Rocketman: homenaje a un hombre tan pobre que solo tenía un talento alucinante

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Elton John en 1971. CC BY-SA 2.0.

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Siempre me ha parecido curiosa la gente que no sabe pactar con un músico, porque son más norma que excepción. Tiene que ser durísimo ser víctima de esa epidemia. Si tienes un alma hipersensible que se alimenta solamente de las más sofisticadas y depuradas expresiones artísticas al alcance nada más de un gusto cuidado y trabajado, nunca podrás disfrutar de Papá Levante, por ejemplo. Pero ahí van ellos, con su sensibilidad metida en una urnita, para que no se manche. El gusto, mejor en una cueva oscura que revolcándose por la hierba fresca bajo un sol radiante.

Es un debate más viejo que la tos y Sir Elton John lo encarnó desde que alcanzó la fama, que fue prácticamente desde el inicio de su carrera en solitario. Su problema con la crítica, fundamentalmente, fue el éxito. Le gustaba locamente al público y solo tenía un piano de cola. No era guapo, no era sexi, no era misterioso. Su sensibilidad no había sido forjada cerca de la Puerta de Tannhäuser y te la administraba en pildoritas a ti, burgués de mierda, aunque no te las merecieras.

Nótese que en una época en la que la puesta en escena estrafalaria y glamurosa de una propuesta musical era fundamental, Elton John te llenaba no un estadio, sino Central Park, que es más grande que Mónaco, hasta las cartolas, y salía en un atuendo no muy lejano a un puto chándal. Con hombreras, eso sí, pero era una especie de chándal. Solo le faltaban las pantuflas y, sin embargo, pocos diez minutos más exuberantes que su «Funeral For a Friend» en ese concierto. A mí me pondrá la piel de gallina in saecula saeculorum, sobre todo cuando dobla los punteos cantándolos como Rory Gallagher cuando estaba crecido y ligeramente mamao ante las cámaras de las televisiones alemanas.

Fue un dios. Sin embargo, en la actualidad, me ha llamado la atención que su biopic, Rocketman, no haya metido mucho ruido, al contrario que el de Queen, grupo que tampoco es plato de buen gusto de los paladares más exquisitos ni de quienes necesitan que la música que escuchan grite por ellos que son plenamente heterosexuales. Quizá sea porque, aunque los años de talento de Elton John sean parte de la historia más brillante de la música popular, quedan realmente lejos. Son diez elepés, pero cuesta verlos. Hay ya tres décadas de un artista plano y complaciente por encima de aquel primer lustro de los setenta, cuando era capaz de tocar para audiencias descomunales o en pases privados para estrellas de Hollywood de antes de la guerra, como Mae West.

Su propuesta era superficial, podría ser. Pero la profundidad la puede alcanzar cualquiera, es cuestión de trabajo. El talento, sin embargo, no. Esto duele. Porque Dios reparte esas cartas después de haberlas barajado muy bien, de modo que la aparición del talento no se puede controlar. No está en manos de los inteligentes y eso jode mucho. El talento se puede depurar con el trabajo, pero el trabajo no da talento te pongas como te pongas. Sale a flote, como la verdad, cuando menos te lo esperas y sin que puedas hacer nada. Los críticos frustrados se sienten como Pierre Nodoyuna y Patán cuando esto ocurre.

Rocketman, aunque se guarda para sí aspectos negativos del artista, que era una diva de muchísimo cuidado, refleja sus problemas para superar los traumas que desarrolló en la relación con su familia, mucho más fuertes que la fama y el dinero, hemos de suponer. Es un buen punto de apoyo para trazar un perfil psicológico. Su caso fue uno más del síndrome del payaso triste. Toda la vida atormentado por la excesiva protección de su madre y el desprecio de su padre, militar, al que tener un hijo pequeñito, regordete, con gafas y no tan varonil como le hubiera gustado, presuntamente le causaba repugnancia. Pero había también mucho por el otro lado. Su madre no le dejaba salir a jugar con los demás niños, le tenía siempre a la vista en el jardín de su casa rodeado de juguetes. Aprendió pronto a gozar en solitario, como los dioses o los locos. De hecho, le tuvo pánico al sexo durante muchos años, no perdió la virginidad hasta los veintitrés. Con ese perfil, el éxito mundial que alcanzó no transcurrió por los cauces de la sensatez y el realismo, podríamos decir.

