Jeff Kinney: «Reivindico el valor del aburrimiento en los niños, porque les hace más creativos e imaginativos»

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Fotografía: Begoña Rivas

Jeff Kinney (Fort Washington, 1971) nos recibe librando una batalla con dos grandes bestias. La meramente ocasional (una pertinaz afonía) y otra congénita: es un tímido irredento, que ha de esforzarse constantemente para que la vergüenza no lo paralice. Tiene una de esas sonrisas esponjosas en mitad de un rostro bonachón que hacen de él, a todos los efectos, la quintaesencia del norteamericano medio que devora apple pies y ve la NFL. No parece uno de los bestsellers más grande de las últimas décadas, pero lo es. 

El quinto autor de ficción con más ingresos del mundo es un titán literario al que costaría reconocer por la calle. Al menos a los que levantamos más dos palmos del suelo. Kinney es el padre del pringao Greg, el autor de la saga literaria que lleva más niños encandilados en las últimas dos décadas, con permiso de J. K. Rowling. Pero ni las cifras mareantes, ni haber sido nombrado como una de las personas más influyentes del mundo han sido capaces de extirparle el pasmo: Kinney reacciona con genuina sorpresa cada vez que vende un ejemplar, y van más de doscientos. Doscientos millones. 

«Es nuestro John Le Carré», desliza entre susurros su editorial en España, RBA. Todo a base de hacer algo que parece sencillo y no lo es: que los críos se diviertan leyendo. No quiere enseñarles nada más (y nada menos). Kinney le debe la fortuna a un error de cálculo —nunca pensó que sus historias fueran infantiles— y ha optado por devolverle al mundo una ración de esa suerte fortuita, proveyéndole de lo que más le faltaba: libros. Más concretamente, un lugar donde encontrarlos. En 2015 abrió una librería en su pueblito (Plainville, Massachusetts) que no aspira a ser rentable, solo a obrar la magia. 

Ex programador informático, ex entrenador de baloncesto, ex niño pringao. Kinney, como Greg, a veces cree que no envejece, pero ya son tres generaciones las que han abarrotado cada evento que organiza para reunirse con sus lectores de medio metro. Esta vez está en España para presentar Arrasa con todo, la decimocuarta aventura de Greg, y ha vuelto a darse otro baño de masas. Nadie lo diría, viéndole ahora, mientras juguetea con el rotulador de las firmas e invierte cada segundo en quitarse importancia. No parece un tipo que escribe en un cementerio, pero lo es. 

Has vendido doscientos millones de ejemplares, tus libros han sido traducidos a cincuenta y nueve idiomas, se han rodado cuatro películas sobre Greg, programas de televisión, un musical y está en camino una serie de Disney. ¿Podemos llamarlo el «imperio de Greg»? ¿Alguna vez lo ves así? 

[Risas] Sí, a veces se siente un poco así como «el imperio» de Greg. ¡Pero yo no soy ningún emperador! 

¿Qué sentiste cuando TIME te nombró una de las personas más influyentes del mundo?

Pues sentí, honestamente, que no merecía algo así. Fue algo entre emocionante y divertido al mismo tiempo. Sucedió muy pronto, cuando iba por el tercer libro, creo recordar… Ahora me parece que fue hace mucho tiempo. En un primer momento pensé que era una broma, que alguien me estaba tomando el pelo cuando me llamaron para decirme que me habían nominado. Hasta que me di cuenta que tenía que ir al evento, con el resto de nominados. Fue genial codearse con grandes pensadores, celebridades y políticos. También un poco abrumador. 

¿Temes que el éxito te sobrepase?

Bueno, va por oleadas. Lo que ocurre es que cuando estoy escribiendo un libro, primero pienso el concepto. Y cuando me pongo con la trama, me siento muy muy pequeño, porque, además, vivo en un pueblo muy pequeño. La mayor parte del tiempo escribo en un cementerio, es en el único sitio donde puedo concentrarme y encontrar mi lugar. Cada vez que me pongo a escribir algo nuevo, siento como si comenzara desde el principio, me siento como un principiante siempre, como si escribiera on spec. Por eso sigue siendo muy surrealista para mí estar unos meses después, por ejemplo, en España. O como hoy, que he estado en un centro comercial en Toledo, donde han ido varios cientos de niños a verme… Es muy gratificante, una locura, que algo en lo que trabajas desde tu pequeña ciudad llegue a todo el mundo. Es un privilegio. 

