Sociedad

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25 de marzo. Aeropuerto de Estambul. Karlos Zurutuza

Todo esto me ha pillado en Turquía porque, como decía mi abuela, nunca hago lo que se me dice. Lo reconozco: fui uno de esos que solo veía una paranoia alimentada por unos canales de televisión que habían encontrado un filón mucho más rentable que Ortega Smith para petar las audiencias. Algo de eso hubo también. Uno de los objetivos de este nuevo viaje a Anatolia era contar el éxodo de migrantes y refugiados hacia la frontera griega. Probablemente nunca fue tan difícil para los más desposeídos: los griegos se han empleado a fondo para blindar la frontera oriental de la Unión Europea. Suhayl, un marroquí que conocí por allí, me dijo que hasta lo rociaron con gasolina tras molerlo a palos. Muchos han tirado la toalla pero se encuentran con que no pueden volver: el maldito virus no solo deja la mayoría de los aviones en tierra, sino que también baja la persiana de los cafetines y restaurantes de Estambul donde esta gente podría ganar un poco de dinero para seguir hacia adelante, o hacia atrás. Hacia algún sitio.

En mi caso, tenía planes de tirar hacia el este tras la cobertura: podría cruzar a Irak, y, en el caso de que cerraran la frontera, entrar a Azerbaiyán por el enclave de Najicheván (si lo buscan en el mapa comprobarán que se trata de una de esas maravillosas anomalías cartográficas surgidas de la descomposición del imperio soviético). Al final, ni Irak ni Najicheván, ni tampoco Georgia, que cerró el paso poco después. La frontera de Irán llevaba sellada desde el día uno de esta crisis y la de Armenia desde principios de los noventa. Sin posibilidad de ir a ninguna parte ni volver a casa, acabé varado en un maravilloso balcón sobre el Bósforo (Ilya, Mimunt: ¡gracias!). Aquello es como lo de mirar al mar o al fuego: uno acaba ensimismado viendo el tráfico marítimo de los ferris que enfilan hacia Asia, o el los buques de carga o las fragatas militares que circulan entre el Mediterráneo y el mar Negro. Un día hasta llegué a ver un submarino, probablemente rumbo a Sebastopol. Eso pensé. No sé si se verá algo en la foto.

bosforo
Foto: Karlos Zurutuza.

La cosa es que, mientras pasaba las horas entre copas de vino blanco y partidas de ajedrez con mis anfitriones, me llegaban al whatssapp mensajes de Libia, Siria, Irak y prácticamente el resto de los países que atraviesa el paralelo 33; desde el Sahara Occidental hasta Baluchistán Oriental. Como todo el mundo, Shokri, un bereber de las montañas de Libia, había visto que la situación en España era jodida y se preocupaba por mi estado de salud y el de mi familia. Wail hacía lo propio desde Trípoli, donde habían sufrido un bombardeo sobre la ciudad vieja aquella misma mañana. «Sí, las bombas me siguen dando más miedo que el virus», me confesó este chaval que siempre le quita hierro al asunto de la guerra. Luego estaban los sirios: «¿Todo bien por ahí?», me escribía Jihan desde Qamishli, al noreste de Siria. Masud más de lo mismo. También Raby. Desde Suleimaniya (Irak), Falah me decía que había tenido que cancelar un viaje a París con su mujer. Era un pastón, pero tener una visa Schengen en el pasaporte y no usarla es reducir las posibilidades de que te la vuelvan a conceder en el futuro. Tal y como está el panorama por allí no se pueden quemar cartuchos de forma gratuita. Nunca borro los mensajes de audio de Hassana, un saharaui que vive en los campamentos de Tinduf (Argelia). Con un español impecable aprendido durante sus años de estudiante en Cuba que ni siquiera su voz cascada puede afear, el bueno de Hassana me mandaba «saludos y abrazos para la familia en estos momentos tan duros».

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Un comentario

  1. Gracias por este articulo. Es emocionante comprobar que la gente que más sufre suele ser la más solidaria. Me temo que cuando Europa supere el pico de la epidemia y sea Africa la que lo padezca, nos olvidaremos del virus.

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