Con tres años ya tocaba de oído el piano que había en casa de sus abuelos. De los once a los quince recibió formación en la London’s Royal Academy of Music, pero lo que explotó en la cabeza de aquel niño fue escuchar a otros dos insignes pianistas: Jerry Lee Lewis y Little Richard. Hubo mucho rock después del primer rock, pero él se quedó ahí anclado.

No fue extraño que lo primero que hiciera en la vida fuese enrolarse en un grupo. Con dieciocho años, una de sus primeras composiciones llegó a grabarse en un single en 1965, «Come Back Baby» de Bluesology, con él al piano y a las voces y marcando la diferencia seriamente con su estilo personal. La segunda canción que sacaron, en noviembre de ese año, también compuesta por él, ya se enmarcaba en el blue-eyed soul del momento. Todo de primera calidad, pero sin éxito. Además, vivían en la carretera, en el circuito de pubs, que es mala vida, y fuera del estudio no le dejaban cantar tanto como le gustaría.

En 1967, le sonrió la suerte. La estadounidense Liberty Records, que ese año estaba sacando ambrosía como Del Shannon, abrió una división en Reino Unido que luego fue la llamada DJM. Pusieron un anuncio en el New Musical Express el 17 de junio que decía lo siguiente: «Liberty wants Talent-Artistes/Composers/Singers-Musicians to form new group». A partir de aquí, la versión de la película es más o menos tal cual. Le grabaron unas demos a Elton, vieron que tenía potencial, pero no se le daban las letras. Ray Williams, el A&R, tuvo una corazonada y le juntó con uno que había mandado sus poesías tras leer el anuncio, era Bernie Taupin. Un tío de campo, que trabajaba en granjas, pero que estaba harto de incinerar pollitos muertos por las plagas. Juntos tuvieron una relación platónica. Como se ve en la película, Elton le intentó besar una vez, pero fue por si sonaba la flauta. Siempre fueron como hermanos, el que nunca tuvo Elton, y compartían lo más importante: una misma ambición.

Lo gracioso es que Elton empezó a trabajar sus letras mucho antes de conocerlo en persona. Un día apareció en la esquina del estudio, se saludaron cordialmente y se tomaron un café. Ahí empezó una colaboración y una amistad que iba a vender millones de discos, aunque en un principio, Dick James, que venía de trabajar con los Beatles, con muy buen criterio los veía solo como unos Jerry Leiber y Mike Stoller. Obreretes trabajando en la sombra para otros artistas de éxito, fabricando hits para Tom Jones o Lulu, solistas que dependían del compositor que había detrás de su impactante imagen y encanto personal. Sin embargo, con un single, «Lady Samantha», lograron atención de la prensa y les dejaron probar con un LP a ver qué pasaba.

Taupin dijo después que en Empty Sky estaban muy verdes y eran muy naíf. Para un servidor, ese álbum ya brilla y está al nivel de los posteriores. Un disco que empieza con la canción homónima, bestial, y tiene «Val-hala», «Western Ford Gateway», «Sails» o «Just Like Strange Rain», que entró de bonus track en la reedición en cedé… Encima se grabó en unos pocos días, a ciento cincuenta libras la canción. No obstante, aunque colocaron su rostro en la parte trasera de cien autobuses londinenses, no logró vender más de cuatro mil copias.

