Canciones con historia: «I’m Not in Love»

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10cc en el programa de televisión TopPop  en 1974. Imagen: AVRO.

1975 fue un año muy loco en los estudios de grabación británicos. Las prestaciones de la tecnología fueron llevadas hacia sus límites a empujones. Las mesas de mezclas de veinticuatro pistas —lo más avanzado de la época— empezaron a echar humo por culpa de dos grupos de música para los que parecía no haber pistas suficientes. En un plazo de seis meses aparecieron dos canciones que llevaron al paroxismo el uso de las veinticuatro pistas de grabación analógicas. Una fue «Bohemian Rhapsody» de Queen, por supuesto. La otra fue «I’m Not in Love» de 10cc.

Las dos canciones cambiaron la noción de lo que podía hacerse en un estudio de grabación, pero tienen historias muy distintas. «Bohemian Rhapsody» fue una creación premeditada de Freddie Mercury, una obra que él ya tenía terminada en su cabeza cuando entró al estudio para grabarla junto a sus compañeros. «I’m Not in Love», en cambio, estuvo a punto de no existir. Fue un parche que 10cc incluyeron en su álbum a última hora, después de que una primera grabación de la canción hubiese terminado en la papelera. Bueno, no exactamente en la papelera, sino aún peor: el grupo había usado la cinta para grabar otras cosas encima. En cualquier caso, cuando 10cc decidieron rescatar «I’m Not in Love» debido a una peculiar carambola de circunstancias, la canción todavía era una bossa nova sencilla que podría haberse grabado en media hora. Ellos, sin embargo, decidieron incluir en ella sonidos que hasta entonces nadie había empleado porque no existía una tecnología concreta para generarlos; por culpa de ese afán de experimentación terminaron enfrascados en la grabación de «I’m Not in Love» durante semanas.

Y eso no fue todo. Aunque «Bohemian Rhapsody» era más compleja en lo puramente musical, no lo fue en el aspecto técnico de la grabación, porque «I’m Not in Love», increíblemente, requirió bastantes más fragmentos sonoros distintos. Parece mentira, pero así es. «Bohemian Rhapsody» era monumental, pero no dejaba de sonar a lo que Queen ya habían hecho en su tercer álbum. Era el estilo ya conocido de Queen, pero llevado al paroxismo. «I’m Not in Love», en cambio, no sonaba a nada que se hubiese editado por entonces. De hecho, 10cc estaban creando un nuevo sonido que se anticipaba en varios años a lo que después se haría con instrumentos electrónicos.

La tecnología de grabación de 1975 puede parecer primitiva comparada con las actuales herramientas digitales, pero se había avanzado muchísimo. Las mesas que permitían mezclar veinticuatro pistas simultáneas hubiesen sido un sueño en 1955, cuando los grupos grababan discos con un único micrófono colgado del techo. O, como mucho, con dos micrófonos, uno para los instrumentos y otro para las voces. Eso significaba solo podían grabarse dos pistas al mismo tiempo. En ocasiones se grababan unas pistas extra que se mezclaban de manera rudimentaria con las dos anteriores para tener más instrumentos o voces sonando al mismo tiempo, sin acentuar el «efecto habitación» que produce usar un mismo micrófono para varios instrumentos situados en diferentes puntos del espacio. La técnica de mezclar nuevas pistas con las originales se llamaba overdubbing y permitía, por ejemplo, que dos personas pudiesen sonar como varias. El problema es que solía perderse calidad de sonido. Las técnicas y aparatos evolucionaron con rapidez: a finales de los cincuenta ya se podía grabar a la vez en tres pistas. Al empezar los sesenta aparecieron las grabadoras de cuatro pistas (y algunas experimentales de cinco), y hacia el final de la década las de ocho y dieciséis. En los setenta empezaron a usarse las de veinticuatro.

Veinticuatro pistas eran muchas, teniendo en cuenta las limitaciones a las que la industria había hecho frente durante décadas. Los instrumentos de un grupo de rock podían grabarse a la vez sin que tuviesen que compartir una misma pista, lo que permitía equilibrar el volumen de cada uno de ellos a posteriori. También facilitaba el overdubbing, incluyendo más instrumentos en un fragmento de alguna pista original durante aquellos momentos en que el instrumento principal estaba «callado». Así, una pista podía contener fragmentos de más de un instrumento diferente: cuando uno no estaba sonando, sonaba el otro. Eso sí, había que hacer las cosas con cuidado. Hoy, con un ordenador, cualquiera puede mezclar veinticuatro pistas y muchas más, pero en 1975 solo se usaban cintas magnetofónicas y apenas existía una fracción minúscula de las herramientas con las que cuentan los actuales estudios. La diferencia entre un disco de entonces y un disco actual es parecida a la que existe entre una película de 1975 y otra de 2019. En 1975 los efectos visuales estaban en desarrollo y para mostrar ciertas cosas en pantalla había que fabricar maquetas físicas, como en Tiburón o La guerra de las galaxias. Hoy, en cambio, se puede recrear cualquier cosa mediante efectos digitales. Lo mismo pasaba en la música y existían muchos límites en lo que podía hacerse, tanto por motivos tecnológicos como presupuestarios. Ya no era 1955, de acuerdo, pero pretender grabar por encima de cierto número de instrumentos y voces implicaba enfrentarse a serias dificultades.

