Arte y Letras Literatura

Este sol espectral de la infancia

solesc
Ilustración: Santiago Sequeiros.

Le perseguía la sombra de la muerte de los que amaba. La sombra de las vidas interrumpidas. Y para exorcizarla, inventó un niño sin sombra. Un niño congelado en el territorio sin tiempo en el que nadie agoniza. Un niño que no puede crecer. Atrapado en Nunca Jamás. En Nunca Jamás para Siempre. Eso sí que es retorcer una paradoja. Se llamaba Peter Pan y vivía con las hadas. «Se contaban historias extrañas sobre él, como que cuando los niños morían, él los acompañaba parte del camino, para que no tuvieran miedo».

El viaje no era desconocido para James Matthew Barrie. El escritor que le arrancó a Peter la sombra —y con la sombra, la posibilidad de ser hombre— conocía bien la muerte. La primera fue la de su hermano, David, el favorito de su madre. Cuenta la leyenda familiar que Barrie pasó años intentando equilibrar esa pérdida. Invocando el fantasma del hijo perfecto que se marchó al país de Nunca Jamás la noche antes de cumplir los catorce años. El pequeño Jamie evocaba sus maneras. Imitaba sus formas. Un día le descubrieron vistiéndose con sus ropas. Tenía seis años y ya quería ser otro: un niño que no crecería, uno que no se marchara, dorado y eterno como su hermano. Cuenta también la leyenda, la leyenda negra de la familia, que siempre tuvo envidia de aquella perfección inmaculada del mayor. Y sobre todo, del amor incondicional de su madre.

El fantasma de David se quedó como un borrón denso de culpa que fue expandiéndose con los años. Por eso Barrie nunca vio la necesidad de crear al Capitán Hook. Porque había comprendido que el infierno estaba en Peter. Lo sabía lo que quedaba del pequeño Jamie porque cargaba con la sombra que su personaje había perdido. La que se había fundido en la tumba con el cuerpo muerto del hermano.

Será por eso que cuando tuvo que crear la némesis de Peter Pan le salió un adulto con la infancia mutilada. Los tramoyistas del teatro necesitaban colar un acto para manipular los decorados en un cambio de escena complicado. Y Barrie inventó al Capitan Hook —una especie de Ahab cruzado con un protocaballero de Eton—. Un villano con todas las pulsiones caprichosas de un mocoso. Un pirata obsesionado con la sangre y la muerte. Barrie sabía bien de qué estaba hablando.

«J. M. tenía algo fatal para aquellos a los que amaba. Todos morían». Lo dijo D. H. Lawrence. Y tenía razón. Se fueron uno a uno los que un día le importaron. Los que no tenían que irse porque eran más jóvenes. Los niños a los que Peter Pan acompañaría en su camino al reino de Siempre Jamás, la Muerte.

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2 comentarios

  1. No percibo la misma musicalidad que contenían los primeros artículos… El texto ya no es tan incisivo como hace un tiempo… No sé si «algo» interfiere en la capacidad de la autora para afilar las palabras.

  2. Me he quedado totalmente conmovido Marta, mil gracias.

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