Elena Ceauşescu, celebrity odiosa

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Nicolae y Elena Ceausescu, 1976. Fotografía: Ion Chibzii (CC BY-SA 2.0)

Su carácter y ambiciones eran similares a los de la albanesa Nexhmije Hohxa, a los de la alemana oriental Margot Honecker o los de la china Jiang Qing, esposa de Mao Zedong, pero ninguna de ellas tuvo tanto poder en el partido ni recibió un culto a la personalidad como la rumana Elena Ceauşescu. Su personalidad también fue siempre bastante singular. Vaya por delante que Gheorghiu Dej, primer líder comunista de Rumanía, le prohibió la entrada a los terrenos de juego después de pelearse en un estadio con Martha Drăghici, esposa del ministro del Interior. Elena era hincha del CCA, años después Steaua, y aquel día jugaba contra el Dinamo que presidía Martha. El derbi eterno. Elena era, de natural, hooligan.  

Su comportamiento áspero no era un mito. Según el politólogo y actualmente diplomático polaco Adam Burakowski en su obra sobre la etapa comunista rumana Dictatura lui Nicolae Ceauşescu (1965-1989), su forma de ser conspiradora, celosa y despiadada se ha podido constatar en conversaciones transcritas:

La figura clave fue Elena Ceauşescu. De acuerdo con la opinión consensuada de los testigos de la época, la esposa del dictador rumano era una persona de una extraña tensión espiritual, atormentada por un profundo complejo de inferioridad y una sed de poder. Desconcertaba a quienes la rodeaban, le gustaba intrigar y humillar a los demás. Las actas de las sesiones de Comité del Partido Comunista Rumano u otros órganos de poder confirman esta tesis: las intervenciones de Elena confirman todos los rasgos negativos que se le han reprochado.

Gran parte de lo que se sabe de ella se debe a que su hombre de confianza, su mano derecha, Ion Mihai Pacepa, general de los servicios secretos, la traicionó. La suya fue la deserción de mayor rango de todo el bloque del Este. Pacepa servía a los Ceauşescu, pero los odiaba en secreto. En la actualidad sigue siendo un convencido anticomunista. Ha escrito libros y artículos sobre desinformación con la teoría de que los comunistas se centraron en conquistar mentes porque no podrían ganar una guerra. Se dijo que su huida causó más daño que el terremoto de 1977. Nicolae Ceauşescu quedó al borde de la apoplejía del disgusto. Sobre todo por lo que reveló en el libro de memorias que publicó en 1987 una vez instalado en Estados Unidos, Red Horizons, en el que la megalomanía y el despotismo del matrimonio en el poder estaba salpimentado con escenas de su vida íntima y cotidiana.

Por ejemplo, en las primeras páginas el libro empezaba en alto contando que a Nicolae le encantaba relajarse en su cine personal viendo Kojak en pantalla grande. Le acompañaba normalmente su esposa con el camisón puesto. Pacepa reveló que se servían unas bebidas. Él, vino blanco moldavo; ella, champán Cordon Rouge (era capaz de bajarse más de una botella, dijo en otro pasaje). Al terminar el episodio ella casi nunca acababa despierta y yacía con el camisón entreabierto medio desnuda en la butaca.

Escenas de matrimonio que fueron serializadas y emitidas por Radio Free Europe en Rumanía, también se introdujeron copias del libro impresas ilegalmente en Hungría en el país. Todo lo publicado, verdad o mentira, se conoció rápidamente. Tanto es así que en el juicio en el que se les condenó a la pena capital parte de las acusaciones del fiscal procedían palabra por palabra de esas páginas. Burakowski confirmó que Elena era irascible y caprichosa en la documentación del partido, entrevistas posteriores a miembros de la nomenclatura también han ido por los mismos derroteros. La mejor imagen que se ha dado de ella quizá sea la de las memorias de su traductora e intérprete de inglés, Violeta Năstăsescu, que escribió Elena Ceauşescu: confesiuni fără frontiere (Confesiones sin fronteras) con la intención expresa de arrojar algo de luz sobre el personaje con tanta información «exagerada y deformada» que se ha difundido sobre ella.

La paradoja es que justo después de que Pacepa, un personaje tan sensible para la jerarquía del partido, escapase y empezase a escribir, en Rumanía los Ceauşescu intensificaron hasta niveles delirantes el culto a la personalidad. Los chismes sobre su vida privada y personalidad penetraron en el país cuando más pomposa y persistente era la propaganda política para mayor gloria de sí mismos. Fue un cóctel explosivo que solo pudo acabar como acabó.