A 10cc no les importó esto. Como queriendo contradecir aquello de que el rock es una cosa sencilla de grabar, se metieron en un jardín y tardaron en terminar una sola canción el mismo tiempo que otras bandas dedicaban a grabar un doble álbum completo. Queen, para grabar «Bohemian Rhapsody», emplearon la friolera de ciento ochenta fragmentos distintos de grabación entre instrumentos y voces, fragmentos apelotonados en las veinticuatro pistas disponibles. Pues bien, en «I’n Not in Love» terminaron haciendo falta ¡más de doscientos cincuenta!

Los experimentos de Queen y 10cc con las mesas de mezclas eran innecesarios, excepto para mentes inquietas. Eso sí, el público los recibió con inesperado entusiasmo. «Bohemian Rhapsody» y «I’n Not in Love» fueron grandes éxitos pese a que, a priori, habían parecido poco idóneas para ser promocionadas como sencillos. Ambas duraban seis minutos, algo que incomodaba a las radios. Lo habitual era que las canciones largas fuesen recortadas a tres o cuatro minutos para la promoción. Por ejemplo, The Chambers Brothers habían triunfado en los sesenta interpretando una versión muy breve de su himno «Time Has Come Today», mientras que en el álbum, donde tenía un largo interludio psicodélico que las radios no emitían, la misma canción duraba ¡once minutos! En el aspecto comercial, «I’m Not in Love» y «Bohemian Rhapsody» rompieron todos estos moldes. Ambas terminarían llegando al número uno en el Reino Unido y colándose en el Top Ten estadounidense. Eso sí, los grupos que crearon estas dos canciones han corrido distinta suerte de cara a la memoria colectiva. Queen nunca han dejado de estar de moda; son como los Beatles, una institución que trasciende generaciones y dudo que haya alguien en Occidente que no sea capaz de tararear varias de sus melodías. El caso de 10cc es distinto: tuvieron mucho éxito en los setenta, pero el cambio de década los dejó fuera de juego y terminaron separándose, lo que favoreció que la gente dejase de pensar en ellos. Además de que, todo hay que decirlo, el repertorio de 10cc no es comparable al de Queen y nunca tuvieron al frente un líder tan carismático como Freddie Mercury, lo que siempre ayuda a generar imágenes icónicas de cara a la posteridad. Aun así 10cc nunca caerán en el completo olvido porque «I’m Not in Love» sigue sonando sin parar en las radios de medio mundo. De hecho, creo que es instantáneamente reconocible incluso para gente que no sabe cómo se titula o quién demonios la interpreta.

10cc son recordados sobre todo gracias a una balada atmosférica y evocadora, así que supongo que mucha gente imagina que el grupo estaba especializado en el romanticismo melancólico. Y no es así, en absoluto. De hecho, «I’m Not in Love» es una absoluta rareza en la discografía de 10cc, que en su tiempo eran conocidos precisamente por todo lo contrario: canciones alegres con letras irreverentes repletas de ingenio y sentido del humor. No puede decirse que fuesen un grupo punk, pero en parte anticipaban esa actitud. Llegaron a grabar una canción titulada «The Worst Band in the World», en la que decían: It’s one thing to know it but another to admit, we’re the worst band in the world, but we don’t give a… («Una cosa es saberlo y otra cosa es admitirlo: somos el peor grupo del mundo, pero no nos importa una…») En los puntos suspensivos venía la palabra fuck, claro, pero no la pronunciaban por aquello de la censura. Sin embargo, al aparecer tocándola en televisión hacían una vistosa peineta a la cámara: pueden verla antes de los veinte segundos de actuación. Es decir, 10cc estaban sacando el dedo medio en la pequeña pantalla años antes de que los Sex Pistols la liaran diciendo tacos durante una entrevista.

«I’m Not in Love» es una pieza elegante y sofisticada, pero 10cc nunca pretendieron proyectar una aureola sofisticada. En realidad no pretendían proyectar ninguna aureola en absoluto. Lo habitual es que los músicos se tomen a sí mismos demasiado en serio y que empiecen a hacerse los interesantes en cuanto alcanzan un mínimo de éxito. Ni siquiera alguien con el talento de Bob Dylan dejó de recurrir a la pose desde el principio de su carrera. Pero 10cc no eran así. Quizá porque nunca habían pretendido llegar a nada.

