Arte y Letras

Cómo se hace un periodista

oie QKOi6lJGoJXE
Fotografía: Florian Klauer (CC0).

Un periodista es un nombre y una pose, no más. Usted puede apellidarse García y en el negocio de los papeles periódicos llegará, como mucho y con suerte, a ejercer de escudero de un Cavia. Conviene pues disponer de un apellido sonoro, rotundo, exótico, impar, un apellido categórico, por ejemplo, con la x de Bonafoux o con la w de Sawa. No crea que basta con agarrar el alfabeto por el final: la z concluyente no sirve. Ella es la consabida cola del abecedario y en el cabo de un patronímico, el ramplón remate de la carrera periodística de cualquier postulante. La z es de una vulgaridad irremisible e incapacita de forma severa para el ejercicio profesional. ¿Qué periodista se ha llamado Gómez? ¿Acaso alguno? El periodista Gómez es un sujeto inverosímil. Imaginemos su presentación en público: «Mi nombre es Gómez. Váyanse familiarizando con él, porque me dará mucho que escribir y a los demás mucho de que hablar». Semejante petulancia sería completamente absurda. 

Por el contrario, hay apellidos que autorizan la prosopopeya, que contienen en sus dos sílabas un proyecto periodístico afinado. Nakens solo tuvo que escribir las invectivas contra la plaga infesta de cavernícolas y sotanas que le dictaba la tremenda k, cismática y extranjerizante. Ni que decir tiene que un nombre castizo nunca jamás valdrá tanto como uno de importación. La ascendencia gabacha del periodista siempre ha estado muy cotizada, recuérdese el caso, sin ir más lejos o más cerca, de Antonio Dubois. O el de Saint-Aubin Bonnefon, aunque quizás este ejemplo esté mal traído y el personaje no debiese su fulgurante carrera al prestigio franchute de la onomástica, sino al empujoncito que, como cuñado de Canalejas, recibió de su familia política. Un toque de distinción british también resulta elegante, al extremo de ofrecer dispensa a la albísima redundancia de Blanco White. El liberal anglicismo quedó tan perfectamente incrustado en la personalidad del heterodoxo sevillano que pasa de matute y no parece lo que es, uno de los sobrenombres de nombradía del periodismo patrio. 

Los seudónimos vienen, en efecto, al socorro de las vocaciones burladas por la nomenclatura genealógica. Emilio se consagró como Fray Candil. No le quedó otra. Urgía borrar la signatura que convertía cualquier artículo en la pánfila ocurrencia de un badulaque apellidado… Bobadilla. Sin llegar a alcanzar las cotas de tan tremenda chufla, hay nombres propios que exigen perentoria sustitución, como hay identidades periodísticas que no se acomodan al nombre inscrito en la partida de nacimiento del registro civil. En ambos casos resulta forzoso abjurar del nom de famille y agenciarse un nom de plume. Si este connota cierta beligerancia, ayudará a amedrentar al enemigo y dispensará mejor apresto para la brega periodística. No lo dudó Francisco Martín Llorente: sin la fortuna de llevar al cinto del apellido ni una espada que desenvainar ni un máuser que empuñar, rubricó sus muy germanófilos comentarios de re bellica como Armando Guerra. Carmen de Burgos recomendaba mayor circunspección y votaba por «un nombre novelesco o histórico de buena sonoridad». Turbas de plumillas se han acogido a esta solución. Así, Álvarez Arránz firmó sus crónicas de tribunales con el nombre del legislador Licurgo; Eusebio Jiménez fue Espartaco, y Juan José Morato asumió la identidad corsaria de El arráez Maltrapillo. Ernesto López tomó prestado a Victor Hugo el nombre de uno de sus personajes, el archidiácono Claudio Frollo; Francisco Alcántara fue armado caballero con pescozada, espaldarazo y el nombre de Esplandián; Anastasio Anselmo González y Fernández no estaba, desde luego, para ponerse tiquis, pero ¿por qué no miquis?, y se puso Alejandro Miquis, como el hidalguete galdosiano, y Carlos Luis Álvarez decidió vestirse con el pesimismo escéptico del Cándido de Voltaire. Por su parte, Antonio Sánchez Ruiz quiso convertirse en Hamlet. Quizás algo pretencioso, debió de pensar. Y con la muy plausible intención de no pasar por un fatuo adosó al nombre shakespeariano el apellido Gómez. Error garrafal. No olvidemos que lo que hay que procurar, bajo cualquier concepto, es esquivar el muy pedestre Gómez. Y como recordatorio ahí está el destino de nuestro rebautizado Hamlet, exactamente el mismo que le hubiese aguardado perseverando en el Sánchez Ruiz del pecado original: triste, muy triste, tristísimo. Si finalmente el periodista no termina de encontrar abrigo en la semántica literaria, puede inventarse un nombre vacío y colonizarlo. Eso hizo Raimundo García Domínguez, llenar de significado su magnífico hallazgo dadaísta: Borobó. 

Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.

Regístrate gratis

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5€mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Un comentario

  1. Pingback: “Cómo se hace un periodista” (Isabel Gómez Rivas) | efnotebloc

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*