Cine y TV

Dos locas de los gatos de Nueva York

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Grey Gardens (1975). Imagen: Portrait Films.

Raro será quien no tenga o recuerde a algún vecino, una persona mayor generalmente, que vive congelado en el tiempo. En mi barrio en los ochenta había una mujer que seguía vistiendo colores locos sesenteros y llevaba un peinado a lo Dolly Parton, en pelirrojo, a la que los niños mirábamos como a un alienígena cuando nos cruzábamos con ella. Si este tipo de personas, además de pasar de todas las chorradas que nos atan a los demás, tienen gatos, entonces la gente ya tuerce el morro cuando habla de ellos, incluso se cambian de acera cuando los ven. No hay psicópata que en una reunión de vecinos, cuando se hable de alguien así, no te susurre al oído: «Que tiene siete gatos». O aún peor: «Que alimenta a los gatos de la calle». Y sin embargo, afortunadamente, cada vez más a menudo caen en saco roto estas maledicencias porque no deja de crecer el porcentaje de ciudadanos que, cuando les advierten de que morirán solos rodeados de gatos, contestan «gracias». No hay más que ver las redes sociales, donde lo que abunda es obsesión por el pasado y fotos de gatos. La sociedad de hoy, en su conjunto, tiene mucho de lo que despectivamente se denomina la loca de los gatos. Y lo que yo me alegro de pertenecer a ella. Por eso hoy, rizando el rizo, hablaremos de un documental de los setenta sobre locas de los gatos.

Se trata de Grey Gardens, 1975, una pieza de cinema vérité sobre las condiciones de vida de dos mujeres, anciana madre e hija de unos cincuenta años, que viven en una mansión en East Hampton, en el estado de Nueva York, que se cae a cachos. Las plantas del jardín, sin tocar desde hace años, tienen varios metros de altura y las señoras, que reciben visitas ocasionales, están solas pero rodeadas de gatos en plena libertad. Esto es, sin areneros, haciendo sus necesidades por toda la casa, excepto en el desván, donde habita una familia de mapaches a los que estas dos mujeres también alimentan con pienso y rebanadas de pan de molde.

Los animales llevan mejor dieta que las protagonistas del documental, que se alimentan a base de patés, galletas, mazorcas de maíz, helados… En una escena la hija admite que debería cocinarle algo decente a su madre, que tendrían que comer mejor, algo en plan, dice, «trozos de carne con una patata hervida» y servírselo a horarios mínimamente normales, pero lo comenta tomando el sol, en condicional, y presumiendo de que vive sin reloj y nunca jamás sabe qué hora es.

Big Edie, la madre, por el contrario, se pasa el día tumbada en la cama, entre restos de comida y basura en general. Tiene apoyado en la pared un retrato al óleo que los gatos utilizan como biombo para ir a hacer sus necesidades. Ella está encantada. Tanto que se pasa el día cantando. Probó suerte con la música en los años veinte y ahí se ha congelado el mundo para ella.

Little Edie, la hija, se quedó más en los años cincuenta. Se pasa el día probándose vestidos o danzando por las habitaciones vacías con las paredes mohosas y desconchadas. Dice que es bailarina y culpa de su situación a su madre, se queja de que si no hubiese tenido que cuidar de ella no estaría ahí sola, a su lado, confinada.

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Grey Gardens (1975). Imagen: Portrait Films.

Juntas escuchan al predicador protestante Norman Vincent Peale. Es su sermón «Try, really, try», confeccionado para subir la autoestima a cualquiera. El programa se llamaba The Art of Living y estuvo en antena cincuenta y cuatro años. En un momento dado, Little Edie acusa a su madre de ser poco devota. Ella replica que le gusta tanto la Iglesia católica que invitaría al cura a pasar la noche con ella, y se ríe pícara mirando al objetivo.

