impune precisamente por la arrogancia de esa misma comunidad escéptica que se niega a reconocer los efectos de la homeopatía. Ya sé que la autopsia reveló una rara malformación congénita en el corazón, una bomba de relojería según dijeron los médicos lista para estallar en cualquier momento, pero yo sé que fue mi dilución la que desencadenó el paro cardíaco. Fue un crimen perfecto. De hecho, es un plan tan bello, y sigue habiendo tanto escéptico recalcitrante…

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3 comentarios

  1. Pingback: Crimen perfecto

  2. Jaimemarlow

    El profesor Bueno. Es que me parto.

  3. Me has dejado perpleja con tu relato, porque al presentarlo dices que no lo puliste…¡pero si no necesita nada más!

    Me encantó. Me encantó por tu facilidad para ir encadenando las ideas, descripciones, elucubraciones…y la decisión final….jajaja Estupendo.Te felicito.

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