Puto paraguas

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Fotografía: Raffaele Esposito (CC).

La gente no cambia. Es como es. Pero eso no significa que no cambie. La gente cambia. No es como resultaba. Llega un día en tu vida de mierda, para que te hagas una idea del cambio, que de pronto no te importa salir de casa con paraguas; aunque no llueva. Basta la probabilidad certera de la lluvia. Tal vez ese sea el mayor cambio que se forja en la vida de un individuo dispuesto a ser siempre el mismo, empeñado en reconocerse cada mañana, cuando se levanta, sin necesidad de mirarse al espejo. Los días de lluvia nos retratan con el tacto de un escultor, hasta desnudarnos.

Existe un periodo en la juventud en el que uno odia las camisas, y en especial plancharlas. Odia a su padre. Odia el cárdigan. Odia cuando su madre se lima las uñas a su lado. Odia los imperdibles. Odia cuando le preguntan «en qué piensas». Tal vez odia Jot Down. En fin. Cioran calculaba que cualquier persona inteligente o decente odia a la mitad de sus contemporáneos. Pero por encima de todo, detesta el paraguas. Este utensilio concentra el malestar que uno siente hacia su propia existencia. En cierto sentido, las batallas más ensangrentadas y bellas son las que libras no tanto contra otras personas, como contra ciertos objetos aborrecibles, casi humanos. Una lámpara horrorosa, un cuadro que pintó tu madre, una alfombra. Y el puto paraguas.

Uno está dispuesto a pensar de sí mismo que es un desgraciado, un traidor, un asqueroso hijo de perra si comparece cubriéndose con un paraguas un día de diluvio. Da igual cuánto llueva, el frío que haga. Tus odios deben ser cultivados, hasta que brillen. Todos sabemos qué siente una persona que se queda sin paraguas en mitad de la tormenta, atrapado en un bar, o en la Subdelegación del Gobierno, o en Massimo Dutti. Está abandonado frente a la lluvia, solo, superado por las adversidades, como en el momento en que el capitán Ahab afronta su destino ante Moby Dick, cuando ya todo acaba. Se siente feliz de no tener que defenderse con un paraguas. Un paraguas es siempre una presencia insoportable, una carga humillante, un sinsentido. Te recuerda a lo peor del género humano, capaz de idear objetos colgantes, repulsivos. Ninguna madre, ningún consejo bienintencionado, modificará esta convicción, sana y honesta. Hay objetos que predicen una experiencia frustrante que nos hunde en la miseria, y que podemos conectar con ese verso de Emily Dickinson que dice «sentí un funeral en mi cerebro». Prefiero el agua, la enfermedad, el hospital, en último caso la muerte, a exponerme a la posesión del paraguas. A su lado se siente bien qué es un drama, y qué poco vale la vida si has de cubrirte del agua. Pero en un minuto, esas convicciones férreas se hunden.

Cada vez que veías un paraguas actuabas como la protagonista de Laura, de Otto Preminger, a quien de pequeñita la enseñaron a escupir cuando se cruzaba con un agente de policía. Solo el nombre (p-a-r-a-g-u-a-s) te levanta dolor de cabeza y quieres matar a alguien. Pasará el tiempo y nada cambiará nunca la idea que tienes de los paraguas. «Nunca», sin embargo, solo dura cierto tiempo. Llega un mañana cualquiera, y ya no eres el mismo. El cambio. No sales de casa sin valorar si no lloverá en algún momento de la mañana o la tarde, y si hace falta llevar paraguas. El paraguas es un objeto aborrecible. Me pone malo. Ni me lo nombren. Pero es maravilloso. «Bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas», escribe el Conde de Lautréamont, en una de las comparaciones más célebres del irracionalismo surrealista. Jamás hay que fiarse de un cielo despejado, que se caracteriza, precisamente, por las probabilidades de volverse en pocos minutos un cielo cubierto.

Las ideas inamovibles no sobreviven si no prometen rigidez antes de un desplazamiento. Me viene a la cabeza el nombre de Anthony Comstock. Durante una época fue el mayor censurador de pornografía de los Estados Unidos, como bien cuenta Gay Talese en La mujer de tu prójimo. Pero, ¿fue siempre así? No. En su adolescencia, según confesaría en sus diarios, se masturbó de manera tan obsesiva, que temió que tanta paja lo condujese al suicidio. En fin. Es solo un ejemplo de cómo la gente no cambia nunca, y sin embargo cambia. En realidad, las personas no cambian en un aspecto sustancial, visible, pero sí subterráneo.

