¿A qué madre de un monstruo te habría gustado conocer?

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Alguien dijo que a los hijos se les perdona todo, pero que a los padres nunca. Quizá en este caso debiera ser al revés, aunque probablemente tampoco: muchos de los de esta lista estaban ausentes, o borrachos, o ambas cosas a la vez, y si volvían era para atormentar aún más a los de casa. Preferimos olvidarnos de ellos y centramos en las madres, que son las que los parieron y criaron, a menudo con un amor al que la historia no quiso hacer justicia. No nos atrevemos a culparlas de nada, pero nos habría gustado saber de su boca qué sintieron tras haber parido a un monstruo. Escojan a la que más curiosidad les despierte al final de esta lista o añadan en los comentarios las que estimen convenientes.

(La caja de voto se encuentra el final del artículo)


Agripina la Menor (Nerón)

Agripina coronando a su hijo Nerón. Museo de Afrodisias, actual Turquía (DP).

Educada por su abuela, Agripina nació (probablemente) en un asentamiento romano en Germania y se casó a los trece años con un tal Cneo Domicio Enobarbo, un cónsul romano que ya avisó en su día de lo que estaba por venir: «De esta unión solo puede salir un monstruo». Lo llamaron Nerón.

Tras doce años de matrimonio, Agripina enviudó por primera vez y, cuando su hermano Calígula se convirtió en emperador, se lo llevó a la cama. También el resto de sus hermanas. La prematura e inesperada muerte de Drusila, la preferida de Calígula, abocó a este a una enfermedad mental que le hizo perder todo interés por Agripina. Herida en su orgullo, no tardó en empezar a confabular para derrocarle. Luego se volvió a casar, y envenenó a su segundo marido para poder contraer matrimonio por tercera vez, ahora con su tío, Claudio I, quien se había convertido en emperador tras el asesinato de Calígula. Además, Agripina aconsejó a su hijo Nerón que se casara con su nueva hermanastra, Octavia. La madrastra ejercía tal poder sobre Claudio que lo convenció para que apartase del trono a su propio hijo y nombrase sucesor a Nerón. Cuando este tenía dieciséis años, Agripina envenenó a Claudio, allanando el camino para que el chaval fuese proclamado emperador. Y así fue, aunque molesto por las continuas injerencias de su madre, Nerón ordenó ejecutarla.


Vannozza dei Cattanei (César Borgia)

Vannozza dei Cattanei, por Innocenzo Francucci. (DP)

A Vannozza le ponían los papas. Tras dejarlo con Julio II se convirtió en la amante del cardenal Rodrigo de Borgia, quien más tarde se convertiría en el papa Alejandro VI. Tuvo al menos cuatro hijos con él, de los que César fue el segundo. La fulgurante carrera religiosa del chaval lo convirtió en obispo de Pamplona con tan solo dieciséis, en arzobispo de Valencia recién cumplidos los diecinueve y en cardenal un año después. Luego ya se aburrió de tanto cirio y tanto incienso para dedicarse a la política con mayúsculas. Lo hizo tan bien que el propio Maquiavelo se inspiró en él para su obra El príncipe. Volviendo a su madre, sabemos que se casó cuatro veces, una de ellas en un matrimonio concertado por el propio papa Borgia con un tal Giorgio de Croce, al que le había conseguido un puestecillo de secretario apostólico. Dicen (los curas) que fue una mujer «extraordinariamente piadosa». Cuando murió en 1518 había dado tanto dinero a la iglesia donde fue enterrada que los monjes agustinos seguían ofreciendo misas por su alma doscientos años después.


Luisa María de Orleans (Leopoldo II de Bélgica)

Luisa María de Orleans, por Winterhalter. (DP)

Nacida en Palermo en 1812, Luis María era hija del rey de Francia y acabó convirtiéndose en reina de los belgas tras casarse con Leopoldo I de Bélgica.

De ella se sabe que era tan tímida que tenían una tendencia tan sana como enfermiza a evitar las apariciones públicas inherentes a su cargo, hasta el punto de que Leopoldo la tenía que obligar a dar la cara de vez en cuando. También que dedicaba mucho tiempo y dinero a obras benéficas mientras su marido (veintidós años mayor que ella) inseminaba a mujeres que nunca traerían a un nuevo rey al mundo. La pareja perdió al primero de sus cuatro hijos cuando este apenas contaba diez meses de vida. El segundo, Leopoldo II, sigue siendo el rey belga que ha ostentado el reinado más longevo (cuarenta y cuatro años) así como el responsable más directo de la muerte de millones de congoleños, sobre cuyos cadáveres amasó una inmensa fortuna. Luisa María murió de tuberculosis en 1850. Se la recordará por el gran número de familias necesitadas a las que ayudó en vida, así como por haber parido a uno de los mayores genocidas de la historia.


