Míchel: «Al que no le pitan en el Bernabéu es porque no ha estado lo suficiente»

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Haber jugado en la elite del fútbol en el equipo de tu ciudad debería ser como un cuento de hadas, pero tras dos horas escuchando a Míchel (Madrid, 1963) uno acaba estresado. La presión que sufrieron él y muchos de sus compañeros bajo la premisa de la máxima exigencia es desasosegante. Sin embargo, él no cambiaría absolutamente nada de su carrera. Ni los aciertos ni los errores, porque ambos le han hecho ser quien es. Parece un tópico, pero a muchos les lleva toda una vida entenderlo. Míchel admite que llegó tarde a pasar del qué dirán, pero llegó.

Tu padre era uno de tantos pluriempleados que había en aquella época en España.

Éramos una familia de raíces modestas. Mi padre trabajaba en tres sitios porque éramos cuatro hermanos, seis personas en casa. Fue un momento difícil. Por eso tuvo que dejar de jugar al fútbol profesional. Pudo haber ido al Córdoba siendo muy joven, pero siendo muy joven también era padre. Le llegó el momento de decidirse y optó por lo más estable en ese momento para la familia, que era el trabajo. Luego se rebeló toda su vida contra esa circunstancia y quizá por eso me transmitió el amor por este deporte.   

Tu primer equipo fue el Sporting Lillo.

Vivíamos en la calle Lillo, en Ciudad de los Ángeles, al sur de Madrid. Éramos un grupo de amigos de entre diez y doce años. Jugábamos con las camisetas del equipo de la empresa de mi padre, unas verdes catalogadas. Nos quedaban anchas y largas, pero era una satisfacción poder jugar con un color diferente al de los demás, que iban todos de blanco y azul o de rojo y azul. Nosotros de verde y blanco nos sentíamos los reyes del mambo. 

La vida en ese barrio era absolutamente distinta a lo que puedas ver hoy. Entonces existían los barrios. Ahora se intenta recuperar esa forma de vida, pero todavía no es lo mismo. La verdad es que eran barrios de trabajadores, pero teníamos una vida muy confortable, con estabilidad. La vida de barrio de siempre. 

Tus ídolos eran Argote y Kaltz.

Lo que pasa con Argote es que me fijaba mucho en cómo centraba. Era extremo izquierda y tenía un pase excepcional. Igual que Kaltz, un lateral derecho, que llegaba y la ponía en el área. Pero mis ídolos siempre han sido un italiano que se llamaba Antognoni y Vicente del Bosque. Yo jugaba en la posición de Vicente al principio, y me llamaba mucho la atención que fuese capaz de estar siempre cerca del balón sin tener velocidad física ni mucho recorrido. Siempre sabía llevar el ritmo del juego y eso tiene que ver con su inteligencia. 

¿Por qué cambiaste de posición?

Dentro de lo que es el fútbol, he intentado adaptarme a las necesidades que tenía. En el fútbol y en la vida. En el Real Madrid, había jugadores muy buenos en ese puesto: Ricardo Gallego, Lozano, Manolo Sanchís, Isidoro San José… Me tuve que reciclar, una palabra que entonces no se llevaba, y me busqué la vida en la banda mis dos últimos años en el filial. Cuando entré en la cantera del Madrid con trece años, veía que todos eran muy buenos y me preguntaba qué hacía yo ahí. Sin embargo, de esa primera generación, al final solo llegué yo. A lo mejor eso tiene que ver con que fui el que más ilusión le puso.

En algún momento, a cada jugador de la Quinta se le consideró el mejor de su generación. En tu caso fue al principio, cuando ganas el premio al mejor jugador en un torneo juvenil en Mónaco.

No había tanta información como ahora. A los dieciséis años no te televisaban. Pero al haber pasado por todas las categorías inferiores, estabas como predestinado a llegar al primer equipo. Todo lo llevé con naturalidad, mi objetivo era ser futbolista, no necesariamente del Madrid, y es ahora cuando empiezo a darle la importancia, ahora me doy cuenta del valor que tuvo ¡y sin redes sociales! Entonces no te dabas cuenta de nada, vivías muy deprisa. 

Altafini dijo de ti tras ese torneo: «Parece un viejo profesional, lleno de recursos para salir airoso en momentos difíciles». Eras viejoven. 

Era un chico de barrio, siempre hemos tenido recursos para todo, para ganarnos la vida y, obviamente, en el fútbol también. Luego, creo que he tenido la virtud, en el plano anímico, de haber querido siempre ser futbolista y, al mismo tiempo, saber ocultar mis defectos. Como los gatos. Ser listo para que no se vean tus carencias. 

El que terminó de esculpir la Quinta antes del gran salto fueron Amancio y su preparador físico, Miroslav Vorgic.

Fue una época de transición del deporte en España. Venían muchas figuras extranjeras, como Vorgic, que era serbio, de la antigua Yugoslavia. La faceta física era la gran carencia del fútbol español, no poder estar nunca a la altura de los alemanes o los rusos. Vorgic era un comandante implacable. Te hacía sufrir, te ponía al límite. Nunca habíamos pasado por nada igual. Martín Vázquez, por ejemplo, traía un físico increíble del colegio, pero los demás lo tuvimos que ir cogiendo. Al principio, la tendencia era machacarse en el gimnasio, pero luego nos dijeron que solo había que tocarlo de manera leve. Recuerdo que, antes de los partidos a las cuatro de la tarde, nos hacían comer ensalada, sopa y pescado. Se entendía que esa comida era la importante de la competición. Sin embargo, a lo largo de los años se ha comprobado que la comida importante es la del día anterior. Se sabía lo que eran los hidratos, carbohidratos y proteínas, pero no se aplicaba. 

¿Cómo te recibió la plantilla del primer equipo?

Con normalidad, que es lo mejor que se puede decir. Tú los ves arriba, pero ellos están pendientes de cada detalle contigo. No te ponían ningún cartel, te enseñaban a llevar el día a día. Era una sociedad absolutamente democrática, de igualdad, excepto para dar la cara, que era algo que hacían ellos, cosa que agradecías porque te protegían. Ahora hay mucho menos sentimiento de pertenencia a un club. Ahora es muy raro que un jugador se pase muchos años en el mismo equipo, cada vez vamos a menos. Y antes, con los extranjeros limitados, al final muchos jugadores de cada club éramos de su cantera. 

En tus primeros años son míticas las remontadas que hizo el equipo: al Anderlecht, al Borussia Mönchengladbach…

Es una sensación de vértigo la que recuerdo, mucha inestabilidad, pero algo muy excitante al mismo tiempo. Se creó una situación en la que, pasara lo que pasara, todo tenía solución. El duende de los sorteos hizo que jugáramos las vueltas en casa y ahí lo resolvíamos todo. Yo soy de jugar el primero en casa, pero se creaba siempre un escenario en aquellas vueltas del Bernabéu, un teatro, que no es que nos lo creyéramos nosotros, es que el rival lo percibía y lo sentía. Era increíble que equipos que te habían ganado 5-1 quince días después se vieran inferiores a ti, y eso es lo que ocurría. 

Molowny ¿qué papel tenía ahí?

Era un integrador y una referencia. No era un hombre de grandes discursos ni de grandes gestos, pero transmitía calma y serenidad. Para gente joven como nosotros, sin una formación de la vida, era fundamental. Cada vez que había un problema de cualquier tipo, todo el mundo recurría a él. 

Ahora estos años se recuerdan como buenos, pero la afición os criticaba mucho. A Santillana y Juanito ya les daban por amortizados, y con estas remontadas se reivindicaron a sí mismos. De hecho, años después, tú dijiste que la afición le había amargado la vida a Juanito en algunos momentos.

Eso es ley de vida en el madridismo, el no pararse, el estar inquieto. En este club, si no estás al 100 %, tienes que dar un paso a un lado, porque si no todo te arrolla. Si les ha pasado a los ilustres, ¿por qué no te va a pasar a ti? Yo tomé varias veces la decisión de irme porque veía que ya no podía competir a ese nivel que pedían. Cuando ves esto con veinte años, lo apuntas rápidamente, porque ves que eso, al cabo de un tiempo, te va a pasar a ti. 