En 2017, un artículo firmado por Annemarie Sorescu Marinković en la revista Balcanica, editada por el Instituto de Estudios Balcánicos de la Academia de las Artes y las Ciencias de Serbia, analizó la presencia de Elena Ceauşescu en la televisión rumana. Su conclusión era que con la exposición al público que llevó a cabo consiguió lo contrario que pretendía: fue la persona más odiada del país. Veinte años después de la caída del régimen, un 87% de rumanos todavía la despreciaban.

Hubo miles de horas en televisión y radio dedicadas a la madre de la nación. Se mentía sobre su edad y su educación, se inventaron sus logros científicos y se desarrolló toda una industria para rendirle homenajes. Todo, según Marinković, para «ocultar su abismal ignorancia y su infinita vanidad». En un libro aparecido en Francia, Femmes de dictateur, Diane Ducret había dedicado un capítulo a Elena basado prácticamente en su totalidad en las revelaciones Pacepa. La parte más espectacular era la de su carrera y tesis. El profesor Dimitru Sandulescu se negó dos veces a graduarla, tuvo que ceder a la tercera. La tesis se defendió a puerta cerrada. Christopher Simionescu, su director, se ausentó alegando enfermedad. En el tribunal, Constatin Nenitzescu protestó por lo que estaba oyendo. Fue degradado y su nombre desapareció de la enciclopedia. Coriolan Dragulescu, que la llenó de elogios, se convirtió en el nuevo rector. Pero pudo permitirse semejantes atropellos porque su marido, líder del país, se encontraban en un momento dulce.

Como es sabido, Ceauşescu comenzó su andadura al frente de la nación con gran prestigio. Se opuso a la intervención del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia. Puso a desfilar al ejército y a los obreros con lanzacohetes al hombro como aviso a la Unión Soviética. Antes ya se había negado a aceptar el papel de su país en el Comecon. En los planes de Moscú para la economía socialista europea Rumanía debía tener una función auxiliar de las repúblicas más desarrolladas industrialmente, la RDA y Checoslovaquia. Ceauşescu quería industria y universidades para su país, no ser el granero de nadie. Se rebeló.

Con esta pequeña revolución dentro de la revolución se ganó el favor de su pueblo. Hasta la oposición se afilió al Partido Comunista aquellos días de emergencia nacional. La confianza que recibió de los rumanos se vio reflejada inicialmente en las celebraciones de su cumpleaños en los periódicos. Le llegaban telegramas de felicitación por miles. Pero todo cambió tras su visita en 1973 a China y Corea del Norte. La eficacia de los sistemas de control de masas que se encontró allí le fascinaron y decidió aplicarlos en casa.

Elena Ceausescu recibe el doctorado honoris causa por la Universidad de Buenos Aires, 1974. Fotografía: Romanian Communism Online Photo Collection (CC).

El culto a la personalidad, por la influencia asiática, pasó a ser absoluto. Es decir, todo confluyó en él. Fue, como comunista, el gran revolucionario, el gran teórico del orden mundial, el campeón de la paz, el arquitecto de la nueva Rumanía, pero también, en un sentido nacional, fue el padre de la patria, el garante de la unidad nacional, el nuevo rey Carol II. Hubo una especie de fusión de los rituales bizantinos de glorificación con la afirmación de la ortodoxia marxista-leninista.

Sin embargo, según el politólogo rumano Vladimir Tismăneanu, toda la parafernalia que puso en marcha para mayor gloria de sí mismo no le sirvió de nada. Se podría poner como un ejemplo de ineficacia política, añade Marinković. De ser un líder creíble y popular a finales de los sesenta pasó a ser una mera caricatura. En el clímax del culto a la personalidad hacia él, a finales de los ochenta, Ceauşescu era menos popular que cuando subió al poder. La idolatría ciega que instituyó solo le sirvió para convertirse en una de las personas más detestadas en Rumanía, solo por detrás, eso sí, de su esposa. De hecho era frecuente la opinión machista de que por culpa de ella, por su influencia, él se había convertido en un déspota.

Elena al principio apareció en la propaganda con el fin de mostrar que el líder del partido, además de un patriota, era también un padre de familia. Luego ella empezó a servir para ensalzar la meritocracia de la sociedad comunista, gracias a la cual había conseguido llegar a lo más alto en su carrera científica. No hay que olvidar que era una chica de pueblo enviada por sus padres a la ciudad para conseguir trabajo en la incipiente industria. Tras la guerra, sus logros, previo paso por una universidad para miembros del partido sin estudios, a la vista estaban.

