Almanaques, espías y un chándal: el universo secreto de los fact-checkers

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Periodistas de la agencia GPA en sus escritorios, ca. 1930. Fotografía: Getty.

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 31.

Cuando Gabriel García Márquez descolgó el teléfono no esperaba discutir sobre la lluvia. «Ha cometido un error», le dijeron. En un artículo aún no publicado en The New Yorker mencionaba, de pasada, un chaparrón como telón de fondo de su historia. Un verificador de hechos de la revista había consultado un almanaque y comprobado que aquel día, en aquel sitio y durante aquella hora no había caído ni una sola gota. O una tontería del estilo. Algo que tampoco comprometía la esencia del escrito ni el toque del nobel de Literatura. Sin embargo, quienes vivieron el episodio recuerdan el mosqueo que se agarró. «Sugerir a Gabo que cambiase algo era como insultar a Dios». Lo que pasó a continuación tampoco está muy claro. La leyenda urbana sostiene que García Márquez decidió retirar la pieza antes de permitir que le alterasen una gota. Otros cuentan que acabó cediendo a la corrección climatológica, asegurándose, eso sí, de enviar saludos a las madres de todos los que trabajaban en el aquel departamento. Los fact-checkers.

Durante décadas eran casi figuras espectrales. Conocidos en el círculo periodístico, pero de los que el lector rara vez tenía noticia. El origen de la verificación de datos como práctica institucionalizada se remonta a 1913, cuando el diario New York World fundó el Bureau of Accuracy and Fair Play, un organismo dedicado a «corregir los descuidos y erradicar a los farsantes».

Hoy el término fact-checking se ha popularizado dando lugar a un nuevo género, centrado fundamentalmente en auditar las declaraciones políticas. Proliferan las webs dedicadas a ello, las secciones en programas televisivos e incluso verificaciones en vivo durante los debates electorales. Pero el fact-checking va más allá de concluir si Rajoy mentía o no sobre la cifra del paro. En su concepción original el objetivo es evitar la vergüenza y eliminar los errores antes de que una pieza se publique.

Se trata, además, de uno de los pocos asuntos en los que el sector periodístico renuncia a la competencia despiadada: el mejor departamento de fact-checking está en el piso 38 del World Trade Center, no hay discusión. Allí, en las oficinas de The New Yorker, dieciocho personas se dedican en exclusiva a garantizar que ninguno de los reportajes que llegan a la redacción termina en la calle sin haber pasado antes por un proceso casi neurótico.

Pongamos por caso el perfil de Pedro Almodóvar publicado en diciembre de 2016. En el borrador, el reportero —que pasó largo tiempo en nuestro país—, aseguró que en algunas discotecas de Madrid todavía se escucha «La bien pagá», una canción de los años cuarenta. Durante semanas, los fact-checkers intentaron averiguar si esto era cierto. No pudieron ni confirmarlo ni tampoco desmentirlo y por ello en la versión final el detalle se amputó de raíz. Su metodología no contempla el beneficio de la duda.

The New Yorker: las entrañas del fact-checking

El proceso es el siguiente. Cuando un reportero termina el trabajo de campo, que puede prolongarse varios meses, dedica otro mes a elaborar un borrador. Ese borrador pasa primero por un editor que trabaja en la longitud, el enfoque y se asegura de que el reparto de protagonismos es el acertado. Una vez da el visto bueno, el reportero se lo envía al fact-checker junto con el cuaderno de notas, las grabaciones y una agenda donde figuran todas las fuentes, también las que han hablado off the record, y sus respectivos teléfonos. Aquí empieza el trabajo del verificador. Primero, llama a cada una de las fuentes para confirmar que lo que va a salir publicado coincide con lo que dijo en su momento. Después, contacta con cualquier persona que figure mencionada en el reportaje (por las fuentes o por el propio periodista) para ratificar que lo que se le atribuye es correcto. Por último, comprueba que todas las afirmaciones, «notas de color» y descripciones son ciertas. Acto seguido, el fact-checker informa al reportero de los cambios. Suelen ser pequeños —una cifra, una fecha—, pero siempre se desliza alguno más peliagudo. Que una fuente acuse a otra de algo, por ejemplo. Si el reportero no aprueba algún cambio, entra en negociaciones con el verificador y este último debe conseguir documentos o fuentes adicionales que lo avalen. Una vez ambos están de acuerdo, la pieza pasa de nuevo al editor, quien realiza una segunda revisión muy parecida a la primera. El proceso termina el día antes de mandarse a imprenta con el fact-checker, el copy-editor (editor de estilo), el reportero y el editor en una salita para revisar, por tercera y última vez, el artículo palabra por palabra. Esta reunión suele durar cinco o seis horas como mínimo. El proceso completo entre dos y cuatro semanas.