Little Edie confiesa que varios millonarios quisieron casarse con ella, pero que nunca se enamoró de ninguno. Cuenta un poco enfadada que todas sus amigas se enrolaron en la Cruz Roja y pudieron casarse. Ella no, tuvo que cuidar de su madre, insiste. En cruces de acusaciones, se echan en cara con muy mala sangre la reputación de los hombres con los que se emparejaron y, a la vez, se defienden de forma numantina. Que si uno era conde, que si otro, exclama Big Edie, «me dedicó más de  ochenta canciones y era muy listo, escribió siete libros a la vez». Mientras que su hija protesta porque quiso casarse con un polaco veinte años más joven que ella y su madre no la dejó, le echó de casa. Pero Big Edie tiene otra versión, fue él quien huyó sin decir ni adiós al ver in situ los cambios de humor de su hija. Y así se pasan todo el documental entre gatos y ruinas.

Cuando las dos mujeres vieron la película editada en un pase privado, Little Edie pronunció unas palabras proféticas: «¡Los Maysles han creado un clásico!». Los Maysles, Albert y David, eran los dos hermanos que participaron en la dirección del film. Suyo fue el histórico Salesman, sobre vendedores de biblias a domicilio, que está publicado, como Grey Gardens, en Criterion. O el famoso Gimme Shelter, sobre los Rolling Stones en su catastrófico concierto de Altamont —sí, efectivamente, son los responsables de sacar a los Flying Burrito Brothers tocando de espaldas—. Mención especial merece Psychiatry in Russia, de Albert, rodado en 1955, sobre el estado de las instituciones mentales en la Unión Soviética. Y sí, habían rodado un clásico registrando unos días cualesquiera en la vida de esas dos mujeres.

Prueba de ello es que, por ejemplo, Italian Vogue hizo una sesión fotográfica inspirada en ellas, igual que Harper´s Bazaar. El diseñador Marc Jacobs llamó Little Edie a uno de sus bolsos vintage y Phillip Lim se marcó una colección entera. Entre los fans más destacados del documental se han reconocido personalidades como Calvin Klein y Greta Garbo, entre otros. Digamos que dejó huella.

Durante años fue un documental de culto, especialmente entre la comunidad gay. Luego se adaptó como musical para Broadway, también fue una obra de teatro, en 2006 se editó una secuela con el metraje sobrante del primer documental, The Beales of Grey Gardens, y en 2009 HBO filmó una película homónima con Drew Barrymore y Jessica Lange. Pero el detalle que realmente las situó en la historia era otro: las protagonistas eran la tía y la prima de Jackie Kennedy Onassis.

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Grey Gardens (1975). Imagen: Portrait Films.

Todo comenzó con un reportaje de New York Magazine en 1972. En la portada aparecía Little Edie con un abrigo de piel y cubriéndose la cabeza con un pañuelo de seda, como luego haría en el documental. La periodista, Gail Sheehy, escribió que en esa familia, mientras que Jackie había conseguido ser la mujer más famosa del mundo, estas dos mujeres habían rechazado a la alta sociedad, renunciando a tanta fiesta y tanto cóctel, para perseguir una carrera artística. Eran una especie de punks.

La redactora se había puesto tras la pista de lo que allí ocurría porque su hija, tras dar paseos con ella por la zona, había bautizado esa mansión como «la casa de la bruja». Un día la pequeña se encontró una caja llena de conejos recién nacidos y quiso llevárselos a «las brujas». Si vivían con tanto gato, era porque amaban a los animales. Sin saberlo, cuando la periodista acompañó a su hija a entregárselos, se encontró con las familiares del clan de JFK.

Por lo visto, llegaron a tener trescientos gatos, pero en el momento en que apareció esta «discreta» periodista eran solo doce. Las dos mujeres llevaban veinte años juntas; veinte años en los que las deudas no habían hecho más que crecer y las autoridades del condado estaban deseando echarlas de ahí. Las tomaban por locas y peligrosas. A la periodista le advirtieron que tuviera cuidado al tratar con ellas, porque buena parte de los crímenes cometidos en Estados Unidos eran a manos de esquizofrénicos que parecían perfectamente cuerdos.

