Insulis Nuper Inventis – La carta robada de Colón

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Ilustración basada en Inspiración de José María Obregón

Carta del almirante Cristóbal Colón a Luis de Santángel, escribano de Ración de los Señores Reyes Católicos, refiriéndole su primer viaje y las islas que descubrió.

15 de febrero de 1493

Señor, como sé que tendréis placer en saber de la gran victoria que Dios Nuestro Señor me ha dado en mi viaje, os escribo esta carta, en la que contaré cómo en treintaitrés días llegué a las Indias (1) con la armada que los Ilustrísimos Rey y Reina, Nuestros Señores, me dieron. Allí encontré muchas islas pobladas con un sinnúmero de gente, y de todas ellas he tomado posesión para sus Altezas con pregón y bandera real extendida. Y no me fue contradicho.

A la primera que encontré le puse de nombre San Salvador, en conmemoración a su Alta Majestad; los indios la llaman Guanahaní. A la segunda le puse el nombre de Santa María de la Concepción, a la tercera Fernandina, a la cuarta Isabela, a la quinta la isla Juana (2), y así, a cada una, un nombre nuevo.

Cuando llegué a la isla Juana seguí por su costa hacia poniente, y la encontré tan grande que pensé que sería tierra firme, la provincia de Catayo en China. Como no encontré villas y lugares en la costa, salvo pequeñas poblaciones, con gentes con las cuales no podía hablar, pues huían todos, seguí mi camino, pensando en encontrar grandes ciudades y villas. Al cabo de muchas leguas, viendo que nada cambiaba y que la costa me llevaba al septentrión contrariamente a mi voluntad, pues el invierno ya había empezado, decidí no perder más tiempo. Con el propósito de poner rumbo al austro (3) y aprovechando el viento volví atrás hasta un puerto señalado, desde donde envié a dos hombres para que recorrieran la tierra para saber si había rey o grandes ciudades. Anduvieron tres jornadas y hallaron infinitas poblaciones pequeñas y muchas gentes, pero ninguna villa de cabecera, por lo cual se volvieron.

Yo entendía por otros indios, que ya me habían explicado, que esta tierra era isla, y seguí  por su costa ciento siete leguas más, hasta donde llegaba su fin. Desde un cabo vi otra isla al oriente, a dieciocho leguas de distancia, a la cual puse luego de nombre La Española. Allí fui y recorrí la parte norte, al oriente de la Juana, durante ciento ochenta y ocho leguas en línea recta, habiendo encontrado tierras muy fértiles, y más en esta última isla. Durante el recorrido encontré muchos puertos en la costa, sin comparación con otros de tierras cristianas, y muchos ríos, grandes y navegables, que son una maravilla. En toda esta comarca hay montañas altísimas que parecen llegar al cielo, tanto es así que la isla de Tenerife parece nada en comparación con ellas. Son todas hermosísimas, de mil hechuras, y todas transitables y llenas de árboles de mil maneras y altos: aparentan llegar al cielo. Parece ser que jamás pierden la hoja según lo que puedo comprender. Los vi tan verdes y tan hermosos como lo son por mayo en España. Los hay que están floridos y los hay con fruto y sin fruto, según es su clase. Por allí por donde yo anduve, cantaba el ruiseñor y otros pájaros con mil sonidos en el mes de noviembre. Hay palmas de seis u ocho maneras, que provoca admiración verlas por la hermosura de cada variedad, tal como ocurre con los otros árboles, frutos y yerbas. Hay maravillosos pinares y campiñas grandísimas, y hay miel, y muchas especies de aves y frutas muy diversas. En las tierras hay muchas minas de metales y hay gente en número inestimable.

Luis de Santángel

Esta carta la dirigió Colón a Luis de Santángel (Valencia, 1435-1498), Escribano de Ración de la Corona de Aragón. Además de desempeñar dicho cargo financiero, Santángel prestaba dinero a la Corona para financiar sus empresas. Tras conocer a Colón en 1486, se convirtió en su protector. Colón, que se había entrevistado con los reyes de Aragón y Castilla y no había logrado convencerles, decidió marchar a Francia para ofrecer sus servicios a su monarca. Pero entonces, Santángel consiguió que los reyes de Castilla y Aragón se interesaran por el proyecto del navegante, y se ofreció él mismo para financiar el viaje sin intereses, invirtiendo parte de su fortuna personal. También propició que los monarcas aceptaran las pretenciosas condiciones impuestas por el futuro Almirante en las Capitulaciones de Santa Fe, firmadas por Santángel como funcionario del Rey.

