
Desde hace cuatro años viajo con cierta periodicidad a Barcelona. Lo hago por trabajo, ya que doy un curso de teoría de redes para Transmitting Science, una excelente iniciativa académica independiente que inició una antigua alumna mía de la universidad. Desde 2015 viajo también para preparar un nuevo proyecto sobre ajedrez y cognición junto con el gran maestro Miguell Illescas. Mis coordenadas allí son bastante estables: estación de Sants, plaza de Cataluña y barrio de Gracia, donde está la escuela de ajedrez de Miguel, EDAMI. Cada vez que voy suelo caminar mucho porque me encanta negociar los chaflanes y casi siempre me desvío para recorrer la Rambla desde la plaza hasta el mercado de la Boquería; desgraciadamente no tengo que detallar cómo es este recorrido, lo que significa y significaba antes y después del atentado, cómo atraviesa —literalmente— el corazón de la misma naturaleza de esta maravillosa ciudad. Es un recorrido obligado que hace todo visitante, comparable en Madrid a la obligatoriedad de caminar de la Puerta del Sol a la Cibeles o en Valencia desde la plaza de la Reina a la estación del Norte. Son puntos de encuentro comparables, enigmas de la conciencia histórica de las ciudades que revelan todo tipo de memorias. Las comparaciones son el material del que está hecha nuestra mismísima noción de la realidad.
Relata Johan Huizinga en su imprescindible Homo ludens que muchos grupos sociales del pasado no muy lejano demostraban lo poderosos que eran deshaciéndose de sus propiedades y hasta matando a su propia gente (normalmente esclavos) para mandar mensajes de esplendor: soy tan poderoso que me puedo permitir el lujo de matar a los míos. Esto, que pudiera parecer tan extraño (y a la luz de los últimos actos terroristas, tan familiar) es un impulso universal que deriva de nuestro ser agonista, una mezcla de lo lúdico y lo sagrado: una comunión entre conocimiento de la realidad y la propia naturaleza. Según el genial sociólogo holandés, los dados y el ajedrez pertenecen al reino de lo sagrado precisamente porque son juegos y son una expresión de este principio por el cual se destruyen las pertenencias o incluso se mata a los propios miembros del clan para demostrar el poder sobre otro grupo. Sacrificios de peones. Gambitos. Te juego sin dama y te gano.
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