Con esa estrategia se incrementaron los cuentos de su carrera científica. A principios de los sesenta había sido secretaria del Instituto Central para Investigaciones Científicas. En el 65 ascendió a directora en el momento en el que su marido consiguió al liderato del partido. En el 66 recibió la Orden al Mérito Científico de Primera Clase. En el 74 ingresó en la Academia de las Ciencias. Y durante todo el gobierno de su marido recibió numerosos premios honoríficos por sus logros científicos. Cada visita internacional de Ceauşescu se traducía en un premio para ella. Recibió doctorados honoris causa por las universidades de Manila, Jordania, Brasil, Teherán… diez países, también un diploma de un instituto de investigación química estadounidense. El Museo Nacional de Rumanía tenía una sala especial para albergar todos estos reconocimientos. En el mercado de coleccionistas una moneda de plata con su rostro en honor a sus méritos científicos cuestan alrededor de quinientos euros.

Pero había una explicación lógica dentro de las dinámicas del comunismo. En aquel entonces, la necesidad del Estado, sin embargo, era prosaica: necesitaban incorporar mujeres a la fuerza laboral del país. Más adelante la prioridad fue aumentar la población y solo se permitió el aborto para las mujeres que ya hubieran tenido cuatro hijos. Ella tuvo tres.

A partir de 1979 el repliegue fue aún mayor. Ceauşescu pasó a ser un dios y Elena una semidiosa. Si a su marido le habían fascinado los líderes comunistas asiáticos ella tuvo como referente a una bailarina: Isabelita Perón. Copió de ella su papel de madre compasiva de la nación. Pacepa pone en su boca el siguiente comentario para explicar su inspiración: «Si la puta de un nightclub de Caracas lo consiguió ¿por qué no una mujer de ciencias?». Năstăsescu fue testigo del encuentro entre ambas:

Siguió de cerca cómo se movía, la actitud, los gestos y el estilo de la primera dama argentina. Una noche, antes de cenar, hablando con Elena Ceauşescu sobre las impresiones del día, habló de Isabel Perón comentando cómo estaba vestida, las joyas que llevaba y, en general, cómo era su conducta. «Le pregunté cómo organizaba su horario diario y descubrí que siempre reservaba tiempo para un tratamiento cosmético, deportes de tiempo libre y otras cosas así», me dijo. «Me gusta estudiar a mujeres de este tipo».

Otra mujer que pudo influenciarla fue Imelda Marcos, que según Năstăsescu fue extremadamente hospitalaria con ella cuando fueron de visita a Manila. No se separó de ella en toda la visita. «Más bella y mejor vestida que nunca», recordó, Imelda le tocó y cantó al piano «Strangers in the Night». Uno de los palacetes a los que la llevó era de sus padres. Se lo dijo para que viera que ya antes de estar en el gobierno era una mujer de dinero por vía familiar. También tuvo encuentros con la emperatriz Farah de Irán y su lujosa corte. La intérprete tuvo que explicarle en qué consistía el islam para que entendiese dónde estaba y no metiera la pata en las conversaciones. Lo que le interesaba de estos viajes eran sus homólogos. «Solía examinar con lupa a las damas con las que coincidió. Me dijo en una recepción en Egipto: “Mírala, se puso el mismo vestido que usó en nuestra recepción cuando vino Mubarak a Bucarest”».

En esos entornos de riqueza y ostentación célebres fueron sus sablazos. Se antojó de un yate del rey Hussein de Jordania, que se excusó diciendo que era de su hija, pero, avergonzado por su insistencia, le prometió que le pediría uno a Estados Unidos para ella. Parece que se quedó amarrado en el mar Negro sin que llegara a navegarlo. A Pacepa le encargó que se las arreglara para que los Carter le regalasen abrigos de visón. Cualquier empresa japonesa que quisiera negociar con Rumanía tenía que obsequiarla con perlas negras. Puede que su obsesión por construir un palacio más grande que Versalles en Bucarest surgiera en estos viajes.

En un principio, en los setenta, según Cornelia Les, del Students of History Association de Budapest, Elena había permanecido a la sombra de su esposo en la exposición pública. Ni siquiera se la nombraba, se decía solo que era su mujer. Fue cuando cumplió cuarenta años de supuesta «actividad revolucionaria» cuando el diario Scinteia le dedicó dos días a la onomástica con titulares como: «Gran ejemplo de devoción y pasión revolucionaria», «Combatiente principal del Partido por el glorioso destino de Rumania», «Contribución prestigiosa a la evolución de la ciencia rumana, a la causa de la paz y la cooperación internacional», «Han celebrado los logros de Elena Ceauşescu no como esposa, sino como compañera».

