¿Cuál de estas ofrendas amorosas merece tu remake?

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Por amor se pueden hacer muchas tonterías: desde tatuajes con un nombre dentro de un corazón hasta matar, e incluso morir. Mientras nos decantamos por una opción del menú, siempre podemos regalar algo para mantener viva la llama. Estas son diez de entre las ofrendas amorosas más célebres. Voten por la que les gustaría firmar si tuvieran los posibles o añadan las que consideren oportunas en los comentarios, que el amor ya se encargará del resto.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Un buen cacho de mapa

El encuentro de Antonio y Cleopatra (1885), de Lawrence Alma-Tadema.

Cuando Marco Antonio se mostró sorprendido ante la opulencia del banquete que le había preparado Cleopatra, esta dejó caer dos perlas de gran valor en su copa de vino antes de brindar a su salud. Ya en los postres, la que fuera última reina en la historia de Egipto insistió en que el tributo del romano debía ser superior al costo de la fiesta, perlas incluidas. Tras convertirse en amantes, Marco Antonio le ofreció Chipre, Fenicia, Siria, partes de Arabia y Judea. Lo cierto es que el romano abandonó sus obligaciones políticas y militares para pasara los siguientes catorce años disfrutando de una fastuosa vida en Egipto llena de lujos con su amada Cleopatra. Historiadores de la época, incluido el propio Plutarco, cuentan que Marco Antonio «no estaba en posesión de sus facultades», y que parecía estar «bajo los efectos de una droga o brujería».


El alma

Fausto y Margarita en la prisión (detalle), de Víctor Hernández Amores, ca. 1887.

Es sabido que, además por el conocimiento ilimitado, el doctor Fausto acepta vender su alma al diablo, Mefistófeles, por el amor de Margarita, una doncella del pueblo. Fausto es el protagonista de una leyenda clásica alemana, un erudito de gran éxito pero también insatisfecho con la vida que acaba haciendo ese trato fatal con el demonio. Si bien su figura ha sido el centro de multitud de obras artísticas, existió un Fausto de carne y hueso más allá del mito. El verdadero se llamaba Johann Georg Faust, y fue un sanador, alquimista, mago y astrólogo nacido a finales del siglo XV. Eruditos de la época que lo conocieron en vida lo describen como un «estúpido que abusa de chicos» (Johannes Virdung) o un «bufón arrogante» (Mutianus Rufus). Se le atribuyen un puñado de grimorios (tratados alquímicos) de los que se sospecha que la mayoría son plagios.


La cabeza del Bautista

Salomé con la cabeza de Juan Bautista, Caravaggio, 1609.

Tras la muerte de su marido, Herodías quebrantó la ley mosaica casándose con su cuñado Herodes. Como no se contemplaba que una se pudiera casar con el hermano de su difunto esposo, el matrimonio fue denunciado por Juan el Bautista (aquel predicador judío que bautizó al propio Jesús). Poco después, la danza de Salomé (hija de Herodias) agradó tanto a Herodes que este prometió concederle cualquier cosa que pidiese. La chavala pidió la cabeza del Bautista, la cual le fue entregada en una bandeja de plata. Por supuesto, luego se la dio a su querida madre.


Unos jardines colgantes

Probablemente producida en el siglo XIX, esta pintura representa una visión idealizada de los Jardines Colgantes de Babilonia. Al fondo puede distinguirse la Torre de Babel.

Cuando la reina Amytis de Babilonia comenzó a mostrar una nostalgia preocupante por las montañas kurdas de las que procedía, su esposo, el rey Nabucodonosor II, decidió construir los jardines colgantes de Babilonia en mitad de su desierto (en el actual Irak). El resultado fue considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo, pese a que hoy en día algunos historiadores ponen en duda que llegaran a existir. Hasta la fecha, no se han encontrado textos de la época que mencionaran los jardines ni tampoco evidencias arqueológicas concluyentes. Algunos estudios sitúan el lugar cerca de Mosul, conque pónganse a buscar…


La libertad

Detalle de La Sultana Rossa, por Tiziano (1550).

Suleimán el Magnífico, quien fuera el cabeza del Imperio otomano, concedió la libertad como ofrenda de amor a la esclava Roxelana antes de casarse con ella. Alguien dejó constancia de aquello así: «Esta semana ha ocurrido en esta ciudad un extraordinario acontecimiento sin precedentes en la historia del sultanato. Suleimán ha convertido a una esclava en su emperatriz». Roxelana era una rutena (actual Polonia) de los Cárpatos e hija de un monje ortodoxo, lo cual no fue impedimento para que la pareja tuviera seis hijos y ella se convirtiera en una de las mujeres más poderosas en la historia del Imperio otomano. La rutena ha inspirado a autores del este y del oeste en novelas, pinturas, esculturas y demás manifestaciones artísticas. Su tumba se puede visitar en la mezquita de Süleymaniye en Estambul.