Alguna vez has dicho que divides tu vida entre esas dos facetas: la que tienes en tu pequeño pueblo y la que lidias con esta enorme cantidad de éxito. 

Sí, es así. De hecho, en realidad, lo que considero «mi vida» es mucho más la que tengo en mi pueblo, la que está centrada en mis hijos y en el baloncesto. Cuando eran más pequeños entrenaba a su equipo, pero ahora ya están en el instituto. En cualquier caso, mi vida orbita en torno a ellos, a irles a ver a sus partidos y ese tipo de cosas, no tengo más vida social al margen de eso. Por eso cuando salgo de gira como ahora, todo me parece enorme. Como sobredimensionado. Y excitante, es muy emocionante, por ejemplo, estar aquí hablando contigo ahora. 

En 2006 te plantaste en el salón del cómic de la Nueva York Comic-Con con con un boceto de Greg y acabaste encontrando un editor. ¿Fuiste allí como fan y acabaste vendiendo el manuscrito? 

Bueno, fue un poco más complicado que eso. Fui por una mezcla de trabajo y placer, en realidad. Acudí con mi empresa de entonces, una web que hacía contenido para niños, muy visitada. En la Comic Con queríamos encontrar dibujantes talentosos, que quisieran poner sus diseños en nuestra plataforma. Además, mi jefe sabía que quizás yo podría también encontrar un editor para mis viñetas allí, aunque ya me lo habían rechazado bastantes veces. Así que fue una mezcla de ambas cosas. Pero cuando llegamos, descubrimos que el evento había sobrevendido entradas y denegaron el acceso a todos los que no estuvieran ya allí. Ni siquiera pudimos entrar. Mi compañero de trabajo decidió irse a casa. Yo me quedé, no por esperanza de vender nada, sino porque había un concierto de Billy Joel en Nueva York, y conseguí la última entrada.

Al día siguiente, de casualidad, pude entrar en la Comic Con. Así que caminé por allí con mi paquete de presentación, que no eran más de doce o veinte páginas, con un borrador de las viñetas de Greg. Iba dando vueltas saludando a quien conocía y preguntando «¿Quieres echarle un vistazo?», y nadie quería. Era más un evento enfocado al consumidor que una feria para editores, ilustradores o escritores. No buscaban presentaciones, que era lo que yo llevaba. Por entonces, ya publicaba muchas de las viñetas de Greg en la web, y tenían casi doce millones de lectores. Alguien me había hablado sobre una editorial que había publicado Mom’s cancer, un cómic sobre el cáncer de mama, y busqué el stand de la editorial que sí accedió a ver mi trabajo. Miraron solo la primera página y dijeron: «Esto es lo que estamos buscando». 

Dices que tuviste rechazos anteriores…

Sí, aunque no en forma de cartas de rechazo. No es que yo lo mandara a editoriales y me dijeran que no… es que yo tenía las viñetas en la web de Pearson, que es dueña de varios grupos editoriales, incluido Penguin. Echaron un vistazo a mi trabajo y me dijeron que no estaban interesados en él, aunque yo nunca lo envié como propuesta como tal. Fue como que una chica te diga que no quiere tener una cita contigo incluso antes de que se la pidas. 

Antes sí habías encarado un rechazo más clásico, ¿no? Fallaste en el intento de dibujar tiras cómicas. 

Sí, cuando intenté ser viñetista de periódico. Encajé rechazos y rechazos durante tres años, así que conozco cómo sabe el fracaso. Quizá por eso no me asusta. 

Y el hecho de que aún así siguieras intentándolo… ¿Se debía a que estabas muy convencido de que lo que hacías era bueno a que eres muy cabezota?

[Risas] Bueno, en principio sentía que estaba predestinado a ser dibujante. Que estaba llamado a ello. Trabajé durante ocho años en la historia de Greg, sin mostrársela a nadie. Y ahí sí esperaba ser rechazado, por eso quería hacerlo lo mejor posible antes de mostrárselo a nadie porque no quería tener que arrepentirme por anticiparme, por mostrarlo antes de estar listo. Para la mayor parte de los escritores funciona al revés: cuando presentan una propuesta escriben uno o dos capítulos y luego el editor decide si va bien o no, si debe seguir escribiendo. Pero yo quería tener el trabajo ya completo, tener el universo terminado. 

