Richard Ford: «De todas las cosas que he visto pasar en mis casi setenta y cinco años de vida, el amor es lo único que perdura»

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Fotografía: Edu Bayer

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 33

Richard Ford aparece envuelto en una gabardina de color crema. El viento sopla fuerte y trae una punta de frío impropia para el mes de abril, pero ha sido un año de nevadas primaverales en Nueva York, así que hay cierta resignación en los espíritus. Además, no son ni las 8 de la mañana, que es la hora a la que las personas inteligentes citan a los periodistas, para tenerlos con la guardia baja o la resaca alta, y es también la hora de la primera frase de algunas de sus novelas. Le esperamos en la puerta del Princeton Club, un club exclusivo en el centro de Manhattan, en el que socializan exalumnos, profesores y otras élites que orbitan alrededor de la universidad donde Ford dio clases en los ochenta, y que tiene su sede en Nueva Jersey, donde vive su personaje más famoso, Frank Bascombe.

En el ascenso hacia el bar, una mujer le dice: «Me recuerda usted a alguien famoso». «Soy exactamente igual que el novelista Richard Ford», le responde. Ella mira a su amiga y dice: «No, a otro». Le pregunto si le reconocen a menudo. «Solo cuando estoy de promoción, y sobre todo en los aeropuertos». Tiene un Pulitzer y un Faulkner: la del escritor es la más privada de las famas.

Se deben cerrar más acuerdos en el Princeton Club que en un palco de estadio de fútbol, pero como la hipocresía es el lenguaje que lubrica el comercio, en el bar del club no se permiten negocios y los ordenadores, tabletas e incluso papeles están prohibidos. Ford intenta negociar: su imponente altura, su pelo senatorial y sus ojos azules acompañan con gran armonía su tono, que es severo y con autoridad. Nada, son inflexibles. 

Sin guion, la entrevista muta en conversación. Ford tiene una gran habilidad para ser exquisitamente amable y decir cosas interesantes mientras ignora las preguntas que no le apetece responder. En general, uno quisiera llevarle a hablar del fondo que emerge en sus textos, y él prefiere responder sobre el oficio de escribirlos. Bien pensado, es parte del fondo: huir de lo trascendente y buscar siempre lo más plausible y pragmático para no abandonarse a lo mórbido o a lo oscuro. 

Sus libros parecen la traducción en forma de novela del pragmatismo norteamericano, de Emerson a Rorty.

Justamente ayer estaba dando clase sobre el texto El espíritu de la naturaleza de Emerson y me traje mi copia grande, gorda y hecha polvo de todos los ensayos y la correspondencia del autor, editada por Houghton Mifflin, porque quería mostrársela mis alumnos. Y les dije: «En algún momento de la vida, todo el mundo debería tener su propia Biblia. Y esta ha sido la mía durante cuarenta y cinco años». Los ensayos de Emerson han sido mi guía.

Lo cita muy a menudo.

Oh, sí, tanto como puedo. Da en el clavo en tantas cosas que yo no puedo más que… en fin; he leído a Rorty también, pero me parece mucho menos interesante que Emerson.

¿Por qué?

Es menos afortunado como escritor. Emerson es más claro, más franco y directo. Además, está dispuesto a invertir completamente su visión de las cosas, algo que adoro [ríe]. Cuando dice aquello de «la estúpida consistencia es el duende de las mentes pequeñas» está hablando de sí mismo.

Menos de cinco contradicciones es dogmatismo.

[Ríe] Exactamente. Es fanatismo.

[Llega el camarero. Ford pide dos huevos escalfados y tomate en rodajas, nada de carne o embutido, ni pan. Levanta la cabeza y ve los televisores del bar encendidos, donde aparece Donald Trump dando un discurso].

Siempre me interesa comprobar qué canales están puestos permanentemente en los bares. En el Princeton Club, el canal de negocios, por supuesto.

Aprovecho para preguntarle sobre Donald Trump. En El periodista deportivo hay un diálogo entre Frank Bascombe —el personaje de cuatro de sus libros más célebres— y su vecina Dee, una mujer jubilada, progresista, que acaba de leer una noticia en el New York Times sobre la típica intervención militar norteamericana en un país latinoamericano, que ella tilda de hipócrita. Y dice: «Deberíamos construir un muro a lo largo de toda la frontera mexicana y solucionar nuestros problemas, por ejemplo, con los afroamericanos».

No creo que sea un personaje progresista —quizá lo parezca ahora—. Es decir, escribí ese diálogo en 1984. Ni siquiera creo que el mundo girara en la misma dirección en ese momento. Lo que es seguro es que no intentaba que Dee encarnara una posición política identificable. Intentaba que ella hiciera lo que creo que la gente hace: intentaba hacerla hablar, simplemente. Trump es un buen ejemplo. Trump habla, sin más. Lo que sea que sale de su boca en cada momento es lo que parece que piensa, y cinco minutos más tarde dice algo distinto. Esto es más verdadero sobre los seres humanos que si su posición política es identificable. La gente abre su boca y salen palabras. Al escribir, puede que planees algunos puntos con los que otros se puedan identificar, pero, en general, la gente no está todo el rato intentando parecer cercana a una manera de pensar. Es solo caos.

