El deporte entendido como una de las bellas artes

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Londres, 1967. Fotografía: Larry Ellis / Getty.

En 1986, el escritor estadounidense Richard Ford publicaba la magnífica novela The Sportswriter en torno a la atormentada figura del periodista Frank Bascombe, cuya vida va rompiéndose a jirones a lo largo de la narración sin dramas ni tragedias, con un estoicismo propio de la tradición del realismo sucio. Probablemente, eso explique que el propio Raymond Carver considerara a Ford el mejor escritor de su generación.

El primer problema que debieron de tener los editores españoles cuando compraron los derechos del libro fue, sin duda, el título. ¿Cómo se traduce en español the sportswriter? Lo más literal sería algo parecido a ‘el escritor deportivo’, pero, ¿qué demonios era un escritor deportivo en la tradición española, mucho más a finales de los ochenta y principios de los noventa? Lo más lógico, lo más claro, era dejarlo en El periodista deportivo y que cada uno pensara lo que quisiera.

Sin embargo, había algo peligroso en esa traducción, algo que se ha mantenido durante los años. El que se acercara al libro podría pensar que trataba de alguien que iba vestido con un anorak color butano a los campos de fútbol o que se pasaba doscientas páginas repitiendo como loco «¡Ay, mi madre, el bicho!». El periodismo deportivo en nuestro país no tiene nada de estético, nada de glamuroso, nada de Norman Mailer viajando a Zaire para narrar los combates de Muhammad Ali, ni de Frank Deford contándonos la vida de Bill Tilden, ni de David Halberstam —premio Pulitzer por sus crónicas de la guerra de Vietnam— hablándonos de los oscuros Portland Trail Blazers de la temporada 1980/81. Ni siquiera de un Gay Talese viajando a China para entrevistarse con la jugadora que falló el penalti decisivo en el Mundial de 1999. Siempre que esa parte Talese no se la haya inventado también, claro.

En España, el deporte siempre ha sido carne de barra de bar, de exabrupto, de almohadilla arrojada al campo, de insultos al árbitro. De hecho, su mayor hito poético consiste en rimar la palabra «millones» con «cojones», un prodigio de originalidad. En Estados Unidos, sin embargo, la conciencia de que había algo más allá de la competición ha estado presente desde los orígenes de las grandes ligas y los combates de los años treinta con Joe Louis de protagonista. Es normal que su apogeo coincidiera con el del llamado «nuevo periodismo», porque las bases eran similares: la historia detrás de la historia. ¿Qué queda detrás del quarterback de éxito, hasta qué punto una bola mal lanzada puede cambiar una vida, cómo vive un boxeador las horas de angustia anteriores a la pelea que marcará su carrera?

El sportswriter se dedica a eso, con mayor o menor éxito. En ocasiones, cae en el pecado del exceso, de intentar contar incluso lo que no sabe, pero eso también lo hacía Truman Capote. Como ejemplo de esa búsqueda de lo, en principio, marginal, Frank Bascombe se marcha a mitad del libro a hacer un reportaje sobre Herb Wallagher, una imponente figura retirada del fútbol americano cuyo futuro pasa por una silla de ruedas. Por supuesto, la elección del personaje es una elección de Richard Ford, en su intento de captar la Norteamérica tras los neones, es decir, de hacer lo mismo que lleva haciendo la mayoría de escritores estadounidenses desde los tiempos de El gran Gatsby… pero también es consecuente con la figura de Bascombe, con la figura de cualquier escritor deportivo.

El escritor deportivo es, en esencia, el que se queda cuando los demás han mandado ya sus crónicas. El solitario, el enigmático, el que no busca llegar el primero, sino que prefiere tomarse una copa con el desahuciado para completar el relato.

En ningún sitio mejor que en Estados Unidos se ha entendido la máxima de Albert Camus: «Todo lo que sé sobre la moralidad y las obligaciones del hombre, lo aprendí del fútbol», y quien dice «fútbol» bien podría decir «deporte», en general. La frase se repite mucho en Europa porque es ingeniosa y porque de alguna manera dignifica una pasión, pero se lleva muy poco a la práctica. Para el escritor deportivo, efectivamente, en cada partido, en cada enfrentamiento, en cada combate, lo que se juega no son tres puntos ni un título, sino dos maneras de entender el mundo, la moral y las obligaciones del ser humano. Puede equivocarse, puede caer en el exceso de la narrativa, pero sus ojos no van a estar en el marcador, desde luego, sino en las causas y las consecuencias de ese resultado.