Menos de año después, en abril de 1970, ya estaba listo el LP Elton John, que contenía «Your Song», su primer éxito masivo. Producido por Gus Dudgeon (de los Zombies, John Mayall con Eric Clapton o el Space Oddity de Bowie) y arreglos de Paul Buckmaster, que le sirvieron para trabajar en el Sticky Fingers al año siguiente, pero que recibieron críticas en la Rolling Stone por «pomposos». En la película parece que en Estados Unidos le descubren en el Troubadour de la nada, pero estuvo programado seis fechas, todas con las entradas agotadas. De hecho, el gran éxito le llegó antes en Estados Unidos que en Reino Unido. Tras esos shows, en las radios angelinas le presentaron como «el nuevo Mesías». Estaba en una nube, las estrellas le invitaban a sus mansiones. Brian Wilson le recibió en la suya cantándole «Your Song» en la puerta de entrada.

Ante el chollazo que se vislumbraba, fue exprimido por los sellos como un escritor de éxito. Se le puso a sacar disco cada medio año, prácticamente. En perspectiva, podríamos decir que de su piano salieron siete álbumes de matrícula de honor y coletazos bastante buenos en los siguientes, cuando ya era un cocainómano alcoholizado luchando contra su propia sombra. Entró en las listas americanas en la época de reinado de Simon & Garfunkel, la saga de Crosby, Stills & Nash, un Neil Young que despegaba o cantautores como James Taylor o Joni Mitchell, pero Elton John traía los viejos remedios a tanto rollo profundo y sentimental: el espíritu de Little Richard.

Mientras que la propuesta de los citados era muy seria, no era para reír, porque el mundo estaba muy mal, Elton John era un payaso, un espectáculo. Le inyectó energía y sustancia a la música blanca como diez años después harían los Sex Pistols y como diez años antes habían hecho los Beatles y los Kinks. Era un inglés de clase obrera, que había crecido en la escasez de la posguerra, con cartilla de racionamiento, aliado con otro del mundo rural. No tenían tiempo para subterfugios sofisticados ni coartadas ideológicas a la hora de fabricar canciones que simple y llanamente fuesen cojonudas. Salió bien.

No obstante, en octubre del mismo año presentó sus respetos al buen pueblo americano con un LP que profundizaba en sus raíces. Tumbleweed Connection, aunque la portada fuese Londres, pagaba su tributo a la cultura estadounidense, como hicieron luego con el Sticky y el Exile los Stones. En ese disco, cuyo título hacía referencia a las plantas típicas del erial, los estepicursores o nubes del desierto (tumbleweed), hay grandes canciones como «Come Down in Time» o «Burn Down the Mission», pero «Where to Now St. Peter?» rayaba, como su propio nombre indica, lo celestial. Casualmente, nunca salió en ninguno de sus recopilatorios ni directos oficiales. Tampoco se la menciona cuando se repasan sus éxitos. Va sobre un soldado moribundo, seguramente, al ser un disco americanizante, uno de la guerra de secesión. Por extraño que parezca no le vieron ningún single al disco, pero llegó al número 5 como álbum. En la Rolling Stone dijeron que podría haber ido más lejos y que las canciones de amor sonaban anticuadas.

En abril del 71, cayó su primer disco en directo. Era para la radio y se hizo delante de apenas un centenar de personas. Traía un «Honky Tonk Woman» y un medley de dieciocho minutos para terminar que fusionaba la aludida «Burn Down the Mission» con el clásico «My Baby Left Me» y «Get Back» de los Beatles. Siguió Madman Actross the Water, en noviembre de 1971, que se abría con «Tiny Dancer», la canción que entra magistralmente en la película Casi famosos y sirvió para que los rockeros de pro de los noventa le perdonasen la vida a Elton John desde la prestancia exclusiva de los ignorantes. El LP ponía a prueba las dotes de actor y vocalista de Elton, que tenía que interpretar personajes muy diferentes y todos tocados del ala de las letras de su amigo. No fue un plástico muy exitoso y, de hecho, las encuestas de popularidad de famosos en Reino Unido indicaban que ya se estaba empezando a pasar de moda. En la Rolling Stone dijeron que era un disco difícil y a veces extremadamente denso.

