Sociedad

Almanaques, espías y un chándal: el universo secreto de los fact-checkers

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Periodistas de la agencia GPA en sus escritorios, ca. 1930. Fotografía: Getty.

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 31.

Cuando Gabriel García Márquez descolgó el teléfono no esperaba discutir sobre la lluvia. «Ha cometido un error», le dijeron. En un artículo aún no publicado en The New Yorker mencionaba, de pasada, un chaparrón como telón de fondo de su historia. Un verificador de hechos de la revista había consultado un almanaque y comprobado que aquel día, en aquel sitio y durante aquella hora no había caído ni una sola gota. O una tontería del estilo. Algo que tampoco comprometía la esencia del escrito ni el toque del nobel de Literatura. Sin embargo, quienes vivieron el episodio recuerdan el mosqueo que se agarró. «Sugerir a Gabo que cambiase algo era como insultar a Dios». Lo que pasó a continuación tampoco está muy claro. La leyenda urbana sostiene que García Márquez decidió retirar la pieza antes de permitir que le alterasen una gota. Otros cuentan que acabó cediendo a la corrección climatológica, asegurándose, eso sí, de enviar saludos a las madres de todos los que trabajaban en el aquel departamento. Los fact-checkers.

Durante décadas eran casi figuras espectrales. Conocidos en el círculo periodístico, pero de los que el lector rara vez tenía noticia. El origen de la verificación de datos como práctica institucionalizada se remonta a 1913, cuando el diario New York World fundó el Bureau of Accuracy and Fair Play, un organismo dedicado a «corregir los descuidos y erradicar a los farsantes».

Hoy el término fact-checking se ha popularizado dando lugar a un nuevo género, centrado fundamentalmente en auditar las declaraciones políticas. Proliferan las webs dedicadas a ello, las secciones en programas televisivos e incluso verificaciones en vivo durante los debates electorales. Pero el fact-checking va más allá de concluir si Rajoy mentía o no sobre la cifra del paro. En su concepción original el objetivo es evitar la vergüenza y eliminar los errores antes de que una pieza se publique.

Se trata, además, de uno de los pocos asuntos en los que el sector periodístico renuncia a la competencia despiadada: el mejor departamento de fact-checking está en el piso 38 del World Trade Center, no hay discusión. Allí, en las oficinas de The New Yorker, dieciocho personas se dedican en exclusiva a garantizar que ninguno de los reportajes que llegan a la redacción termina en la calle sin haber pasado antes por un proceso casi neurótico.

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6 comentarios

  1. En el párrafo final debería decir meteorología, no climatología.

  2. Muy buen artículo de divulgación. Siempre sospeché que detrás de cualquier noticia escrita hubiere alguien que la controlara, pero la novedad fue enterarme que constaba de un articulado y complejo sistema de controles enfrentados. Algo similar a esto faltaría en la red donde cualquiera escribe lo que se le antoja. Supongo que con ese sistema implantado en Italia nos hubiéramos perdido hilarantes frases en los cotidianos. Montanelli, glorioso director en sus tiempos de Il Giornale, los llamaba «los diablillos de la redacción». Escapaban al control.Siempre. Marco Travaglio, de Il Fatto Quotidiano, eligió algunos como estos que se entienden también en español: … . Para reirse. Gracias por la lectura.

  3. Pingback: Gwyneth Paltrow, periodista – No hemos entendido nada

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  6. Muy interesante. Gracias.

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