Os plantasteis con dos copas de la UEFA, ganasteis la primera liga… ¿Cómo era esa época?

A mediados de los 80 en España se podía percibir un cambio social y político, generacional. Empezamos a salir del cascarón. Mucha gente no ha sufrido lo que vivimos aquella generación. No lo digo para marcarme un «pues yo más», sino porque era una realidad. Era difícil aprender idiomas, costaba salir del país con cierta seguridad. Cuando nosotros, futbolísticamente, pudimos asomarnos a Europa y enseñarles a los alemanes que también podíamos pasarles por encima, fue como volver a situarnos en el mundo. Algo que estaba pasando en el país, donde no paraban de surgir pintores, diseñadores, cineastas… Entonces, aquella Europa estaba dominada por jugadores como Rummenigge, de un excelente nivel. Apareció Schuster. En Italia recalaban todas las estrellas, como Maradona. Todo eso lo mirábamos de lejos y empezamos a verlos cara a cara. 

Llegó México 86 y te llevaron.

Teníamos una selección magnífica. Les diría a los mileniales que vieran esos partidos, y cómo caímos en los penaltis, porque era una selección para ser campeona del mundo. Lo dices ahora y piensan que chocheas, pero es verdad. 

México fue una concentración muy larga, estuvimos 52 días apartados de todo, de la familia, los amigos y la información. No sabíamos nada de lo que pasaba. Te enterabas de algo por la llamada telefónica que hacías a casa cada día. Aquello fue como un Gran Hermano, pasó de todo. Hubo diferencias entre las dos generaciones que había. En el medio solo estaban Gallego y Gordillo, y por un lado estaban Maceda, Camacho, Goicoechea y Víctor Muñoz, y los demás éramos jóvenes, como Salinas, Setién, Reñones o yo. Y estaba Calderé, que no era joven, pero llevaba pocas internacionalidades. No obstante, no fue mala la amalgama que se hizo. 

Se quedó para siempre tu no gol a Brasil.

Hace poco fui con un equipo de juveniles del Madrid al mismo campo. Me senté en el banquillo y tuve un flashback de ese día. Eran las doce de la mañana en Jalisco, recuerdo estar escuchando el himno y pensar: «estoy entre los mejores de España», y mirar al banquillo de enfrente y ver a Zico, Falcão, Toninho Cerezo… Jugadores que no es que los hubieras visto ya en la televisión, es que te sentías como si estuvieses en una película. Recuerdo muchísimo ese instante. Es uno de los momentos más emotivos de mi carrera. 

Sócrates estaba escuchando el himno a mi izquierda. Recuerdo que se puso una cinta reivindicativa en el pelo, algo sobre la selva, creo que era. Fue increíble, que un mito como Sócrates se atreviera a hacer eso no era normal. Por eso, igual los jóvenes deberían repasar estas cosas, porque no ha cambiado tanto el fútbol, pasaban las mismas cosas, solo que con menos difusión mediática. 

Tengo la camiseta de Sócrates de ese partido. Cuando me la dieron, lo típico es echarla al cesto de lavar. Te podrá parecer escatológico, pero no lo hice. Quise mantener la esencia. A los dos días coincidimos en un hotel, subimos en el ascensor y me dio la mano. ¡Me conocía!

Con el golazo que les metiste, cómo no te iba a conocer…

Ya, ya, pero pensabas que no sabría ni quién eras. Aunque en lo que me estuve fijando fue en el pie tan chiquitito que tenía, un 36. Lo que sería ese hombre hoy en día, que luego ha llegado a ser político en su país. Era un tío comprometido, culto. Creo que hoy también los hay así, lo que pasa es que la prensa solo pregunta por el fútbol. El futbolista puede tener una conversación como cualquier otra persona, pero solo interesa lo deportivo. Aparte, cuando uno realiza alguna acción solidaria, suele hacerlo más desde el silencio que desde la notoriedad.

Fue mejor que el gol no entrase.

Fue cojonudo.

Estaban Francia, la RFA y Argentina…

No, no por eso, sino porque igual los brasileños se hubieran enfadado [risas]. Lo que sí pasó es que fue un no gol más llamativo que un gol. 

Cayó Dinamarca.

Que habían ganado a Alemania 2-0. Quedaron primeros de grupo, por eso nos tocaron, y eran la sensación del torneo. Pero fuimos de menos a más en los resultados, no tanto en el juego, porque nadie pensaba en nosotros. 

Aquel día fue quizá el más importante en la carrera de Butragueño.

Emilio siempre ha sido un teórico del fútbol, hablaba mucho de sus posibilidades. Por aquel entonces, le gustaba mucho tocar el balón, jugar. Estuvimos hablando la víspera, porque estábamos siempre juntos en la habitación, y le dije: «Emilio, vive en el área, que es donde marcas la diferencia, fuera eres un canuto, en el área te paras, driblas, es muy difícil detenerte, ahí es donde nos vas a dar la vida y tú vas a ser mejor». Esto lo ha contado él, porque luego metió los cuatro goles y dijo: «Ahí, Míchel ya empezaba a ser entrenador». Metió cuatro goles de todos los calibres. 

¿Cómo gestionaba Muñoz ese grupo?

Valorando lo que yo ahora aplico como entrenador, tanto Muñoz como Molowny no eran tan tácticos, no trabajaban tanto el sistema de juego y las habilidades de los jugadores, pero tenían una o dos grandes cualidades: sensatez, tranquilidad, darnos la iniciativa a los jugadores y saber elegir a los que son mejores para un partido concreto. Muñoz venía de sus años dorados con el Madrid y te llamaba la atención porque era muy poco intervencionista. Si elegía a alguien era porque veía que tenía capacidad para desarrollar lo que él quería aplicar. Nada más. 

¿Fue un palo muy grande perder así?

Para mí, sí. Para mí, esa y la del PSV fueron dos derrotas que supusieron un antes y un después. Es muy difícil hacer las cosas tan bien y que salgan tan mal. Fuimos mejores que todos los rivales que nos encontramos, pero luego el fútbol es un juego, algo banal, pero es así, y no me refiero al factor suerte, hay algo que no se puede controlar. Se dice que los penaltis son una lotería, pero no, no lo son, porque el que gana es el que los mete. Sin embargo, hay un factor que no sabes por qué aparece, pero surge, te quedas fuera y tienes que aceptarlo. 

La siguiente que nos venía era Argentina. Habíamos jugado un partido ante Bélgica para clasificarnos. Lo que tuvo Casillas contra Italia no lo tuvimos nosotros. Ese punto de inflexión, que estuvo a punto de cruzarse ahí, se tuvo que dilatar mucho más para el fútbol español, que entonces era muy bueno. Hicimos ese buen papel en México y antes, en el 84, España ya había jugado la final de la Eurocopa. 

Al volver, al primer fallo que cometiste en el Bernabéu, te pitaron.

En Madrid, a los futbolistas que más tiempo están en el club y más se les quiere se les acaba pitando. Hay que aceptarlo. Casi nunca es por el juego, sino por lo que piensan de ti. Puedes intentar romper esos prejuicios, pero al final el único prejuicio que no va a existir es tu rendimiento en el campo. He estado 14 temporadas, todavía soy de los diez jugadores que más partidos ha jugado y tengo un reconocimiento, y puedo decir que al que no le pitan en el Bernabéu es porque no ha estado lo suficiente. Hemos pasado todos. Raúl, Guti, y antes que yo Del Bosque, Velázquez… todos. Hasta Butragueño. Bajito, pero le silbaron. 

Ahora me hace gracia, porque cuando voy por la calle o al estadio, noto el cariño. Mi hijo, con veintisiete años, no vivió todo aquello, y me dice: «¿Dónde están los que te silbaban?». Ahora se hacen encuestas sobre los mejores y siempre estoy ahí. Pero la afición del Madrid es singular, solo le vale ganar y lo colateral les importa poco. Si no ganas, buscan un culpable. Y en aquella época, si ibas ganando, se te exigía jugar bien, jugar al ataque. No podías ser conservador. El aficionado del Madrid quiere fardar al día siguiente en el trabajo y, si no puede hacerlo, esa frustración la paga contigo. Eso es lo que tiene ser jugador del Madrid. Si llegas ahí ya sabes cómo va. Es agresivo, exigente, te desgasta y encima es importante seas tú quien decida cuándo te vas. 

