
«¡Ah, querido amigo! ¿Qué diría usted si yo afirmase que estamos encima de una sinagoga? ¿Eh? La cosa es fuerte. Pues sí, señor. Cuando la persecución de los judíos, estos erigieron un templo subterráneo; yo me lo figuraba, viendo el número de casas con galerías ocultas que hay en Madrid. Existe una ciudad subterránea cuya existencia nadie sospecha». Este fragmento de la novela La torre de los siete jorobados, escrita por Emilio Carrere en 1920, demuestra que la fascinación por el subsuelo de Madrid no es algo nuevo. Con un pie en la realidad y otro en la ficción, Carrere dibujó una infraurbe laberíntica y gótica, habitada por una grotesca banda de falsificadores contrahechos.
Y aunque la idea de una ciudad oculta bajo la Villa y Corte pueda sonar a disparate, tiene una base tan sólida como la tapa de una alcantarilla. Para demostrarlo, vamos a explorar el oscuro hormiguero que late en las entrañas de Madrid: un intrincado mapa con más de cuatro mil quinientos kilómetros de túneles, galerías y pasadizos que nos permitirán recorrer la ciudad de punta a punta sin poner un pie en la superficie.
La Torre de los Huesos
En 1996, la obra de un aparcamiento subterráneo en la plaza de Oriente puso al descubierto una atalaya de origen islámico, construida en el siglo XI por la población musulmana como parte del sistema defensivo de la ciudadela de Mayrit.
Los restos que se conservan de esta construcción islámica, llamada Torre de los Huesos por su cercanía al antiguo cementerio musulmán Huesa del Raf, se exhiben hoy en las dependencias del aparcamiento: allí es posible palpar la base rectangular de la atalaya, que combina mampostería de sílex en los paramentos con sillares de piedra caliza en las esquinas.
Pese a que la mayoría de los expertos coinciden en que se trata de restos de arquitectura árabe, algunos autores han defendido el origen cristiano de la atalaya, puesto que cristianos eran quienes construyeron una muralla junto a ella en el siglo XII. Los restos de tal muralla, por cierto, aún pueden verse en el interior de la prestigiosa pastelería Santa Eulalia, en el número 29 de la calle Espejo.
Del mismo modo, todavía existen vestigios de los pozos y norias excavados por los árabes para captar las aguas subterráneas de Madrid: por algo Mohamed I bautizó al germen primigenio de la Villa y Corte como «Mayrit», que significa ‘tierra rica en agua’.
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Entiendo eso de las amenazas, superpoblación, contaminación y especulación edilicia, pero, a quién se le ocurre proyectar una ciudad bajo tierra, aun si con todas las comodidades? No hay dudas de que el lado oscuro de la fuerza reinaba a sus anchas en aquellos tiempos. Confieso que no he leído bastante sobre urbanizaciones medievales, pero es una novedad que los árabes hubiesen llegado hasta Madrid, y más aún que la bautizaran con ese vocablo tan evocativo, Mayrit, tierra rica en aguas. Es una agradable sorpresa. Los circunscribía en el sur de España. Gracias por la divulgación.
Bastante mas arriba llegaron…
https://m.eldiario.es/andalucia/mapa_2_EDIIMA20160218_0105_19.jpg
Aunque no tiene mucho que ver con el artículo, las famosas psicofonías que citas del Palacio de Linares (esas de «mi hija Raimunda nunca oyó decir mamá» y «mamá, yo no tengo mamá»), no fueron grabadas por ningún grupo de parapsicólogos. Se trató del montaje fraudulento de una señora que no tenía nada que ver con ese mundillo y que pretendía escribir un libro sobre los supuestos fantasmas del palacio. La doña tuvo el morro de pagar a una actriz para que grabase dichas voces y claro, la cosa terminó descubriéndose y la «escritora» desapareciendo y hallándose en paradero desconocido desde hace treinta años a causa del bochorno. Ni creo ni dejo creer, pero las escasas veces que un aparato magnetofónico ha captado «voces de otros mundos», hay que tener un oído prodigioso para entender lo que ahí se oye, sin embargo las de esa señora eran de una nitidez y claridad tales que no hizo ni falta sospechar, se delataron ellas solitas.