
Yo tenía unos diecisiete años, estaba en clase de filosofía, y mi profesor habló y dijo: «Dios no es una pulga». La frase me sacudió. De repente, Dios era algo, y no algo mísero, pequeño y prescindible, sino algo importante. Esa frase —irónica, pero no con Dios, sino con todos los alumnos que había en el aula— cogía todavía más fuerza en boca de mi profesor, ateo, de izquierdas, autor de varios libros sobre Nietzsche (¡Nietzsche, el que había matado a Dios!). Mi profesor, que había leído y comentado a Nietzsche, el enemigo acérrimo de Dios, el autoproclamado anticristo, nos advertía que Dios no era una pulga, sino algo importante. Algo de lo que la sociedad actual, ilusa, creía que podía prescindir sin consecuencias. ¿Cómo podía él, ateo, nietzscheano, seguir preocupado por Dios? ¿Los ateos no se burlan, ironizan, insultan, ignoran, prescinden de Dios? ¿Los ateos no han pasado página?
Aunque mantengo amistad con mi antiguo profesor nunca hemos hablado del tema. Quizá todas esas preguntas estaban más en mi cabeza que en la suya, no lo sé. «Dios no es una pulga». Pero la frase se quedó en mi mente, advirtiéndome que Dios no era un tema del que pudiera escapar. Con este eco lejano, casi siete años después, abrí El Reino, de Emmanuel Carrère.
Carrère, como buena parte de la intelectualidad francesa de izquierdas, era ateo y sarcástico. En las cenas regadas con vino, sus amigos de letras comparaban a Dios con las hadas o con Zeus. Podían hacer estas bromas en la intimidad, pero —como personas cultas— apreciaban el valor literario e histórico de la Bíblia, un documento de interés. Otra cosa eran los creyentes, una especie de bichos raros, muy probablemente vestigios de un pasado que se resistía a morir. Eran una opción más dentro de la sociedad abierta, que Carrère y sus amigos, como liberales responsables, simplemente tenían que respetar.
Poco a poco, Carrère notó que las copas de vino eran venenosas, que los libros que leía eran inanes, que la escritura no fluía de sus dedos. El placer se había convertido en alcoholismo, las letras en manchas, la imaginación en abismo. Era el vacío, que estaba ahí. Como Woody Allen, bromeó ante la inmensidad: la ironía es la defensa de los liberales ante la inseguridad y el terror, ante la propia soledad. Pero el pozo era cada vez más negro. Hasta que un día, Carrère creyó.
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Quizá el problema de Carrère, y de muchos otros, está en no haberse planteado la cuestión con la mayor claridad posible. Esto es un intento: https://antoniopriante.com/2014/02/05/crees-en-dios/
Muy buen artículo, y excelente el libro de Carrère (también «Sumisión», pero no tanto). Baste decir que tenía tantas ganas de leerlo que conseguí una versión pirata en italiano antes de que se publicase en español, y que, sin saber realmente italiano, me lo leí de un tirón. De hecho, salvo por alguna consulta al diccionario, el texto me atraía tanto que no me daba la impresión de estar leyendo en un idioma que no conocía. El puto amo, Carrère.
Eso sí, discrepo con la conclusión del autor del artículo: quizá sea chunga la vida tras la muerte de dios, pero cuando estaba vivito y coleando (y allá donde sigue estándolo), la vida era igual una puta mierda, o más.
En desacuerdo. La religión es un constructo perverso y artificioso que a base de monopolizar el espacio público durante siglos e injerir en la vida privada de las personas, ha creado un sustrato del que hasta los más racionales a veces son incapaces de renegar. Para quienes somos ateos o agnósticos en el mejor de los casos, existe la moral, que es una cualidad consustancial al ser humano y que ha ido arraigando conforme a la selección natural. No se trata de renegar de la religión per se, soy el primero que es capaz de admirar un Caravaggio o los relatos bíblicos como literatura de ficción así como el arte que de toda ella se deriva. Houellebecq (que me encanta) es demasiado pesimista respecto al relativismo de Occidente. Los islamistas que matan en nombre de un Dios o la Inquisición antaño lo utilizan como coartada expansionista, la tan humana propensión que compartimos con los animales de marcar territorio. Cuando viven en Occidente son los primeros que se saltan los preceptos de su religión, empezando por lo que a gastronomía se refiere, al igual que el católico que se comporta como un hijo de puta durante la semana pero el domingo comulga y resetea el contador. Es hipocresía pura y dura. La Europa progresista, vacía y laica es la que ha permitido que en 70 años no haya habido ninguna guerra en un continente masacrado y descosido tras las dos mayores matanzas del siglo XX. La religión ha de tener su espacio en cualquier sociedad, pero a nivel privado. No se trata de prohibir las procesiones o etiquetar de vacaciones de invierno a la Navidad como muchos descerebrados en su afán extremista pretenden sin reparar en la tradición cultural cristiana de la que procedemos, pero sí desterrar la religión de la educación entendida como adoctrinamiento, para lo que bastaría con implantar una asignatura del tipo «Historia de las Religiones» que complementara los contenidos transversales que se imparten en Historia.