La Española es una maravilla: las sierras, las montañas, las vegas, las campiñas y las tierras son hermosas y gruesas para plantar y sembrar, para criar ganado de todas clases, para edificar villas y lugares. Los puertos de la mar y los ríos son muchos, grandes y llevan buenas aguas: la mayoría traen oro. En los árboles, frutos y yerbas hay grandes diferencias con la isla Juana: en La Española hay muchas especies y grandes minas de oro y de otros metales. La gente de esta isla y de todas las otras que he hallado y de las que he tenido noticia andan todos desnudos, hombres y mujeres, así como sus madres los paren, aunque algunas mujeres se cubren un solo lugar con una hoja de yerba o una cosa de algodón que para ello hacen.

No tienen hierro ni acero ni armas, ni sirven para ello; no porque no sean gente bien dispuesta y de hermosa estatura, sino porque son muy temerosos. No tienen otras armas salvo las de las cañas cuando están con la simiente, a la que ponen en el cabo un palillo agudo, y no osan usarlas. Muchas veces me acaeció enviar a tierra a dos o tres hombres a alguna villa para hablar y salieron a su encuentro muchos de ellos, pero después huyeron, sin aguardar padre  a hijo, y esto no porque a ninguno se haya hecho mal —donde he estado y podido hablar con ellos les he dado de todo lo que tenía, tanto paño como otras muchas cosas sin recibir por ello cosa alguna—, sino porque son temerosos sin remedio. Verdad es que después, cuando están seguros y pierden el miedo, son tan generosos con todo lo que tienen, sin engaños, que solo lo creerá quien lo vea. Cualquier cosa que tengan, si se les pide jamás dicen que no; convidan a la persona y muestran tanto amor que darían sus corazones y cualquier cosa de valor. Luego, por cualquier cosa que se les dé están contentos.

Yo defendí que no se les diesen cosas cortantes como pedazos de escudillas rotas, pedazos de vidrio o cabos de agujetas, que les parecía que eran las mejores joyas del mundo. Un marinero cambió una agujeta por oro con valor de dos castellanos (4) y medio, y otros marineros que cambiaron otras cosas, cuanto menos valían, más recibían. Por blancas (5) nuevas daban todo cuanto tenían, castellanos de oro o algodón hilado. Hasta los pedazos de los arcos rotos de los barriles tomaban, y daban lo que tenían como bestias. Así que me pareció mal. Y les daba yo mil cosas buenas que yo llevaba para que tomen amor, se hagan cristianos y así se inclinen al amor y servicio de sus Altezas y de toda la nación castellana, y procuren ayudarnos y darnos parte de las cosas que tienen en abundancia y que nos son necesarias. No conocían ninguna secta ni idolatría,  pero  todos creen que las fuerzas y el bien están en el cielo, y creían muy firmemente que yo con estos navíos y gente venía del cielo, y en tal convencimiento me recibieron después de haber perdido el miedo. Esto no sucede porque sean ignorantes, pues son hombres capaces de navegar todos aquellos mares y es una maravilla la buena cuenta que dan de todo, pero nunca vieron gente vestida ni semejantes navíos como los nuestros.

Después de llegar a las Indias, en la primera isla que hallé tomé por la fuerza a algunos de ellos para que me diesen noticia de lo que había en aquellas partes, y nos entendieron y nosotros a ellos por lenguas o señas. Hoy en día siguen pensando que vengo del cielo por mucha conversación que haya habido conmigo. Lo primero que pronunciaban adonde yo llegaba, corriendo de casa en casa por   las villas cercanas con voces altas, era: «Vengan a  ver a la gente del cielo». Y así todos, tanto hombres como mujeres, después de confiar con el corazón en nosotros, venían, y todos traían algo de comer y de beber que nos daban con un amor maravilloso.

Tienen en todas las islas muchas canoas, buques de remo: las hay mayores, las hay menores. Algunas, muchas, son mayores que un buque de dieciocho bancos, aunque no son tan anchas porque son de un solo madero, pero van que no es cosa de creer; con ellas navegan todas las islas, que son innumerables, y traen sus mercaderías. En algunas de estas canoas he visto hasta sesenta u ochenta hombres, cada uno con su remo.

En todas estas islas no vi mucha diversidad de gente, ni en las costumbres, ni en la lengua, salvo que todos se entienden, cosa que es muy singular. Espero que determinarán sus Altezas su conversión a nuestra Santa Fe, a la cual están muy dispuestos.

