Es el mercado, amigo

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The Square, 2017. Imagen: Plattform Produktion / arte France Cinéma / Coproduction Office.

Hay una escena en The Square que ilustra a la perfección uno de los derroteros que ha tomado una parte del arte desde principios del siglo pasado. En ella una grúa retira una estatua ecuestre de un pedestal. Debido a la torpeza de los operarios, la estatua acaba por los suelos. Al día siguiente otra obra, The Square, pasa a ocupar el lugar dejado por el monarca a caballo. The Square no es más que un concepto, el concepto de la buena ciudadanía, que adopta la forma de un cuadrado de 4 x 4 metros dentro del cual las personas tienen derecho a ser ayudadas. Esta obra parece materializar la idea de arte vaticinada por Flaubert a mediados del siglo XIX: en el futuro, el arte aspiraría prácticamente a la invisibilidad, a la inmaterialidad, trataría sobre nada.

Sobre el futuro del arte contemporáneo, y sobre su posible defunción, se pregunta el crítico de arte Iván de la Nuez en un interesante libro publicado por consonni: Teoría de la retaguardia. Cómo sobrevivir al arte contemporáneo (y a casi todo lo demás). Una de las artes que estaría al borde de la extinción es la fotografía, y no porque ya no se practique, sino por su excesiva proliferación. Los smartphones han convertido a todo el mundo en fotógrafo. Así como, muy acertadamente, escribe de la Nuez, «la cámara lúcida —que invocaba Barthes— pierde la tilde y se convierte, simplemente, en cámara lucida»; pues de lucirse, de postureo, vive ahora el hombre. 

Pero la verdadera amenaza contra el arte no viene tanto por este flanco del «amateurismo» como desde su interior. Esa es, a mi entender, la principal lectura que puede hacerse de este libro. El arte está ampliando tanto su radio de acción que ahora todo es susceptible de pasar por una obra de arte: «Todo, desde lo más sagrado a lo más profano, es ya carne de museo: el comunismo y la guerra civil, el grupo armado Baader-Meinhof y los trajes de Gadafi, Guantánamo…». Si con el concepto de ready-made cualquier objeto podía merecer el adjetivo de «artístico» —desde el célebre mingitorio de Duchamp hasta los perros hinchables de su autoproclamado nieto, Jeff Koons—, ahora son los animales (estoy pensando en las superratas pintadas como Pikachu, del colectivo Chim Pom —por favor, no reírse—), los acontecimientos históricos (como recuerda de la Nuez, hubo quien calificó el atentado contra las Torres Gemelas de obra de arte perfecta) o incluso las personas las que han pasado a ocupar el lugar de los objetos. El crítico alude en su ensayo a un par de ejemplos muy ilustrativos en este sentido. En 2013, el Museo Judío de Berlín inauguró la exposición Judíos en la vitrina, que albergaba exactamente lo que prometía en el título. El Malmö Konsthall, por su parte, expuso a dos mendigos rumanos en el contexto de la exposición The alien within: a living laboratory of western society. Además del controvertido hecho de exponer seres humanos como si fueran objetos, como ya se había hecho en el pasado en Bélgica con hombres y mujeres del Congo, surgió la polémica de que estaban siendo explotados (al parecer, se les pagó seiscientosdólares a cada uno por sus servicios durante toda la exposición). Pese a que los mendigos expuestos dijeron que estaban acostumbrados a ser mirados y preferían estar dentro del museo que en la calle —al fin y al cabo, hacía menos frío—, no deja de ser llamativo que para poner en entredicho el trato que la sociedad occidental da a los migrantes, la exposición acabara cayendo en aquello que decía criticar.

Esta contradicción es más una regla que una excepción, especialmente en la nueva coyuntura socioeconómica. Para de la Nuez, «el arte contemporáneo se va acomodando como puede al apogeo neoliberal surgido de las ruinas del modelo socialdemócrata». Los museos han sucumbido a la lógica de las franquicias (el crítico pone el ejemplo del Guggenheim Hermitage, que durante unos años estuvo instalado en un hotel-casino de Las Vegas, o el hecho de que el Louvre se haya establecido en Abu Dabi y el Guggenheim tenga previsto hacerlo próximamente) y sus directores tienen que hacer auténticos contorsionismos para justificarse: «Hasta el más acrobático de los comisarios artísticos tendrá muy complicado sostener el equilibrio a base de poner el pie izquierdo en la revuelta social y el pie derecho en las petrocolecciones». En esta línea, el director del museo sueco que protagoniza The Square cuenta que cada vez es más complicado comprar obras de arte porque hay que competir con millonarios. Además, para atraer la atención de un público cada vez más ensimismado, se ven obligados a lanzar campañas publicitarias agresivas que rivalizan con «catástrofes, atentados terroristas y exabruptos de políticos de extrema derecha». «¿Cuánta inhumanidad hace falta para acceder a la humanidad?», se pregunta el controvertido anuncio que trata de promocionar The Square en la película. Este eslogan es la coartada perfecta para cualquier salvajada que se quiera perpetrar en nombre del arte. De hecho, en la vida real, para concienciar a la gente de su inhumanidad, se han realizado algunas acciones «artísticas» que tienen poco de humanas, como atar a un perro a la pared de una galería de arte y no darle de comer durante días. 

