El útero de Eric Clapton

Publicado por
Eric Clapton, 1975. Fotografía: Matt Gibbons (CC BY 2.0).

La historia del rock and roll se diferencia de la casa de Gran Hermano de Guadalix de la Sierra en que los protagonistas de la primera saben tocar la guitarra y pegarle a tambor, que no es poco. Por lo demás, los avatares de unos personajes y otros son completamente intercambiables. Valga como ejemplo todo lo sucedido en torno a «Layla», una de las tonadillas más famosas del rock clásico; carne de recopilatorio de teletienda, casposa hasta el punto de que no hay revival de modas pretéritas que la levante de nuevo y, todo sea dicho, un gran trabajo de Duane Allman a la guitarra antes de estamparse con su moto contra un camión y abandonar el mundo de los vivos.

El origen de la canción está en el enamoramiento súbito que experimentó Eric Clapton por Pattie Boyd, esposa de George Harrison por aquel entonces. La historia de ambos está contada hasta la saciedad, de hecho Eric por fin consiguió casarse con ella en 1979 y le dio un matrimonio asqueroso en el que se dedicó a la ingesta de alcohol por garrafas/día y ponerle cuernos hasta que finalmente la dejó por una periodista a la que había dejado embarazada.

En el libro Wonderful tonight: George Harrison, Eric Clapton, and me Pattie contó cómo fueron sus dos matrimonios con dos de los personajes más famosos de la historia del rock y reveló detalles sobre las espectaculares dotes de seducción de Clapton cuando este pretendía que abandonase al beatle, que además era su mejor amigo, e iniciara una relación con él:

Nos tomamos una copa de vino juntos. Entonces dijo que quería que me fuera con él. Estaba desesperadamente enamorado de mí y no podía vivir sin mí. Tenía que dejar a George ya y estar con él.

—Eric ¿estás loco?— le pregunté. —No es posible. Estoy casada con George.

Y él dijo —No, no, no, te amo, te tengo que tener en mi vida.

—No— dije.

En ese momento sacó un pequeño paquete de su bolsillo y me lo puso enfrente.

—Bien, si no vas a venir conmigo, me voy a meter esto.

—¿Qué es eso?

—Heroína.

—No seas tan estúpido—. Intenté quitárselo pero cerró el puño y lo metió en el bolsillo.

—Si no vas a estar conmigo, eso es todo, estoy fuera—. Y se fue.

En tres años apenas le vi. Cumplió su amenaza. Se metió la heroína y rápidamente se enganchó.

Ante este diálogo uno solo puede descubrirse y preguntarse si la canción «Ese hombre» de Rocío Jurado estaba dedicada a Eric Clapton. Y antes de este apasionante tira y afloja, el menda había recurrido al viejo truco de ponerle un temita. Una canción que había compuesto, la dichosa «Layla». La letra relataba la historia de un clásico de la literatura iraní en el que un hombre estaba desesperado porque estaba enamorado de una mujer que casada con un comerciante árabe noble y rico.

No era muy original, porque ese libro, La historia de Layla y Majnun de Nizami Ganjavi, había rulado entre toda la jet rockera de la época. Tanto era así que al escuchar la letra de la canción todo dios reconoció las intenciones de Clapton con la mujer de Harrison.

La hermana de Pattie, que era la novia de Clapton mientras se grababa la canción en Miami —17 años tenía cuando la conoció—, al escuchar la letra hizo las maletas, cogió un avión y se largó de allí con la autoestima por los suelos porque vio claramente que estaba enamorado de su hermana mayor. Así de sutil y elegante era Slowhand. Eran las sesiones del LP de Derek and the Dominos, un proyecto con el que Clapton pretendía volver al mercado reconvertido, desde el anonimato. Tenía el proyecto egomaniaco de triunfar con un disco partiendo desde cero, sin que se tuviese en cuenta todo lo que ya había hecho y por lo que le apodaban «Dios». Hay quien dice que desde que John Peel le presentó como una criatura sobrehumana los problemas de personalidad no le abandonaron nunca.

El disco se había grabado en Florida en escasos diez días. Las canciones aparecen en el plástico en el mismo orden en que se registraron. Estaban en un hotel en la playa, podían conseguir cualquier droga como si fueran pipas, reveló Clapton. Las vendía la chica de la tienda de regalos del hotel junto al mostrador de recepción.  