Yekaterina Gueladze (Stalin)

Yekaterina Gueladze, por Isaac Brodskiy. (DP)

Yekaterina —a quien todo el mundo llamaba «Keke»— nació en Georgia en 1856 de padres muy humildes, como la mayoría en la zona entonces, e incluso hoy. Los dos primeros hijos que tuvo tras casarse con Visarión Dzhugasvili murieron de sarampión, aunque probablemente no habrían vivido mucho más si hubieran tenido que compartir habitación y desayuno con Iosif, el que vendría después. Siguiendo una costumbre muy georgiana, a Visarión le pagaban parte de su sueldo en vino (era zapatero), lo cual acabó por exacerbar aún más su alcoholismo. Que machacara a golpes a su mujer y a su hijo se convirtió en parte de un siniestro ritual etílico que no contribuyó a un clima familiar constructivo. Probablemente lo mejor que hizo por ellos fue abandonarlos cuando el pequeño Iosif tenía diez años. Para mantener a ambos, Keke hacía lo que podía: servir, lavar, coser… Casi siempre en las casas de los comerciantes más ricos de la zona. Tras mucho esfuerzo, consiguió establecerse en un negocio de costura en el que permaneció durante diecisiete años. Su sueño era ahorrar para poder mandar a su retoño al seminario de Tbilisi y que un día llegara a obispo, de ahí el berrinche que se agarró cuando al chaval lo expulsaron de la escuela. Poco antes de convertirse en un reputado asesino de masas, Stalin le construyó un palacio a su madre en Georgia. Se dice que Ekaterina solo ocupaba una habitación y que pasó sus últimos años escribiendo cartas en georgiano (nunca llegó a dominar el ruso) para su hijo y su nuera.


Klara Pölzl (Hitler)

Klara Pölzl. (DP)

Klara fue una joven analfabeta austriaca más que acabaría casándose con un primo, Alois Hitler en su caso. Tres de sus hijos murieron a edades tempranas antes de Adolf, y a Klara le obsesionaba la idea de perder también a este. Contraviniendo los deseos de su padre, quien quería que su hijo se convirtiera en funcionario, Adolf se decantó por el arte. Aquella fue una larga época de tensión entre ambos que solo terminó cuando Alois murió de un infarto. Klara también prefería que su hijo se labrara un futuro en los organismos del Estado, pero le costaba llevarle la contraria a su único hijo. Pese a la oposición del resto de la familia, pagó un viaje a Viena a Adolf para que intentara ingresar en la Academia de Bellas Artes. Poco después, caería gravemente enferma de cáncer, y fue el médico judío de la familia, Eduard Bloch, el que se encargó de su tratamiento. Pero nada se podía hacer. La muerte de Klara dejó a Adolf sumido en una profunda depresión; no en vano, el propio doctor Bloch llegó a decir que el amor por su madre era «uno de los rasgos más distintivos» del genocida. Tras sufrir un matrimonio marcado por los malos tratos a manos de su marido y la pérdida de tres hijos, Klara falleció en 1907 con la idea de que legaba al mundo un hijo pintor. Se especuló si su muerte a los cuidados de un médico judío podría haber sido una de las causas del antisemitismo de Hitler. Que resulta bastante improbable queda corroborado por las muestras de agradecimiento en forma de postales y cuadros pintados por él mismo y, sobre todo, el trato de favor que le dispensó para que Bloch pudiera huir del país (murió en Nueva York en 1945).