Vayamos a principios de los setenta. Los cuatro miembros originales del grupo habían empezado a tocar juntos no con el sueño de convertirse en estrellas, sino ejerciendo como anónimos músicos de estudio que ponían música de fondo en grabaciones de todo tipo, ya fuesen discos crepusculares de figuras nostálgicas o anuncios. Incluso compusieron cánticos para equipos de fútbol. Los cuatro podían cantar y tocar varios instrumentos, así que se adaptaban a cualquier cosa que les pidiesen. Aquel no era un trabajo muy glamuroso, pero les daba de comer y ellos eran tan poco ambiciosos que ni siquiera se les pasaba por la cabeza editar sus propias canciones. Quien los convenció fue el cantante estadounidense Neil Sedaka. Por entonces era ya un cantante pasado de moda, pero su historial comercial era apabullante y en el pasado había tenido enormes éxitos que seguro ustedes reconocen al instante, como «Oh! Carol» o «Breaking Up Is Hard To Do». Sedaka grabó un álbum en Inglaterra con aquellos cuatro músicos anónimos y quedó tan contento con el sonido que les aconsejó que se promocionasen con su propio nombre. Los cuatro tipos despertaron de su letargo y se dieron cuenta de que quizá podían aspirar a algo más que pasarse la vida ejerciendo como mercenarios. Buscaron discográfica y el primer editor que se interesó por ellos fue Jonathan King, jefe de UK Records, quien además les sugirió el nombre. King les contó que en sueños había visto un cartel que decía «10cc: El mejor grupo del mundo» y que eso le había dado buena espina. A los cuatro músicos les pareció un buen nombre y lo adoptaron como propio. Eso sí, la leyenda urbana siempre afirmó que ellos cuatro habían elegido llamarse 10cc («Diez centímetros cúbicos») porque la media de volumen de la eyaculación humana es de cinco centímetros cúbicos —no me pregunten, ¡nunca se me ha ocurrido calibrar eso!—, por lo que ponerse como nombre el doble de esa cantidad era una muestra de confianza en su propio poder.

Esa leyenda urbana es apócrifa, pero es normal que mucha gente la tomase como real porque 10cc se harían célebres por buscar nombres con dobles sentidos para casi todo. Basta con ojear sus álbumes para apreciar su afición por los títulos chorras: el álbum de debut se titulaba sencillamente 10cc, pero después vino una sucesión de ocurrencias dignas de Franz Zappa. En su segundo disco consiguieron convertir en juego de palabras una expresión musical de lo más común: Sheet Music («Música de partitura»), expresión tan habitual que dudo que muchos angloparlantes viesen un chiste ahí hasta que 10cc sugirieron el doble sentido shit music («Música de mierda»). Para confirmar que, en efecto, les gustaba bautizar a sus discos de manera adulta y solemne, publicaron discos titulados así: How Dare You! («¡Cómo os atrevéis!»), Bloody Tourists («Malditos turistas»), Ten Out of 10 («Diez sobre 10»), o The Original Soundtrack («La banda sonora original»; por supuesto, no había película alguna asociada a ese disco). Fue en The Original Soundtrack, precisamente, donde saldría publicada «I’n Not in Love».

Retomemos la cronología: 10cc se lanzaron en 1972 y obtuvieron su primer gran éxito casi de inmediato, una parodia del doo woop de los cincuenta titulada «Donna». Era una broma más que evidente en la que incluso hacían un cómico falsete más propio de los pitufos. Es irónico que los dos responsables de la hilarante «Donna», los dos que la cantaron con voces deliberadamente estúpidas, fuesen precisamente los dos miembros del grupo más propensos a la música compleja e intelectualizada. Como veremos, en 10cc había dos equipos. Lol Creme y Kevin Godley eran el equipo experimental, mientras que Eric Stewart y Graham Gouldman eran el equipo más propenso al pop comercial. Pues bien, la tontísima «Donna» fue escrita y cantada por la mitad supuestamente vanguardista e intelectual del grupo, mientras que la otra mitad no lo veía nada claro, pensando que después de publicar algo semejante ya nadie los respetaría como músicos. Fue la mitad «seria» de 10cc la responsable de una extravagancia cómico-nostálgica como «Donna». La misma mitad seria que después se opondría a grabar «I’m Not in Love». Nunca dejará de asombrarme el exótico funcionamiento interno de este grupo. En cualquier caso, para sorpresa de ellos mismos, «Donna» se convirtió en un éxito nacional. Su siguiente éxito y su primer número uno en las listas británicas fue «Rubber Bullets», otra canción con una letra repleta de humor que musicalmente era glam rock festivo del que estaba de moda por entonces, no muy distinto del que hacían Wizzard o Slade.

