
Esta entrevista está disponible en papel en nuestra revista Jot Down Smart número 16
Miguel Rafael Martos Sánchez (Linares, Jaén, 1943) entra en un hotel de la plaza de Santa Ana, en Madrid. Es una mañana fría y soleada. Llega rodeado como en una película: es el hombre bajo de chupa de cuero, gafas de aviador y pelo de Raphael, su figura artística, lo único que ya es él. Coqueto, contradictorio, estrella. Mutante como pocos. Se sienta, bromea, enseña sonriendo una dentadura inmaculada y mira la grabadora. Está listo para ser entrevistado.
Iván Ferreiro estaba entusiasmado con la canción («Carrusel») que le compuso para su disco Infinitos bailes.
Lo que pasa es que estoy en la casa de todo el mundo. Llamo mucho la atención de las personas que empiezan. Y a los que empezaron antes y han seguido mi trayectoria les llamo todavía más la atención. Para mí es una suerte poder trabajar con todos ellos. Cuando ellos me preguntan qué quiero, siempre respondo: tema libre. «Pero ¿cómo lo ves tú?». Les digo: «Escribe, punto». Han sido muy libres, y me han hecho unos temazos.
Eso desmonta el mito de que en España el trabajo no se valora, o el de la envidia. Lo que hacen los jóvenes con usted es un reconocimiento a la ética del trabajo.
Cincuenta y cinco años de trabajo constante son un argumento demoledor. Rompe todas las dudas que pueda haber sobre mí: hay que rendirse a la evidencia. Este señor sigue ahí, está ahí, está mejor de voz de lo que nunca ha estado. También yo juego con ventaja. Normalmente, cuanto mayores son los artistas, mejores son. Pero hay una cosa que les falla: la fuerza. Y yo, por las circunstancias de la vida, tengo la de un chaval de treinta años.
La letra de «Ahora», la canción que le hizo Bunbury, habla de usted, de su carácter. El vídeo refleja muy bien ese ahora.
Es que Enrique es muy, muy hijo mío. Él me conoce al dedillo porque me ha estudiado desde que tenía cuatro años.
Nadie ha captado así a Raphael.
Hay varios, pero Enrique es uno de ellos. Enrique ya escribía para mí antes de que él lo supiera. Ahora somos muy amigos. Me dijo: «¿Sabes cuándo te conocí?». Le dije que no, y me contó que me había conocido en Zaragoza, porque él es de allí. Que su madre lo llevaba al teatro todos los días… con cuatro años. Él escuchaba a Raphael todo el día.
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Odio los anglicismos, pero es que con Raphael no queda otra. El mejor frontman de la historia del rock cantado en español. Lo de que no tuviera una banda y ni siquiera sea considerado como rockero, es una nimiedad ante la evidencia escénica.
Lo de mejor Frotman en castellano si a lo veo (aunque un Camilo Sesto si podría rivalizar). Ahora bien llamar rockero a Raphael sólo por su presencia escénica es pasarse.
Ser rockero engloba muchas cosas, pero la principal es hacer música rock, y salvo alguna canción puntual, Raphael no destacó precisamente x eso.
La entrevista está bien, pero creo q se le podría sacar mucho más jugo.
Una entrevista absolutamente plana para un personaje que tiene un montón de capas por explorar. Ni una sola «pregunta incómoda», y si alguien tiene preguntas incómodas en este país ese alguien es Rafael.
Entrevista sosa y sin sustancia. Desde mi punto de vista no está al nivel de calidad de Jotdown.
Raphael podrá ser una estrella, pero no una estrella del rock. Lo suyo antes se llamaba música ligera.
¿Entrevista? Masaje. Qué mala suerte que siempre se les olvide a los periodistas preguntar por los tiempos en que dedicaba los conciertos a la mujer de Francisco Franco, qué sentía tener esa comunión con la esposa de ese delincuente. Cachis.
Es que la sra » Collares» fue quien le subvenciono, digan lo que digan. O mejor dicho, diga lo que diga el. Menuda fabrica de hacer Stars que era el franquismo.
Nunca hice caso a Raphael en los sesenta ni en las décadas que siguieron. Tenía la cabeza puesta en otros estilos y solo veía a un joven guapo y amanerado que quería ser Olga Guillot. Ahora y desde hace casi un lustro, proclamo gritando a los cuatro vientos que Raphael es un ARTISTAZO de los que hay pocos a nivel mundial.