Que Trump hable sin calcular, ¿le hace menos mentiroso?

A ver: es un mentiroso. No sé si puede ser más o menos mentiroso. Trump mira las cosas y dice lo contrario de lo que ve, a propósito [ríe]. Creo que eso es ser un mentiroso. Y él lo hace mucho.

Se le elogia por ser directo en lugar de políticamente correcto.

Son fanfarronadas sin sentido. No tiene sentido de las consecuencias, ni intención de tenerlo. Y se derivan consecuencias de lo que dice.

Se le atribuye la capacidad de predicar una verdad sobre América que ha sido silenciada.

Es una proyección nuestra; hacemos coincidir lo que dice con alguna especie de necesidad que tenemos de que esté haciendo algo así. Volvamos al ejemplo del muro en la frontera. Lo que se imagina es un puñado de mexicanos, guatemaltecos y hondureños chocando contra el muro. ¿Pero qué ocurre cuando toda esa gente vuelve a Honduras o Guatemala? No tiene ni idea. Es su problema. Como si no existieran. Además, Trump cree que cuando se estrellen contra el muro, se van a quedar con los brazos cruzados. Cree que no van a intentar pasar por debajo, o alrededor, o por encima del muro… o ponerle una bomba. No concibe nada. Su sentido de las consecuencias está vacío de toda examinación.

El argumento de Trump es que la inmigración, la deslocalización de empresas norteamericanas y la automatización de la industria provocan que los trabajadores no cualificados y sus comunidades estén sufriendo un retroceso económico y social.

Eso se lo han contado.

¿No cree que apela a ese electorado?

Él ve que una empresa de aires acondicionados se va, pongamos, a Taipéi, y deja a toda esa gente en Pensilvania y Siracusa sin trabajo. Tachán. Y eso es todo. Así que, si repatriamos la empresa, tendrán un trabajo. Pero ¿cuáles son las fuerzas que causan que la empresa se vaya? ¿Qué ocurre en Taipéi cuando la empresa se marcha? ¿Qué ocurre cuando la empresa vuelve y toda esa pobre gente de Siracusa se da cuenta de que la empresa se ha reducido para poder volver? Trump no ve nada de esto. Quinientos tipos pierden el trabajo, la empresa vuelve, doscientos cincuenta vuelven a tener trabajo y los otros doscientos cincuenta, no. Sinceramente, creo que es simplemente estúpido. Es estúpido, punto.

¿Atribuimos su éxito al caos?

No. Bueno, a no ser que creas que el nihilismo es un paso intermedio en nuestro camino hacia el caos [ríe]. Tradicionalmente, a los norteamericanos, como sabes bien, no les gusta el Gobierno. Nuestro Gobierno se fundó en el siglo XVIII sobre el principio: «el Gobierno es malo».

¿No lo es?

Es malo ahora. Pero no es malo en sí mismo. Cuando tienes una institución como la esclavitud corrompiendo trescientos años de vida en esta masa de tierra, algo debe hacerse para corregirlo. Y los estados individualmente no son lo suficientemente ricos para hacerlo. La mayoría de problemas que nos han llevado a este nihilismo, el nihilismo actual, tienen que ver con las consecuencias de la esclavitud y la creación de una clase subordinada. También con las consecuencias de la Gran Depresión, pero la mayoría del desaliento racial emana de la esclavitud. Sin la esclavitud, como dice Ta-Nehisi Coates, no tendríamos el gran país que tenemos, tendríamos otra cosa. Es un poco simplista, visto así, pero no del todo simplista.

Incluso en los debates abolicionistas antes de la guerra civil, en el norte había muchas voces que temían el efecto que el fin de la esclavitud tendría en la economía y en el mercado de trabajo.

Exacto. En el corazón de este gran país hay un cáncer que emite toda clase de radiaciones, y Trump es una de ellas. Aplaca a gente que básicamente son racistas y nihilistas con respecto al Gobierno. Asocian su desagrado del Gobierno con lo que el Gobierno intenta hacer por estos desamparados, lo ven injusto. No creo que haya tantos racistas y nihilistas como pensamos, en realidad, pero hay más de los que me gustaría.

Hay distintas clases de blancos en los Estados Unidos. Por ejemplo, los de las zonas rurales de los Apalaches. Desde que se instalaron en las peores tierras, ya eran los más desfavorecidos entre los blancos. Competían con los esclavos y tenían los salarios más bajos del país. A pesar del privilegio racial y de poder moverse libremente, siempre, hasta sus descendientes de hoy, han ido por detrás del resto del país.

Muchos de ellos no tenían ningún privilegio, aparte de ser blancos; son los que viven en el este de Tennessee, o en partes de Louisiana, por ejemplo.

Las tensiones raciales de hoy se pueden rastrear hasta la esclavitud también en el otro lado. Los votantes de Trump en estas zonas deprimidas vienen de la misma desventaja material.

Lo que Coates diría es que, a pesar de ser cierto, estos blancos nunca fueron propiedad de nadie, nunca fueron ganado. A pesar de ser pobres y perdedores, el color de su piel nunca los perjudicó.

