Cuando la playa era para gente distinguida

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Hubo un tiempo en el que las playas no tenían el menor atractivo: más allá vivía el Kraken y en ellas podían desembarcar en el momento más inesperado una horda de piratas que nos arruinase el día. Pero todo cambió a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, primero en Reino Unido y luego en el resto de Europa, cuando pasaron a verse como un destino donde las clases altas podrían recuperar la salud, pues la brisa marina —más rica en oxígeno, pensaban— lo mismo te curaba la melancolía que la lepra, el raquitismo o la histeria. Jane Austen, por ejemplo, insistió particularmente en ese detalle en Emma:

Siempre lamentaré que este otoño hayáis ido al mar en vez de venir aquí.

—Pero ¿por qué tienes que lamentarlo, papá? Te aseguro que a los niños les fue muy beneficioso.

—Además, si teníais que ir al mar hubiera sido mejor no ir a South End. South End es un lugar poco saludable. Perry quedó muy sorprendido al saber que habíais elegido South End.

—Ya sé que hay mucha gente que opina así, pero la verdad, papá, es que se equivocan del todo… Allí nos hemos encontrado perfectamente bien de salud, y el limo no nos molestó lo más mínimo; y el señor Wingfield dice que es un gran error suponer que es un lugar malsano; y estoy segura de que puede confiarse en su criterio, porque él sabe perfectamente de qué se compone el aire.

Huelga decir que su intrigante protagonista era «hermosa, lista y rica». Algo tiene la gente adinerada que le hace salir mejor retratada en las artes, donde la historia de un pervertido te da para una trilogía siempre y cuando sea millonario. Así que poco tardaron los pintores en plantarse en las playas con sus lienzos a recrear a todos aquellos burgueses y aristócratas con sus sombrillas y su aparatosa vestimenta. Bien es cierto que en el siglo siguiente el turismo se masificó y la costa se llenó de chusma, pero el cliché ya estaba creado por medio de multitud de bellas imágenes en las que cada artista demostraba su virtuosismo en la representación de la luz y el oleaje. Por ello, aprovechando el inicio de un mes tan propicio aquí va una selección de algunas de esa obras que ocupan un lugar destacado en la historia de la pintura, para que voten su favorita y se solacen pensando que pronto estarán en su lugar… aunque menos peripuestos, imaginamos.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Vacaciones en Mentone, de Charles Conder

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Nacido en 1868 en Gran Bretaña, Charles Conder se trasladó en su adolescencia a Australia, donde desoyó las órdenes de su padre para que estudiase ingeniería y pudiera llevar una vida formal y pasó a trabajar como ilustrador en un periódico profundizando en su vena artística. El problema es que la vida bohemia va de la mano de las penurias económicas y según parece tuvo que pagar el alquiler a su casera mediante sexo, lo que en principio suena bien pero le hizo contraer la sífilis, cosa que alteraría su salud para siempre (y terminaría matándole). Más adelante pudo mejorar su situación económica casándose con una viuda rica y pese a morir con apenas cuarenta años pasó a la posteridad con pinturas como esta. Es una de las más recordadas del impresionismo australiano, un paisaje muy luminoso de Melbourne con figuras parece que absortas cada una en sus propios asuntos, ajenas tanto al retratista como a los demás. Aunque algo nos dice que ese caballero de la derecha está pensando alguna excusa para aproximarse a la mujer que lee.

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Playa en Coney Island, de Samuel S. Carr

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De nuevo estamos ante un oriundo de Inglaterra que emigró a otro país, en este caso Estados Unidos. Coney Island es una península que ya nos conocemos de memoria a estas alturas por su presencia constante en la cultura popular, desde The Warriors hasta Los Soprano, pero antes de todo ello Carr de forma pionera contribuyó a fijar sus playas en el imaginario colectivo. Un interés recurrente en su obra era, además del paisajismo, el retrato de niños, que a veces eran los protagonistas y en otras, como la que tenemos sobre estas líneas, compartían espacio con adultos, vestidos para la playa con sus mejores galas como mandaban los cánones.

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En la playa, de Winslow Homer

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Aquí tenemos el caso opuesto, con un estadounidense que se trasladó a Gran Bretaña y, pese a que su estancia fue relativamente breve, tuvo un gran impacto en su estilo. Allí vivió en un pueblo de pescadores, que es también junto con campesinos lo que siguió pintando de vuelta, trabajadores esforzados que en ocasiones luchan con fiereza contra las fuerzas de la naturaleza, como aquí. Algo de esa hostilidad de los elementos vemos también en este cuadro, con un cielo encapotado y las olas rompiéndose frente esas bañistas.

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La playa de Villerville, de Eugène Boudin

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Hijo de un marino y grumete en su juventud, está claro de donde le vino a Eugène Boudin su interés por los paisajes marítimos, que le llevó a tomar como referencia a los paisajistas holandeses del siglo XVII. Las regiones de Normandía y Bretaña concentraron la mayor parte de una obra abundante, de la que pueden verse aquí unos cuantos ejemplos.