En la misma línea estuvo «The Dean and I», su tercer éxito en las listas. El cuarto éxito, «The Wall Street Shuffle», era algo más evolucionado en cuanto a sonido, aunque la letra seguía la línea sarcástica de las anteriores («Apuesto a que venderías a tu madre, siempre puedes comprarte otra.»). Estas eran las cuatro canciones con las que, en menos de tres años, 10cc se hicieron un nombre en el Reino Unido y, en menor medida, en algunos otros países como Holanda o Bélgica. Bueno, había otras que merece mucho la pena recordar, pero no habían llegado tan alto en las listas (sabe Dios lo que hay en la cabeza del público, ¿qué más se le puede pedir a una puñetera maravilla como «Silly Love»?). Después de editar dos álbumes, 10cc todavía eran desconocidos en los Estados Unidos, la gran meta para cualquier grupo británico. Sin embargo, en su país se habían labrado su fama y las ventas habían sido bastante buenas.

Los cuatro músicos, no obstante, tenían motivos para sentirse escépticos por el éxito. Su contrato discográfico con UK Records les garantizaba un exiguo porcentaje del 4% de las ventas, aún más exiguo si de él se descontaban, como era práctica habitual, los variopintos gastos que las compañías casi siempre cargaban en la cuenta de los artistas. Vamos, que, después de haber vendido miles y miles de discos, los cuatro miembros de 10cc continuaban bordeando la ruina. Pese a no ser particularmente ambiciosos, sabían que así nunca saldrían de pobres y que había llegado el momento de cambiar de compañía. El haber obtenido cuatro canciones Top Ten en tres años debía bastar para que otras discográficas mostrasen interés, y así fue. El que más trabajo se tomó para intentar ficharlos fue el joven Richard Branson, fundador de Virgin Records. Los cuatro músicos simpatizaban con el entusiasmo de Branson, pero Virgin todavía no era el coloso en el que se convertiría más tarde. Ya había obtenido un enorme éxito con el debut de Mike Oldfield, Tubular Bells, pero ese no era un referente con el que predecir el futuro comercial de 10cc en Virgin. Para empezar, era insólito de por sí que un disco instrumental a base de campanitas hubiese tenido buenas ventas. Además, había ayudado el que uno de sus temas fuese usado casi por pura casualidad en la película El exorcista. El director de El exorcista, William Friedkin, había encargado la banda sonora al compositor argentino Lalo Schifrin, que estaba de moda después de haber escrito cosas tan magníficas como la banda sonora de Harry el Sucio. Sin embargo, Friedkin quedó espantado cuando Schifrin le entregó un confuso conjunto de composiciones que, de manera absurda, eran bien demasiado terroríficas o bien demasiado poco terroríficas (había alguna pieza más propia de una película erótica en plan Emmanuelle). Descontento, el cineasta descartó el trabajo de Schifrin y utilizó, entro otras cosas, una de las piezas del reciente Tubular Bells, lo cual ayudó a disparar todavía más las ventas del disco de Oldfield. Así pues, el único gran éxito de Virgin Records era un conjunto de circunstancias difícil de repetir; tan difícil que, como es notorio, Mike Oldfield jamás conseguiría repetirlo. Además, siendo una compañía joven, no tenía aún potencia en el mercado americano. Así pues, pese a que Richard Branson ofrecía a 10cc unas muy buenas condiciones y mayores porcentajes sobre las ventas, ellos decidieron firmar por Mercury Records. Fue un error del que se lamentarían después, porque con lo que vendieron hubiesen ganado mucho, mucho más dinero con Virgin. Entonces no tenían forma de haberlo predicho.

10cc no eran de perder el tiempo y en 1974, mientras negociaban, ya entraron en el estudio para grabar su tercer álbum. Si iban a cambiar de compañía necesitaban canciones con vocación de éxito y la principal candidata para la promoción era la pegadiza «Life is a Minestrone», que compusieron con el propósito de entrar en la listas a ambos lados del Atlántico. De hecho sería editada como primer sencillo, aunque conseguiría su objetivo a medias, funcionando muy bien en las Islas británicas, pero siendo, como de costumbre, ignorada en los Estados Unidos. Los 10cc habían pensado que la llave del mercado americano sería uno de sus temas desenfadados y humorísticos, pero estaban muy equivocados. La verdadera llave del éxito mundial era una canción lenta y sutil que había estado a punto de quedarse fuera del álbum y que fue incluida en él por efecto de una carambola.