Por complicar las cosas, volviendo a Emerson: ¿le encuentra sentido a la evolución sobre el abolicionismo de Emerson y su visión supremacista sobre los afroamericanos?

Nunca lo he pensado, no me importa su visión sobre las razas. Emerson vivía en 1855 en un pequeño enclave blanco en el norte de Massachusetts. Esta clase de mirada hacia el pasado para analizar las posiciones sobre la raza de gente que no vive nuestro tiempo tiene muy poco interés para mí. Solo tiene interés académico.

La posición de Emerson sobre los afroamericanos está tan caducada como su vida, de acuerdo. Pero lo que sí es interesante es que, cuando tenía veinte años, se aprecia en sus diarios que ya veía la esclavitud como algo malo, pero no hablaba de ello públicamente. Luego, en algún momento, a los treinta y pico, siente asco por no estar implicado en el movimiento antiesclavista, y se posiciona públicamente. Me pregunto si el cambio en la manera de comprometerse se debe a la presión del contexto o a una evolución personal.

Es una pregunta muy esencialista, esta que me haces.

Gracias. Viniendo de usted, no es un cumplido.

[Ríe] Ojalá pudiéramos saber cómo se produjo ese cambio. Pero cuando contabas su evolución estaba pensando en mí y en la ruta que yo seguí para llegar a un punto de vista mejor sobre el racismo, teniendo en cuenta que crecí en una sociedad tipo apartheid. Y me he dicho: como sea que llegaste ahí, gracias a Dios que llegaste ahí. Porque podría no haberme ocurrido.

Nació y creció en Mississippi.

Iba al colegio en el autobús escolar y cuando pasábamos por delante de las esquinas donde las criadas afroamericanas esperaban su autobús mis compañeros les gritaban epítetos racistas —teníamos dieciséis años—. No todo el mundo lo hacía, pero mucha gente lo hacía delante de mí. Y, si no lo hacías, se preguntaban por qué: «¿No te parece divertido?», decían.

Ha dicho alguna vez que escapó del sur literariamente, pero ¿también escapó de todo eso?

Sí. En el instituto tenía una clase que se llamaba Problemas en Democracia. Es un buen lugar, Mississippi, para tener una clase sobre problemas en democracia. Un día, un chaval judío se levantó y en medio del aula me llamó nigger lover (‘amante de negratas’). Y me dije, guau, tengo que pirarme de aquí. Para empezar, porque no entendía por qué lo había dicho, pero sabía que lo pensaba de verdad. Y si lo pensaba de verdad, me podían matar por ser un nigger lover. Así que tomé el tren y me fui a Michigan. Es una de las cosas que he vivido que me han dejado más quemado. Y ni siquiera por lo que podrías imaginar. No porque pensara: «¿Cómo te atreves a decirme algo así?». Ni tampoco porque me dijera: «Oh, sí, lo soy, estoy a favor de los negros». Lo que pensé fue: «No sé por qué me lo ha dicho». En el fondo, lo que me dije a mí mismo fue: «No sé quién soy, pero sé hacia dónde voy».

Desde ese momento, ha vivido por todo el país. Le he escuchado decir que la cultura norteamericana no es parroquial ni provinciana.

Lo digo en el sentido de que hay cosas comunes, como la lengua, la moneda, el Gobierno y un cierto sentido —cierto, solo— de historia compartida. Estas cosas comunes ayudan mucho cuando quieres irte de un lugar, como yo quise irme del sur. Pero sí hay provincias, sí hay sentimientos parroquiales por todo el país, pequeñas comunidades con sus horizontes propios. Mi mujer y yo hemos vivido en muchos sitios y hemos encontrado estas dos realidades, algo que hemos podido vivir, en parte, porque decidimos no tener hijos.

Me permito preguntarle el porqué de esa decisión.

Es sencillo: no me gustan los niños.

A mucha gente no le gustan los niños, excepto los suyos.

A mí me pasa igual [ríe]. Además, también queríamos desarrollar nuestras carreras profesionales sin ataduras, y en cierto momento no tener hijos fue la mejor manera de conseguirlo.

Tanto la idea de no tener hijos como la de moverse mucho están presentes en sus libros. Para empezar, el último: Entre ellos, los retratos de su padre y de su madre. Sus padres le tuvieron tarde, después de muchos años de viajar juntos en coche por el sur, por el trabajo de comercial de almidón de su padre.

Y por el gran amor que se tenían.

Un gran amor, y sin hijos hasta muy tarde. En el libro parece que usted se pregunta si cuando le tuvieron hubo un cierto paraíso que se perdió para ellos.

Bueno, nos lo pasamos bien juntos también.

En el libro se pregunta si que usted llegara a sus vidas fue una bendición.

Creo que siempre he pensado que fui una bendición, solo que fui una bendición disruptiva.

Todas las bendiciones lo son, de alguna manera.

[Ríe] ¡Por supuesto! Lo cambian todo. Pero ellos querían tener un hijo y, mucho antes de que yo llegara, habían asumido que no lo tendrían. Eran otros tiempos: la gente no entendía por qué las mujeres se quedaban o no se quedaban embarazadas. No había in vitro ni nada de eso. Así que asumieron que no habían sido bendecidos con hijos.