Unos sonetos (de Shakespeare)

Detalle de la primera edición de los Sonetos de Shakespeare publicada por Thorpe en 1609.

No fue Shakespeare pero sí su editor, Thomas Thorpe, quién se otorgó a sí mismo el privilegio de dedicárselos «Al señor W. H.». Curiosamente, en aquella primera edición el nombre del autor está dividido por un guion en la portada («Shakes-Peare») y en la cabecera de cada página. Son anomalías como estas las que han incentivado el debate sobre la autoría de las obras atribuidas al británico. Se desconoce si Thorpe usó un manuscrito autorizado por Shakespeare o una copia no autorizada, pero lo cierto es que los ciento cincuenta y cuatro poemas están considerados como una de las ofrendas amorosas más importantes de todos los tiempos. Eso sí, seguimos sin saber quién era el tal W. H. De Thorpe nos consta que fue un editor singular entre el gremio: nunca tuvo su propia imprenta ni librería por lo que siempre dependía de otras personas para imprimir las obras publicadas bajo su nombre, buscando luego librerías para venderlas. 


El Taj Mahal

Cuando Mumtaz Mahali, la esposa favorita del sultán de los mongoles murió al dar a luz a su decimocuarto hijo, su marido ordenó que se erigiese un mausoleo de alabastro blanco. Veinte mil obreros trabajaron durante diecinueve años para levantar la tumba más costosa de la historia. Perfectamente conservada, sigue deslumbrando al mundo a orillas del río Jumma (India), en el interior de un jardín amurallado y rodeada de pequeñas lagunas que reflejan su imagen. El sultán pretendió hacer un duplicado del Taj Mahal en mármol negro para su propia tumba, pero fue depuesto por su hijo antes de que pudiera ponerse manos a la obra. 


Un diamante de 69 kilates

Elizabeth Taylor —luciendo el diamante Krupp— y Richard Burton en 1968. Foto: Cordon.

Fue Richard Burton el que le compró a Cartier esta gema valorada en más de un millón de dólares de la época para regalársela a Elizabeth Taylor. Entre muchas otras muestras de su devoción también encontramos el que fuera el abrigo de visón más caro del mundo, los diamantes Krupp y Ping Pong y la perla Peregrino, además de una colección de esmeraldas, rubíes y otras chucherías del estilo. A pesar del dispendio, es de sobra conocido que la relación de la pareja fue una de las más delirantes y autodestructivas de la historia de Hollywood. Volviendo al pedrusco, Burton tuvo el detalle de dejarlo en exhibición en la mansión Cartier de la Quinta Avenida antes de entregárselo a su amada. Seis mil personas hicieron cola para contemplarlo.


Una sinfonía

En la mañana del día de Navidad de 1870, la esposa de Richard Wagner, Cósima, se vio sorprendida por la presencia en las escaleras de su casa de diecisiete  músicos. Tocaron para ella la composición que hoy se conoce como el «Idilio de Sigfrido», una pieza compuesta por su marido para ella con ocasión del nacimiento de su hijo. Consta así en el diario de Cósima: «Fui despertada por el sonido de una música nueva, maravillosa y desconocida tocada por un conjunto de cámara. Al finalizar, Richard apareció con mis cinco hijos y me entregó la partitura llamada Regalo sinfónico de cumpleaños». La obra fue inicialmente pensada para permanecer en la intimidad de la pareja, pero las dificultades económicas que atravesó el matrimonio en los años posteriores les obligó a venderla en 1878. El disgusto de Cósima fue mayúsculo.


Rosas rojas (para siempre)

Desde que Marilyn Monroe murió en 1964 por sobredosis de barbitúricos, su segundo marido, Joe di Maggio, envió rosas rojas a su tumba tres veces por semana durante más de tres décadas. Se casó con Marilyn en 1954, y no lo volvió a hacer hasta su muerte de cáncer de pulmón en 1999. Si bien se le conoce por matrimonio con la actriz, lo cierto es que este hijo de emigrantes sicilianos fue toda una leyenda del béisbol que llegó a ser considerado como el mejor jugador de su época. La Segunda Guerra Mundial llamó a su puerta, pero su fama le garantizó un servicio cómodo y placentero como instructor de educación física en una base militar en Hawaii. Avergonzado por los privilegios mientras su quinta mordía alambradas en Europa, di Maggio pidió ser destinado a misiones de combate, pero su petición fue denegada. 


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1 comentario

  1. The Lady of Shalott

    Esta propuesta me ha encantado. Gracias.

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