El próximo Elon Musk viajará en tren

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Fotografía: Patier / Renfe.

No será el coche autónomo, ni el aumento de compañías aéreas de bajo coste lo que determinará la movilidad de nuestras sociedades. Unos pocos visionarios han comenzado a comprender que es en la gestión de los ferrocarriles donde nos jugamos el futuro. Y ello porque ningún medio de transporte parece capaz de adaptarse mejor al cambio profundo que estamos experimentando.

El fenómeno actual se comprende mejor dando un paso atrás para leer Ana Karenina, de León Tolstói. Debido a su odio a los ferrocarriles, el autor comprendió como nadie su alcance, reflejando en esta narración cómo afectaba su popularización a todos los aspectos de la vida en el siglo XIX. En la trama de su novela son los trenes quienes crean problemas, otorgan oportunidades a los amantes, y disparan la tragedia. Es decir, posibilitan el amor, la amistad, el odio y la existencia misma cuando esta se desarrolla en movilidad.

También nuestro tiempo, como el de Ana Karenina, se caracteriza por continuos desplazamientos y viajes. Ahora, impulsados por el desarrollo tecnológico, hemos empezado a hacerlos como nunca antes. En lugar de limitarnos a elegir un destino y dejarnos llevar, combinamos con naturalidad diferentes medios de transporte mediante apps de movilidad. Al mismo tiempo hemos convertido internet en un centro comercial donde compramos de forma rutinaria, elevando la importancia de la logística y potenciando el transporte ferroviario. Todo este proceso de cambio ha ocurrido tan rápido como para dejar una pregunta en el aire. ¿Quién resolverá los problemas que plantea el nuevo panorama?

Renfe, como empresa clave del transporte en España, está invitando a todos los innovadores a dar una respuesta. Se necesitan nuevas ideas para la revolución que ya se ha producido en el sector de la movilidad. Porque las personas están cambiando de hábitos mucho más deprisa de lo que pueden hacerlo las infraestructuras, y el único modo de abordar soluciones pasa por una revolución digital. A fin de facilitarla, la compañía ha dado un paso al frente inaugurado TrenLab, un programa global de aceleración de startups. Que cuenta además con la colaboración de Telefónica a través de su empresa Wayra. Los emprendedores están llamados a gestionar el cambio que ya se ha producido en nuestro presente.

Pero transformar Renfe diferenciándola y resolviendo a la par sus retos de negocio no parece una tarea fácil. Los innovadores no solo tendrán que aportar ideas verdaderamente disruptivas, y lograr ser escogidos en el proceso de selección de TrenLab. Además deberán haber sido capaces de haber construido un proyecto empresarial con posibilidades claras de crecimiento, y escalables. El reto es ahora, y por si el cambio social no fuera suficiente, lo empujan las nuevas directivas y regulaciones de la Unión Europea denominadas Cuarto Paquete Ferroviario, el cual da, básicamente, acceso a cualquier compañía a prestar sus servicios en todos los países de la Unión Europea. Bruselas ya obligó en el pasado a separar las infraestructuras ferroviarias españolas, que ahora gestiona ADIF, y la explotación de las mismas, de la que se encarga Renfe. Esta última enfrentará con esta mayor liberalización del mercado nuevos competidores, pero también se le ofrecerán nuevas oportunidades. Para aprovecharlas, hay que moverse rápido.

La dificultad de los problemas a resolver está a la altura de las recompensas que pueden obtenerse. Además del premio económico de cincuenta mil euros, los ganadores de cada ronda de TrenLab tendrán acceso a las unidades de negocio de Renfe y Telefónica. Contarán con un programa personalizado de tutorización guiado por expertos. Y podrán internacionalizarse. Quienes hablan o sueñan con Silicon Valley olvidan a menudo que fueron iniciativas como esta las que hicieron posible ese vivero tecnológico. La colaboración inicial del Estado y las empresas privadas con los innovadores crearon a los Mark Zuckerberg, los Elon Musk, o los Serguéi Brin y Larry Page —creadores de Google— de hoy. En el futuro oiremos hablar de nombres y apellidos como esos, pero surgidos aquí, porque ya existe en nuestro país la capacidad de crearlos y los profesionales capaces de gestar su desarrollo. Solo necesitan un pequeño pero determinante empujón.