Entonces llegó Honky Château, mayo del 72. Ahí consiguió su primer álbum que fue al número 1, cargándose a los Stones nada menos, el primero de siete consecutivos. Don’t Shoot Me, I’m Only the Piano Player, en enero del 73, tenia «Crocodile Rock», que también llegó al número uno, era el ejemplo paradigmático que demostraba dónde hundía sus raíces el tío de las gafas, en el periodo inigualable 56-64. Al margen de la colección de arte y muebles que comenzó a reunir en esta época, llenando habitaciones hasta arriba como si tuviera el síndrome de Diógenes, también fue un gran coleccionista de discos. Los compraba a veces por centenares, pero se tomaba la molestia de catalogarlos como un archivero, por géneros y subestilos en detalladas fichas. A finales de los setenta todavía dijo en una entrevista: «Cuando llego a casa hago el amor con mi colección de discos, no he encontrado todavía a una persona de la que enamorarme».

Goodbye Yellow Brick Road, octubre del 73, ha colocado hasta hoy más de treinta millones de copias. «Candle in the Wind», tras la muerte de la princesa Diana, se convirtió en el single más vendido de todos los tiempos. En su día, este LP encajó perfectamente en el espíritu de la época, la era glitter y los años de apogeo del rock sinfónico-progresivo, una comunión casi imposible. En esa gira, quizá el momento más alto de su carrera, en el Hollywood Bowl le presentó en escena Linda Lovelace, la protagonista de Garganta profunda. Dijo: «Damas y caballeros, déjenme presentarles a… ¡la reina de Inglaterra!». También tuvo el honor de hacerlo en otra fecha Groucho Marx, colega de lo más granado del star system de rockeros setenteros. En el documental que se hizo sobre la elaboración del disco y los primeros conciertos, Elton dijo que esos directos eran como «follar durante dos horas y acabar exhausto sin poder hacer ya nada más». Desde entonces, tuvo su propio Boeing 707 y prácticamente vivió volando los siguientes años. Cuando no tenía que subirse al avión o disfrazarse para actuar, se venía abajo. Se hundía en la miseria y se convertía en un petardo absolutamente insoportable.

En junio del 74, con Caribou, llegó su primera decepción y las primeras críticas serias. Las condiciones de trabajo y de salud hicieron mella, empezaba a lucir cartón y estar cada vez más redondico en su conjunto. Dicen los biógrafos que eso le deprimía seriamente y le llenó de complejos, pero el problema fundamental fueron las prisas. Lo grabó en nueve días para poderse ir de gira a Japón. La crítica que le hizo Rolling Stone ya mostraba que los expertos le tenían ganas. Decían «A menudo, lo que él confunde con estilo es simplemente el mal gusto del mes que viene» o «es un maestro que ha presentado una serie de atractivas superficies auditivas. El problema con la superficie es que se desgasta». Solo destacaban, con un aprobado raspado, «The Bitch is Back», —no apreciaron unas guitarras que quizá estaban adelantadas a su tiempo—, y tacharon el disco de «experiencia sorprendentemente vacía». Mención aparte: «Dixie Lily», que volvía a explorar las raíces de la cultura americana, les parecía cosa de mofa, una aproximación ridícula a sus raíces, y eso que era de lo más presentable del elepé.

Mayo de 1975, lanza Captain Fantastic, un álbum autobiográfico, donde «Someone Saved My Life Tonight» recuerda su intento de suicidio en 1969 en el que le tuvieron que sacar la cabeza del horno. Lógicamente, levantó la calidad de un álbum como el anterior hecho a toda leche. Aunque mi favorita es «One Day at a Time», con «(Gotta Get A) Meal Ticket» demostró que indudablemente volvía su calidad compositiva con unos reseñables arreglos negroides y sofisticados. La demanda de Elton en directo que había le permitió renovar el avión. El Boeing se convirtió en el Starship One. Decorado con estrellitas por fuera, dentro se había habilitado el espacio para ciento treinta y ocho pasajeros en uno en el que solo cabían cuarenta. Tenía bar, cocina gourmet, sofás con sala de música y vídeo y una suite con una cama cubierta de pieles. En cada aterrizaje le esperaba una flota de limusinas que partían, escoltadas por motos de la policía por un carril de la carretera reservado para él, directamente hasta el escenario.