En los 80 hacíais sindicalismo balompédico.

Hubo reivindicaciones con la idea de agremiarnos como trabajadores, porque al final éramos un trabajador más. También tuvimos problemas con la Federación española, porque se supone que se comprometía a hacer un seguro para cubrir los gastos de un jugador que se lesionase con la selección, pero luego no era así. Los clubes querían que alguien se hiciera cargo de los contratos de los jugadores que se les habían lesionado mientras estaban cedidos al equipo nacional. Lo que pasó fue que la Federación no lo hizo, y nuestros compañeros Gordillo y Maceda se quedaron sin cobrar. No era justo. 

En la huelga general del 88, tuvisteis un encontronazo con Txiki Benegas, que dijo que no sabía por qué ibais a hacer huelga Butragueño y tú, si cobrabais cien millones.

Le explicamos muy bien lo que había. Teníamos detrás a un noventa y tantos por ciento de futbolistas que no cobraban lo que nosotros. Eso le costó más a Txiki Benegas entenderlo. Era una incongruencia ideológica por su parte que nos acusase de ponernos del lado de los trabajadores, cobrásemos lo que cobrásemos. Benegas creía tratar con el futbolista de toda la vida, con el que no se podía tener una discusión ni un debate, y no le salió bien. 

Jugasteis contra el Nápoles de Maradona, que en su camino hacia la Copa de Europa se estrelló contra vosotros.

Antes había que ser campeón para poder jugar la Copa de Europa, y luego no había ni grupos ni cabezas de serie en los cruces. Te podía tocar con el Nápoles de Maradona en la primera eliminatoria. Ya era un problema que te saliese un equipo italiano para empezar: pues encima era este. Teníamos el estadio cerrado por unos incidentes del año anterior. Nos tuvimos que jalear los unos a los otros para que hubiese un poco de tensión y poder jugar sin público. Estaba Camacho en el banquillo, no jugó ese día de titular, y pegó voces a todos. Tenía unos pulmones como para 40 000, llegaba a todo el campo. Es un megáfono andante. Los que lo vieron por la tele se dieron cuenta de la cantidad de comunicaciones que hay en un partido, algo que solo se puede notar en un caso así, cuando se escucha todo. Aquel partido tuvo algo de regreso al pasado, de cuando juegas de chaval sin público, aunque estábamos ante un monumento para 80 000 personas que se encontraba vacío. No sé si habría unas 500 personas nada más. 

Fue un partido épico, también. Maradona no estaba bien por una lesión, pero era impresionante ver lo que hizo por esa ciudad. Ahora es maravilloso ver a Messi, pero juega en un club increíble como el Barça, con unos compañeros de primer nivel. Maradona en ese momento era otra cosa. Uno de los jugadores más comprometidos y reivindicativos, aunque fuese a su manera, que recaló en una ciudad que parecía que no existía en Europa, ni en Italia, ahí en el sur, y cuando ibas, alucinabas con cómo lo adoraba la gente. Le querían tanto, de hecho, que le hicieron mal. Si los demás vivimos estos años de nuestra carrera en una burbuja, él vivía en una burbuja acorazada. Eso marcó mucho su vida como hombre, su estancia en Nápoles. 

Pero Maradona es un tío excepcional. A mí me llamó a raíz de unos problemas que tuve en el Madrid. Me llamó él personalmente, cogió el teléfono mi mujer y me dijo: «Oye, que te llama Maradona». Me quedé mirándola: «¿Cómo?». Y Diego me hizo una oferta: «Sé qué salir del Madrid no es fácil, pero me gustaría que considerases la opción de venirte aquí con nosotros». Luego he coincidido con él en varios sitios y me cae muy bien, me da mucha rabia que se le haya usado tanto, y digo usado, no utilizado. Porque humanamente, como digo, era excepcional. 

¿Ese fue el día del caño de Chendo a Maradona?

Dijo Valdano que parecía como si los pajaritos disparasen a las escopetas. En el fútbol de la época, al mejor del rival lo marcaba el compañero con más energía. En este caso, era Chendo. El marcaje que le hizo fue increíble. Maradona, desde entonces, le respetó muchísimo. Le dio alguna, pero fue un marcaje muy limpio y le cortó los cables. Gran parte de esa eliminatoria se le debe a Chendo. Lo secó en Madrid y allí. 

En el 87, la mitad de los goles del Madrid ya habían pasado por tus botas.

Hace poco me dijeron que, si Messi daba un pase más de gol, igualaba mis asistencias en la Liga. Antes no se era tan escrupuloso con las estadísticas, pero oye, está muy bien ¿no? Les dije a mis hijos: «¿Veis? Este tipo ha estado siempre detrás de mí» [risas]. Ya no [risas]. 

¿Cómo era la liga española en aquel entonces?

Siempre he creído que era muy competitiva. Ganar fuera de casa era tremendamente complejo. Los estados de los terrenos de juego igualaban mucho todos los partidos. Era una competición top. Teníamos menos publicidad que la liga inglesa o la italiana, pero era un gran campeonato. El Atlético de Madrid era como el de ahora, no te querías enfrentar a él nunca. El Barcelona siempre tenía las grandes estrellas, siempre eran los mejores de Europa. El Valencia era muy competitivo, el Sevilla, el Betis… Había ocho equipos que, igual no podían ser campeones, pero sí te podían hacer mucho daño. 

Había que ver jugar a Gordillo en el Betis. El Valencia te venía con Kempes y Fernando. El Atlético de Landáburu y Da Silva, y la cantera que tenían, con Quique Ramos, Rubio… muy duros de pelar. Y luego te ibas a Cádiz y tenían a Mágico González, al que ya me enfrenté en segunda cuando estaba en el Castilla. La verdad es que era un jugador para esa ciudad, con duende. La primera vez que le vi hacer su regate en carrera, con esa torsión de rodilla que hacía en el aire, fue a Chendo, aunque no contó con la potencia y velocidad de Miguel, pero ojo lo que intentaba. Yo creo que solo podía haber jugado en el club en el que jugó. Si hubiera hecho esos trucos con regularidad, si hubiese entrenado con regularidad y si se hubiese cuidado con regularidad, pues no se llamaría Mágico, sino Pepito lo que fuera. A los futbolistas hay que aceptarlos como son en el entorno y hábitat en que se mueven. 

El Madrid fue ganando ligas, como si se ganasen solas, y la prensa empezó a centrarse en los melodramas. En tu caso, que hubo una oferta del Inter fuerte por ti. Dijo Mendoza: «Míchel es imprescindible en el Madrid, pero si ofrecen una locura, todos podemos enloquecer».

Pues era una locura. Ofreció 12 millones de euros, que entonces era una barbaridad. Me quintuplicaban lo que ganaba e incluso más. Pero apliqué una máxima: si todo el mundo quiere jugar en el Madrid, ¿por qué me voy a ir? Seguramente hoy tendría mucho más patrimonio, pero nadie me haría hoy una entrevista como esta, si no me hubiera pasado 25 años, desde la cantera, vistiendo la camiseta del Madrid. Eso para mí tiene más valor que el dinero. Cuando era chaval no tenía dinero, y ahora tampoco, porque lo tiene mi mujer, pero jugar en el Madrid es impagable. 

Hoy, cuando me preguntan si cambiaría algo de mi carrera, digo que no cambiaría ni un punto ni una coma. Incluso dejaría los errores, que he cometido muchos y me perjudicaron, pero me beneficiaron también, porque aprendí de ellos. Es muy buen aprendizaje pegársela contra un muro. 