Dos años más tarde, por su cumpleaños se le dedicaba un poema:

Para la primera mujer del país, el homenaje de todo el país

Como una estrella está al lado de una estrella en el arco eterno del cielo, al 
lado del Gran Hombre

vigila el camino de Rumanía hacia la gloria.

Nicolae y Elena Ceausescu, 1976. Fotografía: Ion Chibzii (CC BY-SA 2.0)

De su visita a España en el 79 dejó constancia Inocencio Arias en sus memorias La trastienda de la diplomacia. Escribió que el matrimonio trajo un catador que probaba todas las viandas que les ponían por delante, estaba siempre sentado a su lado, incluso en las cenas de gala. Cuando se encontraban en la Moncloa para reunirse con el presidente, Elena desapareció en el momento en que todos ya habían tomado asiento. Juan Durán, director general de la Policía para Europa del Ministerio de Asuntos Exteriores, salió en su búsqueda por las habitaciones contiguas. Se la encontró, precisamente, en el despacho personal de Suárez. Estaba ella sola ahí metida «subiéndose las bragas». Seguramente decidió arreglarse un poco más.

Estas inseguridades las confirmó Emilia Marinela Macovescu, esposa del ministro de Asuntos Exteriores, George Macovescu, que reveló en una entrevista en la revista Historia múltiples excentricidades de la primera dama. Cuando veía que otra mujer rumana vestía bien se sentía frustrada. Según Macovescu hubo muchas ocasiones en las que se dirigió corriendo hacia alguna y agarrándole el vestido le preguntaba gritando «¿Dónde lo has comprado?». Pacepa también contaba que era supersticiosa. Si pensaba que un vestido le había dado mala suerte, lo rompía con sus propias manos y lo mandaba quemar. Si pensaba que le había ido bien con otro, no se lo quitaba nunca. Su armario era tres veces más grande que el de su marido. En la Universidad de Manila, Năstăsescu no se atrevió a ponerse la túnica y sombrero de doctora, confesó, para no competir con ella en la ceremonia de entrega de su doctorado honoris causa.

Todas las mujeres de la nomenclatura tenían cuidado cuando iban a una recepción en su presencia de ir elegantes, pero no sobrepasar los límites. Por si había dudas, llegó a emitirse una circular con instrucciones para ellas que limitaba sus peinados, prohibía el pintalabios, maquillajes y esmalte de uñas. Lo del catador en España no era nada comparado con su pánico a los microbios. En Año Nuevo, cuando tenía que saludar una a una dándoles la mano, tenía un camarero que iba detrás de ella limpiándole la mano con alcohol. Esto también lo confirma la intérprete en su libro.

Tuvo celos de la actriz Violeta Andrei, casada con otro ministro, a la que prohibió volver a actuar. Luego le destituyó a él de su puesto. Su matrimonio era demasiado radiante y se le hizo insoportable. Pacepa revela en su libro que lo que le encantaba era seguir con agentes, cámaras y micrófonos a las mujeres que odiaba para ver si eran infieles. De Violeta descubrió, escribió Pacepa, que lo fue con estudiantes y atletas. Escuchaba las cintas de sus relaciones sexuales una y otra vez.

En el caso de la mujer del ministro Gheorge Pana, otro matrimonio que no le gustaba, como no conseguía nada, se enfadó con Pacepa harta de que esa mujer pareciera «la Virgen María». Le dio un ultimátum al general: tres meses para conseguir algo. Ordenó que pusiera a trabajar a sus mejores agentes Romeo para que esa mujer le fuera infiel a su marido y le dio detalles del vídeo sexual que tenía que llevar a su mesa. Algo similar hizo también con la prole. No le gustaba el novio de Zoia, su hija, y quiso saber cada detalle de su vida privada, le hizo seguimientos, puso micrófonos y cámaras hasta en el baño.

Fue en los ochenta cuando Rumanía empezó a tener problemas para devolver la deuda externa y empezó un periodo de gran carestía, desabastecimiento y cortes de energía, que los Ceauşescu concentraron todo el poder. A Elena las cámaras de televisión la seguían a todas partes. Aparecía en cada visita a una fábrica o una aldea. Los niños del lugar la recibían y ella les acariciaba cariñosamente. El matrimonio, durante esta década, exigía a los editores de los informativos de televisión que se les captase desde una distancia prudencial que no mostrase sus arrugas bajo amenazas de severas sanciones.

