
El verano de 1816 no era un verano cualquiera. En la isla de Sumbawa había estallado el monte Tambora, en la erupción volcánica más violenta desde que las crónicas tienen memoria. La expulsión de ceniza y otros componentes a la atmósfera trajo consigo una catástrofe sin igual, la reducción de la luz del sol hizo que la temperatura terrestre descendiera sin descanso, durante meses el Caribe y el sur de Europa se levantaron nevados, los páramos chinos quedaron devastados por las heladas, las cosechas se arruinaron en medio mundo, el hambre azotó los estómagos y el ánimo, las revueltas populares no se hicieron esperar y decenas de países se vieron forzados a declarar el estado de emergencia. El estío se dejó acompañar por la lluvia y el frío durante toda su aparición y aquel año quedaría para siempre registrado como «el año sin verano».
No se salva de la tiranía de aquellos meses la región de los Alpes suizos, en el corazón de Europa. La figura de un poeta tan extravagante como magnífico recorre los caminos escarpados de la región en medio de un periplo que habrá de llevarle por medio mundo buscando la justicia que no había encontrado a lo largo de su juventud. Lord Byron observa de reojo la silueta de John Polidori, médico joven y afamado al que tuvo la desgracia de conocer en Londres y que se ha convertido, sin los méritos propios, en su asistente personal. No sabe si seguir odiándolo o amarlo, como su editor le había sugerido. Decide, de momento, odiarlo como se merece.
¿La justicia poética que no había encontrado a lo largo de su juventud? Byron había nacido con una deformación en su pie, lo que le había provocado una cojera notable y una época escolar plagada de mofas y escarnio. Descubrió el sexo con nueve años, cuando mantuvo relaciones con una institutriz que se había dejado enamorar por la capacidad intelectual que ya desprendía ese crío al que su madre apodaba «el diablo cojo». Fue precisamente en ese momento, el día que su madre pateó a la profesora Gray, cuando Byron comprendió que la etiqueta que habría de diferenciar su vida de la del resto ya estaba escrita: melancolía. A partir de entonces, su camino va necesariamente ligado a la muerte: su tío abuelo (el lord), su padre, su primera novia, su mejor amigo… todos irían abandonando al joven Byron. Al llegar a Cambridge, el poeta ya había descubierto sus versos, dejaba su atuendo a merced de lo que las lecturas de Las mil y una noches le dictaban y se había labrado un personaje que pasaría para siempre a la historia de la literatura. Era ese personaje el que escapaba de la melancolía. Era ese personaje el que exigía justicia.
El año sin verano avanzaba lento. Tan lento como la pareja Byron-Polidori, que busca alojamiento junto al lago Leman para refugiarse del frío y de la lluvia, avatares del desastre climático con los que tendrían que lidiar. Por diferentes motivos, el poeta termina buscando refugio en algún lugar que no signifique tener como acompañantes a políticos, soldados, nobles y demás sacamantecas que se alojan en la zona como insignes supervivientes del horror que había supuesto para toda Europa el avance napoleónico. Es entonces cuando se topan con una casa bastante desmadejada, aunque guarda todavía el encanto de lo opulento. Es el refugio perfecto para el genial Lord Byron: superficial atractivo, interior decadente. El poeta vuelve a observar a su lacayo, sigue decidido a odiarle. Finalmente, le ordena alquilar aquel recinto. Byron no lo sabe, pero está a punto de alojarse en Villa Diodati.
Viejos fantasmas
Mary Shelley (ha decidido adoptar el apellido de su amante) observa también de reojo los costados de la pequeña caravana que cruza la misma Europa que cruzó Byron y que dejó teñida de rojo el infausto emperador francés. Ella no mira con asco, como sí miraba el poeta. Lo hace con miedo, sigue haciéndolo con miedo. Son ya demasiados años haciéndolo. El nacimiento de su hijo Willmouse no ha acortado las noches de terror que llevan acompañándola durante meses. Su hija había muerto cuando apenas había gastado dos meses de lo que tendría que haber sido una larga vida y que terminó destruyéndose junto al ánimo de Mary. Nunca se recuperaría de aquel final. Todavía recordaba su angustiosa carta para su siempre querido y a veces amado doctor Hogg: «Parecía estar durmiendo… pero por la mañana me desperté sin ser madre». Después llegó Willmouse, su segundo hijo… pero ella siempre estaba ahí. Se le antojaba necesario vigilar los costados de la caravana, ¿aparecería esta vez?
Ajeno al caminar fatigosamente triste y a los delirios fantasmagóricos de su mujer, Percy Shelley mantiene el rumbo que todo poeta seguía en aquellos años. Solo el opio mantiene con vida a los integrantes de la caravana, quienes demacrados y al borde del suicidio llegan a los pies de las montañas para ver reflejadas las figuras que su derrota dibuja sobre el lago Lemán. Allí malviven unos días hasta que Claire, la hermanastra de Mary, decide revelar su secreto: le consta que Byron ha puesto sus pies en Suiza, y necesita acompañantes. Percy, que ya ignora por completo el tormento de su mujer Mary y el hastío de su hermanastra Claire, decide olvidarse de las disputas con las que tanto su amante como sus enemigos esperan recibirle allá en la lejana Escocia.
La decisión parece firme. Les devuelve la vista a Mary, a su hijo y a Claire. Sabe que el hambre acucia, y no tiene muchas más opciones. Por fin sentencia: ¿Dónde dices que se aloja ese hijo de mala madre? Claire, que lleva tiempo carteándose con el príncipe romántico, no lo duda ni un solo instante: se ha instalado en Villa Diodati.
Villa Diodati
Aquellas paredes alojaban algo mágico, un sentimiento como de tragedia de otro tiempo. Byron, siempre atento, se percató y honró aquel misticismo como merecía. Sigue bebiendo vinagre para mantener su palidez, a juego con el aspecto tétrico al que el susodicho verano les había condenado. No faltan el grog y el láudano, pasa las noches perdido en el monte. Bebe utilizando calaveras como recipiente, aloja a las bestias del exterior en el armario, amenaza a Percy con un duelo a pistola. Así es la vida dentro de la Villa: entre las clases de italiano y el sexo grupal. El mal tiempo persiste, y los versos premonitorios del poeta inglés se pueden masticar entre aquellas montañas.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Nunca me impactó con terror el Frankenstein de Mary, ni Lovecraft. Creo que la noción del terror tiene milenios hablada entre los hombres y se volvió literaria con Poe pero.. puedo estar equivocado, sin duda.
Es que la noción de terror de Mary y Lovecraft está hablada entre dioses y monstruos…
Artículo interesante… pero diría que el nacimiento de la literatura del terror fue con «El castillo de Otranto» de Horace Walpole en 1764
Pingback: Odiseas, fugas y regresos: una revisión a los cómics más sugerentes del tercer trimestre de 2023 - Jot Down Cultural Magazine