Eso de alguna manera los liberó, y dejaron atrás su vida anterior.

Sí, la dejaron atrás, pero nunca renunciaron a ella del todo.

Dice en Entre ellos que fue porque entendían que la familia es algo que uno cuida pase lo que pase, especialmente en el caso de su madre.

Sí, exacto. La relación de mi madre con mi abuela era complicada.

Su abuela era desagradable con ella.

Absolutamente. Era una señora vieja y desagradable.

Primero mete a su madre en un internado católico para quitársela de encima cuando se vuelve a casar, y luego la saca para ponerla a trabajar.

La esclavizaron cuando necesitaron dinero. No conozco todos los motivos, pero el dinero era claramente importante. El afecto era secundario. Mi abuela adoraba a su marido porque era muy guapo y brillante. Y lo adoraba hasta el punto de excluir a mi madre, que era solo catorce años más joven. Probablemente mi madre se dio a sí misma lo que nunca se le había dado.

Continuemos con los hijos. En la novela Canadá, Dell, después de todas las huidas y descalabros, se casa, tiene un matrimonio estable, fiel y largo. Pero sin hijos. Dell no viaja, se establece, pero, después del fracaso de sus padres, decide no tener hijos, como si buscara una cierta paz de espíritu, al fin siendo el único amo de su vida.

Intento agregar en mi obra todas esas fuerzas biográficas, aunque a veces sin éxito. Hay cosas que sabes y que no puedes dejar de saber, y se filtran en decisiones artísticas, aunque sea sin intención. Si me pregunto por qué Dell no tiene hijos, la respuesta es porque Richard el novelista no quería escribir sobre un niño, de la misma manera que Richard el novelista no quiere tener un hijo.

También en Canadá, los padres de Dell se mudan mucho a causa del trabajo del padre, que es militar y va de base en base.

Sí. Además, mi suegro era piloto de las Fuerzas Aéreas y mi mujer, Cristina, cree que el padre de Dell es un retrato del suyo —no le hace mucha gracia—.

La relación de los padres de Dell es de algún modo la opuesta a la de sus padres. En la de sus padres hay un amor que se percibe todo el rato, mientras que en Canadá el amor parece ausente.

¿Dices que no hay amor entre ellos?

Sí.

Creo que calculamos y calibramos el amor de manera distinta. Y tengo en cuenta el hecho de que se casaron cuando ella se quedó embarazada. Y, si las cosas hubieran durado algo más, ella le hubiera dejado. Sin embargo, hay amor entre ellos, por eso hacen lo que hacen.

Dicho de otro modo: en los raros momentos en que Dell nota que hay cierta armonía familiar, que se quieren y se gustan —cuando roban el banco, por ejemplo—, siempre los describe como rarezas, excepciones a la norma que es la degradación de su relación, del significado mismo del amor. Me parece lo opuesto a lo que usted describe de sus padres.

Yo no lo llamaría opuesto. Diferente sí. Es una vía alternativa. La ficción, para mí, es esto: una permutación sobre lo dado. ¿Qué ocurriría si lo que conozco fuera distinto? Si sacas una estrella de una constelación, ¿qué tendrás? En mis padres vi un tipo de amor, y en los padres de Dell escribí otro, a pesar de las similitudes, como la época, el contexto económico o la necesidad de moverse arriba y abajo.

El amor, o los amores, es un tema constante en sus novelas.

Sí, es de lo que va Pecados sin cuento [un libro de historias breves], de las maneras en que nos fallamos los unos a los otros cuando nos amamos. Esto me interesa. O, al menos, me interesaba. Ahora ya no me interesa.

Es difícil tener una vida larga en la que escribes siempre sobre lo que te interesa. Gastas los temas.

¿Ha gastado el amor como tema?

Bien, uno agota todas las cosas sobre las que escribe. Todo sobre lo que habla Pecados sin cuento lo he agotado. Mi interés sobre el mercado inmobiliario [en las novelas de Frank Bascombe] se ha agotado. Las historias que ocurren en Great Falls, gastadas. Montana, gastada. Estoy pensando en escribir una novela que sé que va a situarse en Nueva Jersey, pero sé que no va a girar alrededor de vender propiedades inmobiliarias, como ha hecho Frank Bascombe en las últimas novelas. Simplemente no puedo, no tengo nada más que decir, no sé nada más.

A no ser que aprenda algo nuevo.

Tendré que aprender algo. Tuve que aprender muchas cosas para lo que escribí sobre vender casas. Sabía ya mucho, pero tuve que aprender más.

¿Por qué escogió el mundo inmobiliario?

Era algo completamente diferente. Necesitaba darle a Frank otra profesión, porque ya había gastado el periodismo deportivo. Para mí es muy importante que los personajes sean capaces de ganarse la vida. Es parte de lo que los hace plausibles. Es lo que los hace creíbles ante los lectores, que saben cómo ellos se ganan la vida.