Abril del 88, el PSV…

Es un resultado y tienes que aceptarlo. He llorado tres veces en el fútbol. Cuando nos eliminó Bélgica en el Mundial, la del PSV y cuando me retiré y me despedí del Bernabéu, que fue más nostalgia que dolor. Lo del PSV fueron las semis y habíamos empatado en casa. Volví a ver el partido hace poco y lo repito: no se puede jugar mejor al fútbol. Hay que aceptarlo. ¿En qué nos equivocamos? Creo que en nada. Si no aciertas, tendrá que ver con algo que no controlas. Pero lo controlable lo controlamos bien. 

Te pegó el árbitro y todo.

No había tantas cámaras que lo vigilaran y podían tener una mano izquierda más reservada. Fui a darle la mano, no quiso dármela y en el gesto de quitarla me dio. Además de perjudicarnos, porque el público fue cantando los segundos que quedaban para el 90 y, cuando llegó, pitó. Como en el baloncesto. No añadió nada. 

No tocó ganar, y aunque quieras pasar la página, es de plomo, no de papel. Ahí me di cuenta de que no me iba a tocar la varita de ganar la Copa de Europa. Fue una sensación que me invadió, y al menos me acomodó para lo que venía. Vi que no bastaba con hacerlo muy bien y tener el mejor equipo. Parecía haber un azar al que nosotros no podíamos acceder. 

Koeman dijo que fue el día más importante del PSV en su historia.

Dieron la sorpresa porque veníamos de hacer una competición maravillosa. Tuvieron la suya y la aprovecharon. De hecho, luego ganaron la final por penaltis. Pero Koeman no jugó esa vuelta por un comentario que había hecho en la prensa en la eliminatoria anterior. Dijo que había lesionado a un jugador a propósito, que había saltado al campo con el objetivo de lesionar a Jean Tigana, del Girondins de Burdeos. Lo dijo públicamente en una entrevista y la UEFA le sancionó para el partido de vuelta, no para el de ida, y luego le dejó jugar la final. 

Pese al naufragio, la Quinta le dio otro aire al fútbol español.

Antes éramos La Furia. Desde entonces, los equipos de referencia para la selección pasaron a ser los que veían el balón como primer recurso y, además, admitían a los pequeñines. Xavi, Iniesta y Villa en nuestra época hubiesen sido sospechosos.

En la selección hubo problemas: los del Madrid queríais más ataque y Muñoz más disciplina defensiva. Luego con Luis Suárez cambiaron los esquemas.

El fútbol se aclimató a los jugadores. Tanto en el Madrid como en el Barcelona coincidimos jugadores para los que el protagonista era el balón. También, yo pensaba que era lógico que los jugadores que íbamos a la selección jugásemos como en nuestros equipos. De hecho, ahora pasa. 

Cuando triunfó el tiquitaca entre 2009 y 2012, ¿sentiste algún tipo de resarcimiento o conexión con vuestra generación?

Creo que fue la consecuencia lógica. En México, todos los españoles, los emigrantes, iban con pancartas que decían: «Ya está aquí La Furia», y nosotros mirábamos a Butragueño en la ducha y pensábamos: «Joder, ¿qué furia?» [risas]. Nuestra delantera era Butragueño y Eloy, que medía todavía menos que Emilio, 1,67. ¿Dónde íbamos con lo de «La Furia»? El paso del tiempo ha hecho que se haya ido imponiendo que el juego español es más de combinación, de asociación, eso que se llama la posesión. Lo del tiquitaca no me suena muy bien, porque parece sinónimo de dormirte teniendo el balón y no atacar. 

La Quinta fuisteis los primeros jugadores celebrity.

Nos perseguían los paparazzi. A veces estábamos en algún sitio y veíamos al fotógrafo escondido y le saludábamos, le preguntábamos cómo quería que nos pusiésemos y se quedaba a cuadros. Luego fue evolucionando el mercado y nos convertimos en eso que has dicho, celebrities, pero sin redes sociales, que tiene más mérito. Tuve un juego de ordenador, cuando me lo propusieron me pareció alucinante. Hace poco, un amigo se lo encontró en una tienda de objetos vintage y me lo regaló.  

Al mismo tiempo, en algunos terrenos de juego os caían botellazos, barras de hierro…

Al principio, cuando ganas, hay admiración y sorpresa, luego reconocimiento, y al final la gente ya estaba como diciendo que ya estaba bien. Se generó un sentimiento de competencia contra nosotros, pero no nos vino mal, porque nos excitaba. Queríamos seguir ganando porque veíamos que competíamos contra el mundo. No solo en el campo, en general. Se decían muchas mentiras sobre nosotros en la prensa. No cambiamos nuestra forma de ser y tal vez eso generó antipatía. 

También había efervescencia política en aquella España. Se marcaban las identidades por comunidades, y en muchos campos esto se transformaba en agresividad y reivindicaciones políticas innecesarias, que se salían de lo que era el deporte. Además, veían que les era útil, porque se empezaban a retransmitir los partidos y cualquier lío se comentaba y tenía una trascendencia inmediata. Estaba todo lleno de pancartas políticas. Hubo muchas situaciones realmente extremas y la competición se pudo volver un poco desagradable, pasaban demasiadas cosas. Y como nadie quería hacer enfadar a nadie, todo esto se permitía y nosotros nos quedamos con el papel de conejillos de indias. 

Sufrimos faltas de respeto constantes. Se premiaba la puntería, si te tiraban una botella y no te daba, no pasaba nada, no se cerraban los campos. Íbamos a los estadios protegidos por la policía, rodeados de agentes, cambiando de autocar a la mitad. Teníamos una táctica para jugar al fútbol en el campo y otra estrategia para salir vivos del estadio. Lo que ha pasado con la final entre el Boca y el River en la Libertadores es lo que vivíamos todas las semanas. Cuando vi esas imágenes, sentí que volvía a treinta años atrás en España. 

«Prefiero perder un partido a perder la vida», dijiste en una ocasión.

Recuerdo que pensé muchas veces que había que plantarse. Tener que ir al estadio cambiando la ruta, rodeados de policía, con agentes encapuchados dentro del bus… ¿qué necesidad había de eso? Los políticos, ahí, que podían ser brillantes y atravesaron una época muy difícil, en este caso no estuvieron a la altura. Debieron ser más enérgicos. 

En la Eurocopa del 88 el verdugo fue Vialli.

Nos tocó en un grupo con Dinamarca, Alemania e Italia. Las competiciones eran un cara y cruz constante. Dos de estas tres selecciones habían jugado la final del Mundial del 82. Era muy difícil y, aunque veníamos de tener mucho éxito con nuestros clubes, en la selección todavía no estábamos muy cocidos. De hecho, creo que ese año perdimos un punto con respecto a México. Así que fuimos inferiores y, con una final cada tres días, tuvimos el resultado que tuvimos. Pero a esa Eurocopa solo fueron ocho selecciones y se hizo con dos liguillas. Fue un poco raro, de todos modos.

Leo Beenhakker.

Fue un innovador. En sus entrenamientos se hacía todo con balón, la preparación física era colateral. Las sesiones de esta manera eran más entretenidas y didácticas. 

Había mucho interés en Italia por la liga española y se hacían comentarios, se opinaba desde allí. En una entrevista, Giovanni Trapattoni dijo que Butragueño estaba en un momento clave de su carrera porque se había truncado su progresión, quizá, pensaba, porque había triunfado demasiado pronto.

Creo que Trapattoni se equivocó. Emilio no es que hubiese triunfado demasiado joven, es que empezó a jugar al fútbol profesional a los dieciocho años. No había tenido una base, como el resto de sus compañeros. Llegó con dieciocho y a los diecinueve estaba en el primer equipo. Había entrenado en su colegio, no tuvo formación deportiva. Era un talento natural. Es más, una de las ventajas que él tenía era que jugaba como se jugaba en su colegio o en su barrio. Mantuvo siempre esa esencia como futbolista. Tenía la misma tensión que cuando jugaba en el patio, la responsabilidad no le atenazaba. Eso tenía ventajas y desventajas. La sangre fría que tenía la vimos todos. En cambio, cuando hizo falta un poco de autoridad, eso no iba con él. 

Tras el PSV, el Milán.

