
Hay una escena en The Square que ilustra a la perfección uno de los derroteros que ha tomado una parte del arte desde principios del siglo pasado. En ella una grúa retira una estatua ecuestre de un pedestal. Debido a la torpeza de los operarios, la estatua acaba por los suelos. Al día siguiente otra obra, The Square, pasa a ocupar el lugar dejado por el monarca a caballo. The Square no es más que un concepto, el concepto de la buena ciudadanía, que adopta la forma de un cuadrado de 4 x 4 metros dentro del cual las personas tienen derecho a ser ayudadas. Esta obra parece materializar la idea de arte vaticinada por Flaubert a mediados del siglo XIX: en el futuro, el arte aspiraría prácticamente a la invisibilidad, a la inmaterialidad, trataría sobre nada.
Sobre el futuro del arte contemporáneo, y sobre su posible defunción, se pregunta el crítico de arte Iván de la Nuez en un interesante libro publicado por consonni: Teoría de la retaguardia. Cómo sobrevivir al arte contemporáneo (y a casi todo lo demás). Una de las artes que estaría al borde de la extinción es la fotografía, y no porque ya no se practique, sino por su excesiva proliferación. Los smartphones han convertido a todo el mundo en fotógrafo. Así como, muy acertadamente, escribe de la Nuez, «la cámara lúcida —que invocaba Barthes— pierde la tilde y se convierte, simplemente, en cámara lucida»; pues de lucirse, de postureo, vive ahora el hombre.
Pero la verdadera amenaza contra el arte no viene tanto por este flanco del «amateurismo» como desde su interior. Esa es, a mi entender, la principal lectura que puede hacerse de este libro. El arte está ampliando tanto su radio de acción que ahora todo es susceptible de pasar por una obra de arte: «Todo, desde lo más sagrado a lo más profano, es ya carne de museo: el comunismo y la guerra civil, el grupo armado Baader-Meinhof y los trajes de Gadafi, Guantánamo…». Si con el concepto de ready-made cualquier objeto podía merecer el adjetivo de «artístico» —desde el célebre mingitorio de Duchamp hasta los perros hinchables de su autoproclamado nieto, Jeff Koons—, ahora son los animales (estoy pensando en las superratas pintadas como Pikachu, del colectivo Chim Pom —por favor, no reírse—), los acontecimientos históricos (como recuerda de la Nuez, hubo quien calificó el atentado contra las Torres Gemelas de obra de arte perfecta) o incluso las personas las que han pasado a ocupar el lugar de los objetos. El crítico alude en su ensayo a un par de ejemplos muy ilustrativos en este sentido. En 2013, el Museo Judío de Berlín inauguró la exposición Judíos en la vitrina, que albergaba exactamente lo que prometía en el título. El Malmö Konsthall, por su parte, expuso a dos mendigos rumanos en el contexto de la exposición The alien within: a living laboratory of western society. Además del controvertido hecho de exponer seres humanos como si fueran objetos, como ya se había hecho en el pasado en Bélgica con hombres y mujeres del Congo, surgió la polémica de que estaban siendo explotados (al parecer, se les pagó seiscientosdólares a cada uno por sus servicios durante toda la exposición). Pese a que los mendigos expuestos dijeron que estaban acostumbrados a ser mirados y preferían estar dentro del museo que en la calle —al fin y al cabo, hacía menos frío—, no deja de ser llamativo que para poner en entredicho el trato que la sociedad occidental da a los migrantes, la exposición acabara cayendo en aquello que decía criticar.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.







El mercado dirige, cual tiránico e inmortal dictador, y el público, retroactivamente, consume y desecha en un bucle eterno que solo necesita cuatro letras para presentarse: arte.
Muy buen artículo, enhorabuena.
La autora de este excelente artículo logra con su profesionalidad dar voz y forma a mi desorientación cuando asisto a las últimas manifestaciones del arte, que en manera elemental y no sin sentimientos de hastío o rechazo, doy la culpa a la irremediable exhaustividad de cualquier realidad. Pareciera que esa tarea que nos hace humanos, el arte, haya llegado a un punto, si no de agotamiento a uno de inflexión o rotura, donde todo lo que se podía decir se ha hecho o dicho, y que el resto, la actualidad, no es otra cosa que los fuegos artificiales (caros, por supuesto) para festejar el grande pasado. No entiendo el gigantismo o el exabrupto minimalista que corrientes o modas ponen precio y menos a quienes los compran. Tal vez me equivoque porque viendo las pirámides me doy cuenta de que esas “construcciones faraónicas” y casi inútiles por lo poco que contenían nos enseñan algo, como asimismo esos mínimos y humildes objetos arqueológicos que custodiamos con pasión. Quizás sea solo cuestión de tiempo para habituarnos, tiempo que espero sea circular, para volver a los orígenes, al paleolítico del hombre o más atrás aún cuando se despertó al horror y maravilla de la existencia. Gracias por la divulgación.
Al maestro o maestra de Altamira habría que dedicarle mayor espacio, y es una pena comprensible que en aquellos inicios a nada sirvieran los autorretratos, las flores, mujeres y niños. El primero en probar a inmovilizar lo fantástico. Quince mil años o más nos separan, una nada para el universo y demasiados para quienes queremos ser eternos mientras seguimos machacando óxidos y con ellos atrapar lo huidizo, ya no en antros oscuros y húmedos de religiosidad. Quizás en él habrá sido detener el instante del alimento que casi siempre escapaba, para mí es simplemente pura belleza porque del hambre ya no tengo memoria. Adán de los artistas, inquietud primera, de los que no pidieron nada y regalaron los preceptos y reglas para ser humanos. Padre nuestro de profundidades sin luz, intenta otra vez la imposibilidad de los sueños, continua a perseguir bisontes-quimeras, los tigres feroces de nuestra parte en tinieblas, los ciervos y gacelas de nuestra compasión y de cómo dar vida a las herméticas piedras.
Pingback: Es el mercado, amigo – Colectivo Perrotrespatas
Pingback: El sol de la infancia – Colectivo Perrotrespatas