En esas fechas le pusieron una estrella en el paseo de la fama de Hollywood, pero el verdadero reconocimiento, el que seriamente apreciaría un músico como él, es que fue el primer blanco que actuó en Soul Train, el programa de televisión más importante de música negra. Stevie Wonder y él se profesaron admiración mutua y, ya antes, en la gira de Yellow Brick Road, se emocionó sinceramente cuando vio que entre público se encontraba Al Green viendo su concierto.

En octubre de 1975 sale Rock of the Westies, que ya ponía de manifiesto que la brújula se estaba estropeando. Era salvable «Island Girl», aunque por momentos parece pop alemán, con todo lo que eso conlleva. Pero este ya, como dice la autora de Elton, Made in England, Judy Parkinson, fue el primero de sus «discos de cocaína». Intentaba acercarse a grupos como Little Feat, Doobie Brothers y los Eagles, que eran lo que pujaba en aquel momento, pero con poca o nula frescura. Sin embargo, el single aparecido al año siguiente junto a Kiki Dee, «Don’t Go Breaking My Heart», sigue siendo hoy un hit de primer orden. Y en octubre de 1976, sale Blue Moves. Un disco que se está revalorizando ahora y con razón, tiene sus cosas, «One Horse Town», «Sorry Seems to Be the Hardest Word», «Where Is the Shoora?», «Idol», mientras que «Someone’s Final Song» parecía propia de Freddie Mercury, pero a mí me da que, quizá por su larga duración, ya se le ven las costuras de quiero y no puedo, pese a la preciosa portada de Patrick Procktor. Para Elton es uno de sus favoritos, quizá sea una elección sentimental, es el último de los setenta con letras de Taupin y también el último que produjo Gus Dudgeon.

Porque 1977 fue el año crucial, en sentido negativo. Anunció que se tomaba un descanso y Taupin se puso a colaborar con otros artistas. Bernie había estado a su lado en todas las giras para enfatizar que la mitad de las canciones eran suyas, pero a cabo de unos años el hombre estaba harto de vagar por el mundo con un pase VIP colgado al cuello. Tampoco ayudó que su mujer, Maxine —una interpretación dice que ella es Tiny Dancer— le dejase y se fuera con el bajista de Elton, Kenny Passarelli. Lo único que hacía Taupin errante por los backstages era exigir que le llevasen cerveza Coors. Si no había donde tocaban, se la tenían que enviar especialmente para él. Los excesos le estaban pasando factura. Aparte de meterse algunas rayas de cocaína y el sobrepeso, Taupin todas las mañanas, cuando se levantaba, se bebía media cerveza y la rellenaba de vodka. Solo así salía de la cama. Sus amigos ya empezaban a decirle que tenía problemas cuando en un trayecto en la limusina le veían bajarse una jarra de vodka con naranja entera. En una inspección rutinaria, el médico le dijo que o dejaba en paz a ese hígado o le quedaban poco tiempo de vida. Se marchó a recuperarse a Acapulco. Elton entró en contacto entonces con Thom Bell, con quien siguió tirando mal que bien, dignamente, pero muy lejos de la época dorada para mi gusto.

En una entrevista en Melody Maker, Elton ya había dicho «he hecho esto durante seis años y estoy harto, no estoy harto de tocar, pero sí de no estar en casa y pasarme la vida deambulando». Tuvo una revelación, había visto a Elvis Presley en un camerino y el encuentro le dejó impactado. El Rey estaba sentado, rodeado de tipos trajeados, sudaba y se le corría el tinte del pelo por la cara. Estaba completamente drogado de lo suyo y no sabía ni a quién le estaban presentado. Elton, en un ataque de lucidez, vio que no quería terminar como él. Elvis, de hecho, murió al poco tiempo de ese encuentro.