El guitarrista creó una atmósfera a base de ponerse todos finos descrita por Mojo como «un útero». Allí se conocieron Duane Allman y él. Se tenían admiración mutua y de su encuentro surgió la introducción de «Layla». Eran siete notas del inicio de la melodía vocal de «As The Years Go Passing By» de Albert King convenientemente aceleradas. También se grabó para el LP Little Wing de Jimi Hendrix en ese estudio. El homenajeado no pudo escucharla, Hendrix moría el 18 de septiembre de 1970. Poco antes de que saliera.

El disco, pese a su fama, no lo petó. En diciembre de 1970 solo fue número 16 en Estados Unidos. El éxito vino cuando se sacó «Layla» en single en Reino Unido en 1972. Hubo que poner anuncios promocionales en la prensa que decían Derek is Eric para que el público se espabilase. Nadie sabía que era él y la portada tampoco decía gran cosa. Encima, Clapton había amenazado a los promotores con dejarlo todo como revelasen su identidad. Hizo quitar carteles que ya estaban impresos que le anunciaban como «Eric Clapton y su grupo». Todo tenía que ir por Derek, su nueva identidad.

Eric Clapton y Pattie Boyd, 1974. Foto: Cordon.

Clapton afrontó el tour deprimido. Había perdido a su amigo Hendrix y todo el show que había montado con el elepé con el lamentable fin de ligarse a la mujer de un amigo no le había servido para nada. Aparte de drogado a todas horas, estaba de mal humor y se comportaba como el niñato que era:

Carl y Jim estaban sentados uno enfrente del otro en el pasillo y Eric y yo en el lado de la ventana viendo el campo y hablando. Recuerdo que mientras hablábamos empezó a parecer distante. Estaba pensando en algo muy intensamente. De repente se levantó, alcanzó el compartimento superior, cogió la única maleta de Jim, abrió la ventana y la tiró. Cuando la maleta golpeó el viento, explotó y todo se fue por todas partes. Se sentó de nuevo y se puso a leer un libro como si nada hubiese pasado. Jim no reaccionó de inmediato, pero cuando lo hizo enloqueció. Se puso a gritar «¿Qué cojones acabas de hacer?». Eric no dijo una palabra. Solo le miraba como diciedo «¿Y qué piensas hacer al respecto?» y continuó con su libro. (Bobby Whitlock)

Dio visos de mejoría cuando se enamoró otra vez, ahora de una chica negra que le presentaron en Nueva York. Se encaprichó de ella y durante una semana la colmó de regalos. Le compró un abrigo de piel y un vestuario completo. Gastó miles de dólares. Antes de dar el siguiente salto de avión Clapton le dijo a Whitlock que estaba enamorado y que quería que ella se fuese con él a Inglaterra. El teclista le contestó que no veía a una mujer tan sofisticada en la campiña británica, pero que si él lo creía así, adelante.

Cuando se lo pidió, la mujer no solo rehusó amablemente, sino que le informó de que le debía cinco mil dólares por los servicios. Clapton se puso como una moto por el equívoco y subió a encerrarse en su habitación. Ella, perseverante, fue detrás y llamó a la puerta. El guitarrista abrió airado, le tiró el dinero a la cara y dio un portazo.

Sus compañeros le gritaron a la chica si no le daba vergüenza haberle hecho eso a ese hombre, «¡que quería llevarte con él a su pueblo!». Insistieron preguntándole si sabía quién era el hombre al que acababa de humillar, pero la mujer no dijo nada. Arrodillada recogió todos los billetes y se marchó. Le daría bastante igual la fanfarria celebrity-rockera.

En varios hoteles no les permitieron la entrada, pero no por ellos. Por Elton John. Su telonero, en la época de Tumbleweed Connection, iba destrozando habitaciones de hotel por donde pasaba y viajaba por delante. Le tuvieron que expulsar de una gira que ya de por sí era un despropósito de drogadicción y desparrame.

Eric dejó una montaña sobre la mesa y cada uno nos hicimos un par de rayas de un pie de largo cada una. El público había llegado y el local estaba lleno. Había venido mi familia, mi madre, mi hermana, mi tía Ginger y el tío Tommy, todos estaban sentado en primera fila. Ahí estaba delante de toda mi familia, todo puesto. Sentí una culpa terrible. (Bobby Whitlock)

Bruce McCaskill les llevaba la drogaína en los aviones. Había suficiente como para que les metieran en la cárcel a todos, pero le convencieron prometiéndole que si le cogía la policía llamarían a la oficina y saldría libre, porque si la llevaban los músicos encima y les pillaban se había acabado la gira para ellos y para él. Sobre todo porque si detenían a alguien del grupo por llevar droga que perfectamente podría haber llevado él le despediría la organización de la gira.