Rosa Maltoni (Mussolini)

Rosa Maltoni. (DP)

Nacida en un pequeño pueblo italiano en 1855 en casa de un veterinario y un ama de casa, Rosa Maltoni era una devota católica de carácter tranquilo y sencillo. Cuando trabajaba de maestra en el pueblo de Dovia, se casó con Alessandro Mussolini, herrero del pueblo y militante socialista. Benito fue el tercer hijo de la pareja así como el vivo retrato de su madre. Como parece que fue la norma entre los padres de los dictadores de la época, Alessandro también bajó a por tabaco un día para no volver, dejando a la prole al cargo de Rosa. Murió de meningitis en 1905, a los cuarenta y seis años, pero se convertiría en el «ideal de la mujer italiana» décadas más tarde, ejerciendo ya Benito de dictador. A su memoria se bautizaron infinidad de calles y barrios, escuelas e institutos, hospitales así como un gran número de organizaciones benéficas. El chaval la quería tanto que en 1930 incluso le dedicó un homenaje público a la que fue «gran educadora y gloriosa madre». Ambos yacen juntos en la cripta del cementerio de Predappio, al norte de Italia.


María Pilar Bahamonde (Franco)

Nicolás Franco Salgado-Araújo y María del Pilar Bahamonde Pardo de Andrade con su pequeño futuro genocida en brazos. (DP)

Hija de un intendente general de la Armada, María Pilar pensó que lo mejor para ella era casarse otro intendente general de la Armada, un tal Nicolás Franco. La pareja tuvo cinco hijos de entre los que el segundo sería dictador cuando fuera mayor. Que el matrimonio no funcionaba como debía era algo ya evidente en el carácter tan diverso entre la camada: mientras Nicolás, el mayor, había salido tan putero como su padre, el ínclito era una fotocopia de María Pilar, una ferviente católica que aborrecía la «promiscuidad sexual» tanto como el liberalismo o la masonería. Según parece, a Francisco le caneaban en la escuela y le llamaban «cerillito» por su baja estatura, una situación que María Pilar abordaba utilizando innovadoras técnicas como calentar la punta de una aguja hasta el rojo vivo y clavársela en la muñeca, a ver si espabilaba. Ya a una edad temprana, Francisco renunció a conseguir la aprobación de su padre, lo mismo que Nicolás la de su madre. Este último dedicó su vida a causas tan nobles como jugarse la fortuna propia y parte de la familiar a las cartas, o entregarse en cuerpo y alma a hazañas alcohólicas escritas con renglones de oro en el club de oficiales. Lo de Cerillito fue un asunto bastante más turbio.


Hamida al Attas (Osama Bin Laden)

Hamida nació en Siria en 1934 en una familia de cultivadores de cítricos. Hasta aquí nada extraño excepto por el hecho de que en casa eran alauitas, una rama del islam chií en las antípodas del wahabismo suní que llevaría a su hijo a recorrer el mundo matando infieles. La casaron a los catorce con Mohamed bin Awad bin Laden en 1956, y luego se trasladaron a Arabia Saudí. La pobre Hamida era la undécima esposa de Mohamed, pero este era un hombre pío y se divorció de la mayoría de ellas quedándose únicamente con cuatro (ese es el máximo que permite el Corán). Osama bin Laden fue el único hijo que tuvo con Mohamed, así como uno de los veinticuatro que aquel sátrapa saudí tuvo en vida. Aquello no funcionaba, así que Hamida se divorció prácticamente nada más nacer su retoño para volverse a casar con Mohamed al Attas, un financiero vinculado al emporio de los Bin Laden con el que tuvo tres hijos y una hija. Se cuenta que Osama ayudó activamente a criar a sus hermanastros hasta que se casó a los dieciocho con una sobrina de catorce. En 2001 llamó a su madre para decirle que no podría volver a hacerlo «durante una larga temporada», antes de añadir que «se avecinan grandes acontecimientos». A sus ochenta y cinco años, Hamida sigue manteniendo que su hijo fue siempre un buen chaval que la quería mucho «hasta que se cruzó con gente mala». Si es que no se los puede dejar solos.


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4 comentarios

  1. Conacheiro

    Por favor, añadan a esta señora: hace unos días, en Valga, Galiza, un hombre asesinó a tiros delante de sus hijos, de 4 y 7 años, a su exmujer, a su exsuegra y a su excuñada. Su madre declaró en televisión: «Mi hijo provocó un daño muy grande, pero no se merece estar donde está, es un santo».

  2. Javier

    La única madre de un monstruo que me hubiera gustado conocer sería esta:

    https://www.youtube.com/watch?v=sNd82ZdW0EE

  3. Me quedo con la ironía de Javier. Tener la oportunidad de conocer a cualquier mujer obligada a parir SÍ o SÍ demonios (o santos) me pondría en una situación bochornosa.

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