Que orientar los esfuerzos innovadores a la movilidad es una buena idea lo demuestra la transformación que ya ha sufrido el vehículo privado. La idea de tener un coche propio está sufriendo un cambio radical. No se trata tanto de renunciar a las ventajas de este medio de transporte como de usarlo de una manera diferente. Ya ha comenzado a ser frecuente compartir el propio o el de otros, combinarlo con los desplazamientos en tren, patinete o bicicleta, o usarlo unas horas y dejarlo. En este nuevo escenario los fabricantes comienzan a considerar la opción de no vender coches, sino el derecho a su utilización parcial. De ese modo el usuario de fin de semana pagaría menos que quien lo necesite a diario, y lo mismo sucedería con quien lo quiera para sus desplazamientos en vacaciones o a una segunda residencia.

Claro que una cosa es decirlo y otra incorporar todas las tecnologías que lo harían posible. El reto está por delante, y es muy similar para todas las opciones de movilidad, incluido el transporte ferroviario. El mismo TrenLab de Renfe demanda empresas que sean capaces de mejorar la movilidad digital, la digitalización de operaciones y la logística a demanda. Términos técnicos que tienen en una conversación corriente tanto sentido como el ácido hialurónico de algunas cremas. Suena bien, pero pocos sabrán exactamente qué es. La paradoja, y ahí está la clave para entender nuestro presente e incorporarnos a él, es que hemos sido los usuarios los que generamos estas expresiones con nuestras nuevas conductas, y con el uso permanente de los teléfonos móviles.

Fotografía: Patier / Renfe.

La movilidad digital se refiere al proceso mediante el cual hemos cambiado de hábitos como consumidores. Alejándonos cada vez más de los canales publicitarios clásicos, preferimos la recomendación de un youtuber o una búsqueda en internet a un anuncio en televisión. Compramos en el momento en que se nos plantea la necesidad, o la oportunidad de hacerlo, y eso puede ser lo mismo en un bar, en nuestra casa, o en un descanso en la oficina. Pero en contra de lo que pueda pensarse, apenas un puñado de empresas pioneras han comprendido este cambio de comportamiento, incorporándolo a sus procesos de gestión. Cuando nuevos operadores entren en el mercado ferroviario de nuestro país, Renfe deberá haber mejorado este aspecto, y las startups que le ofrezcan soluciones tienen ahí una gran oportunidad para ser promocionadas.

La digitalización de las operaciones es otro de los términos que, bajo su indefinición, esconden una de las claves para explicar nuestra nueva sociedad. Un buen ejemplo que permite entender su repercusión se produjo en China a partir del año 1991. En ese momento la Unión Soviética se derrumbó, y los chinos interpretaron que la burocracia rusa se había vuelto insostenible por no haberse informatizado y puesto esos avances al servicio de sus ciudadanos. Acertada o no, la interpretación del gigante asiático llevó a su Gobierno a un esfuerzo enorme por hacer copias de las innovaciones informáticas norteamericanas. Copiaron lo mismo los buscadores que las redes sociales, e incorporaron el Gran Cortafuegos, esa barrera de censura que impide acceder a los servicios de internet externos al país, como YouTube. Ahora sus empresas han dejado de ser meras copias para incorporar avances propios, y similares a los que pueden estar haciendo Google o Twitter en Estados Unidos. Este caso nos permite comprender la importancia de digitalizarse a fin de sobrevivir. TrenLab, identificando esta necesidad social, aspira a servir al desarrollo de digitalizaciones nacionales, que puedan prescindir de los préstamos de terceros países.

Para que esta digitalización sea completa será necesario incorporar el blockchain, el big data y la inteligencia artificial al transporte. Lo que vuelve a enredarnos otra vez en la terminología técnica. Si en lugar de esas palabras dijéramos «cómo va a ser el dinero», «qué van a saber las empresas de mí» y «cómo funcionarán los ordenadores» todo parecería mucho más claro. Y lo es.