«I’m Not in Love» se le había ocurrido a Eric Stewart después de una conversación con su mujer. Llevaban varios años casados y un día ella le preguntó por qué no le decía «te quiero» con mayor frecuencia. Él se puso a reflexionar y dedujo que, si no lo decía más a menudo, era porque le parecía que repetir constantemente «te quiero» podía devaluar su significado. Descolocado por la pregunta, le pareció que su propia actitud era infantil y escribió una letra cuyo título se puede traducir como «No estoy enamorado» o «No te quiero», pero cuyo contenido es una referencia irónica a su propia cerrazón:

No estoy enamorado, así que no lo olvides:
no es más que una fase tonta que estoy atravesando.
Y solo porque te llamo, no me malinterpretes,
ni creas que lo tienes todo hecho.
No estoy enamorado, no, no. Lo hago porque…

Me gusta verte, pero insisto,
eso no significa que signifiques gran cosa para mí,
así que, si te llamo, no armes un revuelo
y no le hables a tus amigos sobre nosotros dos.
No estoy enamorado, no, no. Lo hago porque…

Tengo tu foto en la pared
tapando una mancha muy fea que hay allí,
así que no me pidas que te la devuelva,
sé que sabes que no significa mucho para mí.
No estoy enamorado, no, no. Lo hago porque…

Oh, vas a esperarme mucho tiempo.
Oh, vas a esperar mucho.

Como verán, una canción de amor bastante original, en la que el protagonista pretende hacer creer a su novia de que no está enamorado, pero usando argumentos cada vez más pueriles para negar lo evidente. Después de escribir la letra, Stewart compuso una melodía básica tocando en una guitarra acordes a ritmo de bossa nova. Después, en el estudio le mostró la canción al bajista Graham Gouldman, quien le ayudó a terminarla, proponiendo algunos cambios en la estructura de acordes. Stewart y Gouldman, recordemos, eran la mitad pop de 10cc, así que aún quedaba el paso de que los otros dos miembros diesen el visto bueno. La grabaron en una cinta con ese propósito.

Cuando Stewart y Gouldman pusieron la cinta con «I’m Not in Love» en las oficinas del estudio y aquella canción de tintes brasileños empezó a sonar por los altavoces, los otros dos miembros, Lol Creme y Kevin Godley, quedaron horrorizados. La rechazaron al instante. El rechazo fue tan intenso, de hecho, que la cinta con la maqueta original fue borrada de inmediato para usarla en otros menesteres, así que nunca sabremos cómo sonaba aquella versión bossa nova original de «I’m Not in Love» Sí, existe alguna versión bossa posterior hecha por otros músicos, pero se basa en la «I’m Not in Love» que apareció en disco, no en la bossa original que se perdió para siempre.

El hombre que había escrito «I’m Not in Love», Eric Stewart, ya se había resignado a olvidarla como una idea que, por lo visto, había sido un fiasco. Esto era habitual en 10cc, cuyos miembros funcionaban de manera democrática; si no se producía consenso (o mayoría) para grabar un tema, no se grababa y punto. «I’m Not in Love» no había obtenido consenso e iba directa a la papelera de la historia.

Entonces sucedió. Cuando ya habían borrado la cinta y estaban a punto de dejar la canción en el más completo olvido, Stewart escuchó de pasada cómo algunos empleados del estudio seguían tarareando la melodía. Como saben bien los músicos, una melodía que se quede en la memoria después de una sola escucha es algo que no se puede planificar, simplemente sucede y nadie sabe muy bien por qué. Los músicos no saben el efecto que tendrá una canción en el público hasta que ven al público reaccionar. Stewart empezó a sospechar que quizá la melodía de «I’n Not in Love» tenía algo especial. Para confirmarlo, se le acercó la secretaria del estudio, Kathy Redfern, que había sabido que iban a descartar aquella melodía que sus compañeros andaban canturreando mientras trabajaban. La chica le dijo: «¿Por qué no termináis esa canción? Me encanta. Es lo mejor que habéis compuesto hasta ahora». Stewart, atónito, les contó a sus compañeros lo que acababa de suceder. Aunque la mitad formada por Creme y Godley seguía sin mostrar entusiasmo, estaba claro que la melodía parecía funcionar, así que aceptaron darle una segunda oportunidad a la canción. Eso sí, con la condición de que no fuese una bossa nova. No querían más canciones de vocación comercial en el disco. Ya tenían su sencillo de lanzamiento preparado, «Life is a Minestrone», y algunos otros de reserva como «Flying Junk» o «The Second Sitting for the Last Supper», así que la faceta pop del disco estaba cubierta. Creme y Godley solo accedían a incluir «I’m Not in Love» si la usaban como materia de base para la experimentación sonora. Aunque en principio no sabían qué hacer con ella porque, en realidad, la faceta experimental del disco también estaba cubierta. La pièce de résistance del álbum iba a ser «Une Nuit a Paris», una pequeña ópera rock de casi nueve minutos que mostraba paralelismos con «Marionette» de Mott de Hopple (que quizá influyó a 10cc, ya que fue editada antes de que grabasen «Une Nuit a Paris») y con «Bohemian Rhapsody».