Antes de Greg creaste otro personaje que rechazaron porque era «muy sofisticado». ¿Has pensado alguna vez en rescatarlo? 

No, creo que ese personaje pertenece al pasado. Se llamaba Igdoof, lo creé en mi etapa universitaria, era un jovencito inmaduro de primer año y publicaba sus historias en el periódico de mi campus en Maryland. Pero cuando traté de sacarlo de ahí presentándoselo a otros periódicos, no funcionó. Lo rechazaron. Pero aprendí mucho de él. Y con él. Gracias a eso empecé a dibujar Wimpy Kid, que se parece más a un dibujo animado. Con él aprendí el arte de la simplificación, un estilo más realista, como si lo hubiera dibujado un niño. Creo que lo que aprendí es qué era realmente la caricatura, el arte de la simplificación. 

Cuando empiezas un nuevo libro, ¿qué surge primero: el texto o el dibujo? 

Ninguna de las dos: lo primero que hago son las bromas. Las escribo, y cuando lo hago, eso empieza a definir una imagen, una idea. Eso se queda conmigo, porque lo que hago después es un manuscrito. Lo último que hago es dibujar las imágenes. 

A la hora de escribir utilizas un método israelí que se llama «pensamiento sistemático inventivo», ¿verdad?

[Risas] ¡Has hecho los deberes!, Sí, así es. Lo que subyace detrás del método es que hay una forma sistemática de ser creativo. Antes, solía esperar a que me llegaran las ideas, o dar largos paseos usando la memoria y la imaginación. Pero nada de eso funcionaba muy bien. Era un proceso muy laborioso y muy lento. Entonces empecé a utilizar este método, el «pensamiento inventivo sistemático» y ahora puedo trabajar realmente rápido y de manera muy eficiente. 

¿En qué consiste? 

Simplemente, en usar plantillas de la misma manera que los seres humanos las usamos todo el tiempo. Lo primero que tienes que hacer es escoger un producto o un sistema y dividirlo en componentes. Por ejemplo, estas gafas: están compuestas por la lente y la montura. Después, le aplicas diferentes herramientas a cada componente. Por ejemplo, la sustracción: le quito el cristal. ¿Tengo un producto que alguien podría utilizar si se lo quitara? ¿Y si le quitara la montura? Probablemente la respuesta es no. Pero, en este caso,  hay alguna gente en Estados Unidos que utiliza gafas sin cristales por moda, o muchos jugadores de la NBA que llevan gafas sin montura porque creen que eso queda más elegante o porque no refleja los flashes. Así que ahí tienes un producto. Pero si le doy la vuelta a eso, y digo: ¿y si solo tengo la lente? ¿Quién podría usar ese producto? Tendría que reducirlas y eso me daría lentes de contacto, por ejemplo. Pensar de esta manera conduce a avances, todo el tiempo. 

Es como lo contrario que pensar «out of the box»

Exacto. Es pensar inside the box, que es precisamente como se llama el libro del que lo saqué. Mira, ahora estoy pensando en un libro de fantasía en el mundo de Greg, protagonizado por Rowley, su amigo. Él cuenta una historia sobre un cíclope, pero que tiene dos ojos. Intenta que sea aterrador, pero no se da cuenta de que ponerle dos ojos lo aleja completamente de lo aterrador. Eso es la dependencia del atributo. Si le quitas el ojo y haces dos copias, funcionaría de otra manera. Cuando me pongo a escribir este libro, todo empieza por una lista de cosas de fantasía: unicornios, espadas, armaduras, cascos… Así empieza el trabajo. Después trabajo y trabajo, y trabajo durante días en eso. Después cogeré cada componente, cada pieza, y usaré esas cinco herramientas. Al final, tendré todas las bromas. No es oro todo lo que produce, pero hay muchísimos usos y sobre todo, crea avances mucho más rápido que solo esperar, o solo pensar. Aunque no lo sepas, tú también usas esas técnicas en tu trabajo todo el rato, aunque no pienses en ellas de esa manera. Pueden ayudarte muchísimo. Por ejemplo, hoy estoy haciendo una entrevista sin voz. Eso también es sustracción. Todo esto puede ayudarte mucho cuando estás atascado. 