Sacchi rompió una barrera en un momento en el que había una emergencia alrededor del balón. Él metió el sistema, los entrenamientos colectivos, de movimiento funcional entre todos, y además tenía tres holandeses que eran una maravilla. No te dejaban respirar en un trabajo colectivo y con el balón resolvían con unas cualidades técnicas increíbles. Hizo que fueran perfectos. 

¿No te gustaba su sistema? 

Me gustaba la organización, la idea que tenían de juego y que puso al servicio del colectivo las características físicas de los jugadores. Iban al extremo. Ahí había algo que tú no podías detectar, pero era imposible superarlos. Jugaban los partidos del domingo igual que los del miércoles y siempre eran los mismos once o doce jugadores. Era un equipo tan mecanizado que ahí está, su obra todavía perdura. Yo no he visto un equipo igual en mi vida. 

Era muy complicado aquel fútbol, tenías que ganar la liga para jugar la Copa de Europa, y al año siguiente competir en esas eliminatorias europeas, pero ¡ay de ti como se te ocurriera tirar la liga mientras! Aparte de que, si lo hacías, no volvías a la Copa de Europa al año siguiente.

Eso te llevaba a un estrés permanente. No había un solo momento de descanso. Yo gané seis ligas y perdí dos en la última jornada. Ahora Sergio Ramos tiene menos ligas que yo, pero más Champions. Por eso, muchas veces llegábamos fundidos. Era un estrés competitivo y mediático y no había rotaciones, el entrenador siempre ponía a los mejores posibles, a no ser que estuvieran lesionados o sancionados. Ahora el jugador descansa, hay entrenamientos, productos y alimentación para recuperarse. Cuando veo los partidos de la época, no me creo que pudiéramos correr tanto, si veníamos de jugar otro partido igual dos días antes. Yo jugué un año 86 partidos sin contar amistosos. No estábamos preparados ni física ni mentalmente para eso. 

¿Cómo afectaba José María García?

Mucho. En la época, era la red social, era el Twitter. La gente se ponía por las noches a escuchar lo que decía y su discurso iba a misa. Aunque al final le pasó como a la misa, que la gente dejó de ir. 

Cuando llegó Schuster, dijiste que tu juego se resintió.

Batimos el récord de goles y yo metí 14 o 15. Creo que Bernard era un organizador de juego estupendo. No sé en qué me resentí. Estuvo muy bien. Schuster era un tío sencillo, muy diferente de todo lo que se comentaba de él. Quizá era tímido y le habían dado muchas leches, pero era como un compañero más. Sin embargo, se hablaba mucho de su vida personal. Venía de Barcelona y tuvo una salida traumática de la selección. Todas esas cosas le afectaban. En aquella época, el periodista te investigaba, sacaba detalles y lo que decía creaba opinión. 

Toshack había dicho que, con vuestra defensa y con Buyo, nunca seríais campeones de Europa y, de repente, fue nombrado entrenador del Madrid.

Venía de una educación mediática distinta a la nuestra. En Inglaterra, lo que se les pasaba por la cabeza lo decían y no pasaba nada. Aquí es distinto. A mí la libertad de expresión y no tener pelos en la lengua me parece muy bien, pero hay que aplicarse el cuento. Él tuvo su fórmula, que también forma parte del papel de un entrenador. Creo que Toshack era muy bueno, pero nosotros le pedimos discreción y que las críticas nos las dijera a nosotros antes que a los medios. 

Esa temporada el melodrama llegó al delirio. Dijiste en prensa que a Butragueño se le quería más que a ti; se dijo que no te hablabas con Hugo; Martín Vázquez estaba con lo suyo, que acabó fuera del equipo… Dijiste: «No es normal que cuando se gana los méritos sean para dos, y cuando se pierde la culpa sea de tres», en referencia a Gallego, Martín Vázquez y tú.

Es lo que supone el Madrid. Además, en esa época teníamos que hacer declaraciones cada día. A la salida del entrenamiento, tenías a quince medios pidiéndote que dijeras algo. Si decías que no hacías comentarios, empezaban a gritar: «¡Nos ha vetado, nos ha vetado!». Era una vorágine constante que, como no te aislases, te comía. Por lo demás, la afición siempre tuvo sus ídolos y sus culpables, y a veces eso se daba la vuelta. Siempre lo supimos y no era un problema. 

Sobre Hugo, dije que donde tenía que coincidir con él era en el puesto de trabajo, y ahí coincidíamos. Es sorprendente que, si nuestra relación era mala o inexistente, fuese yo quien le diese los balones para que marcase. De hecho, somos amigos. Lo que había eran especulaciones sobre malentendidos, sobre egos también; sobre situaciones que se dan en todos los trabajos y familias, que en el mundo del fútbol siempre se llevan al extremo, porque es un entorno en el que se vive más de la parafernalia que de la realidad. 

Has sido generoso cuando has dicho que el éxito de tu carrera se debe a haber tenido de compañeros a rematadores como Santillana, Hugo Sánchez y Zamorano.

No soy generoso, soy sincero. 

Dijo Martín Vázquez que con Toshack se empezó a jugar muy bien, pero después de Navidades, y el Milán fue a caer por segunda vez en noviembre.

El 1 de septiembre ya tenías que estar a tope y Toshack necesitaba algo de tiempo para establecer sus métodos y su sistema de juego. Ahora hay tiempo para aclimatarse, en la liguilla de la Champions te ponen dos equipos que son dos marías, pero entonces no podías pinchar un miércoles ni una sola vez. 

Un compañero muy especial ese año —lo digo por la maravilla que es escucharle ahora en la televisión argentina— era Ruggeri.

Era una parte necesaria para nuestro vestuario porque se habían ido líderes. Era listo e inteligente y supo ver ese hueco y ocuparlo. Se aclimató bien, venía del Logroñés, y aparte los argentinos en España saben aclimatarse muy bien, tanto que no se van. Para ellos este país es confortable. 

Contaba que cuando tuvo problemas con Toshack en los entrenamientos se dedicaba a tomar el sol en mitad del campo.

El club decidió que con Hierro, Sanchís y Tendillo su posición estaba cubierta. Solo se podían tener dos extranjeros y decidieron sustituirlo, pese a su buena temporada. Por eso tuvo un pique con Toshack, porque había jugado bien y no lo entendía. Al final se le buscó un acomodo. Mientras tanto, iba al entrenamiento, pero no entrenaba, el club no se lo permitía, y él aprovechaba para afeitarse delante de nosotros e ir al gimnasio. Toshack le decía: «¿No tienes jardín en casa?», y él contestaba: «Estoy mucho mejor aquí» [risas]. 

Cuando perdisteis ese año en la Copa del Rey contra el Barça, ¿ya se veía que Cruyff venía apretando?

No, porque ese día Cruyff salvó el puesto con esa victoria. Si hubiese perdido estaba fuera. Hay mucha parafernalia. No vamos a decir que Cruyff no sea un buen entrenador, pero parece que se ha empezado a jugar al fútbol desde que llegó él. Antes de su llegada ya se jugaba bien al fútbol en España, empezando por el Real Madrid. Se dice que ganó cuatro ligas, pero tres fueron perdidas por los demás. Está claro que fue excelente, que tenía una gran idea del fútbol, pero pasó muchas dificultades. Una de ellas fue esa final en la que ya tenía un pie fuera. 

Jugaba muy bien, pero quizá sí era un poco irregular.

Jugaban muy bien, pero eran menos competitivos por lo bien que lo hacían. Tuvieron muy buenos extranjeros a su disposición, ahí había muy buenos mimbres, aparte de Guardiola, Bakero y demás. Cruyff fue un innovador, un precursor, pero tuvo buena materia prima. Jugaron en la liga española con el ánimo o el espíritu holandés, y eso no se compensaba muy bien. Creo que era más fácil perder con el Barça, pero también era más fácil ganarle al Barça que al Atlético de Madrid. El Atlético siempre ha sido duro, de contraataque. En la época de Luis Aragonés, era muy difícil superarlo, y en las contras te mataban. Para mí, ellos siempre han sido el rival. Quizá porque somos de la misma ciudad y me he pasado la vida jugando contra ellos en las categorías inferiores. 

Italia 90.