Así pues, con todos los frentes ya cubiertos en el disco, «I’m Not in Love» era un parche de última hora para el que no tenían nada previsto. Habiendo descartado el ritmo brasileño original, solo tenían una melodía que a la gente parecía quedársele en la cabeza, pero sin arreglos, ni instrumentación, ni nada. El batería Kevin Godley fue quien propuso hacerla completamente a capella. Nunca habían hecho algo así. Sin embargo la idea iba mucho más allá de eso. Godley quería aprovechar las posibilidades que ofrecían las veinticuatro pistas de la mesa de mezclas. Quería algo que sonase como una gran agrupación coral, aunque ellos solo eran cuatro y tampoco tenían medios para contratar una agrupación coral. Además hubiese sido inútil, puesto que planeaban rehacer la canción sobre la marcha. Contratar un coro hubiese significado entregarles una partitura, que la cantasen y, una vez grabadas las voces del coro, ya no podrían cambiarse. Lo que 10cc querían era poder improvisar mientras grababan, poder cambiar los arreglos sobre la marcha, siguiendo sus instintos. Necesitaban pistas de voz que sonasen como un coro pero que fuesen flexibles, notas separadas que permitieran improvisar y componer sobre la marcha. Hoy eso no tiene complicación, porque cualquier sintetizador puede recrear, mejor o peor, el sonido de un coro; basta con configurar el sonido, tocar las teclas y el coro suena, pudiéndose regrabar una y otra vez, retocando todo lo que haga falta. En 1975, aunque ya existían los teclados sintetizadores, no había ninguno capaz de lograr este efecto coral. En otras palabras: lo que 10cc estaban buscando no existía, nadie lo había hecho. Descubrieron que la única manera de conseguir algo parecido a un «teclado vocal» era usar el overdubbing. Esto es, fragmentos y fragmentos y más fragmentos de grabación.

Se les ocurrió grabar todas las posibles notas que puede cantar un coro cantándolas ellos mismos. Tres miembros del grupo, por turnos, empezaron a cantar una misma nota seis veces, haciendo «ahhhh». La nota do, por ejemplo. Eso daba como resultado dieciocho muestras de voz cantando do. Usando la mesa de mezclas, las combinaban en una sola pista, que sonaría como un coro de voces cantando la nota do. Ya tenían una nota. Y así, una por una, seguirían con las doce notas de la escala en esa octava. Una vez terminada la octava, empezaban con las doce notas de la octava siguiente. Un laboriosísimo proceso cuyo objetivo era tener fragmentos de un coro haciendo «ahhhhh» en todas las notas diferentes que pudiesen necesitar. Lo hicieron así, grabando, mezclando y regrabando en cintas durante horas y horas. Una demencial ocurrencia que terminó suponiendo tres semanas de trabajo agotador solo para tener disponibles los «ahhhhh» que les permitiese reconstruir la canción a capella. Habían mezclado tantas voces en una sola muestra sonora que el resultado era un rasposo enjambre de armónicos que no se parecía a ningún instrumento o efecto conocido, pero que se convertiría, junto a la propia melodía, en la característica más sobresaliente del tema.

Una vez tenían las muestras, necesitaban recomponer los acordes haciendo corta y pega sobre una base instrumental que habían grabado como guía provisional. Para ciertos arreglos, como no existía un teclado que pudiese manejar aquellas muestras de voz, tenían que ponerse tres o cuatro en la mesa de mezclas y manejar los controles de volumen de pistas diferentes, haciendo sonar ciertas notas de manera coordinada (por ese motivo los arreglos corales de la canción fueron sencillos; no había manera humana de complicarlos más con aquellos rudimentarios procedimientos). Aquello era una locura que, en efecto, nadie había hecho jamás. Suponía tomarse demasiado trabajo. Otros grupos lo hubiesen sustituido con algún instrumento o una sección de cuerda, pero 10cc querían su coro de notas flexibles y se quemaron las pestañas para conseguirlo.

Ya solo faltaba registrar la voz principal. 10cc era un grupo de funcionamiento bastante democrático y entre sus curiosas costumbres estaba la de elegir quién ponía voz principal a cada tema mediante una audición. Cada uno de ellos cantaba la melodía principal y al final decidían quién lo había hecho mejor, quién tenía la voz que se adaptaba mejor al tema. Lo mismo hicieron con «I’m Not in Love», aunque al final el indicado para cantarla fue el mismo que la había escrito en un principio, Eric Stewart.