Hay escollos, por supuesto. Gente que se arrepiente de lo dicho o fuentes que se echan atrás. Si el fact-checker cuenta con la grabación del testimonio, no hay mayor percance. Pero si no existe prueba material de la conversación, la cosa se complica. Camila Osorio, fact-checker en The New Yorker, recuerda un episodio reciente en un reportaje sobre Colombia. «El periodista habló con un alto funcionario sobre el proceso de paz, pero al ser una conversación casual, no planeada, no pudo grabar nada. Cuando logré contactar con el funcionario para confirmar lo que le había dicho al periodista lo negó todo. Como no tenía forma de comprobar que esa conversación había existido, tuvimos que prescindir de ella. Fue una lástima, porque aportaba una información maravillosa». También se han dado casos en los que la fuente confirma su testimonio, pero pide que se cambie o que se quite. «Eso se puede llegar a negociar dependiendo del motivo. Si es un cantante que teme que su declaración afecte a las ventas de su último disco, evidentemente no se toca nada, pero si es alguien cuya vida corre peligro se lo digo al periodista y al editor y ellos deciden». Algo así le sucedió en 1998 a Jon Lee Anderson, uno de los reporteros más veteranos de la New Yorker. «Después de enviar un reportaje sobre Charles Taylor, el entonces dictador de Liberia, el fact-checker llamó diciéndome que una de las fuentes estaba suplicando por su vida. Reconocía haber dicho lo que dijo, y haberlo dicho on the record, pero como era una persona muy cercana al dictador explicó que, si eso aparecía publicado, él era hombre muerto. Tenía razón, así que lo sacamos del reportaje».

Las descripciones son otro quebradero de cabeza. Si el periodista dice que en una plaza había una mujer con un vestido rojo, el fact-checker debe intentar confirmar la presencia de la mujer del vestido rojo en esa plaza como sea. Tiene que hablar con el fixer, si lo hubiese, con los negocios de la zona o con alguien que pudiera haber presenciado lo mismo que el periodista. ¿Y si resulta imposible de comprobar? Pues no se mete. Aunque eso derive en discusiones de horas sobre los detalles más nimios.

Por ejemplo, un chándal. El que supuestamente llevaba puesto Henrique Capriles durante su cita con Jon Lee Anderson. Cuando desde The New Yorker contactaron con el político venezolano para verificar sus declaraciones también le preguntaron por su atuendo. Capriles negó la mayor. «Él se empeñaba en que la descripción estaba mal y Jon Lee no quería ceder porque estaba seguro de lo que había visto. El problema es que no le había sacado una foto y no había forma de respaldar su versión. Al final contacté con una amiga de Capriles que estuvo ese día con él, pero tampoco supo decirme qué llevaba puesto», recuerda Camila entre risas. Tras el toma y daca, Jon Lee Anderson y Capriles llegaron a un acuerdo: el líder opositor llevaría, en el texto, «ropa deportiva».