Éramos una selección con buenos futbolistas, pero sin cuajar. Era tener todo de calidad: huevos, cebollas, patata de la buena y, sin embargo, no cuajaba. Algo había que hacía que no fuésemos una buena amalgama. Jugábamos muy bien, pero no competíamos, por eso nos eliminaron. 

Luis Suárez estuvo muy nervioso todo el mundial. ¿Fue por la prensa?

La prensa era muy intervencionista por el bipartidismo, o eras de De la Morena o eras de García, y eso influía en todo. Hubo una situación previa en la que Luis Suárez llegó a un acuerdo con De la Morena, y no con García, y este se dedicó a hacer un ataque constante sobre el seleccionador y, por ende, la selección española. Iba contra nuestra estabilidad como equipo, aunque estuviésemos lejos. Pero no perdimos por eso, eso no fue lo más importante. El problema estaba en que no éramos una selección cuajada. 

¿El «¡Me lo merezco!» fue por todo lo que te había hecho pasar la afición del Madrid?

Por muchas cosas. En parte era por esa frase de que cuando ganábamos era mérito de dos, y si perdíamos era culpa de tres. Uno se acostumbra a la presión, pero cuando es tanta, no es fácil soportarlo. Cada día era una historia nueva. Invenciones. Tenía que salir a decir que no, que no era homosexual. Que no, que no tengo tres hijos ocultos. Que no, que no le he sido infiel a mi mujer. Que no, que no le he dicho al presidente que eche al entrenador. Así era todo el día. Aquella reacción fue una descarga, pero más que por mí, lo fue por los que me rodeaban, por mi familia. Yo podía actuar en el campo, centrar, meter goles, jugar bien. Pero mi familia y mis amigos sufrían una barbaridad, porque cuando me acusaban a mí de algo, ellos también tenían que justificarse. 

Todo esto sin redes sociales.

Mira, llegamos a un acuerdo con la prensa en el mundial: si más de tres medios te pedían entrevista, tenías que hacer rueda de prensa. Los periodistas, entonces, lo que hacían era ponerse de acuerdo para subirte al estrado. Después del primer partido, contra Uruguay, me hicieron dar rueda de prensa al día siguiente. Era como un juicio sumarísimo. Me dijo un periodista: «Se dice de usted que es una vaca gorda, que es un buey durmiendo. ¿Qué tiene que decir sobre eso?». Esa fue la primera pregunta. 

Además, en aquella época, a los entrenadores se les dejaba al margen. La culpa era de los futbolistas. A los entrenadores no se les cambiaba con tanta frecuencia ni se les culpaba obligatoriamente del mal juego del equipo. Éramos los jugadores y nada más. 

Yugoslavia nos eliminó con esos dos goles de Stojković.

Jugamos muy bien. Recuerdo a un Martín Vázquez estelar. 

Pero se le fueron por un palmo…

Siempre pasa algo. Incluso jugando bien nos pusimos por detrás, empatamos muy merecidamente y en la prórroga metieron esa falta, en la que también se me acusó de que quité la cabeza, que físicamente era imposible. 

¿Qué pasó ahí, entonces?

Me daba igual como hubiese puesto la cabeza. 

¿Fue entonces un efecto de la imagen?

No, fue un efecto de que, como te digo, me tenía que justificar de no ser homosexual, de no tener amantes, de ser un mal compañero. Yo ya no podía justificar más lo que era mentira. Ten en cuenta que era después del «Me lo merezco»: hubiese pasado lo que hubiese pasado, habrían ido a por mí. 

Para que te hagas una idea, el día de Corea, antes de jugar, tenía que salir un artículo sobre mí muy crítico, pero no lo publicaron porque no llegó a tiempo o no entraba en máquinas o no sé qué. Pues se publicó al día siguiente. Se titulaba «El 21», y me mataba. Pero me mataba el mismo día que había metido tres goles. Fue el propio periodista el que vino a darme explicaciones y me dijo cómo había sido todo, pero lo mantuvo.

Eso ha formado parte de mi vida. De mí se han dicho muchísimas cosas, incluso algunas verdades. Pero lo aprendí tarde. Me di cuenta tarde de que no se puede luchar contra eso. Al que le caes mal… Tengo muchos amigos y pocos enemigos, pero estos no descansan, no me dejan en paz. 

En perspectiva, volviendo al Madrid, Mendoza fue un gran presidente.

Sí. Fue un innovador, pero para mí tuvo dos errores muy puntuales y muy graves. Uno fue no saber rodearse de gente fiable. El otro fue que, con lo inteligente, lo listo y lo superviviente que había sido siempre, no supo adecuarse a los tiempos que corrían. Mendoza hoy en día hubiese sido, igual que en la época, un gran presidente, pero también fueron sus grandes virtudes las que lo derribaron. 

En un periodo ganó las cinco ligas y a punto estuvo de llegar a una final de Copa de Europa, y en la segunda fase, la de los 90, es muy fácil denostarlo. Pero si lo miras con detenimiento, sobre el papel, el equipo que dibujó con los dos mejores centrocampistas del este de Europa, Hagi y Prosinecki, salió mal, pero pudo salir muy bien.

Eso además en una época en la que no había tanta solvencia económica como la de ahora. Hay cosas que la gente no sabe. Nosotros estuvimos un año y medio sin cobrar. 

¿Qué año fue?

Entre el 90 y el 92, más o menos.

Hagi no cuajó del todo, pero luego se convirtió en uno de los grandes de Europa.

Era un jugador excelente, pero han pasado por el Real Madrid muchos jugadores de gran nivel que no soportan lo que supone jugar en este club. Eso le pasó. 

¿Con qué no podía él? ¿También con el público?

Hay algo, la presión. Te afecta si no sabes llevarla. Si no has nacido aquí, es una presión muy opresora. Aparte, tuvo muchas lesiones, no se recuperaba. Tenía que ser el faro del equipo, pero le faltaba continuidad por las lesiones y no podía soportarlo. Nos sentíamos mal por él, porque era una excelente persona y le veíamos sufrir mucho. 

Dejó buenos goles.

Sí, sí, era de gran nivel, era indudable. Pero al final eso no se podía mantener. Gica se esforzaba, pero no salían las cosas, y cuando empezaban a salir, se volvía a lesionar. Tuvo siete u ocho lesiones. 

Cuando Di Stefano cogió el equipo, se ganó al Barça la Supercopa con el gol de Aragón, y parecía que el equipo volvía por sus fueros, que solo había sido un bache. 

La verdadera explicación es que el equipo no daba el nivel. Llegaba a aparecer porque éramos muy competitivos, pero no teníamos el nivel que se requiere para ser el Real Madrid de toda la vida. No cumplíamos con las expectativas porque no teníamos las condiciones, y vuelvo a que, en aquellos años, el calendario era mucho más exigente. 

La bestia negra que devolvió la realidad fue el Spartak de Mostovói, Rádchenko, Karpin…

Sí, todos emigraron y todos jugaron en buenos clubes, equipos que además acabaron haciendo buen fútbol. A nosotros nos pegaron un repaso, pero fue la constatación de que solamente teníamos el nombre. No funcionábamos. Que un equipo ruso te ganase con esa solvencia en Madrid era escandaloso. 

Con Antić volvió a haber orden, y durante unos meses todo parecía volver a funcionar mejor.

Antić nos dio la importancia que no nos quería dar ya nadie en ese momento. Puso orden y empezamos otra vez a competir, íbamos primeros. Lo destituyeron yendo primeros porque a la gente no le gustaba su fútbol…

Fue un día muy curioso cuando lo echaron, se ganó al Tenerife contigo de portero.

Dos a uno. Metí yo los dos goles, uno de penalti y otro de falta, y luego me tuve que poner en la portería. En esa época, la gente decía que nosotros poníamos y quitábamos a los entrenadores, pero nosotros estábamos con él en público y en privado. Estábamos superagradecidos a Antić, que es un sentimiento extraño en un futbolista, que somos egoístas, pero decidieron despedirlo. Fue un shock para nosotros. 