O sea, que también sufres el bloqueo del escritor.

Por supuesto. Para muchos escritores puede que esto no les funcione, porque a ellos las ideas les fluyen sin parar, pero no a mí. Yo siempre estoy atascado en ese bloqueo del escritor, por eso me ayuda esta técnica. Suele llevarme cuatro o cinco meses escribir solo las bromas del libro, y luego el resto suelo escribirlo como en tres semanas. 

Eres uno de los autores infantiles y juveniles más vendidos del mundo, y suele causar mucha sorpresa cuando dices que con tus libros no tienes ningún interés en transmitir valores a los niños, que no quieres moralizarles, solo divertirles. 

Sí, es cierto. Creo que cuando los niños sienten que están siendo moralizados, o aleccionados, se resisten. Porque para ellos existen dos mundos, dos formas de entender: está el entretenimiento y está la enseñanza. Los programas que ven cuando son más pequeños suelen ser más bien morales, en los que los personajes aprenden una lección. Pero según van creciendo, van rechazando ese tipo de contenido, no lo sienten ya tan cercano y no quieren escuchar ese tipo de historia. Lo que quieren es divertirse. Y creo que es por eso que los niños, cuando se dan cuenta de que se les está tratando de enseñar algo en esos programas o libros, buscan otras cosas, que creo que sí están en mis libros. En ellos la prioridad es el humor. Y aunque no trato premeditadamente de hacerlo, creo que también hay algo de crecimiento en el personaje, aunque el énfasis se ponga en el humor.

Aunque esto también varía dependiendo del medio del que hablemos. Mi primer libro de Wimpy Kid no tenía ninguna lección moral, de hecho, la historia moral se subvierte: la madre de Greg le reta a hacer lo correcto, cosa que él hace por sí mismo al margen de su desafío. Ella le recompensa con un helado porque cree que está obedeciéndola y haciendo lo correcto… me gusta porque eso crea una disonancia en el lector. Pero eso es algo que no puedes poner en la pantalla, en la serie con personas reales o en la animación, ahí tienes que contar una historia en la que tiene que haber crecimiento. El espectador necesita que el personaje cambie. Por eso tienes más libertad cuando escribes, tienes más independencia en la estructura, estás fuera de ella. Ahí las lecciones morales no son tan importantes, a diferencia del plano audiovisual, donde todo está realmente estructurado. 

¿No está un poco denostado el humor, también en el contenido para niños? Como si no fuera un valor en sí mismo. Tus libros tienen ironía, que generalmente es algo que se reserva para los adultos. 

Sí, es cierto que el humor está denostado. El tema de la ironía es algo que me preocupaba mucho al principio. Cuando escribí Diario de Greg: un pringao total, que fue un período de ocho años, nunca pensé, ni por un momento, que fuera un libro para niños. Fue una sorpresa y un shock cuando mi editor me dijo que lo era, y que podía ser una serie de libros para niños… y yo lo que había querido escribir era un libro denso.  

¿Cómo te sentiste cuando te dijo eso? ¿Como si lo estuviera minusvalorando?

Recuerdo que en un primer momento sí sentí que quizás mi editor no lo había entendido. Y a la vez, me sentí un poco estúpido, como si hubiera calculado mal algo tan básico como el público del libro. Pero fue exactamente lo que cometí: un error de cálculo. Cuando mi editor me dijo eso, me preocupó que los niños no entendieran ese tipo de humor. De hecho, los niños más pequeños no lo pillan. Pero los de nueve o diez años sí, entienden que Greg no es un narrador fiable, por ejemplo. Así que aún me siento algo ambivalente respecto a eso. Pero sí creo que hay bromas en mis libros que los niños no entenderán en una primera lectura, y que pillarán más adelante en su vida. Lo verán con ojos distintos. 

Antes de Greg no habías salido nunca de EE. UU., fueron las giras de los libros los que te hicieron viajar. Estos funcionan en países muy diferentes, porque dices que los basas en lo «universal» de la infancia. Pero, ¿alguna vez has temido introducir algo que no funcione en una cultura específica, algo que no se entienda? 