«En términos de fact-checking, está The New Yorker… y después, a mucha distancia, el resto», nos explica Kyle Pope, redactor jefe de la Columbia Journalism Review, que se encarga de velar por la buena praxis del gremio. El mismo Pope, que trabajó en otra publicación de Condé Nast y se sometió al rigor de la verificación, considera que actualmente solo las revistas Time y The Atlantic se acercan a la exigencia de The New Yorker. «El dilema es el siguiente: puedes gastar dinero en fact-checkear el trabajo que ya tienes, o puedes invertirlo en otro reportero que te dé más historias. Y los medios suelen elegir la segunda opción. Lo que me aterra es la tendencia: el fact-checking está desapareciendo de los medios, que cada vez priorizan más la cantidad sobre la calidad». Don Peck, editor sénior de The Atlantic, le da la razón. De hecho, su revista replicó el modelo de The New Yorker allá por los años setenta. Hoy sigue vigente, aunque en lugar de con una veintena de verificadores cuentan solo con cinco.

Otras cabeceras como The New York Times Magazine, National Geographic, GQ o la Smithsonian también verifican los reportajes, pero ni se acercan a la neurosis por el detalle de las anteriores. Solicitan al reportero que envíe un e-mail aclarando todas las referencias utilizadas y, en ocasiones, su cuaderno de notas con las citas y el contacto de las fuentes. Periodista y fact-checker interactúan por teléfono o correo electrónico, pero rara vez suelen verse.

«Pero tampoco nos engañemos: no solo es cuestión de falta de recursos. En ocasiones no hay voluntad de fact-checkear. El problema es la metodología», explica Kyle Pope. Se refiere a Rolling Stone, cuyo reportaje «Una violación en el campus» suscitó un escándalo que es uno de los hitos más sonados de la última década. En 2014 la revista publicó el testimonio de una joven que decía haber sufrido abusos sexuales en la Universidad de Virginia. El reportaje fue recibido con recelo y sospechas de falsedad, por lo que Rolling Stone solicitó a la Columbia Journalism Review que analizase el caso. Anatomía de un fracaso periodístico; así titularon el informe final, que llevó cerca de cuatro de meses de investigación. Rolling Stone salió mal parada al comprobarse que sus editores hicieron caso omiso de una fact-checker que informó de una serie de contradicciones en el testimonio de la víctima. Pero, tal y como Pope subraya, lo improcedente no es el error, sino la metodología: dos años después Rolling Stone publicó un reportaje escrito por el actor Sean Penn sobre el Chapo Guzmán al que le llovieron las críticas porque —entre otras cosas— la revista permitió al narcotraficante revisar y cambiar a su antojo el texto antes de su publicación. Aunque quizá el episodio más sangrante lo protagonizó The New Republic, la cabecera que por aquel entonces leían en el Air Force One. En 1998 la revista Forbes investigó la veracidad de un reportaje del periodista Stephen Glass, gran promesa del periodismo anglosajón. A raíz de eso, destaparon que una treintena de sus trabajos (que habían pasado el preceptivo fact-checking) no eran incorrectos: eran, directamente, inventados. The New Republic pasó de ser una referencia en la Casa Blanca a militar en segunda división.

Periodismo encubierto

Ted Conover es un tipo menudo de sesenta años que se conduce con una timidez superlativa; su voz suave, su mirada cálida y una sonrisa como de disculpa por estar robándote el oxígeno invitan a pensar en el gerente de una floristería. Desde luego, no en el autor de Newjack: Guarding Sing Sing, el libro que escribió sobre los funcionarios de prisiones de la famosa cárcel neoyorquina. Conover logró entrar en su mundo convirtiéndose en uno de ellos. Cuando las autoridades le negaron el acceso como periodista solicitó trabajo dentro del cuerpo. Se desempeñó como guardián de prisiones durante un año. Luego escribió el libro, que se quedó a las puertas del Pulitzer y ganó el National Book Award.  