De pronto, un día te das cuenta, casi con tristeza, de que te falta el paraguas, que tanto aborreces. Acaba de desaparecer delante de tus narices, en el bar. Afuera llueve. Quieres irte a tu casa, pero, ¿cómo exponerte al aguacero sin paraguas? Fácil: robas uno. Es el último crimen que te creías capaz de cometer. Pero también un día adviertes que vales para eso. Se trata de un automatismo, un reflejo, como si en realidad el otro paraguas también fuese tuyo. Todos los paraguas son el mismo paraguas. Ojalá lo dijese Borges, piensas, para legitimar las manos sucias. Manejas la teoría de que si tú robas un paraguas, la víctima de tu maniobra sustrae a su vez un tercer paraguas, y la víctima siguiente etcétera, hasta que siguiendo una larga cadena, el cabrón que te robó a ti se queda nuevamente sin paraguas. Conviene no ser dogmáticos con relación a tus gustos, y estar dispuesto a hacer periódicamente mudanza en las ideas más enraizadas. Cuando odias algo con mucha fuerza, a menos que sepas que nunca lloverá sobre tu cabeza, has de estar preparado para empezar a amarlo.

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16 comentarios

  1. Efrain Cervantes Melo

    Hace unos días justo le decia a mi compañera que uno de los signos que había identificado en mí y que me acercaba a los 30 años era que no salía sin paraguas, más nunca me imagine encontrar un artículo que sustentara mi teoría. Lo he disfrutado, muchas gracias!

  2. Siempre he pensado que no hay nada más ridículo que una persona andando con un paraguas

  3. Te aplaudo, con mis dos manos libres de un paraguas.
    Aún.

  4. Madrid, 14,30 he dicho a mi compañera traeme un paraguas por favor. 15,15 ,llega con un paraguas rosa. 17,45 lo voy a coger por si acaso aunque parece que no va a llover. 18.00 leo el artículo en el tren.18.05 salgo y llueve a cántaros. Abro mi paraguas y… No he visto a nadie riéndose, ni aplaudiendo con sus manos libres de paraguas.

  5. Adrián

    Me ha encantado el articulo, nunca he usado paraguas en toda mi vida, siempre me ha parecido que las gotas de lluvia en mi cara y una ocasional empapada me hacían sentir un poco más vivo y libre… No obstante me atrae el paraguas como objeto, como estilismo. Ese negro, grande, inglesado con empuñadura de madera.

  6. Javier A-Beigbeder

    Hoy caen chuzos de punta. Hasta compré un traje que no necesita llevarse a la tintorería y se puede meter en lavadora. Pero es verano. Llueve a cántaros y hace calor. Llueve a plazos, unos minutos llovizna y al segundo escampa y al poco diluvia. La ropa mojada huele. Y no digamos el escarnio al cuerpo resentido y humedecido. Para pillar cualquier cosa y nada buena. Así que dejando a un lado la estampa romántica-bucólico-pastoril hay que ser prácticos, el traje lavadora se queda en casa y me llevo el paraguas. Como un señor. Ande yo caliente y ríase la gente.

  7. Pepa Simón

    En cambio, a mí me ha ocurrido prácticamente al revés. De jovencita, nada me hacía sentir más desvalida que aparecer donde fuera empapada como un pollito recién salido del huevo, nada más desagradable que los pies mojados. En mi mentalidad obsesivo-previsora de entonces, lo sentía como una especie de humillación y por eso el paraguas era para mí un objeto imprescindible, un gran logro de la Humanidad. Pero un verano feliz pasado a los treinta y pico años en Irlanda lo cambió todo. Aprendí del resto de transeúntes a fluir entre ellos sin tanta preocupación, a olvidarme del paraguas y dejarme bendecir con parsimonia por la lluvia, que allí caía de improviso varias veces al día y de nada valían las previsiones. Ahora incluso se puede dar el caso que ni lo coja al salir de casa, digan lo que digan los del tiempo o, a no ser que se trate de un chaparrón torrencial, que yo siga andando tan tranquila bajo la lluvia con el paraguas cerrado en la mano.

