El mundo perdido de Sherlock Holmes

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Sherlock, 2014. Imagen: BBC.

Ni el doctor Watson ni Billy Wilder encontraron en el archivo de Sherlock Holmes el libro de familia del detective. El cajón de hojalata contenía la crónica de viejas investigaciones y una nada despreciable colección de fetiches. La lupa, la pipa, la jeringuilla de los chutes o la partitura para violín eran los atributos de la célebre personalidad; la foto de Irene Adler, la única muestra de debilidad sentimental que se permitió el genio analítico; la chapa lacada con el 221B y el estúpido gorro a cuadros, con dos viseras y un lacito, los trazos inevitables de la caricatura. Pero en el batiburrillo, ni rastro de documento alguno que acreditase la ascendencia familiar. Bien mirado, no es de extrañar: Sherlock Holmes es hijo de su tiempo y el tiempo no acostumbra a entretenerse con papeleos en el registro civil. 

Holmes es hijo de su tiempo y primo segundo del profesor Challenger. George Edward Challenger fue el zoólogo al frente de la expedición científica que encontró en la selva amazónica El mundo perdido, una reserva ignota y aislada donde habían sobrevivido varias especies prehistóricas, incluidos dinosaurios. Si el New York Herald envió a Stanley a la búsqueda del doctor Livingstone, la Daily Gazette creyó oportuno ahorrarse enojosos extravíos y, para no perder de vista a la cuadrilla de Challenger, colocó en ella a uno de sus redactores, Edward Dunn Malone. En aquella edad del optimismo positivista, el periodismo ejercía de notario dando fe de los descubrimientos geográficos y científicos que ensanchaban el mundo conocido y creaban la ilusión de progreso que el liberalismo convirtió en el dogma de su religión y en el lema de su propaganda. Pues bien, a Malone le correspondió hacer el relato de la aventura y el retrato del aventurero. La misma soberbia que, según aquel dibujo, caracterizaba a Challenger es la que identifica a Sherlock Holmes; la soberbia iracunda del profesor se encarnó en el detective con unas maneras un poco menos coléricas y furiosas o un poco más refinadas y elegantes. En cualquier caso, esencialmente idénticos fueron sus engreimientos, sus jactancias materialistas y sus vanidades racionalistas. El recordatorio de las semejanzas y del parentesco soliviantaría a Holmes, un ego que reivindicaba su absoluta originalidad y que era incapaz de verse comparado, aun con el mismísimo Auguste Dupin, sin sentir rebajada su inteligencia. Y la propia irritación certificaría la insolente arrogancia; discútase si fue la impronta de la herencia familiar o el estigma de la filosofía de la época, pero será imposible negar que aquel rasgo del carácter electrizó la lógica y el método del detective. 

El discurso del método de Sherlock Holmes se resume en un conocido aforismo: una vez descartado todo lo que es imposible, la verdad está en lo que queda, por improbable que parezca. El camino deductivo que señala la máxima se cree seguro e infalible. No lo es y así lo denunció la hilarante parodia que Jardiel Poncela urdió por la vía de la reducción al absurdo. Si la técnica es reñida por irreverente y sus conclusiones, discutidas por groseras, quizás convenga entonces atender a Pierre Bayard, quien, manejando las mismas armas del raciocinio holmesiano, ha demostrado fehacientemente el garrafal error cometido por el detective en la resolución de los asesinatos de los Baskerville. De todas formas, este ataque no resulta tan peligroso para el héroe literario como podría parecer a primera vista, porque la culpa del fiasco es endosada a Arthur Conan Doyle. La tesis de Bayard es que el escritor no se había reconciliado con el personaje que despeñó por las cataratas de Reichenbach. Forzado a volver a él, el subconsciente de Conan Doyle se rebela como puede, satisface su pulsión de venganza haciendo que el detective desvaríe y yerre en el lóbrego páramo de Devonshire. 

No, los envites más amenazadores que ha sufrido Sherlock Holmes no provienen de las travesuras naif de Jardiel Poncela, tampoco de los juegos alambicados de Pierre Bayard, ni siquiera del sarcasmo con que Conan Doyle maltrató tempranamente al detective, mucho antes de asesinarlo. El desafío más violento, el que se plantea con mayores garantías de impugnar a Sherlock Holmes, es un lance filicida. Holmes es, ya se dijo, un hijo de su tiempo, la encarnación de un tiempo que poseía una fe inquebrantable en la suficiencia de la razón para leer la verdad en sus rastros materiales y positivos. Bastaba que las dotes de observación contasen con el elemental auxilio de una lupa para poner en marcha un brillante ejercicio deductivo que disiparía las sombras del misterio con la misma eficacia prodigiosa que las bujías de Swan y Edison prometían iluminar el mundo. La lógica de Sherlock Holmes, sus técnicas y métodos, solo sirven en un mundo anterior a las inextinguibles sombras que diagnosticó Freud y a los indecibles abismos que tajó la II Guerra Mundial. Precisamente por esta razón las versiones que trasladan a Sherlock Holmes al presente resultan trampas infames, toscas adulteraciones: por muy satisfactoria que sea la adaptación de los superficiales fetiches holmesianos, incluso para el gusto escrupuloso de los devotos del canon, las actualizaciones terminan por falsear inevitablemente el espíritu del detective al concederle armas y herramientas que le fueron desconocidas, al enfrentarlo a problemas que le son incomprensibles e irresolubles.