Mi padre, por ejemplo, conocía a mucha gente, pero lo que sabía de ellos era a qué se dedicaban. Nadie decía nada más sobre los demás. «Sí, tal trabaja para tal». Así que necesito establecer mi sentido de la plausibilidad a través de la profesión. Cuando terminé con El periodista deportivo tenía que darle a Frank otra vocación. Miré a mi alrededor y pensé: ¿De qué sé algo? ¿Qué he hecho en mi vida? No soy abogado. No soy marine. En ese momento daba clases en Princeton…

Le acompaño en el sentimiento.

[Ríe]… y no quería escribir sobre un profesor universitario. Así que me dije, bien, sé un montón sobre el mundo inmobiliario; he pasado mucho tiempo en coches de agentes inmobiliarios yendo arriba y abajo visitando casas, veamos cómo sale. Y funcionó notablemente bien, porque se convirtió en una especie de ojo de cerradura desde el que ver la economía, desde el que ver el espíritu nacional, desde el que ver un vocabulario que podía desplegar. Y me permitió darles a los personajes cosas que hacer y sitios adonde ir. Cuando escribes una novela tienes que darle a la gente algo que hacer, sitios adonde ir. Sobre este dilema, ahora que escribo otra novela de Frank Bascombe, no estoy muy seguro de en qué le voy a ocupar el tiempo [Saca una libreta pequeña del bolsillo interior de la americana, tiene una X hecha de cinta adhesiva que ocupa toda la cubierta frontal]. Tengo que ponerle X a las libretas para encontrarlas cuando me despierto en medio de la noche y necesito apuntar algo para que no se me escape…

¿Brilla en la oscuridad?

No, pero es visible. Bien, tengo aquí escrito que Frank podría ser un operador del 911, el número de emergencias [me lo muestra], porque el otro día escuché a alguien comentar lo mal que lo había hecho una operadora del 911. Era una mujer, que no supo enviar a la policía a tiempo para ayudar a un pobre niño que se había quedado atrapado en un coche y murió allí. Luego leí una noticia sobre qué tipo de formación se exige para ser operador del 911 y pensé: «Frank podría hacerlo».

¿A su avanzada edad?

Bueno, es un año más joven que yo. Supongo que eso debe ser una edad avanzada, pero, sí, creo que podría hacerlo. Además, en el corazón de todas las historias hay algo que es inverosímil que todo el mecanismo del libro intenta hacer verosímil, y es lo que le da al libro su torsión.

Un operador del 911 es la versión práctica del teléfono de la esperanza. «Necesito una ambulancia, no un consejo».

¡Exacto! No estás intentando convencer a alguien de que no se tire de un precipicio, solo intentas que la policía o los bomberos lleguen a tiempo.

Tráeme a los bomberos, no filosofemos sobre el fuego.

No necesito que seas mi psiquiatra. Es gracioso que lo digas, porque cuando contemplaba la posibilidad de darle a Frank ese trabajo —no sé cuán en serio lo contemplo todavía— pensaba que sería justamente sobre esa tensión. Querría a Frank intentando dar consejos y, claro, el trabajo no va de eso.

Frank es muy analítico. En cambio, en Entre ellos usted presenta a sus padres como dos personas que aceptaban lo que les venía sin darle muchas vueltas.

Quizás, quizás.

Frank lo intenta, con cierto pragmatismo, cuando pierde a su hijo mayor en El periodista deportivo, o cuando se divorcia. Pero lo hace de manera muy introspectiva, al contrario que sus padres.

Sí, intenta negociar con su caída.

En parte es una contradicción, porque, a pesar de que intenta vivir como si nada fuera muy trascendente, en realidad analiza con gran precisión psicológica hasta el más pequeño detalle como si fuera esencial. Es como si Frank intentara seguir los pasos que usted vio en sus padres —el aceptar lo que viene sin más—, pero se le hace más difícil, quizás porque la época es distinta, o la educación es distinta, o lo son sus oportunidades.

Quizás es verdad, pero mis padres no eran personajes de ficción. Eran carne, huesos. Frank es una persona interesante que está hecha de lenguaje. Lo que me dices no es impreciso, pero Frank es solo una versión de un tipo de verosimilitud que escogí para él. Lo que dices es solo una faceta del mosaico que Frank es. No es que nosotros no seamos un mosaico también, porque todos los somos —hablamos distintos lenguajes, con distintas voces, dependiendo de con quién hablamos—, pero nunca pretendí que Frank fuera real.

En un prólogo que escribió para una edición especial de las tres primeras novelas de Frank Bascombe, cita usted la frase de Robert Frost que dice que escribir puede que sea el último acto de la infancia.

Sí, y por eso, dice Frost, puede que lo practiquemos de una manera algo irresponsable.

Pero luego, en el mismo prólogo, dice que escribió El periodista deportivo, la primera de esa tríada de novelas, en un momento de pánico sostenido.

Sí, sí, era un último intento de ser escritor, después de no haber conseguido expresarme del todo, ni haber tenido éxito con los libros anteriores.

Luego, al escribir la segunda, El Día de la Independencia, al principio no la planeó como una novela de Frank Bascombe, porque temía escribir la misma novela una y otra vez. Pero la voz de Frank reemergió en sus notas. Y dice en el prólogo que lo aceptó porque tener una voz plausible e inteligente es un regalo de los dioses demasiado preciado como para rechazarlo.

Correcto, así es.