  8. Paragüero

    Se nota que el que escribe, no vive en el Norte. 10 años de estudios haciendo el camino a clase siempre andando me enseñaron a ser previsor y meter el paraguas en mi mochila en septiembre y sacarlo en junio. De hecho, una vez en la universidad no me dejaron meter en el aula mi paraguas empapado y me obligaron a dejarlo en un paragüero exterior. Cuando salí, un hdp (igual el propio autor que se jacta de haberlo hecho) me lo había robado y sólo me salvé de la mojadura del año gracias al pequeño paraguas de mi mochila.

  9. Cristian

    Ya rozo los cuarenta años y la verdad es que sigo teniendo la misma opinión sobre el paraguas que cuando tenía 18, me parece una herramienta poco práctica para la lluvia. Un chubasquero protege mucho mejor de la lluvia incluso con viento, y deja las manos libres.

  10. Es curioso, vivo en el norte y entre el amplio grupo de amigos rara vez alguno llevaba paraguas aunque lloviese a chuzos. Era absurdo,pero si alguno lo llevaba era visto un poco como un niño d Papá. Más absurdo era la gente q se reia del tipico señor mayor q llevaba el paraguas colgado en la espalda,cdo en realidad el inteligente es el paisano q va más comodo con las manos libres.

    Luego d visita x andalucia nos sorprendió en un dia con fino orballo,todo el mundo iba con paraguas y corriendo x las calles para no mojarse. Es decir en santiago lloviendo a cantaros muchos vamos con capucha como mucho y en el sur un poco d lluvia y todo el mundo tapado, cuestion de costumbre.

  11. Paragüista

    Los paraguas no sólo protegen de la lluvia. El mango puede ser una espada oculta. En la punta los servicios secretos colocan venenos indetectables para matar a otros espías al clavar la aguja en los zapatos mientras se pasea tranquilamente por la calle. ¿Cómo se puede estar en contra de un instrumento cuyo uso normal es sólo una excusa? Tras el paraguas está el verdadero paraguas. Pero además hay un tercer paraguas, el imaginario, el que promete algo que nunca llega al hacerlo girar, el que ofrece la insegura seguridad de que servirá de paracaídas si nos lanzamos desde una azotea, un bastón más elegante que cualquier bastón. Y luego está el cuarto paraguas, el paraguas esencial, el último. Lo vemos siempre desvencijado, con varillas rotas, abandonado en la calle tras un chaparrón que acabó con él, como acabaremos todos. Entre tanto lo mejor es evitar las pulmonías. A esteta mojado, constipado en cada mano, dice el popular refrán que acabo de inventarme.

  12. El que esté libre de pecado que tire el primer paraguas

  13. Los odiaba, los rechazaba, los despreciaba.

    Diluviaba el día que la conocí. Salí del coche al encuentro del suyo con mi paraguas enorme, rojo, Ferrari. «Agárrate de mi brazo como si nos conociéramos de toda la vida». Me miró a los ojos y fue una lapa. Hasta hoy. Bendita lluvia.

  14. Los paraguas: ya no se sabe en cuántos poemas se los ha comparado con murciélagos. A su turno, en La cartuja de Parma, Stendhal narra la ejecución de un patriota italiano ¡a paraguazos! Por otra parte, Paraguay.
    Es saludable perder opiniones de vez en cuando: la consecuencia puede transformarse una especie de lastre.

  15. Harwisch

    En Ourense los paisanos llevaban el paraguas colgado de la parte de atrás del cuello de la camisa. En su nuca no llovía nunca. El afilador, también llamado paragüero arreglaba con presteza los estragos de la crueldad del viento en los paraguas de lo más pobres que no se habían comprado un paraguas de verdad. Esos que sirven de bastón para andar, no de esos paraguas caniche que se pliegan en dos tiempos y que llevan un asqueroso botón que los dispara como si fueran símbolos de una respuesta moderna a una lluvia de antes. La gente de bien siempre ha sabido que a donde no llegues sin paraguas, es un sitio al que quizás no deberías haber ido. Luego se inventó el chubasquero, que no permite fumar bajo la lluvia: porquería de invento

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