El mercado lo ocupa todo y es difícil, por no decir imposible, escapar de él. Incluso el caso Banksy —cuya ausencia en el ensayo de de la Nuez me ha parecido llamativa— acaba despertando algunas dudas. En 2015, puso en marcha Dismaland, una especie de parque temático que, además de parodiar Disneyland, ofrecía la oportunidad de ver obras inéditas de artistas como Damien Hirst o Jenny Holzer por el módico precio de tres libras. Sin embargo, hay quien opina que en los últimos años Banksy se ha dejado llevar por el título de su documental —Exit through the gift shop— y está haciendo el agosto con su merchandising. Hace poco el artista explicaba que se había visto obligado a lanzar su propia marca de productos para evitar que otras empresas utilizasen su nombre para comercializar sus artículos, pero sus explicaciones no han convencido a todo el mundo. Por otro lado, cabe preguntarse si, con su última performance, Banksy se la estaba metiendo al mundillo del arte por la escuadra (ojalá) o si, lejos de cuestionarlo, en realidad ha pasado a formar parte del engranaje del mismo, ya sea voluntaria o involuntariamente: cuando su archiconocida Niña con globo fue destruida a la vista de todos al ser vendida al mejor postor, la casa de subastas Sothebys declaró que habíamos asistido en directo a un evento histórico, pues, al autodestruirse, era la primera vez que una nueva obra de arte se creaba durante una subasta. Como cabía esperar, su destrucción no hizo más que aumentar su valor en el mercado. Las mismas dudas suscitó la subasta de dos de sus grabados en Christie’s hace unos meses. En esta ocasión, la subasta llevaba el irónico título de I can’t believe you morons actually buy this shit, en alusión a Morons, obra en la que Banksy parodiaba la famosa subasta de Los Girasoles de Van Gogh que tuvo lugar precisamente en Christie’s y en la que podía leerse ese lema. De nuevo, podemos preguntarnos si, al ser fagocitada por el mercado, no se estará desactivando buena parte del potencial subversivo de su obra.

Llegados a este punto, no estaría de más que los artistas hicieran también un poco de autocrítica, como propone de la Nuez en la última parte del ensayo. Frente a un arte de vanguardia que de tanto transgredir ha acabado convertido en una parodia de sí mismo (la última ocurrencia es la del plátano en el Art Basel de Miami), el crítico propone un arte de la retaguardia, de la resistencia. Al arte le urge desarrollar un imaginario propio que sirva de refugio ante el bombardeo de imágenes al que nos someten las redes a diario, imágenes que son prácticamente idénticas entre sí por efecto de la globalización y son fruto de un afán de protagonismo exacerbado: habría que sustituir «la exhibición por la inhibición». Yo añadiría que, lejos de esa cultura del todo puede mostrarse que impera en la actualidad, el artista del futuro será el que nos haga cuestionar lo que nos hacen ver, el que nos recuerde que lo importante está precisamente en lo que no vemos. El arte, como dijo el escritor Daniel Sada a propósito de Juan Rulfo, es la preservación del enigma. En la medida en que esto se tenga en cuenta, su supervivencia está garantizada. 

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4 comentarios

  1. Agustín Serrano Serrano

    El mercado dirige, cual tiránico e inmortal dictador, y el público, retroactivamente, consume y desecha en un bucle eterno que solo necesita cuatro letras para presentarse: arte.

    Muy buen artículo, enhorabuena.

  2. La autora de este excelente artículo logra con su profesionalidad dar voz y forma a mi desorientación cuando asisto a las últimas manifestaciones del arte, que en manera elemental y no sin sentimientos de hastío o rechazo, doy la culpa a la irremediable exhaustividad de cualquier realidad. Pareciera que esa tarea que nos hace humanos, el arte, haya llegado a un punto, si no de agotamiento a uno de inflexión o rotura, donde todo lo que se podía decir se ha hecho o dicho, y que el resto, la actualidad, no es otra cosa que los fuegos artificiales (caros, por supuesto) para festejar el grande pasado. No entiendo el gigantismo o el exabrupto minimalista que corrientes o modas ponen precio y menos a quienes los compran. Tal vez me equivoque porque viendo las pirámides me doy cuenta de que esas “construcciones faraónicas” y casi inútiles por lo poco que contenían nos enseñan algo, como asimismo esos mínimos y humildes objetos arqueológicos que custodiamos con pasión. Quizás sea solo cuestión de tiempo para habituarnos, tiempo que espero sea circular, para volver a los orígenes, al paleolítico del hombre o más atrás aún cuando se despertó al horror y maravilla de la existencia. Gracias por la divulgación.
    Al maestro o maestra de Altamira habría que dedicarle mayor espacio, y es una pena comprensible que en aquellos inicios a nada sirvieran los autorretratos, las flores, mujeres y niños. El primero en probar a inmovilizar lo fantástico. Quince mil años o más nos separan, una nada para el universo y demasiados para quienes queremos ser eternos mientras seguimos machacando óxidos y con ellos atrapar lo huidizo, ya no en antros oscuros y húmedos de religiosidad. Quizás en él habrá sido detener el instante del alimento que casi siempre escapaba, para mí es simplemente pura belleza porque del hambre ya no tengo memoria. Adán de los artistas, inquietud primera, de los que no pidieron nada y regalaron los preceptos y reglas para ser humanos. Padre nuestro de profundidades sin luz, intenta otra vez la imposibilidad de los sueños, continua a perseguir bisontes-quimeras, los tigres feroces de nuestra parte en tinieblas, los ciervos y gacelas de nuestra compasión y de cómo dar vida a las herméticas piedras.

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