Ese no fue su primer trabajo. Coyotes: A Journey Across Borders with America’s Illegal Migrants sobre un puñado de inmigrantes con los que cruzó en varias ocasiones la frontera— y Rolling Nowhere: Riding the Rails with America’s Hoboes que escribió tras pasar una temporada acompañando a los vagabundos que recorren el país en trenes de mercancíasllegaron antes. También ha publicado numerosos reportajes y dirige la Escuela de Periodismo de la Universidad de Nueva York. Resumiendo: que el apacible hombrecillo es uno de los principales referentes de eso que algunos denominan «periodismo de inmersión», una práctica tan intensa como arriesgada.

Conover reconoce que sus trabajos son tarea complicada para los fact-checkers por su narración en primera persona. «Hay que pedirles un grado de confianza al que no están acostumbrados», explica. «Normalmente me piden los cuadernos de notas con mis citas y a veces tengo que enviar, también, cajas con los libros o DVD en los que me he basado para hacer tal o cual afirmación». En ocasiones Conover debe infiltrarse sin revelar su identidad. Lo hizo en su libro sobre Sing Sing y también en un reportaje sobre un matadero industrial en Nebraska que publicó en Harper’s. «Cuando terminé la investigación, el fact-checker llamó a la compañía encargada del matadero para revelarles que había estado allí y ofrecerles la posibilidad de confirmar o desmentir lo que había escrito». Explica que algunas veces las fuentes se muestran reacias a colaborar, pero otras agradecen la oportunidad. Cuando existen versiones enfrentadas las revistas suelen confiar en la palabra de Conover. A fin de cuentas, son cuatro décadas dedicadas al periodismo encubierto sin escándalos ni polémicas.

Periodistas de la revista Time, 1933.

El fact-checker

«Estoy lista para trabajar en la CIA». Camila Osorio bromea solo a medias. Parte de su trabajo consiste en localizar a gente que no quiere ser encontrada. «Una vez me tocó buscar a una mujer que había sido testigo de un crimen en Nueva York en los noventa. El caso se había reabierto, había un juicio de por medio y nadie conseguía dar con ella. Lo único que sabíamos era el nombre y que estaba en algún lugar de Francia». Dio con la escurridiza testigo antes que los abogados.

El fact-checking tradicional —el que se produce dentro de los propios medios— es anónimo y está sujeto a normas de confidencialidad muy estrictas. Hazañas como la de Camila rara vez salen a la luz. Todo lo contrario que el fact-checking de moda en los últimos tiempos. «El de fact-checker es el mejor trabajo del mundo», dice Jon Greenberg, periodista de PolitiFact, una plataforma de fact-checking dedicada a establecer la falsedad o veracidad de testimonios mayoritariamente políticos. Para él —al que pillamos «como un cerdo chapoteando en el barro» comprobando la exactitud histórica de las películas Darkest Hour y Dunkirk— lo más satisfactorio de ser fact-checker es la «visión de túnel» que le proporciona sobre los asuntos que investiga. «En los mejores días se parece mucho a ser detective», subraya. «No intentamos hacer el periodismo más excitante del mundo, lo que queremos es proporcionar a un público razonadamente escéptico el periodismo más fiable que se pueda encontrar». Labor que le valió a PolitiFact un Premio Pulitzer por sus investigaciones periodísticas. Tras treinta años de profesión, Greenberg detecta una de las fallas del fact-checking en las redacciones: «Suele considerarse un trabajo menor, y por eso se encomienda a periodistas muy jóvenes. Inevitablemente, el periodista veterano suele minusvalorar su trabajo o desautorizarlo. Entiendo que para los fact-checkers esto es frustrante, y además tiene consecuencias en la credibilidad del reportaje». Él aboga por una mayor profesionalización del oficio.