Ya dije cómo hube andado ciento siete  leguas por la costa de la mar, por la línea derecha  de occidente a oriente de la isla Juana. Después de hacer este camino puedo decir que esta isla es mayor que Inglaterra y Escocia juntas: porque más allá de estas ciento siete leguas me quedan de la parte de poniente dos provincias que no he andado —a una de las cuales llaman Avan, donde nace la gente con cola—, que no pueden tener de longitud menos de cincuenta o sesenta leguas, según lo que puedo entender de estos indios que conocen todas las islas.

Esta otra Española tiene una costa  mayor que la de España desde Colliure en Cataluña hasta Fuenterrabía, en Vizcaya, pues anduve ciento treinta y ocho grandes leguas en línea recta de occidente    a oriente. Es para desearla, y una vez vista nunca abandonarla. De todas las islas tengo tomada posesión para sus Altezas y todas están más abastecidas de lo que yo sé y puedo decir. De ellas pueden disponer tan cumplidamente como de los Reinos de Castilla, pero esta Española es el lugar más convenible y con más minas de oro. Así, de la tierra firme de acá como de aquella de allá del Gran Khan, habrá gran trato y ganancia. He tomado posesión de una villa grande, a la cual puse de nombre la Villa de Navidad, y en ella he hecho una fortaleza, que ya a estas horas estará del todo acabada, pues he dejado en ella gente para semejante hecho con armas, artillerías y víveres para más de un año, y buque y maestro de la mar, y gran amistad con el Rey de aquella tierra, en tanto grado que se preciaba de llamarme y tenerme por hermano. Aunque la voluntad cambiase a ofender a esta gente, ni él ni los suyos no saben lo que son las armas, andan desnudos como ya he dicho y son los más temerosos que hay en el mundo. Así que solamente la gente que allá quedó puede destruir aquella tierra. Es isla sin peligro de sus personas, sabiéndose regir.

Primer desembarco de Colón. Guanahani 12 de octubre de 1492. Ilustración realizada a partir de grabado de Theodor de Bry

En todas estas islas me parece que todos los hombres están contentos con una mujer, y a su mayoral o rey dan hasta veinte. Las mujeres me parece que trabajan más que los hombres. No he podido entender si tienen bienes propios, pues me pareció ver que aquello que uno tenía todos lo compartían, en especial las cosas comederas.

En estas islas no he encontrado hombres monstruo como muchos pensaban, más bien toda la gente es de muy lindo aspecto, ni son negros como en Guinea, pues no se crían donde hace calor y hay demasiados rayos solares: es verdad que el sol tiene allí gran fuerza, puesto que de la línea equinoccial está distante veintiséis grados. En estas islas, donde hay montañas grandes tenía fuerza el frío este invierno, mas ellos lo sufren por la costumbre y con ayuda de las viandas que comen con muchas especias muy calientes. Así que monstruos no he hallado ni tengo noticia, pero una isla, la segunda a la entrada de las Indias, está poblada de unas gentes que se tienen en todas las islas por muy feroces, pues comen carne viva. Estos tienen muchas canoas con las que recorren todas las islas de la India y roban y toman cuanto pueden. Ellos no son más deformes que los otros, salvo que tienen la costumbre de traer los cabellos largos como mujeres, y usan arcos y flechas de caña, porque no tienen hierro. Son feroces entre estos otros pueblos que son demasiado cobardes, aunque yo no los temo más que a los otros. Estos son aquellos que tomaban a las mujeres de Martinica, que es la primera isla partiendo de España para las Indias, en la cual no hay hombre ninguno. Ellas no usan enseres femeninos, solo arcos, flechas y cañas, y se arman y cobijan con láminas de alambre, que tienen mucho.

Hay otra isla que me aseguran que es mayor que La Española y en donde las personas no tienen ningún cabello. En esta hay oro sin cuento, y de estas y de otras traigo conmigo indios para que den testimonio.

En conclusión, al hablar de esto que se ha hecho, de este viaje que fue así de corrida, podrán ver sus Altezas que yo les daré tanto oro como sea menester con muy poquita ayuda de sus Altezas, algodón cuanto sus Altezas manden, y toda la almástiga (6) que manden cargar, de la cual hasta hoy solo se ha encontrado en Grecia y en la isla de Xio, y lignáloe y esclavos cuantos manden cargar. Creo haber hallado ruibarbo y canela y otras mil cosas de sustancia que ya habrá encontrado la gente que yo allá dejé, porque yo no me he detenido en ningún cabo en cuanto el viento me ha permitido navegar, solamente en la Villa de Navidad, en cuanto dejé todo asegurado y bien asentado. Y en verdad mucho más hubiese hecho si los navíos me sirvieran como razón demandaba.