Creo que cometí algunos errores al principio, porque centraba mucho la escritura en cosas que ocurrían en los EE. UU., como Acción de Gracias o el 4 de julio. Y desearía no haberlo hecho, porque ahora trato de mantenerlos, de alguna manera, inespecíficos. Por ejemplo, este nuevo libro, Arrasa con todo, puede funcionar para un niño en Portugal y también en EE. UU. No hay nada que lo ubique en Norteamérica. Quizás haya algo en la actitud, o el tono, que no puedo detectar, pero me siento más seguro a medida que avanzo de que estoy llegando a los niños de una manera diferente. Creo que un crío en China puede leer mis libros y sentir que Greg es chino, o su hermano —al margen de que haya un personaje chino, que lo hay— porque la mirada y el aspecto de los personajes no es específico.

Mi objetivo es hacer todo lo posible para que mis libros sean un espejo para los niños, no una ventana. Los libros de Harry Potter, por ejemplo, nos introducen no solo a un mundo mágico de magos, sino también a los detalles del sistema escolar inglés. Las diferentes casas, las competiciones… todo eso es una ventana a una cultura diferente. Mis libros son diferentes porque quiero quiero que a través de ellos los niños sean capaces de verse a sí mismos en los personajes. 

O sea, que eres de los que creen eso de que «la patria es la infancia».

¡No lo había escuchado! Me gusta mucho la frase. 

Creo que es de Rilke. 

Pues me la quedo. Las cosas de las que yo escribo no son terriblemente emocionantes, escribo sobre tener padres, mascotas, profesores, los deberes… cosas como esas. Es lo que todos experimentamos al crecer. Y sí, es nuestra patria. 

En las casi dos décadas que llevas escribiendo aventuras sobre Greg, ya hay dos generaciones que han pasado por tus libros. ¿Cómo han cambiado los lectores, los niños, en este tiempo? 

El mundo ha cambiado y los niños también. Se nota sobre todo en la prevalencia de la electrónica, los teléfonos, la omnipresencia de este tipo de dispositivos. En mi infancia —aunque sé que empiezo a ser demasiado viejo para decir esto— pasábamos más tiempo en el exterior y todo eso. Pero, sobre todo, nos aburríamos más. Nuestros padres no sentían la obligación de entretenernos o programar nuestras actividades. Teníamos toneladas de tiempo disponible. Eso fue lo que alimentó mi imaginación. Así fue como aprendí a dibujar y estoy agradecido por ello. Ahora vivimos una época en la que el aburrimiento ha sido eliminado, en gran medida. Para todos. Siempre puedes entretenerte con el teléfono. Y, por supuesto, esto esto también ha afectado a nuestras vidas como adultos. Si estás en el aeropuerto, todo el mundo en las pasarelas está mirando el teléfono… No quiero romantizar el tiempo anterior demasiado, pero sí que es cierto que ahora ya no hay posibilidad de aburrirse. 

Has tenido algún titular muy incendiario sobre esto: «Las pantallas son el mal de nuestro tiempo».

[Risas] Sí, sí. No quería sonar tan apocalíptico, pero ya sabes. Yo reivindico el valor del aburrimiento en los niños porque les hace más creativos e imaginativos. 

¿Cómo llegan los niños a tus libros? ¿Se los recomiendan entre ellos o funciona el marketing

Creo que ha sido boca a boca, eso ha sido lo más frecuente. Es cierto que están en las librerías, en lugares muy  destacados, pero eso no es lo que les atrae. Reconozco que estoy en una posición de privilegio, porque no tengo que trabajar para ser descubierto, de eso se han encargado mis editores. Me siento muy afortunado por eso, por el hecho de que estoy aquí catorce libros después, y porque los niños que están ahora mismo leyéndome son la tercera generación de niños que lo hace. Así que ahora conozco a gente como de tu edad, que creció leyéndome. Siempre creo que no estoy haciéndome mayor, pero esto me dice que sí, porque…

Porque en cierta manera, eres Greg. No envejeces. 

¡Exacto! Pero yo sí lo hago. 

¿Alguna vez has tenido la tentación de hacer que Greg madurase? ¿Que se enfrentase a otra clase de aventuras? 

No. Nunca. Los buenos personajes de dibujos animados nunca crecen. 