El tema estaba casi finalizado pero Kevin Godley insistía en que faltaba algún detalle más. El interludio medio psicodélico que habían añadido le parecía vacío. Empezaron a pensar en una voz que dijese algo. Lol Creme sugirió una frase que él mismo había pronunciado, aunque sin saber por qué, mientras grababa un solo de teclado: Big boys don’t cry («Los chicos grandes no lloran»). La frase encajaba con la letra de la canción, solo que preferían una voz femenina que representase a la otra parte de la pareja. Justo en ese momento asomó la cabeza por la puerta Kathy Redfern, la secretaria que les había terminado de convencer para que grabasen «I’n Not in Love». La chica solo quería comprobar que todo iba bien y no necesitaban nada, pero ellos la hicieron entrar y le pidieron que pusiera su voz en una parte del tema. Ella, horrorizada, protestó diciendo «¡No sé cantar!». Ellos la tranquilizaron, relativamente: «No tienes que cantar, solo has de susurrar una frase». Pasmada, Kathy Redfern repitió la frase varias veces ante el micrófono y de ese modo, sin pretenderlo, entró en la historia de la música.

Cuando por fin escucharon la canción finalizada ya habían abandonado la idea de publicarla a capella. Les gustaba la combinación entre el coro atmosférico hecho a base de interminables overdubbings y aquella base instrumental que, pese a haber sido grabada como guía provisional, sonaba tan bien que terminaría incluida en el disco. Poco quedaba de la ignota bossa nova original, pero no importaba: 10cc acababan de grabar algo que sonaba diferente a cualquier cosa que se hubiese publicado por entonces:

Ellos mismos tardaron en entender el carácter revolucionario de lo que acababan de hacer. Ya antes de publicar el álbum le enseñaron la canción a algunos conocidos —entre ellos algunos que trabajaban para otras discográficas— que reaccionaban con entusiasta asombro, pero no estaban convencidos de que «I’m Not in Love» tuviese futuro comercial (y mucho menos convencidos estaban los de Mercury Records). Además, aquel sonido era muy poco característico del estilo con el que 10cc habían labrado su carrera y se habían hecho conocidos. Temían que lanzar «I’m Not in Love» como sencillo pudiese descolocar a los fans. Cuando The Original Soundtrack apareció en las tiendas, se siguió el plan inicial y se lanzó la pegadiza «Life is a Minestrone» como primer sencillo; funcionó bien en Europa, pero no en los Estados Unidos, lo que había sido su objetivo último.

En uno de esos fenómenos comerciales que son dignos de estudio porque invalidan las reglas del marketing, cuando la gente se compraba The Original Soundtrack y se lo llevaba a casa, terminaba descubriendo «I’m Not in Love» y decidiendo que aquella era su canción preferida del disco. Para sorpresa de Mercury Records y de los propios 10cc, empezaron a llegarles cartas con peticiones para que «I’m Not in Love» fuese promocionada como segundo single. Aún más significativo era que las peticiones no llegaban solo de oyentes anónimos. Roy Wood, el líder de Wizzard y miembro fundador de The Move y Electric Light Orchestra, había comprado el disco de 10cc, había escuchado «I’m Not in Love» y, completamente anodado, había enviado un telegrama urgente a Eric Stewart para decirle que debía promocionarla en la radio cuanto antes. Roy Wood era toda una institución en la escena inglesa del momento; su opinión no era la de cualquiera. También llegaron mensajes de ejecutivos de otras compañías discográficas, que reaccionaron con el mismo histérico entusiasmo. Uno de ellos llegó a decirles: «¡Esto es una obra maestra! ¿Cuánto dinero hace falta para que vengáis a mi sello?». Incluso la BBC se puso en contacto con ellos, interesada en radiar la canción aunque ni los propios 10cc hubiesen previsto promocionarla (eso sí, la BBC pedía un recorte en el interludio central).

En definitiva: la canción estaba alzando el vuelo por sí misma desde el momento en que la gente compraba el álbum esperando oír otras cosas y se la encontraban ahí, oculta. Tal fue la fuerza del boca a boca y de las avalanchas de mensajes que Mercury Records cambió de idea y decidió publicar «I’m Not in Love» como segundo sencillo de The Original Soundtrack. Entonces todo explotó. Cuando el tema fue por fin promocionado, la reacción del público fue descomunal. 10cc obtuvieron su segundo número uno en su país, pero, lo más importante, rompieron la barrera atlántica por fin y llegaron al número dos en las listas estadounidenses. Y eso no fue todo. Aunque la promoción se inició con una versión recortada por deseo de las radios, los oyentes de diversos países, que ya habían oído la canción completa en el álbum, empezaron a exigir que fuese emitida entera. Las radios también tuvieron que cambiar de opinión.

