Zona de rescate: Flor de cananas, de Vicente Tortajada

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Detalle de la cubierta de Flor de cananas, de Vicente Tortajada.

Cuando Vicente Tortajada (1952-2003) era un niño se pasaba los días sentadito en su balcón de la sevillana Puerta de la Carne, desde donde veía recibimientos y despedidas, procesiones y cabalgatas, cortejos feriantes y carruajes fúnebres. La polio tiene esas cosas: marchita las piernas para que florezca la mirada. La poesía de Vicente Tortajada nació en los ojos de aquel niño que contemplaba Sevilla a través de los geranios, y acaso poemarios como Sílaba moral (1983), La respuesta inelegante (1986) y Pabellones (1990) tengan también su origen en aquellos días soleados y ateridos de los balcones.

Como los lirios, las violetas y los pensamientos, también Vicente Tortajada floreció en los balcones sevillanos: en su remoto balcón de la Puerta de la Carne, en su balcón matiné del cine Florida, en el balcón flamenco de la calle Fabié, en aquel balcón poético de Placentines y en su Jazz Balcon Club del West Side de la Plaza de la Encarnación. Pero la flor de Vicente era una metástasis de la flor del cobre y la flor del naranjo: puro Azahar y vitriolo (2002), como el título donde compiló sus colaboraciones en prensa.

De aquella gema congelada en agua verde y de esos copos perfumados que nievan en primavera, Vicente Tortajada urdió libros que nadie debería dejar de leer, como el poemario Esplendor (1994) y especialmente la novela Flor de cananas (1999), donde rescató a Pedro Vallina, médico anarquista y sevillano que fundó hospitales para pobres en la Siberia extremeña, en Oaxaca, en Santo Domingo y en Cantillana, por no hablar de sus destierros en Londres y París, trabajando codo a codo con grupos anarquistas y libertarios. Flor de cananas fue publicada por Renacimiento y gracias al desagravio literario de Tortajada el médico don Pedro Vallina no solo fue rehabilitado sino que entró en el callejero sevillano, cosa que en vida le habría dado repelús al severo anarquista.

La estructura de la novela consiste en la supuesta transcripción de una serie de antiguas bobinas adquiridas en Nueva York gracias a las gestiones de Abelardo Linares y José María Conget, y en las cuales se encontraban grabados los principales episodios de la vida de don Pedro Vallina, narrados por Federico Padilla O’Farrell. Linares y Conget no son los únicos personajes de carne y hueso que hacen cameos en Flor de cananas, porque Carolyn Richmond  custodia las bobinas y hasta el mismo Tortajada se cuela como extra en la escena final de la novela: «Vicente, un cojo de cejas espesas y empinadas, se dedica al doblaje de películas y tiene visos de lechuza doméstica».

En una entrevista concedida a Alfredo Valenzuela y compilada en Leones y Camaleones (2005), Tortajada respondió: «El poeta puede aportar a la novela una música distinta. Un poeta puede hacer que el lector se enamore de los personajes. Un poeta puede seducir; y al mero prosista se nota que le cuesta demasiado trabajo. Mi novela es un coloquio, es una conversación». Tal cual, del gran coloquio de Flor de cananas emerge una criatura extraordinaria —don Pedro Vallina—, nimbado por la extraña luz de los santos, los enajenados y los revolucionarios, además del shakyamuni o Buda iluminado, porque a Tortajada se le ocurrió mezclar en su novela el jazz, el anarquismo, la poesía, el flamenco y el budismo.

En efecto, sin ser una novela flamenca, Flor de cananas tiene más cantaores que un festival y las letras clásicas de Chacón y de La Niña de los Peines se reproducen fieles o parodiadas según las necesidades de los personajes. Por otro lado, aunque numerosas escenas de la obra transcurren durante la guerra civil, Flor de cananas tampoco es una novela sobre la guerra civil, de la misma forma en que no es una novela de viajes. Flor de cananas es un homenaje al librepensamiento en una ciudad que se vende como hermética (Sevilla), a través de la figura del anarquista don Pedro Vallina. De ahí que en la transcripción de la última bobina, Padilla O’Farrell deplore así la muerte mexicana del «Buda Sevillano» ante su amigo Manolo Gregorio: «¿Qué quieres que te diga? Se moldea el barro para hacer un cántaro, pero de su vacío depende el uso del cántaro. Se abren puertas y ventanas en las paredes de esta casa, y es el vacío creado lo que la hace habitable. Yo, sin embargo, estoy tan seguro como que estoy hablando contigo de que en mi vacío —desde que me echó don Pedro— no existe utilidad alguna. Desde entonces eché mano del karma, del budismo laico y de todas esas gilipolleces con las que te he estado atormentando».

Como su propia poesía, Vicente Tortajada consteló de imágenes Flor de cananas, una novela que no solo admite la lectura sino la contemplación. Flor de cananas es mucho más que la novela de un poeta. Es la escritura de alguien que supo convertir la paleta de su mirada y la discoteca de la memoria en fragmentos de eternidad.

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Algunos libros nunca disfrutaron de la atención que merecían y ciertos autores fallecidos en su plenitud corren el riego de ser olvidados. En Zona de Rescate compartiré mis lecturas de ambas regiones —la Zona Fantasma y la Zona Negativa— porque la memoria literaria es tan importante como la otra. Distancia de rescate (¡gracias, Samanta!): 1985, año de mi venida a España.

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2 comentarios

  1. Vaya que sentido homenaje a un desconocido para mí. Lo tragico de la lectura es que jamás se podrá leer todo lo escrito por esta multitud de personas sensibles de otros tiempos.

  2. Pingback: Zona de rescate: Siete pisos con vistas al jardín, de Juan Luis Romero Peche – El Sol Revista de Prensa

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