
No hay nada tan transversal como la venganza. No importa de dónde vengamos o qué dioses recemos, ni siquiera importa si rezamos a alguno. Todos hemos soñado alguna vez con bailar sobre la tumba de nuestro enemigo. Probablemente ese sea uno de los secretos del tremendo éxito de la saga John Wick: nos miramos en él como si fuera uno de esos espejos mágicos que te concede un deseo, la lámpara mágica con munición para aniquilar a un batallón. Como Wyatt Earp apoyado en la ventana de la posada después de que los Clanton hayan matado a su hermano. «¿Qué vas a hacer Wyatt?» le pregunta el doctor Holiday: «Matarlos a todos».
La premisa de Wick es asombrosamente sencilla y la película (el original) dedica cinco minutos a meternos en vereda: un tipo aparentemente normal ve como su felicidad se va al garete en menos de lo que uno tarda en decir «Pamplona»: su mujer es víctima de una de esas enfermedades letales que se lo llevan a uno del planeta en cuestión de días. No espoilearemos el resto, excepto para decir dos cosas. 1) Unos mafiosos rusos con alarmante ausencia de materia gris se cruzan con John en el peor momento; 2) John no es un tipo normal y corriente.
John Wick triunfa en terrenos donde los cineastas que se atreven a jugar en los fangos del —siempre minusvalorado— cine de acción acostumbran a pisar la lona: la visualización del cogollo (léase «pelea» o «tiroteo» o cualquier situación que coloque al protagonista dándose de palos con alguien) y la creación de una mitología propia. Como ya pasaba en aquella cinta de culto que vieron tres y a la abuela llamada Running scared, John Wick crea un universo en el que el espectador vislumbra un Asgard, un Valhalla en el que habitan seres que nada tienen que ver con los simples humanos. Si en Running scared, el axioma eran los cuentos infantiles, en John Wick el cuento parece una suerte de epopeya griega, con Wick disfrazado de Aquiles (un humano) peleando contra Zeus, Afrodita, Apolo y todo el maldito Olimpo.
El filme, cuya primera entrega reventó los circuitos geeks del hemisferio occidental, ha resucitado a Keanu Reeves de la misma forma que Deadpool le hizo la maniobra Heimlich a Ryan Reynolds y le quitó de la garganta las comedias empalagosas y los dramas de medio pelo. Ese rostro hierático de Reeves, con la expresión del que podría estar sufriendo la pérdida de un ser querido o un terrible dolor de estómago, es el complemento directo perfecto para una película que va al grano constantemente: no han pasado ni treinta minutos y ya hay una veintena de tipos vestidos de negro, con chalecos antibalas y pistolas de gran calibre, enrollados en alfombras y metidos (muertos, huelga decirlo) en la parte trasera de una furgoneta.
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Amén, hermano
El mejor héroe de acción y un renacido Reeves me alegran los muchos años que ya tengo
Mis dies
Una gozada de película. A los cultos no podía decirles esto, pero sabiendo que la defienden como película que sabe lo que narra y cómo lo narra, uno se atreve a decir que es una película que me encantó sin haber tenido ninguna referencia. Ufffff, mi gusto cinematográfico, jamás contrastado, recibe con alivio una crítica constructiva de algo que me gustó en su momento. Una gozada de artículo y un alivio para mi ego.