«La religión es un constructo perverso y artificioso que a base de monopolizar el espacio público durante siglos e injerir en la vida privada de las personas, ha creado un sustrato del que hasta los más racionales a veces son incapaces de renegar.»
¿La religión es eso? Pues yo diría que acabas de describir perfectamente al socialismo, especialmente al marxista, que es el más laico, ateo y progresista de todas las doctrinas ateas, laicas y progresistas.
«La Europa progresista, vacía y laica es la que ha permitido que en 70 años no haya habido ninguna guerra en un continente masacrado y descosido tras las dos mayores matanzas del siglo XX.»
Te recuerdo que esas dos «mayores matanzas» del siglo XX fueron producto precisamente de las ideas progresistas que iban a solucionar todos los problemas de la humanidad eliminando el fanatismo de las religiones. Precisamente la «segunda matanza» fue la que produjo la confirmación de que esas ideas progresistas, ateas y laicas no eran mejores. El fanatismo progresista, ateo y laico también existe y ha producido grandes matanzas, mayores incluso que las de las religiones; pero como seguimos repitiendo las palabras de la Ilustración como papagayos hay gente que no es capaz de verlo. Se sigue hablando de intolerancia religiosa cuando también hay mucha intolerancia progresista(y laica y atea): se sigue repitiendo la idea del fanatismo religioso de Voltaire y vale lo hay pero el fanatismo progresista no es ni mejor ni menos fanático.
Hablas de católico hijo de puta durante la semana pues anda que no hay hijos de puta progresistas los cuales no resetean ningún contador porque para ellos en su cabeza no hacen nada malo, creen que todo lo que hacen es en beneficio de la humanidad. Eso una parte de los progresistas (laicos y ateos) porque luego están otros (los que suelen mandar a los otros) que esos sí que son hipócritas absolutos, saben que son unos «hijosdeputa» pero como van de progresistas saben que los demás les van a ver como buena gente (al menos lo que se creen las mentiras progresistas).
Me parece bien que critiques a los católicos «hijosdeputa», si eso es lo que quieres, pero en el evangelio el tal Jesús ese dice: «Ves la paja en el ojo ajeno pero no la viga en le propio». Te invito a ello pues el progresismo no ha demostrado ser mejor como mínimo que el cristianismo, del cual por cierto se ha apropiado algunas ideas.
La Biblia dice: «(Algunos de) los últimos serán los primeros»
Quizás en este tema haya que seguir a Epicuro: relegar a los dioses al lugar más recóndito del universo, en donde la posibilidad de interferir en nuestras vidas sea nula y luego, tratar de disfrutar al menos de una alegría.
Carriere no habla de religión, habla de Fe: eso es el cristianismo y de eso habla «El reino Houellebecq habla de lo que supone la religión como estructura dentro de un estado ¿moderno? Son dos reflexiones distintas y necesarias. Pero, chicos, son cosas distintas….
Si Dios no se hubiera revelado al hombre, ahora no estaríamos, todavía, dudando y polemizando, lo ignoraríamos. Esta reflexión ya la hizo, hace siglos, Anselm Turmeda y seguimos sin enterarnos.
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Leí ambos libros juntos (Sumisión y El Reyno) sugiero humildemente completar con Herejes de Leonardo Padura.
La fe pura del individuo es el arma contra nuestros propios temores e inseguridades. Al pobre le da esperanza y al rico lo inmortaliza, prolongando su reino más alla de estas mundanas tierras.
La fe institucionalizada y dentro de una sociedad, se puede transformar en un arma de manipulación, prostituyendo la fe pura del individuo.
(reflexión personal)
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Emmanuel Carrère no es de izquierdas
¡Gracias!