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La terraza de Sainte Adresse, de Claude Monet

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Lo que vemos arriba es el balneario de Sainte-Adresse, en la Alta Normandía, donde están tomando la brisa la familia de Claude Monet, el gran artífice del impresionismo. Precisamente su mayor influencia artística fue el anteriormente mencionado Boudin, con quien mantuvo una estrecha amistad hasta el fin de sus días y en más de una ocasión colaboraron en exposiciones conjuntas. Precisamente hace unos días acaba de estrenarse una en el Museo Thyssen que reúne más de un centenar de cuadros de ambos autores. Así que si este verano van a estar por Madrid, esta puede ser una buena opción para dedicarle un día.

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En la playa (chica de azul), de Frederick Carl Frieseke

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Quien fue aprendiz se convirtió en maestro para Frederick Carl Frieseke, un norteamericano de origen y francés de adopción que llegó a alquilar una casa junto a la de Monet. A lo largo de su trayectoria mostró una curiosa constancia a la hora de pintar a una mujer vestida de azul, ya fuera arreglando flores, mirándose en el espejo o desayunando en el jardín.

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Salida de la luna sobre el mar, de Caspar David Friedrich

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En unas ciudades cada vez más contaminadas por la naciente industrialización la búsqueda de aire puro, tal como decíamos al comienzo, convirtió a las playas en lugares turísticos. A ello también contribuyó el romanticismo, que redescubría la belleza y la intensidad de los paisajes naturales, ya fueran las montañas o el mar. Caspar David Friedrich se inspiró en ambos entornos con mucho acierto, pues probablemente no hay cuadro más conocido del romanticismo que El caminante sobre el mar de nubes. Pero si aquel tiene un aura heroica, nietzscheana, este otro invita al recogimiento con esos tres personajes observando a los barcos perdiéndose en el horizonte mientras nosotros los miramos también a ellos.

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En la costa, de Frederick Hendrik Kaemmerer

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Kaemmerer nació en los Países Bajos en 1839 y tuvo como maestro al francés León Gerome, lo que unido a su talento natural hizo de él un pintor de un realismo asombroso. Así que la imagen de estas dos elegantes damas paseando al lado de un cañón no es un fotograma de una película. Merece la pena mencionar también por su extraordinario detallismo La playa de Scheveningen.

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Paseo a orillas del mar, de Joaquín Sorolla

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Un artista tan prolífico como este valenciano se merecería una selección para él solo. Además de esos reflejos en el agua tan característicos de su estilo, su trabajo se define por escenas de una vitalidad desbordante, como si sus protagonistas se mantuvieran quietos a duras penas en el lienzo y en cualquier momento fueran a seguir corriendo y jugando, desde El barco blanco hasta Corriendo por la playa. Pero la pintura que mejor se ajusta a esta lista es aquella en la que retrataba a su mujer y a su hija  caminando por la playa en lo que, por la longitud de las sombras, ya es el atardecer.

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La playa de los bebés, de Thomas Benjamin Kennington

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Inspirado por la obra de Murillo, este inglés nacido en 1856 se centró en pinturas de realismo social que mostraban escenas de la vida cotidiana de huérfanos, viudos y familias pobres, pero de vez en cuando también de la clase alta en momentos de solaz el de arriba.

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Un paseo por la playa, de Michael Peter Ancher

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Michael y su mujer Anne Ancher fueron una pareja de artistas de tal renombre que aparecieron hasta hace unos años en los billetes de mayor valor de Dinamarca. Aunque inicialmente mostró preferencia por el retrato de pescadores en escenas de gran carga dramática, los cambios económicos y sociales de la ciudad de Skagen a finales del siglo XIX llevaron a Michael a reflejar a la burguesía que de forma creciente acudía para pasar unos días de vacaciones.

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Los recolectores de ostras de Cancale, de John Singer Sargent 

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Concluimos escapándonos brevemente del universo de Jane Austen, dado que lo visto hasta ahora podría definirse por extensión como «pintura de tacitas». En las playas también recalaban quienes tenían que ganarse el jornal cada día, y aunque captaron bastante menos la atención de los artistas, hubo excepciones.  Este estadounidense que viajó y vivió por media Europa hizo este retrato tan sutil cuando apenas tenía veintiún años.

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2 comentarios

  1. Es inquietante el rostro severo de la mujer en Paseo a la orilla del mar. Si esa era su esposa no lo hubiera envidiado al pintor.

  2. Angorcio

    No, la que lleva el sombrero en la mano es la hija mayor (y le está dando el sol en la cara, lo cual puede explicar su expresión facial). A su esposa se la puede apreciar mejor en estos dos cuadros:

    https://bit.ly/2KIaZdP
    https://bit.ly/2NfuTyi

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