El dinero físico está tocando a su fin. Es una idea inconcebible, y cuando escuchamos que Dinamarca lo eliminará en 2030 tendemos a pensar que poseer monedas y billetes es más un derecho que una opción. La tecnología, que por sí misma no hace política, no trata de quitárnoslo, sino de darnos nuevas formas de pago, más seguras, más adaptadas al medio online, y hasta capacitadas para prescindir de los bancos. Esa sí que es una posibilidad sugerente. Precisamente el blockchain implica generar una transacción entre dos individuos o empresas sin pasar por terceros, evitando fraudes a la Hacienda pública y con la seguridad del cobro. En un futuro próximo un solo libro contable virtual, replicado en miles de ordenadores, garantizará la existencia de nuestro dinero, en lugar de los billetes o los números de la cuenta corriente. El efectivo será una cadena de blockchain, y reducirá los costes de cobro de las empresas, un ahorro que idealmente se trasladará al consumidor. Por todo ello, incorporar el blockchain a Renfe es otro de los retos que aspira a impulsar el TrenLab. Que el banco Santander haya empezado a usarlo da idea de su importancia, aunque también evidencia que, por mucha antipatía que despierten, las entidades financieras seguirán siendo actores imprescindibles de la economía.

Y qué hay del big data. Su nombre evoca los miedos a que las empresas invadan nuestra privacidad, pero en realidad lo que intentan es comprender cómo actuamos. Independientemente de algunas malas prácticas, el big data no busca el dato particular, sino estructurar toda la información que circula por internet para hacerla comprensible. Con su correcta aplicación al tráfico ferroviario, nunca volveríamos a esperar cola para pasar un control, no habría retrasos por averías —anticipando el momento en que la infraestructura necesita mantenimiento para no fallar—, y se nos ofrecería la mejor combinación personalizada de itinerarios y precios. Tener siempre una experiencia positiva como usuario parece un sueño, pero los datos para hacerlo están ahí, perdidos en el océano. Tan solo necesitamos una tecnología eficaz que permita pescarlos.

Hay muchas más digitalizaciones relevantes para el transporte, como la realidad virtual y aumentada, o la internet de las cosas. Pero quizá la más atractiva, por su denominación, sea la inteligencia artificial. No nos equivoquemos, suena bien pero aún no es inteligente. Al menos en el sentido humano de la palabra. Los procesos detrás de ella consisten en unir redes de ordenadores de tal modo que sean capaces de aprender algo. Por ejemplo, que esa persona a la que usted ve en la escalera es el vecino del tercero. Ese esfuerzo, mínimo para el ser humano, es complejo para la máquina, si bien una vez adquirida la capacidad lo realizará con mucha más eficacia. China, que ahora abandera muchos de estos procesos, ya localiza a criminales fichados mediante su sistema de cámaras de vigilancia. Es evidente que eso un grupo de policías humanos lo haría con menor eficacia. Trasladada al ámbito del transporte, la inteligencia artificial permitiría cosas como que un viajero frecuente sea reconocido por las cámaras de la estación, y que su rostro le sirva para viajar y pagar su viaje sin hacer nada más. Puede parecer ciencia ficción, pero solo es un proceso por desarrollar. Una vez más, los proyectos emprendedores y los viveros de empresas innovadoras resultarán fundamentales para lograrlo.

Pero si hay una razón por la que el transporte en tren va a ser determinante es porque, además del movimiento de personas, se ocupará del de las cosas. La logística a demanda ha otorgado a los ferrocarriles un nuevo protagonismo, especialmente debido a los grandes distribuidores en internet. El usuario aprovecha los nuevos catálogos que ya incluyen productos antes difíciles de encontrar en el entorno inmediato, o reservados a tiendas muy especializadas. Sacar de las carreteras el transporte de esas mercancías es el gran reto, y una enorme oportunidad de negocio. Pero también una asignatura pendiente.

La conclusión es clara. Uno de los campos con más desarrollo para las startups es la movilidad, y no hace falta fabricar Teslas para convertirse en el próximo Elon Musk. Aquellos que tengan una idea tienen abierta ya la primera ronda de convocatorias en TrenLab. Y es que el futuro, hoy, se empieza a construir sobre las vías del tren.

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4 comentarios

  1. Con la premisa de que los trenes superveloces son una solución por su bajo inquinamento, lo que no me queda claro es cómo se hará para viajar a través de los océanos. Los vuelos aéreos son uno de los mayores contaminadores del planeta.

  2. Usuario frecuente de Renfe y su web

    Yo si fuera Renfe primero me concentraría en hacer una web que funcione con normalidad, cosa que otras empresas de tren de otros países lograron hace 18 años.

    Una vez en ese punto, que empiecen a pensar en tecnología punta.

    Pero hasta que no aprendan a hacer una web decente, todo lo que sea hablar de blockchain o inteligencia artificial es simplemente una broma de mal gusto

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