¿Es una voz difícil de sacarse de encima, la de Frank Bascombe?

Yo no diría que se me hace difícil, porque, una vez pude persuadirme de que Frank era el personaje, entonces ya nunca quise quitármelo de encima. Quería conservarlo. Y es cierto que a lo largo de estos libros existe una voz unitaria que es capaz de decir cosas muy distintas. Sin embargo, a pesar de que no les presto mucha atención, hay gente que me ha señalado que los libros suenan distinto uno de otro, que el inglés es distinto, mientras que para mí suenan igual. En Acción de Gracias, me dicen, las frases son más largas y complejas que en El periodista deportivo. El periodista deportivo es un libro muy limpio en cuanto a la estructura de las frases. Y siempre ansío repetir ese orden, pero parece que no soy capaz de conseguirlo.

Le he leído que siempre va a la búsqueda de un lenguaje más simple, más directo.

Sí, más franco y claro, más hablado. Me encantaría encontrarlo para mi nuevo libro, que se llama Be Mine. Es sobre Paul, el hijo de Frank, muriendo de esclerosis lateral amiotrófica.

Buen spoiler.

Sí. Lo siento. Me da igual. Pero lo anunciaría en el primer párrafo del libro, así que no es un spoiler en realidad.

También lo hace en Canadá, anuncia el robo del banco en la primera frase de la novela. Y luego la muerte de los esbirros de Detroit mucho antes de que ocurra.

Bien, lo anuncié en la primera frase, pero leíste el libro hasta el final, ¿no es así? Pues por eso lo hice. También es porque cuando revelas una parte tan importante del argumento en la primera frase es como si lanzaras el guante al suelo, frente a ti, y tuvieras que batirte contigo mismo. A los aspirantes a escritor siempre les digo: cuidado con tener una primera frase muy buena, porque luego tienes que continuar con una segunda y una tercera frase que tienen que superarla de algún modo. Pero en el caso de Canadá me dije, voy a lanzarme ese guante y a ver qué soy capaz de hacer. Si no te sale bien, siempre puedes borrarlo.

Me da risa cuando lo leo, es como si jugara con el lector.

Me alegra que lo encuentres gracioso porque también a mí me hace gracia. Espero haber aprendido algo escribiendo ese libro porque nunca antes había construido una trama. Pensé, Jesús, esto es muy divertido, puedes escribir una trama cuando quieras. Poner cosas, revelarlas, quitarlas.

Vuelvo al libro sobre sus padres como punto de fuga. Su padre murió cuando usted acababa de cumplir dieciséis años.

Cuatro días después.

Hay muchos personajes en sus libros de esa edad.

Sí, muchos.

Paul en El Día de la Independencia, en los cuentos «El comunista» y «El optimista», Dell en Canadá.

Quizás si mi padre no hubiera muerto en ese momento también vería esa edad como un punto de inflexión en una vida, como una frontera entre la adolescencia y la edad adulta. Es un momento dramático por definición. Las cosas cambian, el cuerpo cambia, la manera como diseccionas la información o entiendes las cosas. Todo se junta de manera dramática.

Sí, pero también en los casos de Dell en Canadá, o Paul en El Día de la Independencia, o «El comunista», los padres están ausentes, que es una idea, la de la ausencia, central en la biografía sobre su padre.

Sí, en parte escribí esas historias por ese motivo. A veces especulaba sobre si al escribir esas historias no estaba intentando llenar un trozo de vida que no había vivido. Y, a pesar de que no es incorrecto decirlo, no es la fórmula con la que uno escribe narrativas. Puede ser una razón para hacer algo, pero no la única. Con todo, me sorprendería que no jugara un papel. Durante gran parte de mi vida he pensado que la muerte de mi padre me liberó; es como una idea ambigua según la cual mi padre tenía que morir para que yo me liberara. Me sorprendería que esto no hubiera alimentado todo tipo de cosas en mi imaginación.

No recuerdo si lo llegué a poner en el retrato de mi padre, pero lo tengo apuntado en alguna libreta: nunca es un mal momento para que muera tu padre. Esta idea toca una tecla en tu interior, ¿no crees? En tu corazón no quieres que toque esa tecla, pero lo hace. Y, de hecho, no creo que sea verdad. A veces escribir va de cosas que no crees que sean verdad, pero las dices igualmente, a ver qué causan. Para ver qué dices a continuación. Para ver si a lo mejor hay un ápice de verdad en algún lado.

Los padres de los libros que he mencionado tienen ideas muy distintas de lo que es un buen padre. Su padre era un hombre que se veía a sí mismo como un buen proveedor, leal, y…

Y que me quería. Muy convencional excepto por una característica central: no estaba allí.

La ausencia es algo que preocupa a Frank Bascombe con respecto a sus hijos.

Sí, es verdad, pero seguramente le preocupa a cualquier padre divorciado.

Frank se preocupa por su ausencia de una manera más introspectiva y ansiosa que lo que usted cuenta del suyo.

Estoy seguro de que mi padre también se preocupaba, pero nunca se preocupó de manera audible delante de mí. Como has dicho antes, mis padres no mostraban sus ansiedades delante de mí, a no ser que les hirviera algo por dentro tan intensamente que fuera imposible no verlo.