En el primer intento de echarlas el argumento era que estaban albergando gatos enfermos. Entraron en la casa y a los sanitarios les dieron arcadas, había hasta heces humanas por el suelo. Ellas pensaron que se trataba de un atraco a mano armada. Con tantas redadas como sufrieron madre e hija hasta pensaron en huir del país. En el documental la madre dice que en ese pueblo te pueden detener hasta por llevar zapatos rojos un jueves. Pero ¿cómo habían terminado allí y en esas condiciones? Pues porque Big Edie se separó de su marido, entre otros motivos porque se aburría «hasta llorar» de las reuniones sociales de alta alcurnia, y este nunca le pasó la pensión.

Así que se refugió en esa casa y se llevó consigo a su hija, que acudió desde la ciudad de Nueva York, para cuidarla. A ella y a los gatos. Y ahí se quedó para siempre también. «Ya has tenido suficiente diversión en tu vida», le dice su madre en el documental cuando ella se queja de que preferiría vivir en Nueva York o París. Lo cierto es que a los diecisiete años Little Edie había empezado una exitosa carrera como modelo, pero como era la mayor de sus hermanos, el deber de cuidar de la madre le tocaba a ella.

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Grey Gardens (1975). Imagen: Portrait Films.

Cuando estas noticias llegaron a la secretaria de Jackie Kennedy Onassis, esta emitió una nota en la que explicó que siempre había sido muy cercana a su tía y su prima, pero que esto no era una cuestión de dinero, sino de cómo habían elegido ellas vivir. Días después, ante el escándalo, prefirió callarse y hacerse cargo de las deudas y el dinero que exigían las autoridades para sanear la casa. Ocurrió justo antes de que las desahuciaran. La broma ascendió a treinta mil dólares, ciento cincuenta litros de germicida y, según dijo el New York Times, también les asignaron un estipendio. Para Little Edie, según reveló años después, fue «casi mortal» aceptar el dinero de Jackie, pero no les quedaba otra.

El documental surgió cuando los Maysles trabajaban en una película sobre la infancia de Lee Radziwill, hermana de Jackie y por tanto también sobrina y prima de Big y Little Edie. De repente llegaron a Grey Gardens, vieron el percal y cambiaron de planes para centrarse en estas dos buenas señoras poco antes de que las rescataran. Ellas nunca se sintieron insultadas por el documental. Incluso Big Edie llegó a decir que quién iba a querer sacarle una fotografía a ella con la edad que tenía, que estaba encantada de que esa gente tan adorable lo hubiera hecho. «Es lo mejor que me ha pasado en la vejez, estoy emocionada». Murió dos años después del estreno, en 1977, que no fueron buenos porque se los pasó en silla de ruedas por una caída.

Su hija vivió dos años más en esa casa antes de vendérsela al periodista Ben Bradlee, del Washington Post, directivo del diario durante la publicación del escándalo del Watergate. Little Edie se la vendió por un cuarto de millón de dólares y la condición de no derribarla. Cuando llegaron a ver la casa por primera vez, Edie les dijo que solo necesitaba una mano de pintura, pero posteriormente el periodista declaró al New York Times: «En el interior de la casa, el olor de gato era insoportable. El suelo era tierra. El techo estaba cediendo y un mapache me miró a través de las vigas. Una veintena de gatos se escurrían según entrábamos en cada habitación. Sin embargo, pensé que era la casa más bonita que jamás había visto en mi vida». Añado un detalle: era alérgico a los gatos y en aquel momento había cincuenta y dos.

Tras la venta, Little Edie inició una carrera como cantante de cabaret. En 1978, tuvo media docena de actuaciones contratadas, por mil quinientos dólares, en un nightclub neoyorquino. «Por fin estoy empezando a vivir», declaró a la prensa. En una de estas apariciones lucía un parche, tras una operación de cataratas, y un vestido rojo de su madre. El público la escuchó educadamente, aunque se oyeron algunas risitas, escribieron las crónicas, pero el punto álgido fue una sesión de preguntas y respuestas que permitió al final del show. Ahí reveló que por el documental le dieron cinco mil dólares a cada una, mucho menos de lo que esperaban. Y cuando le preguntaron si se sentía explotada, se puso a toser y dijo: «De ninguna manera, a mi edad tengo suerte de tener este trabajo. Además, este es mi sueño, lo que siempre quise hacer. Tuve dos oportunidades de trabajar para MGM y Paramount, pero mi madre no quiso dejarme. Tuve una relación enfermiza con ella. Tomaba todas las decisiones por las dos. Me tenía completamente manipulada».