Bill Watterson, creador de Calvin y Hobbes, dejó de dibujar porque tenía pánico a repetirse. Sin embargo, tú proclamas que eso no te da ningún miedo, que seguirás todo lo que te acompañen los lectores. ¿La infancia es inagotable? 

No, no tengo ningún miedo a repetirme. Lo digo porque no estoy contando las mismas historias, siempre trato de no nadar en las mismas aguas que antes. Siempre estoy tratando de buscar un aspecto de la infancia que no haya explorado, y hacerlo auténticamente. Este libro trata sobre las reformas en el hogar de Greg, sobre mudarte, lo cual fue muy bonito, porque la mayoría de los niños han pasado por una de esas situaciones o ambas. Siempre me emociona descubrir un territorio nuevo. Mi próximo libro, todo lo que sé sobre él, es que tratará sobre el verano, porque siempre respeto la cronología. Sé que saldrá en noviembre, nada más. 

¿Cómo te llevas con los deadlines? 

Bien, y sé que no es lo normal. Porque, por encima de todo, me emociona mucho no saber qué ocurrirá, y saber que habrá un libro. Me gusta el desafío de escribir, manteniéndolo fresco, y asegurarme de que sea algo de lo que no haya escrito antes. Porque la infancia es un gran universo, donde hay mucho dónde jugar. 

¿Cómo pruebas si tus libros funcionan? ¿Tienes algo así como un sensitive reader? ¿Tus hijos?

No, la verdad es que no. Honestamente, prefiero no enseñárselo a nadie hasta que está terminado. A nadie en absoluto. Normalmente no trato de evaluar si es bueno o no, creo que eso debe ser evidente por sí mismo. 

Hace algunos años montaste una librería en tu pueblo, Plainville, porque no había ninguna otra allí. ¿Sientes que tu enorme éxito comportaba algún tipo de responsabilidad social?

Sí, sí lo creo. La desigualdad de la riqueza es un problema hoy en día, que incumbe a las personas que hemos tenido la suerte de tener éxito, y que debemos tratar de marcar la diferencia en el mundo. Mira esta ciudad en la que estamos ahora mismo: vivimos en un mundo que ha sido creado para nosotros. Alguien imaginó estos edificios, pagados por alguien, a veces de manera muy equitativa, pero otras muchas ese trabajo lo realizaron personas que eran pobres. Me gusta la idea de una cita que escuché recientemente, griega, creo recordar. Dice: «Una sociedad no crece hasta que las personas no planten árboles cuya sombra saben que nunca disfrutarán». Yo vivo en un pueblo pequeño, deprimido, y tenía la oportunidad de poner eso en práctica. Me sentía realmente obligado a tratar de mejorarlo todo lo que pudiera. Hay necesidad en todas partes del mundo, y no puedes abordarlas todas, pero creo que es importante ocuparte de tu propio patio trasero. Hacer lo que puedas por un área específica, intentar cambiar las cosas en un área que te apasione. 

¿No había librerías allí?

No. Hubo una tienda, que se creó en 1856, con una estructura de madera que se derrumbó. Estaba abandonada, como si perteneciera a un pueblo fantasma. Nosotros la reemplazamos con una librería realmente vibrante, a la que han ido los mejores autores del mundo. El nombre de mi pueblo suena estúpido, es Plainville, suena a un lugar odinario o aburrido. No sé por qué alguien pensó que ese era un bueno nombre pero, en fin, es mi pueblo. El caso es que una de las cosas que me preguntaba cuando nos lanzamos a fundar la librería, era ¿habrá alguien que descubra aquí algo que cambie su vida? Y creo que eso es lo que está pasando para muchos de nuestros clientes. Cuando yo era un niño, teníamos una librería en nuestra ciudad, y allí fue donde hice algunos de los descubrimientos que me forjaron el camino. En los hábitos de lectura, en aprender a programar ordenadores… Me convertí en escritor, programador, y dibujante. Así que fue vital para mí, y estoy seguro de que ella librería está cumpliendo esa función para alguien en este momento. 

Es un éxito en ese sentido, pero no económicamente, ¿no? 

Sí, es un éxito, pero no financiero. En absoluto. Aún no somos rentables. Esperamos que algún día lo sea, pero sobre todo, lo más importante para nosotros, es ser un componente exitoso de la comunidad. El éxito financiero puedo conseguirlo de otra manera. 

