
Un día de 1999 me encontré con un remanente de adjetivos. Ocurrió después de haber escrito la crónica municipal para el periódico, y fue un acontecimiento extraño porque por aquel entonces yo tenía una misión en la vida, llenar la página como fuese, y un método para hacerlo: endosarle tres o cuatro adjetivos a cada palabra. Había veces que el sustantivo ya no sabía a qué atenerse. Los alcaldes llegaban a tener colores. Las carreteras no solo eran cortas o largas, también «mansas», «de una grisura otoñal» o directamente «férvidas». Visto en perspectiva tenía gracia, porque al fin y al cabo aquellas crónicas se escribían para un diario local y lo que trataban de contar era el concurso de contratación de las obras de un atajo entre dos parroquias. Pero, bien, así era mi vida entonces, y así mi estilo desgraciado de escribir. Tan desgraciado que el día en que me encontré con adjetivos de más y no supe qué hacer con ellos, llamé al periódico y pedí que en la parte inferior de la página me pusiesen el titular en cursiva y mi firma un poco más gorda, en negrita, con un empaque solemne. Lo último que iba a hacer con esos adjetivos que me sobraron era tirarlos, con lo caros que estaban en el periodismo local. Iba a meterlos en una columna, aunque para eso tuviese que pasar el trance de convertirme en columnista. Había cosas peores: podía ser columnista deportivo. Así que una semana después pedí columna también en esa sección.
Yo entonces concebía ese espacio como un depósito de objetos literarios, de imágenes y recursos juguetones y cargantes. La columna que me hice confeccionar en la página era una especie de campo abierto que usaba como práctica de tiro, o sea, unos entrenamientos pagados. De ese modo el estilo era lo único que me importaba. Eso y recuperar a Lourditas, mi exnovia, a la que le mandaba mensajes entre líneas, le dedicaba metáforas crípticas y elegantes poemas en prosa hasta que un día le pedí directamente que volviese, lo que me costó un aviso de la empresa (años más tarde ella me contó que no sabía que estaba trabajando en un periódico).
Con esas intenciones públicas, el estilo y el amor, suena menos raro que mi último día en Diario de Pontevedra, cuando pensaba que me iba derechito a la gloria, quisiese prender fuego a los tomos de la hemeroteca para no dejar testigos. Así empezó todo y así debería haber acabado, entre llamas.
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Pues parece ser que seré yo quien escriba el primer comentario…
Muy interesante todo lo que has escrito del «Columnismo» Pero a mi lo que me ha removido es la ultima frase, he de decir que me «duele» por mis pocos recuerdos.
«A mí eso me parece lo más importante; al fin y al cabo, es antinatural opinar y enamorarse antes de los cuarenta años. Debe de ser por eso que lo hacemos tan a menudo.»
A mis veinti y pico años me he enamorado 10 veces (sabiendo perfectamente que el «enamoramiento» no es simplemente «atracción sexual»). Algunos de estos amores no han sido consumados y otros pocos, ya con la sabiduría que da el tiempo de saber en realidad como era el otro, los he despreciado. Y ya pienso que ese numero es demasiado alto y que quiero dejar de «enamorarme» de otros, porque la respuesta suele ser fría, gris, por interés de un desamor o para entretenerse.
Un saludo y buenas noches.
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