
El mundo se ha quedado sin su más extraordinaria voz. Hubo un día en que «murió la música», como decía la canción de Don McLean. Hoy es como si el mundo se hubiese quedado afónico porque hay cantos que ya nunca sonarán. A los más grandes artistas se los puede imitar, quizá, pero no se los puede sustituir. En el caso de Aretha Franklin ni siquiera existe la opción de imitarla. Si ella no lo canta, no lo podrá cantar nadie.
Cantaba lo que quería, como quería, con esa facilidad que bendice a los elegidos. No lo digo yo; lo decían sus antiguas coristas, que eran magníficas cantantes también —había que serlo para tener el honor de diluir sus timbres con el de ella—, pero que, como las demás voces del gremio, tenían que admitir con asombro una verdad incontestable: Aretha pertenecía a una categoría tan singular, tan exclusiva, que no había sitio para nadie más. Una categoría para ella sola, como si hubiese venido de otro planeta. Decir que «su sombra era muy alargada» es como pretender que había un sol detrás de ella y que no era ella, en su oficio, el sol mismo. Como pretender que su inmensa presencia en el subconsciente colectivo del universo musical fuese delimitada y finita. Aretha era, y es, y seguirá siendo como un telón de fondo del que uno no puede apartar la vista, aunque se distraiga dirigiendo su mirada a figuras más pequeñas, como el cielo que seguimos viendo, sin saberlo, cuando centramos la mirada en los pájaros. Cada vez que otra cantante alcanzaba una nota imposible o generaba una intensidad abrumadora, la comparación era automática e inevitable, como cuando los atletas compiten entre sí sabiendo que, aunque ganen muchas medallas de oro, habrá un récord del mundo que nunca podrán igualar. Estaba Aretha, y después estaba el resto. Hablando de otras cosas diría que esto es una percepción subjetiva mía, pero todos sabemos que no lo es, sabemos que es un hecho que era única y mejor, por lo que sería una tontería ponernos a discutirlo o a intentar explicarlo.
No se trata de medir cuál era su rango vocal o cuán potente era su voz; en sus muchos discos y filmaciones hay cientos, miles de detalles que demuestran sus asombrosas elegancia y pericia a la hora de comandar las melodías, de atemperarlas y acentuarlas con las dinámicas, de elegir giros, inflexiones e improvisaciones perfectas. Hay muchas cantantes que lo llenan todo de gorgoritos y alardes, pero Aretha subía y bajaba en los momentos justos, pasaba del susurro al grito y volvía sin que uno fuera consciente de la transición. Hay que nacer para hacer las cosas con tanta facilidad que parezcan naturales e inevitables. Era hipnótica, absorbente; no hacía los fraseos que esperabas oír, y después de oírlos te parecía que no era posible haber hecho otros.
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Pedazo de necrológica. Tengo el sombrero en las manos. Y los pelos de punta después de oírla otra vez.
https://www.youtube.com/watch?v=T08xoT7KRwU Un homenage «a priori» a Aretha Franklin en la película The Commitmens, una obra de arte que alguien debería rescatar.
Que gran texto, definitivamente soy fan de Aretha Franklin y de E. J. Rodríguez…
Todavía recuerdo la primera vez que oí «Think», en la radio, tenía unos 13 años y ya peino canas. Estas entradas que parecían hechas a destiempo ( lo confieso: eso me parecieron), los gritos inesperados, las inflexiones imposibles de la voz.Y sin embargo, el resultado era maravilloso. Desde este día es una de las canciones que siempre me han acompañado.
No conocía esta su primera grabación de gospel, y ha conseguido, una vez más, que por momentos se me ponga la piel de gallina. 14 años tenía la niña…
Gracias por el artículo. Sid tibi terra levis, Aretha.
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