Quizás quien mejor ha acertado a explicar de qué manera Sherlock Holmes se convirtió en una reliquia de un tiempo pretérito, de un mundo perdido, fue Michael Chabon. El detective es el protagonista de su novela La solución final. Es cierto que nunca aparece citado por su nombre y que no cuenta con la compañía amparadora de la señora Hudson ni del doctor Watson, pero las pistas son concluyentes. El personaje está cumpliendo el designio que le preparó Conan Doyle: un retiro en los South Downs dedicado a la apicultura. Es julio de 1944 y todavía hay en el lugar quienes recuerdan vagamente el pasado de pesquisas, hipótesis y brillantes deducciones de quien se ha convertido en un anciano nonagenario. Se produce un asesinato y la desaparición de un loro que repetía una retahíla de números en alemán, lo que parece un código secreto al que cabe atribuir alguna relevancia en la guerra que se está librando. El detective jubilado abandona la lectura del último número de The British Bee Journal y sale de debajo de la manta de lana con que cubre sus piernas a pesar de ser pleno verano. No lo hace para resolver como antaño el misterio y el asesinato, sino para descubrir que su mundo se ha desmoronado. Londres es un paisaje de ruinas y cenizas tras los bombardeos de la Luftwaffe, el escenario en el que cuadrillas de trabajadores levantan una ciudad nueva. No existe ya aquel «Londres de gas y de neblina / un Londres que se sabe capital de un imperio / que le interesa poco, de un Londres de misterio / tranquilo, que no quiere sentir que ya declina», como describió Borges la ciudad de Sherlock Holmes. La guerra ha arrasado la ciudad y el tiempo al que pertenece el detective, que obtiene la revelación de que ya no es posible mantener la ilusión de que un elegante ejercicio deductivo permita acceder al sentido y la causalidad: «El sentido moraba únicamente en la mente del analista. De que eran los problemas irresolubles —las pistas falsas y los casos ya enfriados— los que reflejaban la verdadera naturaleza de las cosas. De que todo el significado y esquema aparente no tenía más sentido intrínseco que el parloteo de un loro gris africano». Esa es la solución final, polisémico título de la novela de Chabon. Sherlock Holmes no murió asesinado por Conan Doyle utilizando la mano de Moriarty en El problema final; Sherlock Holmes muere o, lo que viene a ser casi lo mismo, siente un anticipo o demostración de la naturaleza de la muerte al ser arrastrado por Michael Chabon a las calles de Londres un día de 1944. 

La novela apócrifa, triste y desasosegante, esclarece el verdadero motivo por el que las aventuras de Sherlock Holmes firmadas por Conan Doyle nos siguen fascinando: su lectura permite sentir la abolición de la historia, habitar un mundo y un tiempo en el que todavía es posible el ejercicio tranquilizador de encontrar significados y guarecernos de la intemperie cotidiana del sinsentido. «Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes», ya lo dijo Borges, «es una de las buenas costumbres que nos quedan». Sin duda, se trata de una grata costumbre esta de aparentar creer en la arrogante fantasía posvictoriana, burguesa y racionalista que representa Sherlock Holmes. Porque la devoción contemporánea por el personaje es incapaz de ser ingenua; se afirma irónicamente, con la ironía sutil con que Jeremy Brett interpretó al detective, con la ironía fastuosa con que Jesús Urceloy se entrega a prolijas erudiciones holmesianas.

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2 comentarios

  1. Fco_mig

    Muy buen artículo. Pero no era un mundo perfecto, solo un mundo que se imaginaba perfecto, que no es lo mismo. No olvidemos las cartas desde el infierno de Jack el Destripador. Aunque se podía creer que se trataba de una anomalía, un espécimen excepcional. El mundo victoriano desaparecería en realidad en la Primera Gran Guerra, pero sólo unos pocos lograron darse cuenta. Lovecraft pudo imaginar sus irracionales abismos insondables porque el mundo anterior había desaparecido pero nadie hizo caso. Hasta que el Holocausto demostró que no se trataba de simples teorías producto de una imaginación calenturienta y vagamente enferma.
    Desde entonces, cualquier autor de historias detectivescas debe tener en cuenta que, por mucho que haya quien asegura lo contrario, el Mal existe. Lo curioso es que Holmes, con Moriarty, llegó a intuir esta verdad. Pero también decidió creer que se trataba de una excepción por lo demás notable. Si hay un Cielo para los detectives de ficción, Philip Marlowe ya debe haberlo sacado de su error.

  2. Sin dejar de lado las virtudes literarias que son excelentes, veo en dos personajes ranciamente ingleses los ejemplos del ocaso del imperio. Uno que lo exaltó en su componente racional, aristocrático y progresista, Sherlock Holmes, y que no podía saber que llegaba a su fin, y el otro, aún más patético, que dio sus últimas energías para que no se desmoronara, Wiston Churchil que bien sabía que para atrás no se volvía. Una tercera puede ser la actual reina que tuvo que perdonar a Turing por la homofobia de sus súbditos, y el otro que, si hubo alguna vez una manera única de ser inglés, no lo es para nada: Boris Johnson. Y no hablemos del Farage,

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