Dios no cura a los enfermos

Publicado por
El papa Francisco en Fátima, Portugal, 2017. Fotografía: Nuno Andre Ferreira / Cordon Press.

Hace unos meses el papa viajó a Fátima para canonizar pastorcillos. Leí en la prensa el milagro que había provocado todo aquello: por lo visto, los padres de un niño en coma pidieron a las monjas que custodiaban los sepulcros de los beatos Jacinta y Francisco que pidiesen su intercesión. Ellos también rezaron. Dos días después, el niño, que se había abierto la cabeza después de caer de seis metros de altura y que había perdido tejido cerebral, se despertó y habló.

Un milagro es una interrupción del orden natural: un mar que se abre de par en par, una virgen de piedra que llora sangre o un decapitado que recoge su propia sesera y se pasea con ella. También una enfermedad que se desvía de su itinerario. La Iglesia no solo enseña que Dios puede hacer milagros, sino que de hecho los hace. Cristo hace toda clase de prodigios en los evangelios: cura al ciego Bartimeo, camina sobre las aguas, multiplica panes y peces, convierte el agua en vino o revivifica a Lázaro y a la hija de Jairo. Antes de él, hombres escogidos por la Providencia habían realizado hechos extraordinarios: Moisés hace brotar agua de una piedra golpeándola con su cayado. Después de él, Dios ha obrado milagros solicitados a través de la oración y de la insistencia de los santos. De hecho, lo que acredita el milagro en las causas de beatificación y canonización es que ese tiene la facultad de interceder ante Dios para conseguir una dádiva.

La idea de que un Dios perfecto, infinito, eterno y todopoderoso obre milagros es desconcertante. Y siempre que me encuentro confundido voy a leer a Spinoza: «El vulgo estima que mientras la naturaleza actúa de manera habitual, Dios no hace nada; y que, a la inversa, el poder de la naturaleza y las causas naturales están ociosos, mientras Dios actúa». Pero, ¿cómo pueden ser las leyes de la naturaleza algo distinto a las leyes divinas?

El problema es el de siempre: la imagen que las religiones se hacen de Dios. Dice Spinoza en cierto momento que «el vulgo» (¡la gente!) se imagina «el poder de Dios como la autoridad de cierta majestad real y el poder de la naturaleza como una fuerza o un ímpetu». Imaginar a Dios como un rey gigantesco que tiene caprichos embarra mucho esta cuestión. Es evidente que un ser que existe desde lo eterno, que es omnisciente y omnipotente no puede tener una voluntad ni parecida a la que tienen los hombres, que son seres limitados, contingentes y finitos. Dios no existe en el tiempo, de modo que su voluntad debe estar determinada también desde la eternidad. «En Dios no hay voluntad sino necesidad» dice Spinoza. Esto es: Dios no puede hacer otra cosa que la que hace. Dios no puede cambiar de opinión

Por aclarar este asunto (se han escrito cerros de páginas para justificar esto que yo estoy despachando en dos párrafos), ¿por qué usted, amable lector, cambia de parecer? O porque, como no conoce todas las cosas, pasa a considerar una nueva opción; o porque su voluntad da un volantazo y de repente le apetece otra cosa. Pero Dios no puede considerar nuevas opciones (no hay, en rigor, nada nuevo para él) y su voluntad no es, desde luego, víctima de las apetencias. Si Dios desease algo (siempre se habla impropiamente cuando se habla de Dios) ese algo sería. Es absurdo, de nuevo, pensar que Dios quiere algo que no hace.

Retomemos: ¿actuaría Dios en contra de sí mismo al contravenir las normas que él (quién si no) ha dado al mundo? Parece claro que sí. ¿Tendría este comportamiento algún sentido? Pues no, es una cosa absurdísima.

Los milagros que aparecen en los evangelios no son simples actos de bondad: sirven para que Cristo pueda demostrar que él es el Mesías. Los profetas le auguraban hechos maravillosos: «Para abrir los ojos a los ciegos, sacar de la cárcel a los cautivos, y del calabozo a los que habitan las tinieblas», escribe Isaías. En su época, cuando los discípulos de Juan el Bautista van a interrogarlo, Jesús les responde: «Id y contad a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia». Cristo, esto es muy evidente en los textos de la Pasión, hace un montón de cosas para dejar claro que él es quien es: «para que se cumpliera la Escritura». Y volviendo a nuestro tema, «los judíos buscan milagros», escribe san Pablo.

Claro que Cristo hace milagros, como mucha otra gente en su tiempo; esto es, hechos que en un contexto histórico concreto se creen sobrenaturales. Ello no implica, por supuesto, que lo sean. A propósito de esta sobrenaturalidad, la Iglesia exige que un milagro (una curación imprevista, por ejemplo) no obedezca a causas que puedan justificarse científicamente. Como parece que el argumento de la no contradicción de las propias leyes no parece ser muy elocuente para los partidarios de todas estas cosas pasmosas, sigamos la lógica del Dios que sí hace milagros. Unos padres están rezando por la sanación de un hijo gravemente enfermo. Rezan con mucha fe. En realidad, es posible que bastantes padres están haciendo eso mismo justo ahora. De cuando en cuando, Dios, para manifestar su poder, condesciende, y salva a uno. Al resto no. ¿Es la curación un premio a una fe excelente? ¿La fe tiene premio? ¿Actúa Dios a veces sí y a veces no? ¿Son los hijos de los padres que rezan más merecedores de curación que los hijos de los que no? Es buen momento para que alguien piadoso me tire la puerta abajo al grito de «¡Los caminos de Dios son inescrutables!»

Un dios que obra así es un dios mezquino. Y proclamar a bombo y platillo estos discursos en canonizaciones masivas me parece, como poco, problemático. Spinoza solventa la dificultad de los hechos aparentemente extraordinarios imputándoselos a las leyes que desconocemos de la naturaleza. Sospecho que hemos entendido mal la idea de Providencia: si Dios actúa en el mundo lo hace de la manera exacta en la que tolera que las cosas sean lo que son. Dicho de otro modo, no podemos pedirle nada a Dios porque Dios no puede variar ni un centímetro el funcionamiento del mundo. Si algo es es porque Dios quiere que sea. Y creo que de aquí se deduce claramente que no tiene sentido pedirle nada a Dios. «Vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes que vosotros le pidáis» escribe Mateo y es evidente que esto debe ser así.

Figurarnos a un Dios a nuestra imagen y semejanza crea una retahíla enorme de confusiones. Un dios que quiere que se le pidan cosas (¿para qué?), un dios que permite unas cosas pero a veces no, un dios que hace cosas buenas para manifestarse (¿necesita Dios hacerse propaganda?). Claro que es más consolador, más amable, el dios que te auxilia en la necesidad, el dios que cura a los enfermos. Yo también lo prefiero. Con un poco de suerte alguien que lea este texto me saca de mi error. Hasta entonces solo me queda rezar con las palabras del profeta: «es verdad, tú eres un Dios escondido».

MENSUAL

3mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

ANUAL

30año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

ANUAL + FILMIN

85año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

52 comentarios

                          Comentar

                          Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

                          Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.