No obstante, también sentenció: «Creo que seré una solterona hasta que muera. Probablemente estaré rodeada de gatos lo que me queda de vida. No creo que me dé a la bebida, pero he adquirido ciertos hábitos que no pienso cambiar».

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Grey Gardens (1975). Imagen: Portrait Films.

Pero era mentira. Los cambió. Al menos, cuando falleció, en la noticia se subrayaba que llevaba cinco años sin gatos. Como si los pequeños peludetes fuesen equiparables al crack. Murió en Miami en 2002, en un pequeño apartamento en Bal Harbour. Tenía ochenta y cuatro años, y cuando la encontraron llevaba cinco días fallecida.

Aunque no les hayan faltado nunca fans y ellas recibieran bien su repentina fama, las críticas y valoraciones del fenómeno que protagonizaron estas dos mujeres siguen estando vigentes y son muy interesantes. Sobre todo, por actuales. Por un lado, el crítico del New York Times Walter Goodman en cuanto vio el documental dejó claras sus dudas sobre la condición artística de la película. Tituló su artículo «Vérité o atracción de feria», y dijo que, aunque se les pagara por aparecer y aunque no se las ridiculizase, sí que se las mostraba como algo grotesco. Además, ocurría algo que a su juicio había pasado también con el mencionado documental de Salesman: la vérité, la verdad, la estaban creando los cineastas al sacar la cámara, eso no tenía nada de real desde que se estaba grabando. Tener un objetivo delante hacía que los protagonistas se comportasen de forma más histriónica, haciendo lo que no harían en condiciones normales.

En la reseña citó las palabras del director en el Festival de Cine de Nueva York, que manifestó «la verdad no puede herirlas». Para criticar sus excusas puso como ejemplo que, si a él un día le daba por desnudarse e irse a Times Square a bailar claqué, preferiría que sus amigos trataran de impedírselo antes que grabarlo en vídeo para su beneficio y la curiosidad del público. «Por muchas ínfulas artísticas que tenga, esto no deja de ser periodismo de tabloide», sentenció.

Habría que ver cómo reaccionaríamos ahora, con la revolución televisiva, si viésemos algo así en un programa. Seguramente lo tacharíamos de telebasura. Hay un plano que cierra el documental del pie desnudo de Big Edie, entre la basura y un gatete dormido, que solo así puede describirse, en sentido literal además.

Pero no todas las reacciones han ido por ese camino. En el libro Grey Gardens de Matthew Tinkcom, de 2011, lo que se plantea es que la película de HBO era más conservadora que el documental porque mostraba que las mujeres se habían quedado sin marido por sus excentricidades, no que habían acabado así por su búsqueda de independencia. Ahí el libro plantea la duda de si se las debía de considerar feministas, cuando en realidad vivieron siempre como aristócratas, y también si reconocerlas como tales no supondría ningunear los logros realmente importantes de la lucha de otras mujeres, o si por el contrario la situación en la que encontraban era el precio a pagar por una búsqueda hasta el final de autonomía en una sociedad patriarcal. Aunque solo sea para discutirlo, ya merece la pena sumergirse en el universo de Grey Gardens.

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Grey Gardens (1975). Imagen: Portrait Films.

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3 Comentarios

  1. Algunas puertas encierran increíbles historias … y un terrible hedor a pis de gato.

  2. de ventre

    y además inspiró esta maravilla de rufus wainwright

    https://www.youtube.com/watch?v=bEsGqGz5I1Y

    j

  3. Hablando de gatos… En concreto de un gato negro…
    13 citas sobre mala suerte https://dametresminutos.wordpress.com/2015/10/04/13-citas-sobre-mala-suerte/

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