
Por una vez no voy a escribir sobre poesía; aunque es inevitable que ella aflore como una elocuente ausencia. En esta ocasión quiero hablar de algunos autores de novelas y relatos juveniles, por razones que considero relevantes en relación con el horizonte vital de todo lector, y que iré detallando en las próximas líneas. Lo cierto es que, entre mis lecturas infantiles de poesía y el descubrimiento de la poesía con mayúsculas en la adolescencia, hubo un hueco, hacia mis once o doce años, en el que perdí el interés por los poemas más allá de los que nos obligaban a comentar en los libros de texto, ya que me parecían un rollo. Años en los que, sin embargo, engancharse definitivamente a la lectura, del tipo que fuese, resultaba crucial para no dejar de ser ya nunca un lector empedernido o, dicho de otro modo, convertirse en un lector empedernido adulto. Sin los libros buenos, malos y regulares que todos leímos en aquella época, probablemente, hoy nada sería lo mismo para muchos de nosotros. A pesar de que la poesía no formara parte de ese desordenado canon provisional de lecturas.
El asunto resulta más acuciante aún ahora que entonces, en pleno Pleistoceno predigital, cuando las distracciones al alcance de quienes dejaban de ser niños pero todavía no podían llamarse adolescentes resultaban más bien escasas: leer libros y tebeos, escuchar música en el casete, ir al cine o de paseo con las amigas y seguir alguna serie de televisión, esto es, cuando el día y la hora eran propicios. A un chico o chica del siglo XXI, la sensación de horror vacui de tan limitada oferta de ocio le resultaría insoportable.
Lo que no ha cambiado, sin embargo (si acaso ha aumentado por la complejidad de la vida), son las incógnitas a las que siguen enfrentando aquellos que van dejando atrás las seguridades de la niñez, sin nociones claras sobre lo que está por llegar, ni mucho menos sobre cómo articular la inquietud que ello les genera. Por ese motivo, la lectura en tales años proporciona, hoy igual que hace décadas, un estímulo que no van a encontrar en ningún videojuego ni explicado por ningún youtuber: ofrece un espejo, no de imágenes comerciales en rápida sucesión, sino de palabras y personajes con los que aprender a pensarse y definirse a otro ritmo más pausado, y desde luego sin ruido ambiental; o con los que, sencillamente, sentirse algo más acompañados, esto es, un poco menos desconcertados.
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El recorrido que has hecho y las sensaciones que has definido me hicieron volver por un instante a esas largas tardes lectoras que evocas.Prácticamente todos esos títulos y autores leí. Ahora recorro de la mano de mis hijas algunos de ellos y otros totalmente nuevos para mí. Me sirve de referencia para ir recomendando a mis propios alumnos. Gracias por tu aportación.
No hay tema que me resulte más querido que el de las lecturas infantiles y juveniles. Recomiendo fervorosamente a todos los lectores de buenos libros que lean «El maravilloso viaje de Nils Holgersson» de Selma Lagerlöf. No se van a arrepentir.
Estoy de acuerdo, es un libro irrepetible. Qué bueno que, aunque adultos, sigamos enganchados a ese mundo.
Yo, en mi adolescencia, ya era un friki pero aún no lo sabía… Todavía no nos llamaban así. El padrino, el señor de los anillos, Lovecraft y las novelas de espías de Le Carre me acompañaron en eso de hacerte adulto de los libros
A mí el Señor de los anillos, ya ves, nunca me llamó la atención… y es verdad, el «frikismo» no existía.
A diferencia de muchos que leerán este artículo, yo nunca tuve una adolescencia así. Las tardes se pasaban volando igual que las pelotas de fútbol, tenis, baloncesto o rugby que me acompañaron tantos años y cuyo paso del tiempo solo sobrevivió la pelota ovalada.
En mi casa nunca se leía. Ahora sí.
Y como la autora dijo en el artículo (gracias, por cierto): «cruzar ese umbral a la par emocionante y temido de contornos imprecisos sin el auxilio de la literatura es una renuncia, por pereza o por desconocimiento, inexplicable».
Yo también pasaba tiempo jugando, de más pequeña a la comba, luego al baloncesto… no es incompatible una cosa con la otra. Incluso hoy, que he cambiado la comba y la pelota por la bici, soy forofa del aire libre. Pero eso sí, en el cesto siempre llevo un libro, por lo que pueda pasar. ¡Saludos y felices lecturas!