Escribes libros y regentas una librería. ¿Te sientes de a algún modo en la resistencia? 

[Risas] Sí, de hecho, nuestra idea inicial era llamarla «La última librería», pero al final no. Una de las cosas que me gusta de mis libros aquí en España es que son de buena calidad. Quiero decir, tienen un papel muy bueno, cubierta dura, son pesados. Me gusta porque un libro debería ser un objeto preciado, especialmente para los niños. Nosotros, por ejemplo, no hacemos descuentos en la librería. 

¿Y cómo competís con Amazon? 

Es que yo estoy dispuesto a perder esa lucha. Sé que no todos pueden permitirse tomar esa decisión de no hacer descuentos, pero creo que hay algo negativo en entrar en una librería el primer día que sale mi libro, y verlo a mitad de precio. Creo que envía un mensaje de que ese libro… es como si estuviera ya casi en el basurero. Por eso me gusta que en España tengáis una ley sobre esto, sobre el precio único de los libros. Creo que debería replicarse esas reglas en todas partes. Sé que no todo el mundo puedo permitírselo, lo sé, pero por otro lado también existen bibliotecas y librerías de segunda mano. Si ahora mismo yo te diera todos los libros que fueron significativos en tu infancia, provocaría algo así como una chispa de magia dentro de ti. No sé qué libros serían, pero sería un objeto físico lo que lo crearía. En Canadá, una de sus principales librerías, ha reinventado la venta de libros, reforzando la idea de que los libros son regalos. Me encanta esa idea, porque los libros son algo preciado, por supuesto, pero sobre todo son un regalo a ti mismo. Por eso nosotros, como adultos, los mantenemos y ponemos en estantes, porque es algo que nos hace ser quienes somos. 

Eres padre y escritor, dos sectores que suelen lamentarse de lo complicado que es hoy en día conseguir fomentar la lectura entre los niños.  

Sí, todos estamos en esa lucha. Nos encantaría que nuestros hijos, a la hora de acostarse, no se fueran a la cama con sus teléfonos…

Pero nosotros también lo hacemos. 

Exacto. Y les decimos eso de «haz lo que yo te digo, no lo que yo hago». El otro día escuchaba a un autor norteamericano, que decía que después de cenar toda su familia se sentaba junta a leer cada uno su libro. No sé si eso es realista, porque depende del temperamento de tus hijos, no sé si todos están dispuestos a hacer eso. Lo mejor que podemos hacer es regalar a los niños libros les que les gusten, para reforzar esa idea de que los libros son algo agradable, y que la lectura es divertida. Esa es la lección que queremos darles. 

¿Los libros de Greg son el tipo de lectura que se les recomienda a los niños en las escuela?

No, no están dentro del sistema. Mira, coge por ejemplo el libro La lección de August, de Raquel Palacio. Es una obra sobre la empatía, sobre un niño que nació con el síndrome de Treacher Collins. Es un libro importante, uno de esos que debería institucionalizarse. Pero libros como los míos nunca lo harán porque la gente los ve más como dulces, o golosinas. Y está bien. Quizá es el tipo de libros que pueden recomendar ellos mismos cuando les piden recomendaciones, y de hecho lo hacen… pero nunca entrarán, por decirlo así «en el sistema». 

¿Porque para entrar tienen que «enseñar» algo?  

Sí, exacto. Entiendo que hay que encontrar el equilibrio, porque también queremos que los niños lean los clásicos, especialmente cuando llegan a la escuela secundaria. Es importante, yo apoyo eso. Pero también creo que si introduces a los niños a la lectura a través de obras demasiado desafiantes cuando son demasiado jóvenes, eso les puede desmotivar. Dirán «si esto es leer, no lo quiero…».

No hay nada más motivador que te prohíban algo para que te mueras de ganas de hacerlo.  

Exacto. Así que podemos darle la vuelta a ese argumento: ¿Y si como ministro de Educación… prohíbes los clásicos? Sería interesante. O que prohibiera leerlo hasta que tuvieran cierta edad. Imagínate. 

¿Hay niños que han llegado a tus libros a través del incentivo de las películas?