A nosotros nos dijo Antić: «Los problemas fueron subterráneos. José María García tuvo un papel determinante en lo que pasó. Decía que yo era demasiado joven para entrenar al Real Madrid. Atacaba a Míchel con asuntos de una chica o no sé qué. Hicimos una reunión para vetarlo, pero alguien lo sacó a la luz y empezaron las hostilidades a lo bestia».

La noche anterior de jugar un partido de UEFA, estábamos en Bratislava. En Eslovaquia no nos daba por ponernos a García, pero por lo que se ve, estuvo desatado durante una hora. Recuerdo que el presidente habló con Sanchís, le dijo que había que pensar una solución, que eso no se podía aguantar más. También había tenido a Santi Aragón en la radio, un chico joven, y lo puso en una situación comprometida. Éramos 17 futbolistas, y se votó si vetarlo. Curiosamente, la Quinta del Buitre nos abstuvimos. Pensábamos que los chicos jóvenes no tenían que hacer la guerra porque se metiera con nosotros. Yo fui el primero que lo expliqué. Hubo cuatro abstenciones y trece votos a favor de vetarlo. Pero a García le llegó al revés, trece abstenciones y cuatro vetos. Creo que ese fue el principio del fin de García, que creía que podía pasar por encima del bien y del mal y al final se destruyó él solo. 

¿Y Prosinecki?

Fue un caso parecido al de Hagi. Un jugador con unas condiciones muy buenas. Era campeón de Europa con el Estrella Roja. Pudo intentar relanzar al Madrid, que estábamos sin cobrar, sin ganar títulos y habíamos perdido la hegemonía. Mendoza se fue a por él porque era el jugador top de Europa en ese momento. Sin embargo, no salió bien. Pensaban que venía el hombre que iba a hacer que el club emergiera, y era un chico tremendamente joven, con unas costumbres y una cultura absolutamente distintas a las de aquí, y volvió a pasar lo mismo. Teníamos a Hagi y a Prosinecki y estuvieron constantemente lesionados. Creo que a veces se lesionaron solo por la tensión. 

Las imágenes que protagonizaste con Valderrama aquí fueron mucho, pero tengo entendido que en Colombia fueron cien veces más.

Y perdura en el tiempo. Son 26 o 27 años, y sigue. Intervinieron ministros, opinó todo el mundo en la calle, pero eso ya me pilló mayor. 

Muchas opiniones impublicables hoy en día.

Creo que los ataques que he sufrido por todo esto —personales, domésticos y públicos— fueron un escándalo. Y no hubo ninguna vuelta atrás ni ninguna rectificación de nadie. Era gente que veía como algo injustificable la homosexualidad. Por la calle me decían algo de vez en cuando, pero también me llamaban por teléfono a casa y me enviaban cartas diciéndome que estaba enfermo. 

¿Qué me puedes contar de las tragedias de Tenerife?

Un avión que iba perdiendo combustible y al final se cae. En las dos ligas que perdimos así, en el último partido, ya veníamos mostrando síntomas. Lo peor es que teníamos la obligación de ganar, y hacerlo fuera de casa no era fácil. Un año el Tenerife venía mal, pero tenía necesidad porque había remontado el vuelo. Y en el segundo año, el Tenerife era muy buen equipo, no era un club como para tenerte que ir a jugar la liga con ellos. 

Aunque el primer año sufrimos un perjuicio arbitral clarísimo, que hoy en día no se hubiese producido. Nos quedamos con 10 jugadores ganando 1-2 y nos anularon el 1-3 en un fuera de juego que era imposible, porque había un jugador de ellos en el palo. Cuando dicen que al Madrid siempre se le ha beneficiado, es cierto que con los equipos grandes los árbitros son más condescendientes, pero también nos han perjudicado. En cualquier caso, perdimos porque no éramos un equipo estable y regular. 

Había una gran diferencia entre cómo jugaba el Barça y cómo competíamos nosotros, pero fíjate hasta dónde estiramos el chicle, hasta la última jornada. Hicimos un esfuerzo descomunal para que ese gran Barça acabase ganando las ligas empatados a puntos con nosotros. 

Con Benito Floro, parece que Mendoza quiso introducir algo parecido a Sacchi en el Milán y todo lo que marcaba la diferencia del fútbol italiano: equipos metódicos, ordenados…

Benito introdujo la táctica y el trabajo colectivo, lo que se llevaba entonces con Sacchi. En ese apartado creo que lo hizo muy bien. 

Esos años tienen muy mala prensa, y a fe mía que esos partidos eran aburridos, pero los números de la 91-92 eran números de campeón. Veinticuatro partidos ganados y ocho empatados. Las ligas en esa época se ganaban con 25 partidos ganados. Hasta la primera que ganó Schuster, que lo hizo con 27, el Madrid ganó todas las demás ligas con 24 o 25. Solo Toshack con 26. Y solo encajó 28 goles, lo que no se ha repetido. 

Hicimos un trabajo defensivo muy bueno, aunque era un entrenador que le quitaba la iniciativa al jugador por esa forma mecánica de situarte en el campo y de ejercitar el trabajo que tenía. Era muy intervencionista. Algo que, de todos modos, era lo que había aplicado siempre, y siempre le había ido bien. Sin embargo, el personaje no caía bien. No caía bien por sus cualidades pedagógicas, instructivas y educativas y así… pues date por jodido. A la afición del Madrid siempre le ha caído más simpático el demagogo que el que realmente haya trabajado y producido bien. 

¿Qué pasó con Clemente, que no te llevó a la selección? A nosotros nos dijo: «La Quinta, para los partidos en casa, todavía estaba bien, pero cuando había que ir fuera y había hule, ya no estaban para tantos trotes».

Por eso ganábamos ligas. Clemente no tenía por qué justificar sus decisiones. Si lo ha hecho es porque siempre se ha escondido del fútbol que realmente le gustaba: el patadón, la segunda jugada y el juego directo. Cosa que me parece muy respetable, pero esa forma de pensar la podría haber tenido antes, porque nos convocó a seis partidos. Nos podría haber dejado de convocar desde el principio. Para mí eso indica que no era una cuestión de estilo, sino una situación en la que influyeron varios medios, incluido García. Pero es respetable su elección, me parece fenomenal todo si tienes argumentos y los desarrollas. 

Esos años fueron malos para el Madrid, pero tú rendiste a un nivel óptimo y la afición volvió a estar de tu lado.

Ya fueron tantas las críticas que la mayoría silenciosa se puso de mi parte. Después del 90 y el 91, la gente empezó a reconocerme más, aunque no fuera a la selección, y mi rendimiento fue altísimo. Eso creó una corriente de partidarios que se hizo notar. 

Los números del 87, en los que casi la mitad de los goles del equipo pasaban por tus botas, en el 94 eran similares, el 40 %. 

Ese fue un dato indestructible. De hecho, la selección buscó un sustituto para ese puesto y se probaron seis o siete jugadores: Ferrer, Aldana, Goikoetxea, Amor, Manjarín, Felipe… Aún así, el seleccionador entendió que no debía ir a la selección. Qué le vamos a hacer. No hice ni una sola declaración contra el seleccionador. A cada convocatoria que llegaba contesté igual que te estoy contestando a ti, pero se montaba lío. Y yo nunca le pedí a Clemente que se justificase. Con que dijera que mi fútbol no le gustaba estaba bien. 

Con Valdano volvió un fútbol que era otra vez vistoso, pero te rompiste en Anoeta.

En el centro del campo estábamos Martín Vázquez, Redondo, Laudrup y yo, pero en la decimotercera jornada me rompí la rodilla. Gracias a esa lesión me fui preparando, porque ya vi que eso se acababa. Con 33 años ya era bastante veterano para seguir jugando. Estar parado me hizo pensar en la perspectiva del futuro. 

Al año siguiente lo dejaste.

Sí, volví, jugué toda la temporada, pero me quedaba un año de contrato y decidí que había que dejarlo así, que ese era el momento de marcharme. 

Se pasó de ganar la liga, metiéndole 5-0 al Barça, a un año desastroso. Cappa nos dijo: «La situación en el club era muy complicada. Querían reemplazar a Mendoza y para ello lo cercaron económicamente». 

¿Una conspiración contra quién? 