Y es que lejos de ser un trabajo gratificante para el ego, el fact-checker tiene que corregir a periodistas de prestigio internacional y mantenerse en las sombras. «Cuando empecé a plantearme ser fact-checker hubo quien me advirtió que periodistas a los que admiro me cogerían manía por tocar sus artículos. Pero nada de eso. Al contrario; muchos reporteros del New Yorker entienden que un fact-checker está para ayudar y para garantizar que un artículo de ocho mil o diez mil palabras llegue al kiosco sin errores que cualquiera, por muy bueno que sea, podría cometer». Paradójicamente —añade Camila— los más desconfiados son los recién llegados. Cada fact-checker trabaja en un solo reportaje cada vez y suele terminar verificando siempre a los mismos autores. La idea es que se establezca un vínculo muy estrecho entre ambos. Jon Lee Anderson lo confirma: «Durante veinte años siempre he mantenido una relación muy buena con mis fact-checkers. Hablo con ellos regularmente. A fin de cuentas, esto es un trabajo en equipo; su misión es que tu reportaje y, por extensión, la revista queden lo mejor posible».

Pero a veces impera la discordia. Pasó en Harper’s hace unos meses. Katie Roiphe, una escritora feminista, ultimaba un artículo sobre el movimiento #MeToo cuando se topó con que una de las personas que aparecían en la pieza no quería contestar a sus preguntas. Roiphe le pidió a su fact-checker que intentase conseguir alguna declaración. Sin embargo, la insistencia asustó a la fuente y Roiphe, odiada en los círculos feministas neoyorquinos por nadar a contracorriente, fue acusada de negligencia y acoso. En una entrevista posterior la escritora dijo que las formas del fact-checker le habían parecido demasiado agresivas y le culpó del malentendido. Pero también reconoció que la comunicación entre ambos no había sido especialmente fluida.

(No) Todos los hombres del presidente

«Para los periódicos es impensable mantener un departamento de fact-checking por la cantidad de noticias de última hora que manejan». Según explica Kyle Pope, las principales cabeceras han ido renunciando a los departamentos centrados exclusivamente en la verificación y los editores han absorbido esas tareas. Es lo que sucede, por ejemplo, en el Washington Post. «Normalmente el periodista le envía un borrador a su editor y entre ambos comprueban que todos los datos son correctos. Luego el borrador pasa por el copy-editor y, en última instancia, el editor jefe de esa sección le echa un vistazo antes de mandarlo a la imprenta», explica Joshua Alvarez, del equipo editorial del periódico. Además de un sistema de «pinocchios» (1), el Post tiene fact-finders o buscadores de hechos; personas dedicadas a bucear en archivos, sumarios judiciales y todo tipo de documentos burocráticos para suministrar datos a los reporteros embarcados en investigaciones complicadas.

«En The New York Times no hay una división como tal, pero sí verifican sus informaciones», detalla Dulce Ramos, del Instituto Poynter (2), otra plataforma dedicada al fact-checking. Ella trabajó como verificadora allí y da cuenta de lo concienzudo del proceso. No es la única. «Aunque teníamos una fuente fiable dentro del hospital, tardamos más de dos horas en poder publicar el estado de uno de los heridos. Hicieron falta no menos de cinco fuentes y una larguísima conversación con los editores en Nueva York». Quien habla es el fotoperiodista español Samuel Aranda, ganador del World Press Photo y en nómina del rotativo desde hace años. La escena tuvo lugar durante el referéndum catalán del 1 de octubre, que escenificó el contraste entre las costumbres periodísticas españolas y las estadounidenses. «Un día la crónica incluía las declaraciones de un manifestante, y se añadía que se trataba de alguien muy alto. El típico dato sin importancia. Pero antes de publicarlo, los verificadores tuvieron que localizar y llamar al hombre para preguntarle cuánto medía exactamente», explica uno de los periodistas españoles que asistió al equipo desplazado en Barcelona.