Esto es cierto, y eterno Dios Nuestro Señor, el cual da a todos aquellos que andan su camino la victoria de las cosas que parecen imposibles, y esta señaladamente fue una, porque aunque de estas tierras hayan hablado otros todo fueron conjeturas sin alegar haberlas visto. Así pues, nuestro Redentor dio esta victoria a nuestros Ilustrísimos Rey y Reina y a sus reinos famosos de tan alta cosa, y toda la cristiandad debe sentir alegría y hacer grandes fiestas, dar gracias solemnes a la Santa Trinidad, con muchas oraciones solemnes por el gran ensalzamiento que habrá cuando se unan tantos pueblos a nuestra Santa Fe, y después por los bienes temporales, pues no solamente a España sino a todos los cristianos servirán como refrigerio o ganancia. Fecha en la carabela sobre las islas de Canarias, quince de febrero de noventa y tres.

El primer viaje de Colón

Los conocimientos geográficos de  Colón  eran lo  bastante  avanzados  como  para  saber  que  la tierra era redonda, lo que lo animó a buscar una ruta hacia la India por occidente y así llegar a la zona de Asia donde ubicaba el imperio del poderoso Gran Khan. Con este propósito reunió a unos cien marinos, un intérprete, un notario y un controlador real para presentarse ante el emperador.

La expedición partió de Palos, Huelva, el 3 de agosto de 1492. Repartidos en la nave Santa María y las carabelas Pinta y Niña, los marinos navegaron hacia las Canarias para aprovechar los vientos alisios y dejarse empujar hacia el oeste. Colón pensaba que la distancia era menor, había errado en sus cálculos. Por fin, el 12 de octubre la tripulación pudo gritar «¡Tierra!»: habían llegado a las Bahamas, y a esa primera isla que divisaron Colón dio el nombre de San Salvador. A los indígenas los llamó indios, pues pensaba que había llegado a la India. Fue el florentino Américo Vespuccio quien, ese mismo año en Sevilla, puso en evidencia la verdad: Colón había llegado a un nuevo continente.

Esta carta forma parte de la recopilación de Cartas renovadas de Cristóbal Colón, publicado por la editorial West Indies Publishing Company

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Notas:

(1) Los europeos se referían indistintamente a la India o las Indias, sin poder apenas concretar geográficamente.

(2) Cuba.

(3) Uno de los cuatro vientos cardinales.

(4) El castellano fue una moneda de oro acuñada en el siglo XIV. Valía la sexta parte de una onza de oro.

(5) Moneda llamada así por la blancura del metal en que se fabricaba. En la época de los Reyes Católicos, dos blancas valían un maravedí. Es de suponer que de ahí procede la locución adverbial «estar sin blanca».

(6) Almáciga, resina clara, traslúcida, amarillenta y algo aromática que se extrae de una variedad de de una variedad de lentisco.

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5 comentarios

  1. Después de leer estas emocionantes letras la primera pregunta es; por qué han titulado esta excelente investigación “La carta robada…? Con este título pareciera que hay o hubo un complot oscurantista para no hacer ver las virtudes de los hombres recién descubiertos, tan lejanas de la codicia, avidez y violencia de los europeos. Sea como sea,mi admiración y agradecimiento por la lectura.

  2. Es el subtítulo. De esa carta hay solo 16 copias y varias de ellas fueron robadas. En España la sustrajeron de la Biblioteca de Cataluña. Ahora está de actualidad porque se ha recuperado.

    https://elpais.com/cultura/2018/06/07/actualidad/1528374293_873581.html
    https://www.efe.com/efe/espana/cultura/cultura-entregara-a-la-biblioteca-de-cataluna-una-carta-colon-robada/10005-3745648

  3. El imperio español – Hugh Thomas. Muy recomendado para quien quiera profundizar. Otra cosa, la gramática está adaptada supongo, porque en aquella época el castellano no se parecía al actual.

    • Teresa

      Sí, por eso son cartas renovadas, porque están reeditadas. Si hasta ahora nadie las ha publicado es porque cuesta mucho entender las que hay disponibles en la Biblioteca Nacional y editarlas para que sean comprensibles es mucho trabajo. Esto se explica en el prólogo del libro.

  4. Sí, la gramática es adaptada para facilitar la legilibilidad y se entienda perfectamente. El vocabulario que se usa es acorde a los términos incluidos en el Diccionario de Autoridades (1726-1739) para que las cartas no pierdan sentido histórico.

    http://www.rae.es/recursos/diccionarios/diccionarios-anteriores-1726-1996/diccionario-de-autoridades

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