La arrolladora fuerza comercial de «I’m Not in Love» convirtió a 10cc en un fenómeno internacional, pero la banda iba en camino de desintegrarse. Los cuatro miembros originales aún grabaron juntos un cuarto álbum, How Dare You!, que de nuevo triunfó en las Islas británicas, pero no tuvo tanto impacto en los Estados Unidos. Las dos facciones dentro del grupo tenían ya ideas tan diferentes sobre el tipo de música que debían grabar que Godley y Creme (la mitad «experimental») se marcharon para empezar proyectos por su cuenta. Stewart y Graham continuaron editando bajo el nombre de 10cc con músicos nuevos y una orientación muy comercial. Los discos Deceptive Bends (1977) y Bloody Tourists (1978) vendieron muy bien en su país. También consiguieron su segundo éxito estadounidense con «The Things We Do For Love», pero ya no habría más. La llama se iba apagando: Look Hear? (1980) tuvo una carrera comercial modesta y Ten Out of 10 (1981) ni siquiera entró en las listas. En 1983, Windows in the Jungle tampoco funcionó, aunque a aquellas alturas tanto Stewart como Gouldman habían perdido el interés en 10cc y estaban más implicados con otros trabajos. Paul McCartney había invitado a Eric Stewart a escribir canciones a medias con él; iniciaron una colaboración bastante continuada hasta el día en que, mitad de grabación, Stewart tuvo la ocurrencia de sugerir que McCartney grabase de nuevo unas voces. Cuando McCartney vio que incluso el productor estaba de acuerdo con Stewart, se giró hacia este último y le espetó: «Y tú, ¿cuándo escribiste tu último número uno?». Eric Stewart pensó que aquello era demasiado para él y se marchó del estudio.

En cualquier caso, 10cc nunca repitieron en la diana artística como lo hicieron con «I’m Not in Love», pero aquella fue una diana descomunal. Por sí sola inició un nuevo paradigma en el pop melódico y su influencia, sobre todo a partir de los ochenta, fue enorme. Pero enorme. Cuando la tecnología electrónica posibilitó imitar las texturas sonoras de «I’m Not in Love» con solo darle a un botón, la sombra de 10cc empezó a estar presente en decenas de grabaciones. Ellos habían registrado aquellos sonidos mediante mecanismos analógicos más propios de un científico loco, pero el pop electrónico jamás hubiese sido el mismo sin ello.

Es llamativo que lo hiciesen precisamente 10cc, los tipos que habían grabado cosas como «Donna». Pero, como dice la letra, era «una fase tonta por la que estamos pasando».

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3 comentarios

  1. Me ha encantado. Gracias. La canción también me encanta, desde niño, pero no tenía ni idea de la historia detrás. Lo que sí entendí es lo buena que es como inicio de la película y primera canción del “original soundtrack” de Guardianes de la Galaxia. Ja,ja, no había caído en la coincidencia tonta. Casi se me cae el lagrimón cuando vi la peli, y eso que cortan la canción, pero todo el mundo la sabe. Perfecta ahí. El niño que no sabe cómo afrontar la última oportunidad de decirse con su madre lo que se quieren y sin llorar… buf.
    https://www.youtube.com/watch?v=goTp901BgIk

  2. Maestro Ciruela

    Estupendo y muy útil reportaje – no es broma, al menos en lo que a mí concierne- porque me ha servido para aclarar, en parte, ese misterio que llevaba décadas sin descifrar. Sí, el misterio de cómo unos tipos sin el menor interés (algo que cualquiera podía comprobar después de comprar el L.P. “The Original Soundtrack”) se las habían arreglado para crear esta maravilla que resiste el paso del tiempo al lado de hitos como “American Pie”, “A Whiter Shade Of Pale”, “The Year Of The Cat” y otras perlas que llegaron para quedarse por los siglos de los siglos. Recuerdo que cuando escuché el disco por primera vez en mi casa después de arrancarle el celofán con ansia, la sensación que experimenté fue la de haber sido estafado; pensaba que unos tíos que habían creado “eso”, iban a ser el descubrimiento de las próximas dos décadas y me encontré con algo indescriptible, y muy, muy decepcionante. Debí comprender, algo que hice con el paso del tiempo, que ese logro singular era el diamante que había surgido como un milagro entre la ganga que excretaban esos cuatro. Supongo que aún no les he perdonado del todo pero me es más fácil hacerlo siempre que escucho a través de los años y hasta ahora mismo, ese prodigio que es “I’m Not In Love”.

  3. Salvatroll

    10CC son una pasión oculta para mi, una delicatessen musical que consumo solo periódicamente para que me produzca el mismo placer cada vez al escucharlo. Fueron brillantes, sumamente originales y con una imaginación musical como pocos. Pero precisamente el tema I’m not in love siempre me ha repateado bastante el hígado, me pareció siempre un poco coñazo, aunque desconocía la sorprendente historia de los interminables overdubs vocales. Siempre creí que la gravación estaba hecha con primitivos sintetizadores sobregravados en pistas…vaya vaya…eso los hace todavía más únicos.

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