En las memorias sobre sus padres, hay un momento en que dice que siempre tuvo conciencia de ser el tercero, que usted no era el centro de sus vidas, sin que eso quitara nada al amor que le tenían.

Quizás ellos no hubieran estado de acuerdo conmigo en esto, pero yo sí estoy de acuerdo conmigo [ríe]. En algún lugar de las memorias digo que una de las cosas que quería hacer al escribir sobre mis padres era encontrar una virtud, articular una virtud. Y creo que esa es una de las virtudes que he sido capaz de articular, que ellos me tenían por el tercero en su largo matrimonio, y yo pensaba: «Qué bien». Qué bien que eso sea verdad. Y qué bien que yo lo supiera y pensara qué bien.

En el retrato de su padre, ¿hay un intento por recuperar una vida que usted vivió poco y así retenerla?

Creo que es cierto. Escribí particularmente sobre mi padre, tanto tiempo después, porque quería acercármelo, para tenerlo de una manera que nunca pude, organizado y palpable.

Uno nunca termina el luto por los padres.

No. Penelope Fitzgerald dijo: «La experiencia no nos es dada para que la superemos».

Si su padre es la ausencia, su madre es la presencia a lo largo de buena parte de su vida.

Sí, gran parte. Hasta mis treinta y siete años.

En el caso de su padre el ejercicio literario consiste en acercárselo, porque es alguien ausente; en el caso de su madre quizás el ejercicio es el opuesto: delimitar su propio espacio al margen de su presencia.

Interesante. Nunca lo había pensado. Era una presencia muy importante. Escribí su parte en 1984 o 1985, apenas tres o cuatro años después de su muerte. Hubiera dicho, aunque sin mucha convicción, que escribí sobre ella porque la echaba mucho de menos. Pero no es incoherente con lo que dices. Quizás para dibujar un círculo alrededor de los límites de la tristeza o el duelo que de otro modo no podría dominar.

Coincide justo con el momento en que usted empieza a escribir El periodista deportivo, que es libro que lanza su carrera. Es el momento en que, como usted dice, todos sus «protocolos» de escritura cambiaron.

Sí, todos mis hábitos cambiaron. Tenían que cambiar. No estaba llegando a ningún lado. Cuando Updike murió, Adam Gopnik escribió una pieza maravillosa en la New Yorker sobre él. Y dijo que una de las grandes cualidades de Updike era que conseguía expresarse completamente. Y me di cuenta de que, en las dos novelas que había escrito, no estaba expresándome del todo. Los novelistas jóvenes a veces pueden trabajar una parte de su experiencia, pero no toda su experiencia. Yo sabía que había cosas que podía hacer, cosas que me importaban y que amaba en los libros de otros, que no estaba llevando a la página —y que era capaz de hacerlo—. Así que tuve que diseñar protocolos, procedimientos, hábitos que me permitieran llevar a la página todo lo disponible.

En el libro The Ends of Realism, el crítico Ian McGuire sostiene que también hay un cambio filosófico y estilístico entre sus dos primeros libros y la etapa que empieza con El periodista deportivo.

He oído hablar de ese libro. Conocí a McGuire, es un buen tipo.

En lo que se refiere al estilo, sostiene que los dos primeros son más parecidos a Raymond Carver.

Oh, no. No lo son. Es totalmente incorrecto. Ni siquiera conocía a Carver en ese momento: no lo había leído. Esta es la razón por la que gente como yo no debe leer libros como ese. Me saldría vapor de las orejas.

McGuire argumenta que a partir de El periodista deportivo encuentra una voz que le permite decir más cosas, expresarlas, en lugar de mostrarlas.

Mi segundo libro es bastante contenido. Si tiene alguna influencia es más bien Graham Greene. Estaba intentando escapar del sur. Y el primer libro es todo sureño, es Flannery O’Connor, si es que tenemos que pensar en influencias.

No es necesario.

Estas influencias me parece bien mencionarlas porque son reales, pero Ray [Carver] no, porque no lo es. La primera palabra de Ray que leí fue en mi habitación de hotel de Dallas, el día después de conocerle. Era 1977 y ya había escrito mis primeros dos libros.

En cualquier caso, a partir de El periodista deportivo hay más esperanza, aunque se mantenga ese aceptar las cosas como vienen, en la línea de Emerson. No va hacia lo oscuro. Incluso Frank Bascombe, cuando reflexiona sobre sus libros de juventud, rechaza la tendencia de ir siempre hacia lo mórbido, hacia los rincones oscuros, cuando la vida debería ser más esperanzada.

Es correcto. Ahí era Richard tirando de la voz de Richard. Cuando escribía esos dos primeros libros, me dirigía a la oscuridad porque sí, porque en aquel momento, para mí, gravedad era equivalente a oscuridad. Lo importante era siempre oscuro, era la muerte. Y me dije: ¡despierta! Es cuando empecé a leer a Emerson.

Esa esperanza de fondo que atraviesa sus novelas a partir de El periodista deportivo, aunque es una esperanza nada trascendental, es lo que Ian McGuire llama realismo pragmático. Y lo atribuye, en parte, al intento de sobreponerse al duelo por la muerte de su madre. Es cierto que la novela se abre y se cierra con el duelo.