Pero sucedió algo mucho más importante: nació el punk. Elton reconoció que cuando vio a los Sex Pistols en televisión mofándome de él pensó para sus adentros: «Sí, soy un gordo, viejo y gandul». Había algo más. Era un alcohólico que bebía de forma compulsiva para poder salir de su habitación, donde lo normal era que estuviera encerrado con cantidades ingentes de cocaína disfrutando de la paranoia en estado puro que acarrea el hábito a esos niveles. Gus Dudgeon, el citado productor, tuvo una idea que le pudo haber inyectado un poco de energía a la empresa, fichar a Dave Edmunds, pero no le dejaron y pensar en lo que hubieran hecho juntos queda en el terreno de la sueños rotos, aunque 1+1 puede ser igual a 1 perfectamente. Por otro lado, Elton desde el 76 se convirtió en presidente del Watford, cosechó tres ascensos consecutivos y jugó la final de la FA Cup del 84 en Wembley, la cual perdió 2-0 contra el Everton. Tan mal no estaría si aparte de conquistar el mercado discográfico hizo lo propio con el del balón.

El problema se conoce que es que, como contó Philip Norman en Sir John, nunca pudo dejar de guardar rencor a su padre. Cuando nació, estaba de misión con la RAF y volvió dos años más tarde. Al llegar a casa, su mujer le preguntó si quería ver al pequeño y él contestó que mejor al día siguiente. Era un hombre-hombre, un militar estoico que trató a su hijo como un recluta, le impuso estrictas normas y le prohibía realizar el más mínimo ruido en casa, con lo dañino que es eso para los nervios de un chaval. Sin embargo, esa es la versión de Elton y la que se ha colado en la película. Norman también cita que su padre trató de compensarlo por los periodos que pasó lejos de él y que, en realidad, el que se sentía excluido de la relación entre su madre y el niño era él. En una ocasión, decía, en un accidente se electrocutó, quedó paralizado e ingresado en el hospital durante meses y no fueron a visitarlo ni una sola vez. Su madre en realidad quería una niña, pero amó igual a su retoño, que creció junto a ella, su abuela Ivy y su tía Win, siempre rodeado de mujeres y sobreprotegido, incluso aislado.

Si de ese entorno salió una persona hipersensible e insegura lo sabrá su psiquiatra mejor que nadie. En sus palabras: «Mi padre nunca me mostró afecto, y eso me hizo guardarme siempre las emociones. (…) Desearía haber tenido el coraje de expresar realmente mis sentimientos, como no subir al escenario y actuar cuando sentía que no podía enfrentarme a ello, pero siempre me obligué a hacerlo. Tenía demasiado miedo de decepcionar a la gente».

También le echó la culpa al rigor con el que le trataron en casa, no permitiéndole llevar la ropa que le gustaba, del afán que tuvo luego por disfrazarse en cada actuación. Lo reconoció a mediados de los setenta: «Mentalmente puedo tener veinticinco años, pero la mitad de mí todavía tiene trece». Sencillamente, estaba acomplejado por no haber podido ser niño ni adolescente como los demás mortales. Pero lo cierto es que desde que se convirtió en Elton John no dejó de serlo un solo día hasta que se metió por fin en rehabilitación y empezó a vender todos los objetos absurdos que había comprado cuando no sabía ni qué hacer con el dinero. Así que tampoco está claro que consiguiera haber sido joven en la veintena y treintena.

Su vida se reducía a volar y ser recibido por decenas de miles de personas en cada lugar para volver a volar y volar. En ese contexto, se volvió adicto a la cocaína, al alcohol y al sexo. Obsesionado y acomplejado por su peso —ya lo había combatido con anfetaminas en los sesenta— acabó bulímico. Su estabilidad emocional se fue al garete y se convirtió en una diva impresentable y caprichosa con los que le rodeaban. Él mismo confiesa en la biografía de Norman que un día dijo: «Hace demasiado viento, ¿alguien puede hacer algo al respecto?».

Tuvo el dudoso orgullo de ser rechazado por las clínicas de rehabilitación hasta que lo admitió el Parkside Lutheran Hospital de Chicago, donde salió de los excesos con unas rutinas espartanas y escribiéndole una carta de despedida a la cocaína que molaría leerla. Encontrar buenas canciones en todo lo que hizo después de su primera época con Taupin es harto complicado, aunque alguna habrá, pero aburre la mera idea de ponerse a buscarlas. Una vez rehabilitado, se convirtió en un famoso amante de las buenas causas tipo Bono y sus amistades con la realeza eran pura caspa.