Graciosamente, les paró la policía. Hubo una serie de infartitos. La policía se llevó su maleta y cuando la abrió se encontró todo. La cocaína, la heroína, las jeringuillas y las cucharas. Pero no pudieron empapelarles. El problema no era que sospechasen que llevaban droga, sino que McCaskill había pagado antes con un billete falso de veinte dólares. Les pararon para buscar dinero falso. No era legal empapelarles por posesión. Al menos entonces. Les dejaron marchar con todo el petate.

La crítica no les recibió en directo con ningún entusiasmo. En la costa este, el New York Times, el 25 de octubre de 1970, dijo que el conjunto era «repetitivo». En el oeste, Los Angeles Times el 24 de noviembre de 1970 escribió que su propuesta era «totalmente predecible», «poco inspirada» aunque su ejecución era «técnicamente extraordinaria».  

Derek and the Dominos, 1971.

Jon Tiven en New Haven Rock Press fue el que mejor lo explicó: «Tocó más solos y solos más largos a medida que avanzaba la noche, una gran decepción para mí. A mitad del show usaba las canciones como excusa para sus solos, que son buenos, pero en exceso resultan aburridos. Ninguno más del grupo hizo solos, estaban más como un grupo de apoyo que como un grupo completo (…) La voz y la guitarra de Eric eran perfectas, el teclado y las voces de Bobby eran bastante buenas, el trabajo al bajo de Carl Radle era excelente y Jim siempre está fantástico. Incluso el sonido era impecable, bien mezclado y todo. Sin embargo, algo faltaba».

Una explicación es que no podían ir más puestos. Citado en el Mojo de enero de 2001 por Harry Saphiro, el bajista Carl Radle dijo que el batería Jim Gordon le confesó que en sus ratos libres oía voces: «Podías mirarlo a los ojos y no había alma; no había nadie en casa (…) tenía un problema psicótico y cuanta más heroína y cocaína consumía, más empeoraba». Cuando se sentaba enfrente de Whitlock en los viajes le decía que si quería ver una foto de su niña y le enseñaba unas que llevaba de su hija y su mujer. Esto lo hacía cada vez que se sentaban enfrente uno del otro. Y fueron muchas. Intuían que algo no iban bien, pero no eran conscientes de que el consumo masivo de drogas estaba llevando su cerebro a un lugar del que nunca podría regresar.

En la oficina de la discográfica les dijeron que al ritmo que llevaban no iban a vivir más de seis meses. Iban despreocupados por la vida. A Whitlock se le quemó la casa en un descuido con unos cables, pero se quedó contento, porque no ardió el garaje con su Ferrari dentro. Cualquier contrariedad se aplacaba con otra dosis.

Chantajear a Pattie era tan inútil como infantil, pero se trataba solo de un farol porque ella no tuvo nada que ver con mi adicción a la heroína. Las cosas son de otro modo. He conocido a mucha gente que se drogaba o bebía tanto como yo sin hacerse por ello adictos a nada (…) Sencillamente me convencí de que por algún misterioso motivo yo era invulnerable y no me engancharía. Pero la adicción no negocia y poco a poco se fue extendiendo dentro de mí como la niebla. Durante más o menos un año disfruté a fondo de la heroína, tal vez porque la consumía en raras ocasiones mientras me consentía montones de coca y otras drogas además de la bebida. Pero súbitamente pasé de tomarla cada quince días a hacerlo una vez por semana, luego dos o tres veces por semana y finalmente una vez al día. (Eric Clapton).

Hubo un intento de grabar un segundo álbum en mayo de 1971, pero se odiaban demasiado entre sí como para llevarlo a cabo. Las discusiones absurdas lo echaron todo al traste. Jim aceptó entrar en el grupo de Clapton pensando que se convertiría en una estrella como él. Como no sucedió, en el segundo LP, aparte de la batería, quería también cantar y tocar la guitara. No hubiera ido mal, porque Clapton en aquel momento estaba creativamente seco. En esta fase, además, era cuando más cocaína y heroína eran capaces de consumir y cada sesión acababa a punto de llegar a las manos. Tras unas discusiones ridículas sobre el tiempo que permanecía cada uno afinando su instrumento antes de cada sesión, el grupo se separó definitivamente.

