Arte y Letras

Un paseo entre los libros que no se leen

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Foto: Eli Francis / Unsplash.

La lectura no es más que el uso habitual de los libros, pero no el único. Suelen ser los lectores más ávidos los primeros en olvidar su función puramente estética, su simbolismo como elementos de continuidad, la posibilidad de rellenar con pensamientos propios tanto blanco como abunda en sus páginas y hasta su impagable silencio. En su interior encontramos sabiduría, pero también fuera de ellos, especialmente observando a quienes no leen por decisión propia o por simple incapacidad pero se aferran a su presencia como parte fundamental de la vida misma. Las virtudes y defectos de los libros se encuentran, a menudo, en las manos de sus custodios y eso es lo que trataré de mostrar en este pequeño paseo.

Estudiaba tercero de EGB cuando escuché, por primera vez, aquella afirmación que me costó tantos años expulsar de mi cabeza: los libros no son para leer. Lo recuerdo bien porque ese mismo año fui desterrado del nido y enviado a vivir con la tía Lola, que hoy me recibe como si hubiese salido a jugar una tarde y volviese a casa treinta años después.

—Buenos ojos te vean, estaba a punto de llamar a la Guardia Civil.

Nada ha cambiado desde mi última visita: las mismas tarteras ocupan los mismos muebles, el grifo del fregadero sigue goteando y hasta la barra de pan parece la misma que dejé sobre la mesa el día que me fui, incluso la misma que encontré el primero que llegué. Tan solo un pequeño televisor de pantalla plana se empeña en recordar que el tiempo también pasa en los territorios de la infancia. Como sé que le aburren mis disculpas —se ha puesto a descamar jureles mientras invento una—, decido ir al grano y preguntarle por su colección de libros, aquellos que me prohibía tocar y, por supuesto, leer. 

—¿Los de Agatha Christie? —se asegura sin dejar de raspar.

—¿Es que tienes más?

—No, pero a saber lo que te ronda en esa cabeza.

Cuando termina con el pescado, apenas el tiempo justo para interesarse por mi dieta diaria, hace un gesto con la barbilla para que pase al salón donde aquellas pequeñas novelas de bolsillo sobreviven atrincheradas entre fotos de primera comunión y pequeñas figuritas de cerámica. Pertenecen a una colección de la Editorial Molino y salvo por el color de las páginas, un tanto amarillentas, se conservan en perfecto estado y sin una sola arruga o grieta que delaten más uso que el decorativo. Repaso los títulos, pero no recuerdo cuál de ellos me costó la reprimenda.

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6 comentarios

  1. Genial el artículo, en todos los sentidos. Me pareció ver a don Severo, a la tía.. En definitiva, un lujo. ¡¡Vivan los libros!! Aunque sea para decorar…

  2. Este no es un artículo, es un minicuento. Bellísima descripción de Portonovo porque podría serlo, ¿Por qué no?. Un abrazo.

  3. Sergio Dueñas

    Hermoso relato, sin duda. Mil gracias.

  4. Tres personajes inolvidables! Y esos libros custodiados como un botín, una casa hundida y un muerto con pasado tenebroso, y en el medio el narrador, que da la impresión de que no tenga un lugar de fija demora. Muy bueno. Gracias

  5. Me encantó tu relato, me llevaste de viaje y volví a la realidad, aún sigo soñando.
    Muchas gracias,

  6. Humberto Vela

    Buen texto.

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