Era normal que en los noventa se le viese como el anti-rock. Si decías que te gustaba en estos años se reían de ti como si te hubiesen sorprendido con un disco de David Hasselhoff debajo del brazo. Porque no era glam como Marc Bolan, no era pop como Badfinger, no era rock como Nick Lowe ni era misterioso como David Bowie. La peña no tenía asideros para escucharlo sin vergüenza y a veces, por paradójico que parezca, el camino despejado entre un aficionado a la música y una canción buena es el más largo de todos. Ahora, con muchas de sus canciones reunidas en el más o menos digno musical que es Rocketman parece que está por fin completamente asumido que firmó páginas absolutamente brillantes de la historia de la música popular. Dios salve al culogordo.

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4 comentarios

  1. Carlos A.

    Gran repaso a uno de los músicos más importantes del rock y el pop. Puede que mucha gente solo lo conozca, injustamente, por sus baladas más comerciales y melosas, o sus canciones para películas de Hollywood, pero su discografía desde su album epónimo de 1970 hasta el doble ‘Blue Moves’, del 76, es realmente impresionante. Nunca olvidaré la primera vez que escuché ‘Tumbleweed Connection’, una verdadera obra maestra, y uno de mis albums favoritos de toda la historia.

  2. Gran artista. Su mejor colaboración es esta:

    https://vimeo.com/171005358

    lol

  3. Blackfoot

    Después de romper su asociación con Elton John, Bernie Taupin ayudó a un recién rehabilitado (aunque no por mucho tiempo) Alice Cooper, a componer esa maravilla conocida como «From the Inside» (Alice Cooper sonando a Elton John se suele decir de ese LP), una verdadera joya a reinvidicar con un artwork en versión vinilo que corta la respiración y que también parece que ahora se está empezando a valorar en su justa medida.

    Respecto a lo que comentas de Elton John entre finales de los ochenta y hasta hace algo menos veinte años, es cierto. No sé qué se pensaría de él en otros países, pero aquí era el tío gordo, enano y con estrafalarias gafas, que cantaba horteradas como «Nikita» y aparecía de esta guisa en programas de Gurruchaga haciendo playback sobre otra horterada sobreproducida enfermizamente: https://youtu.be/DgI0s3ZJXaY

    Yo siempre tuve dos recopilatorios suyos en casa y conocía bien desde pequeño al verdadero Elton John, pero como bien dices, en su etapa post-Taupin hay que tener valor para ponerse a rebuscar y encontrar una buena canción. Y desde luego, su pomposo homenaje a Lady Di, no hizo sino empeorar las cosas.

    Te agradezco que hayas mencionado la conexión «Tiny Dancer» / Almost Famous, no solo porque sea una de las escenas más conmovedoras y maravillosas de historia del séptimo arte, sino porque creo honestamente que eso le ayudó a reencontrarse con el respeto perdido o directamente que le respetase quién jamás lo hizo. De hecho, no mucho más tarde se lanzó a la carretera con un «one man tour» sin músicos adicionales, solo él y su piano. Y fue ahí diría yo, donde quedó atrás Elton John y comenzó el personaje de leyenda.

    Felicidades por el artículo, ¡como siempre!

  4. kilgore

    Hace un cerro de años vino a tocar Bowie por estos lares, y en una revistilla que daban a la entrada del concierto (todavía la tengo guardada) leía algo que me hizo mucha gracia. Decía uno de los articulistas que el susodicho tenía 20 canciones que se podían considerar obaras maestras, cosa que también se podía decir de Elton John, pero que con este podías estar tranquilo de que no te iba a levantar la novia.
    Y yo yambién descubrí Tiny Dancer en casi famosos (lagunas que tiene uno). Y también me parece una escena conmovedora. Y una monstruosidad de canción.

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