A partir de ahí no se puede decir que ninguno llegara muy lejos. Radle estuvo con Clapton en solitario hasta que este le despidió con un telegrama. Se había chupado todas las adicciones de Slowhand y ahora le dejaba en la estacada. Amargado, se castigó la vena hasta que en 1980 una infección renal causada por la adicción se lo llevó. Llevaba cuatro días muerto cuando se lo encontraron. Clapton le escribió una carta a su madre pidiéndole disculpas por haberle dejado tirado.

Jim Gordon siguió trabajando para diferentes artistas engrosando una nómina de colaboraciones espectacular, pero en 1979 acabó tocando con Paul Anka en Las Vegas. En un concierto de ese show salió al escenario y no podía tocar. Estaba ya ido. Antes, se había quedado sin novia en una gira con Joe Coker tras darle una paliza en el hotel. Su desconexión total ocurrió en 1983, cuando condujo hasta la casa de su madre, en Hollywood —las voces que oía normalmente eran de ella— y la acuchilló y machacó la cabeza con un martillo.Le diagnosticaron esquizofrenia aguda y le metieron una perpetua revisable. Todavía no ha salido por considerar el fiscal por diez veces que no estaba listo. La siguiente ocasión en que se revise si es apto para la libertad condicional será en marzo de 2021.

Bobby Whitlock, por su parte, intentó alejar todos los fantasmas refugiándose en Mississippi con su mujer y sus hijos, pero el fantasma de la adicción no le abandonó a él.

Si bien el LP no tuvo una buena acogida cuando salió al mercado, el directo In Concert arrasó dos años después. Whitlock, en cambio, explicó en sus memorias, A Rock ‘n’ Roll Autobiography, que Duane Allaman estuvo con ellos en un muy pocos conciertos al principio de esa gira. Cuando se marchó, el sonido con una sola guitarra cojeaba al lado del LP. Sin embargo, ese directo es una bomba. Pese a estar enloquecidos, drogados como nunca y sin Duane, es uno de los mejores LP en directo de los setenta, que es como decir de toda la historia. Una bella flor de estercolero.

MENSUAL

3mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

ANUAL

30año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

ANUAL + FILMIN

85año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

FOR EVER

120Para siempre
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
PARA SIEMPRE (en un solo pago)
 

8 comentarios

  1. Kevin Anselmo Cascallares

    La pregunta que yo me hago es, ¿por qué acabó cediendo Patty a los asedios de ese desgraciado? Y la respuesta llega sola, «porque era de la misma pasta que él, debilidad de carácter, veletas al viento». Es increíble el elevadísimo porcentaje de mujeres que se dejan convencer con argumentos como el de que » no puedo vivir sin ti, me mataré…» Aunque parte de la explicación debería achacarse al hecho de que a esas alturas, debía pensar ya que Harrison no le hacía ni puñetero caso, así que debía encontrar a otro pringado que cargara con ella. Me imagino el alivio de George cuando la vio salir de su vida.

    • Meritxell Riera Prims

      No sé si lo sabes, pero el chantaje emocional es maltrato psicológico. A parte del asedio al que la sometió, y la falta de honestidad para con su amigo.
      «cargar con ella»? Quién cargaba con quién?

  2. Steve Marriott

    Acá nadie quiere ver el asunto principal: lo que vale la pena de los artistas es su arte, en su vida personal son como todo el mundo, o quizás un poco peores que el promedio, debido a un ego excesivamente saludable. Sugiero escuchar algo de Eric. Entren a YouTube y escuchen las colaboraciones de Clapton con Marsalis y su banda, por poner un buen ejemplo. En caso de que les interese la música, quiero decir.

  3. Muy bueno, Steve Marriot, pero no me digas que lo de Roger Waters con Maduro no te va a influir a la hora de volver a escuchar The Wall

  4. Steve Marriott

    Muy cierto amigo Juan, una vez que te enteras de algo ya no lo puedes ignorar. Por eso es que creo que no vale la pena ahondar en la vida personal de los famosos, especialmente si sientes admiración por su obra, porque lo más probable es que te desilusiones. Su vida casi con seguridad no estará a la altura de tus expectativas. Por ejemplo, alguien dedicado en cuerpo y alma a cualquier actividad es muy probable que sea un mal padre, mal hijo, mal esposo, mal hermano, mal amigo, etc

  5. A mí el compromiso político de Waters me predispone para bien.

  6. Guachinnai

    Alguien decía que interesarse por la vida de los artistas si te interesa el arte es como interesarse por la vida las ocas si te gusta el foie.

  7. Asín...nos va

    Eric Clapton, estando con los Cream y siendo el «Dios», todavía anda asustado de que le subieran al escenario a Jimi Hendrix, el verdadero genio de este «deporte».

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.