El deporte como género literario

Frank Bascombe es un escritor. O más bien un aspirante a escritor cuyas novelas encuentran difícil publicación. Puede que casi todos los periodistas deportivos en la tradición anglosajona sean eso: aspirantes a otra cosa que han acabado ahí, hablando de Joe DiMaggio. En cualquier caso, comparten el gusto por las palabras, por la historia bien contada, por la narrativa. En España, lo más parecido a una narrativa deportiva surgió a raíz de las entrevistas a Valdano o a Juanma Lillo en los años ochenta y noventa y ha culminado con la figura de Pep Guardiola en la última década… con una diferencia: Guardiola es, con todo, algo parecido a un arcano, alguien inaccesible salvo para unos cuantos amigos y cuyos discursos son carne de hermenéutica más que de literatura propiamente dicha.

En Estados Unidos siempre ha sido así, quizá porque en Estados Unidos siempre se permitió que el deportista fuera algo más que un patán con talento para la pelota. La relación abierta con la prensa también ha sido decisiva en ese sentido… y algo habrá hecho bien la prensa para ganarse esa relación. Casi desde principios de siglo, el deporte ha sido un género literario de éxito y calidad en las librerías americanas, un motivo de colección y de comprensión del mundo. La gran novela americana estaba tanto en Holden Caulfield huyendo de su internado y perdiéndose en Central Park como en las luchas entre Jim Bouton y Mickey Mantle a lo largo del año 1969 reflejadas en Ball Four, uno de los libros más vendidos de la historia de la literatura deportiva.

Lo mismo se pueden entender las envidias y la competitividad insana de principios de los noventa leyendo a Bret Easton Ellis que devorando el sensacional The Jordan Rules de Sam Smith, el retrato sin piedad del gran icono del deporte y la publicidad estadounidense de la época, la cara B del famoso anuncio de Spike Lee en el que todos los niños querían «ser como Mike».

Junto al escritor deportivo ha convivido siempre la tradición del deportista metido a escritor. Por supuesto, sería demasiado inocente pensar que los grandes deportistas han escrito sus autobiografías ellos mismos. Normalmente, estas cosas se hacen con periodistas armados con grabadoras que se dedican a dar forma al relato. Aun así, tiene que haber primero esa voluntad de que alguien convierta tu vida en una historia con sentido, tiene que haber un deseo de mantener el diario de tal o cual temporada y la tentación de que ese diario se haga público. Que los demás entiendan, que tú mismo entiendas quién eres más allá de los focos y los publicistas.

La autobiografía —o la biografía a secas, sin vaselina— sigue siendo el género más atractivo, un género que a menudo cruza fronteras. En el Reino Unido, por ejemplo, donde el periodismo deportivo se mueve en un término medio entre el tabloide y la intelectualidad, siempre ha habido fascinación por los personajes extremos que nos cuentan sus vivencias. Los libros de Gary Neville, de Rio Ferdinand o de Alex Ferguson han batido récords de ventas en los últimos años, aunque no haya en ellos demasiada voluntad literaria. Las andanzas entre factuales y ficticias de Brian Clough en Leeds dieron pie a uno de los más famosos libros de los últimos treinta años: The Damned United, novela escrita por David Peace. Y no hay que dudar de que, si Mourinho se decidiera en serio a contar sus verdades, los derechos del libro se venderían por millones de libras.

Aun así, el libro deportivo británico por excelencia sigue siendo Fiebre en las gradas. Eso tiene sus ventajas y sus inconvenientes. La propia figura de Nick Hornby como autor consagrado en otros campos le da al fútbol esa pátina de aceptabilidad que tantas veces busca. Por otro lado, lo atractivo de la historia para el aficionado, el recurso a la primera persona para contar los altibajos de una vida según los altibajos del Arsenal han convertido a este libro en un paradigma que quizá ha ensombrecido a otros libros mejores. La literatura deportiva es mucho más que Fiebre en las gradas, pero rara vez cruza el océano Atlántico. Cuando lo hace, puede llegar a convertirse en un éxito tan inesperado como el de Open, la autobiografía del tenista Andre Agassi que arrasó por toda Europa precisamente por su estilo descarnado, su honestidad brutal, su voluntad de desnudarse por encima de los Grand Slams y las actrices y modelos que se cruzaron en su vida.