La periodista Ana Pastor observa, entre la envidia y la admiración, el modus operandi de los colegas estadounidenses. En el momento de escribir esto se encuentra en plena verificación de los motivos aducidos por el Partido Popular y Ciudadanos para no adherirse a las movilizaciones del día de la mujer. «Han repetido por activa y por pasiva que el manifiesto deplora el “neoliberalismo salvaje”, literalmente. La sorpresa ha sido que cuando hemos acudido a la fuente primaria, el propio manifiesto, no hay ninguna mención a eso», detalla. Aún es pronto para saber si El Objetivo, el programa que dirige y presenta desde 2013, incluirá esta declaración en sus «pruebas de verificación». Primero ha de pasar un proceso de fact-checking interno, con unas reglas propias. Entre otras, no aceptar ningún testimonio que no se proporcione por escrito, para evitar desmentidos. «Es un protocolo que hemos tomado de los americanos, tampoco hemos inventado nada», precisa. La integración de la verificación de hechos del programa de La Sexta fue pionera en nuestro país y continúa siendo una referencia en el universo del fact-checking político. Ana Pastor cree que es una cuestión no tanto de honradez periodística como de tiempo y dinero. «Hacer un programa semanal te da mucho margen para investigar. Aunque los recursos tuvimos que pelearlos mucho y por eso ahora podemos permitirnos tener a gente consignada exclusivamente a la verificación». Además, en la cadena hacen uso de recursos tecnológicos como los grupos de mensajería instantánea para fact-checkearse internamente y no difundir medias verdades. «No se trata de saberlo todo, como dice la gran Rosa María Calaf. Se trata de saber a quién preguntar».

De tu propio bolsillo

Fire and Fury, el libro en el que Michael Wolff, un columnista de Hollywood Reporter, describe los primeros meses de Donald Trump en la Casa Blanca, se convirtió en un best seller antes de su llegada a las librerías. En él detalla cómo en el entorno de Trump nadie confía en el nuevo presidente; quien no le considera un imbécil integral sospecha estar ante un tarado cuyos impulsos pueden llevar al desastre más absoluto. En ese aspecto, el libro no sorprende; no cuenta nada que nadie, al margen de sus partidarios, no se imagine ya. Sin embargo, hace un trabajo excelente poniendo nombres y apellidos detrás de muchas acusaciones y regala chascarrillos a diestro y siniestro.

Pese a que muchos periodistas están de acuerdo con la tesis fundamental de Fire and Fury —Trump es una persona inestable que jamás se imaginó amasando tanto poder—, no pocos han advertido que el libro de Wolff debe leerse con escepticismo por la cantidad de errores de bulto que trae; errores en su mayoría tontos y, precisamente por eso, fácilmente verificables. Pero si ni siquiera los fallos que se pueden detectar con una búsqueda rápida en Google se han corregido, ¿cómo fiarse de la cantidad de confidencias que comparte Wolff? «Es como en un juicio: si la prueba se ha obtenido bajo métodos no válidos, se anula. Para mí, este libro no tiene ninguna credibilidad», valora Greenberg.

«Las editoriales rara vez emplean fact-checkers para revisar los libros que van a sacar al mercado», explica Ted Conover. Lo único que hacen es un repaso rápido para evitar que las informaciones más sensibles puedan acarrear demandas. Es decir, que en estos casos el periodista lidia con abogados, no con verificadores. A menos, claro, que se lo pague de su bolsillo.

Eso es precisamente lo que hizo Michael Finkel con su libro True Story. El periodista se dejó diez mil dólares en fact checkers. Aunque en su caso la cantidad puede parecer excesiva, sobre todo teniendo en cuenta que se le auguraba una mala performance en el mercado, Finkel no estaba pensando en el dinero. Estaba pensando en su reputación.

Había sido despedido del New York Times por mentir en un reportaje sobre la explotación infantil en África Occidental. Tras semanas en la región, le sobraba material. No obstante, sus editores le pidieron que se ciñese a la historia de un niño concreto y él concentró todos los testimonios en Youssouf Malé. El reportaje pasó el filtro de los fact-checkers de la revista, pero no los de Save the Children, la ONG que le había facilitado los contactos, y dieron la voz de alarma.