No hay duda de que estaba pasando el duelo. Pero, además, mi mujer me dijo: «¿Por qué no escribes un libro sobre alguien que es feliz, en lugar de estos libros oscuros, enrevesados y sexualmente atormentados que has estado escribiendo?». Y pensé que era una buena idea. Pero ¿cómo se hace algo así? Se me ocurrió que podría hablar de un tipo que intenta sobreponerse a la pena y al dolor. Alguien que intenta salir del luto. Si has vivido una pérdida trágica, ¿cómo te recuperas? Si escribo que se le ha muerto un hijo pequeño, ¿cómo lo haría para que saliera adelante? Quizás, me dije, puedo partir de cómo me siento yo, porque apenas hace cuatro meses que murió mi madre.

Hay en esa evolución un equilibrio pragmático. Por un lado, un rechazo a afirmar lo trascendente.

Sí, no hay nada trascendental, pero eso no significa que las cosas no importen.

En el prólogo de las tres primeras novelas de Frank Bascombe dice que usted escribe para mostrar que la vida puede importar más de lo que uno esperaría.

Sí, porque la vida se convierte en el tema de esos libros. Si la vida puede ser el tema, entonces al menos puedes leerlo y pensar: «Ah, puedo afirmar la vida».

Al mismo tiempo, Frank Bascombe falla en su intento de afirmar. Porque las contingencias de la vida le pasan por encima: accidentes, divorcios, la muerte.

Sí.

Parece que sea imposible ser autosuficiente.

Tener el control, sí.

Y, a pesar de todo, siempre hay un buen humor de fondo, nunca es desesperado, hay aceptación, esperanza.

Hay una frase de Henry James que explica esto. Como debes saber, al final de su vida, James reescribió todas sus novelas, las reeditó, las volvió a publicar y escribió una introducción para cada una. Y en la de What Maisie Knew, dice: «Ningún tema es tan humano como los que reflejan, de la confusión de la vida, la relación entre dicha y carga, entre las cosas que ayudan y las cosas que duelen». Cuando lo leí pensé: lo entiendo. Como las dos caras de la máscara del teatro, una amenazante, la otra sonriente; eso es todo, es la naturaleza de la vida. Y si no comprendes esas dos caras, te estás perdiendo algo. En la fatalidad más terrible hay humor. Y ni siquiera es un humor irónico. No hay discrepancia entre lo que es y lo que parece. Es, tal como se muestra, gracioso.

Frank Bascombe y su exmujer Ann discuten por teléfono sobre esto en El Día de la Independencia. Ella le acusa de no distinguir entre ser y parecer. Luego, en persona, tienen una conversación que no es exactamente sobre la verdad, pero…

Es sobre la verdad.

Él la tilda de factualista de Michigan.

Factualista glacial, sí.

Frank le dice que ella inventa cosas en su cabeza que solo la llevan a enfadarse cuando esas invenciones no le dan lo que ella espera. Y lo remata con un: «La única verdad es que te amo». ¿Es esa la única verdad?

¿Qué más quieres? Es el tema que atraviesa mi vida: Te quiero.

¿Y no hay otra verdad?

Existe toda la verdad de las cosas que uno hace, pero son tan conflictivas que a veces te pueden hacer creer que no te quería, o que no te puedo querer, o que el amor no existe. Yo voy a insistir siempre en que sí existe. Cuando digo que sé mucho sobre el amor, es esto lo que sé: que perdura. Es lo que perdura. De todas las cosas que he visto pasar en mis casi setenta y cinco años de vida, el amor es lo único que perdura.

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8 comentarios

  1. Pingback: – Richard Ford: «De todas las cosas que he visto pasar en mis casi setenta y cinco años de vida, el amor es lo único que perdura» – ESPANTALHO

  2. Roger Kaputnik

    ¡Este sí que me gusta y no el pelmazo de Carver!

    • Alberto Villa

      Haz una cosa, Roger: no leas a Carver. ¿Ves qué fácil? Y recuerda para otras veces lo de desnudar a un santo para vestir a otro. No es necesario y, sobre todo, es muy injusto.
      En cuanto a la entrevista: enhorabuena, Jordi Graupera. Entrevistas así, tan previamente trabajadas, y tan vivas, son muy raras.

  3. jesus iribarren moreno

    Recuerdo a la madre encontrando al hijo casualmente en el estacionamiento de un supermercado, marchándose en el auto le dice “siempre te quise”. Inolvidable y estremecedor.

  4. JESÚS ZULAIKA GOIKOETXEA

    El pensamiento que se cita de Emerson tal vez debería traducirse así:

    La coherencia empecinada es la pesadilla de las mentes pequeñas.

    “Consistency”, aquí, siempre “coherencia”, en cualquier caso.

  5. luchino

    Un gran novelista, fantástica su trilogía de F. Bascombe; y otros libros, como Canadá, no le van a la zaga.
    Un yanqui atípico, y por eso me gusta ( los estadounidenses, en general, no son santo de mi devoción )

  6. Pingback: Red Corsaria #22: Underground sevillano y escritores americanos

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