En las memorias que publicó Santiago Carrillo en 1993 contaba un encuentro con la pareja que ponía de manifiesto su obsesión por parecer jóvenes. Aunque si juzgamos por sus recuerdos, ella parece cuerda y normal y es a él al que se le va la olla:

Estoy convencido de que a partir de cierto momento Ceauşescu  llegó a perder el juicio, no estaba en sus cabales. Empecé a darme cuenta una vez en los años setenta, en que con ocasión de la fiesta nacional me invitó a comer, con mi mujer y otros dirigentes del partido y del gobierno en su residencia en Bucarest. Me había llamado la atención, una vez más, lo jóvenes que parecían los dirigentes en las fotos que los manifestantes portaban en el desfile. Ya en la sobremesa, bromeando, pregunté: «¿Por qué razón las fotos, en vez de ser las de ahora, son las que os hicisteis cuando vuestro ingreso en el partido?». Todos los presentes se echaron a reír y su mujer, riéndose también, reconoció que la suya era de diecisiete años antes. Entonces Nicolae, muy serio, afirmó que la suya estaba hecha ahora. Como le hiciera observar que en la foto tenía el pelo negro mientras que en la actualidad ya era gris, contestó con igual seriedad: «Es que cuando yo descanso quince días, el pelo se me vuelve a poner negro». Lo peor es que lo decía en serio, se lo creía.

La televisión rumana se había montado con fuertes inversiones destinadas a la cultura, como ocurrió con la música, pero en los ochenta toda la maquinaria se puso al servicio del culto a la personalidad, cuando solo se emitieron dos horas diarias de televisión por la falta de electricidad, estuvieron dedicadas prácticamente al matrimonio. Las composiciones de las escenas se repetían de forma recurrente. Detrás del invencible matrimonio Ceauşescu aparecían las masas, pequeñas figuras humanas indistinguibles, agitando banderitas o bufandas con los colores nacionales y cantando canciones patrióticas. Por su cumpleaños, la mayor parte de la programación de un mes entero podía estar dedicada a ella. Según el análisis día por día de Marinković: «Podemos notar que cuanto más corto es el tiempo de retransmisión diario, más asfixiantes y largos son los espectáculos de homenaje a Elena Ceauşescu». La mujer ideal del socialismo debía ser modelada como ella. A esas alturas, conseguir ver las emisiones extranjeras se convirtió en una obsesión para cualquier rumano.

En las fotografías se exigía que el fondo fuese siempre rojo, nunca azul. Los nombres de Nicolae y Elena tenían que ir en la misma frase y en los artículos donde aparecieran ellos dos no debía salir nadie más mencionado. Cuando volvían de un viaje miles de personas se tenían que dirigir al aeropuerto a darles la bienvenida de vuelta casa.

Tismăneanu escribió en su blog que le preguntó a Ion Iliescu por qué fusiló a Elena Ceauşescu. Se le encogió de hombros mostrando aburrido por la cuestión. Hay quien ha dicho que en el espectacular final fatal de la dictadura del matrimonio, cuando fueron fusilados en directo por su querida televisión en 1989, paradójicamente los Ceauşescu fueron lo más digno que se veía en las imágenes del proceso y el tiranicidio. Los excesos faraónicos le vinieron bien a la nomenclatura para seguir en el poder con el cambio de régimen con una transacción tan sencilla como ejecutar al líder y su odiada esposa. Por esas fechas, descubrió Ducret, circulaba un chiste en las calles de Bucarest sobre el orden en el que había que enumerar los títulos de Elena. Había que decir Savant (científica), Inginer, Doctor, Academic. Esto es: SIDA.

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4 comentarios

  1. Agustín Serrano Serrano

    Gran artículo, Álvaro, CR, sobre un tema tan fascinante para mí.

    Me ha gustado mucho.

    @Keimplatz

  2. Stani M. del Campo

    N.B.
    Eva Perón jamás visitó Rumania. Murió en 1952.
    Perón estuvo en Rumania en febrero de 1974, y al mes siguiente los Ceauşescu viajaron a Buenos Aires. Perón moriría cuatro meses después.
    La “puta de un night club de Caracas” a la que se refería Elena C. era Isabel Perón, qué sí participó de esos encuentros. Y había sido bailarina de cabarets en diversos países de América.

    • En el artículo se habla de María Estela Martínez de Perón, conocida como Isabelita, no de Eva Duarte de Perón.

      • Álvaro Corazón Rural

        tiene razón, en la primera versión del artículo me equivoqué y puse eva en lugar de isabel

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