Dos horas antes de que el diario se disculpase públicamente por lo ocurrido, Finkel recibió la llamada del Oregonian, un diario de Portland. Pensó que querían preguntarle por su despido, pero en realidad buscaban su opinión sobre un tal Chris Longo, el hombre que acababa de ser detenido cerca de Cancún acusado de matar a su familia y que llevaba semanas fingiendo ser Finkel. Tras conocer la historia, el verdadero Finkel —ya condenado al ostracismo— invirtió los tres años siguientes en conocer a Longo, un mentiroso compulsivo con rasgos psicópatas. Quería entender qué le había llevado a borrar del mapa a sus seres queridos y, en cierto modo, quería redimirse.

El resultado es un relato fascinante sobre los límites de la verdad. «Longo me hizo comprender que nunca vas a poder saber con absoluta certeza si alguien te está contando todo lo que sabe», explica Finkel. «Por eso decidí que mi truco sería eliminar todos los trucos; me desnudaría ante al lector y le confiaría mis propias frustraciones a la hora de escarbar en su mente». Así, durante más de trescientas páginas desgrana hasta dónde ha podido investigar y qué es lo que se le escapa. No parece mala fórmula, habida cuenta de que True Story lleva más de diez años en la calle y nadie ha encontrado un solo error. El proceso de verificación en el que Finkel invirtió diez mil dólares también ayudó. «Fue muy duro y llevó su tiempo, pero yo había puesto mucho cuidado en grabar todas mis conversaciones con Longo y, además, conseguí que uno de los fact-checkers hablase con él por teléfono».

Gracias a True Story pudo regresar al periodismo. Hoy firma en revistas como National Geographic o GQ y ha escrito un segundo libro sobre un ermitaño que, harto del mundo, se refugió en los bosques de Maine durante tres décadas. Aunque en todos sus textos se observa la transparencia que ejerció en True Story, en algunas revistas sigue sin ser bienvenido. Él lo sabe, lo entiende y tampoco parece importarle demasiado.

A usted—aventuramos— tampoco le desvelará saber si aquel día llovía o lucía un sol de justicia. El relato de Gabriel García Márquez será extraordinario o mediocre con cualquier climatología. Y, aun así, esa menudencia, que tanto dio que hablar entre los mejores periodistas del momento, sigue quitando el sueño. A nosotros, sin ir más lejos. Hemos intentado, infructuosamente, averiguar qué pasó realmente con el colombiano y su error microscópico. Pero todavía no podemos asegurarle qué parte corresponde a la leyenda y cuál a la verdad. «Lo esencial del fact checking es saber cuándo parar, cuándo no hay más datos que recabar», apunta Greenberg. En las antípodas, Kyle Pope: «Al contrario: vista la cantidad de informaciones falsas, la pregunta es cuándo empezar a hacer fact-checking». Una de dos: lluvia o sol. Cuestión de elección.

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(1) Desde hace años, The Washington Post tiene una sección de fact-checking dedicada a analizar y puntuar las declaraciones políticas. Cuanto más se alejen de la verdad de los datos, reciben un mayor número de «pinochos».

(2) Poynter es, además, impulsor del Código de principios internacional para fact-checkers.

6 comentarios

  1. En el párrafo final debería decir meteorología, no climatología.

  2. Muy buen artículo de divulgación. Siempre sospeché que detrás de cualquier noticia escrita hubiere alguien que la controlara, pero la novedad fue enterarme que constaba de un articulado y complejo sistema de controles enfrentados. Algo similar a esto faltaría en la red donde cualquiera escribe lo que se le antoja. Supongo que con ese sistema implantado en Italia nos hubiéramos perdido hilarantes frases en los cotidianos. Montanelli, glorioso director en sus tiempos de Il Giornale, los llamaba “los diablillos de la redacción”. Escapaban al control.Siempre. Marco Travaglio, de Il Fatto Quotidiano, eligió algunos como estos que se entienden también en español: … . Para reirse. Gracias por la lectura.

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  6. Muy interesante. Gracias.

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