
Uno no sabe cómo nacen las ideas, qué dispara ese destello, en qué momento y por qué va a instaurarse en uno esa figuración de realidad, esa maquinación preclara. Uno no es siquiera responsable de ese acto inicial, y eso, en cierto modo, es un consuelo, al menos cuando esa idea es, como decirlo, algo vergonzante, tan vergonzante como puede serlo acabar con la vida de una persona. Sí, yo soy una persona de principios, no vaya a pensarse que no he sentido el menor remordimiento. Desde el momento en que supe que iba a hacerlo me sentí algo abyecto. No sabe uno tampoco por qué algunas ideas se esfuman, se diluyen y se olvidan, y otras, sin embargo, vuelven recurrentes, insistentes, golpeando por más que intentemos apartarlas de nuestra mente. Es quizá la belleza. La belleza en un sentido amplio, entiéndase, no digo que haya belleza en el acto en sí de acabar con alguien. Me refiero a la belleza del plan, cuando ese plan es perfecto, cuando entiendes, y ahí está el destello, que todo encaja. En ese momento de epifanía se te revela de alguna forma un aspecto de la realidad, objetivo, algo como descubrir la demostración de un teorema. El hecho en sí de llevar a cabo el plan no es tan importante si uno piensa que el plan estaba ya ahí. Yo solo lo descubrí, pero estaba ya ahí, no lo creé yo, estaba impreso en la naturaleza, y eso, en cierto modo, ya he dicho que supone un consuelo, porque soy una persona de principios. A veces uno hace las cosas porque no puede no hacerlas, la belleza es sin duda un motor muy potente.
Que tuviese también un móvil más mundano no cambia las cosas. Mi principal motivación fue estética, pero el profesor se había convertido en alguien molesto, incluso peligroso. Es cierto que pasábamos por una situación delicada desde la cancelación de alguna de nuestras cátedras en universidades de prestigio. La comunidad de escépticos y divulgadores científicos aprovechó las circunstancias para lanzarse a la yugular e intentar asfixiarnos, darnos la puntilla como suele decirse. Las redes echaban humo, había quien aseguraba que era una oportunidad que no podía dejarse escapar para desprestigiar definitivamente la homeopatía. La rueda de prensa del principal laboratorio del sector no ayudó, ciertamente. En un intento por lavar su imagen, solo consiguieron dejar patente que los mecanismos por los que funcionan las ultradiluciones son aún desconocidos, lo que los escépticos se apuntaron naturalmente como un tanto a su favor. Digo que la situación era delicada, sí, pero no estaba preocupado. Yo estaba convencido de que el revuelo terminaría por calmarse, las críticas quedarían reducidas al endémico grupo de los escépticos y la aceptación y el uso de nuestros productos seguirían prácticamente intactos.
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El profesor Bueno. Es que me parto.
Me has dejado perpleja con tu relato, porque al presentarlo dices que no lo puliste…¡pero si no necesita nada más!
Me encantó. Me encantó por tu facilidad para ir encadenando las ideas, descripciones, elucubraciones…y la decisión final….jajaja Estupendo.Te felicito.