Los escasos intentos españoles

Precisamente el éxito de Open en España puede que abra por fin la puerta a la literatura deportiva de calidad, más allá de la biografía exprés del último fichaje del Madrid o del Barcelona. Desde luego, y coincidiendo precisamente con el apogeo de la figura de Guardiola, el gusanillo de querer contar las cosas bien, con sentido, yendo más allá de lo obvio, ha empezado a calar al menos entre muchos periodistas deportivos que a menudo ni siquiera son periodistas y no está nada claro que quieran dedicarse al deporte, o al menos no en exclusiva. Los nombres los conocemos todos: Manuel Jabois, Juan Tallón, Enrique Ballester… todos beben de maestros anteriores como Manuel Alcántara, lo más parecido a un sportswriter que hemos tenido en España durante décadas, aunque centrado casi siempre en el mundo del boxeo.

Se ha puesto de moda que al escritor con talento se le adjudique la columna de deporte como en su momento se le adjudicaba la de televisión. Es un avance, desde luego. La aparición de editoriales como Libros del KO, con sus «Hooligans Ilustrados», el compromiso de la Editorial Contra o de la Editorial Debate de publicar libros deportivos de calidad, o el éxito que ha tenido Córner con los libros de Martí Perarnau en los últimos años nos hacen ser optimistas con respecto al futuro del libro deportivo en España. Salvaje, de Iván Castelló, la narración de los excesos de Jesús Gil, es un ejemplo de lo mucho que hemos estado perdiendo el tiempo en nuestro país durante estos años: teníamos ahí a Gil, delante de las narices, y nadie se atrevía a escribir un buen libro al respecto, todo porque al fin y al cabo no era más que el presidente del «Atleti».

Hay toda una nueva generación de periodistas, de escritores, que han bebido el periodismo americano de primera mano gracias a internet. Periodistas acostumbrados a los perfiles de Sports Illustrated, a comprar por Amazon los libros que jamás llegarán a las librerías españolas y que ninguna editorial traducirá nunca. En ese sentido, es inevitable destacar el trabajo del que, para mí, es el sportswriter español por excelencia: Gonzalo Vázquez. Vázquez no es un periodista, o, al menos, no es más periodista que escritor, y eso se nota. De entre sus muchísimos libros, cabe destacar 101 historias de la NBA, publicado por la editorial JC, otro ejemplo de entrega al deporte, en este caso al baloncesto. El libro es una recopilación de artículos publicados en medios más o menos underground que retratan lo que ha sido Estados Unidos durante los setenta años de existencia de la NBA. La gran novela americana, pero escrita por un chico de las afueras de Bilbao.

Gonzalo es un apasionado de la escritura y de la lectura, y eso se nota en sus crónicas, en su cuidado por los detalles, por los personajes y por los contextos. Pocos como él pueden pasar sin excederse de la anécdota más o menos divertida al drama más sombrío. Mostrar sin explicar, como exige el minimalismo. Detrás de cada una de esas ciento una historias no solo hay una voluntad de estilo, sino un universo por abrir: el conservadurismo de los años cuarenta y cincuenta, las luchas sociales de los años sesenta, los estragos de la heroína y la cocaína en los setenta y ochenta, el culto desmedido al ego en los noventa, y así sucesivamente…

Porque, al fin y al cabo, esa es la tarea del sportswriter y lo que le diferencia de «los Manolos»: buscar más allá y, de alguna manera, trascender. Lo que separa al reportero del periodista y, sobre todo, del escritor. Algo más que el minuto y resultado, porque eso puede hacerlo cualquiera. Lo de siempre, de acuerdo, pero contado de otra manera, de manera que parezca otra cosa. Con sus riesgos, siempre quedó claro, con su trabajo a menudo poco reconocido y en ocasiones con sus injustificadas pajas mentales… pero con la conciencia de que ese es el camino y no otro. Su camino, al menos, más largo y tortuoso, pero el único transitable.

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12 comentarios

  1. Kilgore

    Es que aquí da la sensación de que se dedica a los deportes el peridista que no sabe escribir o el que no vocaliza.
    Hay dos o tres a los que da gusto leer. Segurola (cuando escribe de natación o atletismo es una delicia) que se me ocurra sobre la marcha. Y mención especial para el gran Enric González (un olvido imperdonable en el artículo), que sin ser periodista deportivo, cuando mete la mano en el tema es una gozada.

    • George Kaplan

      Te recomiendo los artículos de Gonzalo Suárez, firmando cómo Martin Girard, sobre fútbol y deporte en general, en El País tiene algo.