Puede ser. No tengo estadísticas sobre eso. Creo que como mis libros están muy generalizados en EE. UU., la mayoría lo hacen al revés. Primero leen, luego ven las películas. Además, los libros funcionan muchísimo mejor que las películas. Muchísimo. Si me preguntas ahora si volvería a hacer una película live action sobre Greg, la verdad es que no lo volvería a hacer. Ahora mismo, los libros son también número uno en Amazon, y es justo el deseo dorado de cualquier escritor: que tus libros funcionen mejor que las películas, que es lo que ha pasado. Un privilegio. 

¿Qué tal ha funcionado cambiar de protagonista? ¿Ha funcionado contar la historia de Rowley, después de tantos años de intimidad con Greg?  

Sí, ha ido bien. Tenía un poco de miedo de que la serie sobre Rowley fuera para demasiado jóvenes, porque quizá era demasiado primario aunque también tenía un humor más sofisticado que los de Wimpy Kid. Porque realmente tenías que entender la dinámica de su universo. Fue más complicado hacerlo desde el punto de vista de Rowley, pero he disfrutado mucho haciéndolo. Y parece que los niños también. 

¿Te animarás a escribir sobre la perspectiva de otro personaje? ¿Una chica quizás?

¡Quizás! Una wimpy. En España habéis traducido la palabra, ¿verdad?

Sí, por pringao, que es un concepto parecido, aunque no exacto. 

Es curioso esto. Solo en España y en Alemania no habéis usado la palabra wimpy. En Alemania decían que ni siquiera existía como concepto.  

Has rechazado muchas veces convertirte en un escritor para adultos, tu primer impulso. 

Sí, aunque te reconozco que ahora sí me gustaría escribir un libro sobre la técnica israelí de la que te he hablado antes. Uno simple, para todo el mundo. También para niños. 

Cada vez que tienes un evento con niños, haces un llenazo total. ¿Cómo reaccionan ellos? Porque recuerdo cuando en mi infancia me llevaban a ver a los escritores que adoraba, y me quedaba paralizada… 

¡Exacto! Les sigue pasando lo mismo, son muy graciosos. No hacen muchas preguntas, y además aquí está la barrera del idioma. A veces les interesa algo muy concreto que ocurre en el libro, pero en general, los niños se quedan helados. Es interesante porque yo, por ejemplo, puedo leer centenares de artículos sobre política a lo largo del día, muchísimas noticias. Pero si me pusieras en un programa de entrevistas, sería un tipo terrible. No podría articularlo, por mucho que supiera al respecto. Esa inocencia es probablemente la misma que la de los niños cuando van a ver a los escritores: conocen perfectamente su mundo, pero no tienen nada que decir. Así que esos encuentros, que me encantan, suceden más como una transacción. Nos hacemos una foto, les firmo el libro o les hago un dibujo… 

A pesar de tu batalla «contra las pantallas», no eres muy apocalíptico con el futuro de los libros. 

Sí, creo que sí soy optimista respecto al futuro. Porque incluso si los libros se convierten en algo cada vez más exótico, seguirán existiendo librerías porque habrá gente que seguirá buscando ese sentimiento único que se encuentra en un libro. La tecnología no nos ha dado nada parecido a lo que se siente al ir a comprar libros. Es lo mismo que ir a comprar ropa, o comprarla por internet. Es mucho mejor hacerlo en vivo, tenerlos en tus manos, sentir el tejido… no lo consigues haciendo scroll. Los descubrimientos que suceden en librerías no pasan online, porque suceden de una manera mucho más naturalista cuando no forman parte del algoritmo que alguien ha diseñado. 

Las cosas, obviamente, cambiarán mucho con el tiempo, pero siento que los libros seguirán siendo algo especial para los niños. Especialmente para los niños, de hecho. Para mí tiene sentido que un adulto lea una novela en un Kindle, es conveniente y puedes absorber la información de la misma manera. Los libros no tienen que ser necesariamente especiales o vitales para los adultos, no de la forma que lo son para los niños. Si piensas en la mañana de Navidad, sabes que en lugar de regalarle un libro físico a tu hijo, podrías descargárselo en una pantalla. Pero sabes que no es lo mismo. De alguna manera instintiva sabes que es importante poner un libro en manos de un niño, así que por eso tengo esperanzas de que sigan aquí a largo plazo.

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