  2. Pacífico

    Richard Ford trabajó redactando artículos para una revista deportiva antes de publicar The Sportswriter, es un gran aficionado a los deportes, entre ellos el boxeo, y uno de los mejores escritores vivos.

  3. José María

    Habría que añadir a John Carlin, escritor comprometido que relata con gran calidad la relación entre deporte y política con la llegada al poder de Nelson Mandela en “el factor humano” (Playing the enemy), estupendo libro muy bien documentado y con una excelente técnica narrativa. También tiene obras sobre nuestro gran Rafa Nadal y Oscar Pistorius.

  4. Este excelente artículo (en lo que se refiere al Fútbol) no hace otra cosa que confirmar que, para relatar, describir y, sobre todo, sentir al Fútbol, es necesario ser un consumado artista. Y que me perdonen aquellos que lo consideran una explosión de barbarie por parte de masas irracionales. Es puro arte geométrico y espacial tratando de desorientar a la constelación contraria, cuyo agujero negro central comparten veintidós estrellas con corazones de magma incandescente. Es el arte de los humildes pies, intuitivos, que reemplazan la cabeza, aquellos que en sus orígenes lo hacían sin botines sobre el barro, con pelota de trapo y arco de dos latas o de tres palos anudados. Además, es el paradigma de cómo tendría que ser una sociedad humana en donde llegan y mandan los mejores, y no hay recomendación o parentesco que valga. Dieguito, pero de dónde saliste “barrilete cósmico” (El relator del gol del Diego contra los ingleses). Hasta ahora, y ecológicamente hablando, la humanidad no ha inventado otro objeto o disciplina que supere, en lo que a esfuerzo personal y colectivo se refiere, primero al Fútbol, y luego a la bicicleta. Gracias por la lectura, y buen año.

  5. Imperdonable la omiisión de la figura de Enric González: refleja un gran desconocimiento ( y por tanto le invito a leer Historias del Calcio )

  6. Kornelia

    Os recomiendo una columna de Patxi Unzueta en Elpais de 3-06-1986 llamado El rodillo brasileño. Un monumento. Está en internet.

  7. El Tirador Solitario

    José Luis Garci publicó para el diario ABC unas crónicas deliciosas de Mundiales y Eurocopas, desde el 92 a 2004…

  8. En ajedrez tenemos a don Leontxo Garcia.

  9. MacNaughton

    Gran foto de Denis Law – AKA El Hombre Ley/ The Law Man – tras la victoria mítica de Escocia contra Inglaterra en Wembley en el 1967 cuando les destrozamos 2-3 je je je…

    Se decía de Law, “Si necesitas que alguien te marque un gol, ¿a quien llamas? Pues llamas al Hombre Ley”

    Es mítico porque era la mejor seleccion nacional escocesa de todos los tiempos – el Celtic de Glasgow había ganado la Copa Europa aquel año, el Rangers era subcampeón de la Recopa: el 67 era el mejor año del futbol escocés de todos – y Inglaterra era invicto y campeón del mundo tras ganar los Mundiales del 66.

    De ahí que se decía que Escocia era, despues de aquel partido, Campeón del Mundo, no oficial… je je je…

    El que estuvo aquel día como periodista deportivo es Hugh McIlvanney, un periodista maravilloso que estuvo muchos años en The Observer y también The Sunday Times. Es el mejor periodista de deporte que yo he leído sobre el fútbol, también el boxeo. Hay un par de libros suyos con sus mejores articulos recopiliados que son estupendos.

    Hugh es hermano del William McIlvaney, el escritor y fundador de la novela negra escocesa moderna, el asi llamado Tartan Noir, con su detective Laidlaw. Está traducido.

    William se murió hace un par de años. Era un tipo realmente elegante, noble, grande. Un tipo muy querido. Si hermano, Hugh, es un periodista fantastico, ahora jubilado supongo.

    A mi, los españoles me gustan bastante: Segurola, Enric Gonzalez, Ramón Besas. Son bastantes mejores que los que escriben en los periodicos de Escocia ahora desde leugo. Otro declive más…

  10. Enrique

    «La dulce ciencia» de AJ Liebling, es apasionante. Me ha sorprendido que no se mencione al autor, periodista del New York Worker

  11. ¿Por qué dicen deporte cuando quieren decir jurgol? (o como mucho, baloncesto)

    Artículo totalmente incompleto sin citar una sola obra de la extensa ( y en ocasiones, excelente) literatura de montaña. Un género en si mismo.

    Y mientras, hablamos de Mourinho, Gil, Ferguson…

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