Que al club no le dieron más créditos en los bancos y Valdano y Cappa no pudieron fichar, y por eso trajeron lo más barato que había: Petković y Rincón. Cappa decía que había que renovar la plantilla, lo que se hizo un año después, pero ellos no pudieron por esa falta de liquidez, y encima se dieron cuenta los jugadores. Así que se quedaron sin fichajes y con la plantilla de uñas.

Creo que es una teoría de la conspiración que sube dos o tres pisos. Yo soy gente de fútbol y te lo puedo explicar en términos futbolísticos. No sé si harían falta fichajes, que seguramente sí, pero se venía de un año en el que se había hecho un fútbol de épocas anteriores. Para mí existió un intervencionismo por parte del cuadro técnico en querer cambiar algo que funcionaba, y allí es donde yo creo que se equivocaron, más allá de todas esas lecturas conspirativas. Creo que eso es ir demasiado lejos. Lo más importante era el equipo en el terreno de juego, y dejó de funcionar porque se generó una competencia innecesaria, pero es tan solo una opinión. El equipo había funcionado el año anterior, y con muy buen gusto. Querer sustituir a Laudrup no sé si era culpa de que no había dinero. Querer discutir a Luis Enrique… Ocurrieron varias cosas desde el punto de vista técnico que afectaron al equipo. De hecho, Valdano no acabó la temporada. 

Hay un momento simbólico cuando se va Mendoza. Dimitió el 16 noviembre del 95, y el 22 viene el Ajax de visitante en la Champions y os mete un repaso importante.

Te has quedado corto con lo del repaso. 

Era Van Gaal, un técnico con mucha proyección entonces.

Y jugadores de alto nivel, todos muy jóvenes: Kluivert, Seedorf, los De Boer, Overmars, Litmanen, Van der Sar de portero, Blind, Reiziger, Davids

¿Se puede decir que ahí llegó el fútbol del siglo XXI a Madrid?

Había menos información que ahora, y de repente, cuando llegó el Ajax y jugó a ese nivel nos dejó a todos epatados. No a los que estábamos en el fútbol, pero sí a todos los demás: «Joder, cómo juega esta gente». Tenían nivel, destreza para mover el balón, progresaban con pocos toques… Recuerdo que perdimos 0-2, y no puedo decir que jugando en el Real Madrid y en casa te puedas ir contento con ese resultado, pero mamma mía… Veíamos correr a Overmars con Chendo y no nos lo creíamos. Quedaron campeones de Europa, no haciendo un fútbol como contra nosotros, pero sí muy llamativo. 

Te jubilaste en México, reeditando la Quinta en el Celaya con Butragueño y Hugo.

Me lo pidió Emilio. Creo que fue una buena bajada de la escalera. Seguía disfrutando, no al nivel competitivo que había en España y sobre todo en Madrid, pero fue una buena manera de desinflarme. A mis hijos, con ocho años que tenían, les vino bien para ponerse al día y ver otra cultura y otra manera de vivir. Estuvimos tremendamente a gusto allí. Me ofrecieron seguir dos años más, pero preferí trabajar en los medios. Sabía que me faltaba la adrenalina para competir y era mejor dejarlo. Pero metí 14 goles. 

Ese equipo desató pasiones.

Era una localidad de 500 000 habitantes, y en México eso es un pueblecito. Tener presencia en los medios era maravilloso para ellos. Se empezaron a televisar los partidos en aquella época. A nosotros nos trataban de forma increíble, muy familiar. Nos lavábamos la ropa en casa, recuerdo. La llevábamos en una bolsa, y nos limpiábamos las botas nosotros. Era lo que habíamos hecho siempre, desde que éramos chavales. Fue muy bonito y muy entrañable. 

En «Fiebre Maldini», dijiste, haciendo balance, que ni eras rápido ni tenías regate.

No…

Manejabas las dos piernas…

Eso sí.

Pero lo bueno habían sido los rematadores con los que jugaste.

Y una cosa que no tiene nada que ver con el juego: que tenía siempre ilusión. Para mí, ir a entrenar era una fiesta. Hacer que a lo que juegas con tus amigos en el barrio se convierta en tu profesión es algo idílico. Así me he sentido siempre. No me he levantado ni un día pensando que iba a trabajar, sino a jugar al fútbol. De hecho, mi profesión era jugar. 

¿Qué sentiste al ver a Manuel Sanchís levantar la Copa de Europa en 1998?

Sanchís no se podía ir y entregar el testigo sin ese reconocimiento, más allá de la alegría o la satisfacción. Recuerdo que al final del partido dijo que esa Copa también tenía que ver con nosotros. Fue una mentira piadosa, pero se la agradezco mucho. Él sabe cuánto nos hubiese gustado estar a su lado ese día. Aunque estuviéramos moral o anímicamente, no tiene nada que ver. El único que sintió el tacto fue él. 

Tú lo estabas retransmitiendo, y en el gol de Pedja Mijatovic dices, cuando va a tirar Roberto Carlos: «¡No, no tires!».

No era un tiro muy factible, mira cómo salió la jugada. Lo que más recuerdo es que el Madrid no llegó como favorito y eso le pudo permitir jugar con más relax. 

Tras el paso por TVE, te hiciste entrenador.

Empecé en el Rayo Vallecano, luego pasé al Castilla y fui director de la cantera hasta que dimití. 

En el Castilla estaban De la Red, Mata, Valero y Sergio Sánchez, nombres que llegaron lejos.

Nos dicen ahora que teníamos un equipazo, pero eran niños de dieciocho años. Tuvimos un mal competitivo, que es que descendimos, pero le fue bien a la generación, a los valores formativos de la cantera, porque vimos a esos chicos y los pusimos a jugar. Antes de llegar nosotros, no jugaba ninguno. 

Te fuiste quejándote de las intromisiones de Ramón Calderón.

Querían que la cantera fuese un escenario más que una fábrica. Ahí no conectábamos. Si quieres un buen deportista, tienes que darle una estricta formación humana, y eso no lo entendían. Preferían que jugase «el hijo de» a que pusiese a otro que se lo había trabajado y era de Móstoles o de Parla. Además, en esa época, cuando rebatías una idea, escuchabas dos cosas: «Aquí mando yo» y «Usted no sabe con quién está hablando». Me sonaba a otra época. Ahí sí sentí que cada mañana iba a trabajar, dejó de satisfacerme. 

Luego pasaron por ahí Zidane y Solari, y tuvieron ambos la oportunidad de coger al primer equipo.

Yo también estuve a punto. Un día me llamó el presidente para destituir a Capello, pero le contesté que esa no era la solución. Me dijo que estaba decidido en caso de perder en San Sebastián, y preguntaba si estaba preparado y capacitado para coger yo al primer equipo. Le contesté que se esperase al partido. El Madrid empató con un gol de Beckham a falta de dos minutos y eso impidió que yo fuese entrenador del Real Madrid. Curiosamente, ese año el Madrid fue campeón de liga. Sin embargo, querían echar a Capello. Para que veas los impulsos y la vehemencia de la gente que no es de fútbol. Los de dentro lo vemos de otra manera, con más naturalidad. 

En el Getafe, te llevaste a Parejo de la cantera del Madrid y lo clasificaste para la UEFA.

Entramos a falta de pocas jornadas y salvamos al equipo. Sustituimos a Granero, que tenía que volver al Madrid, por Parejo, y fichamos a Pedro León. Mantuvimos a Soldado, Del Moral, etc. Era prácticamente el mismo equipo, pasamos de quintos por la cola a clasificarnos para la UEFA. En la historia ha quedado como que Di Stefano iba a ver a Parejo a la Ciudad Deportiva, pero si iba a verlo es porque nosotros lo poníamos con dieciséis años. 

Has repetido durante toda la entrevista que te gustan los entrenadores poco intervencionistas. ¿Cómo contrasta esto con el Míchel entrenador en una época donde hay tantos sistemas y tácticas? Quique Sánchez Flores nos dijo que tenía no sé cuántos mil ejercicios para sus entrenamientos…

Todos los tenemos, pero yo soy un fiel creyente del futbolista, de la persona. Cuando llego a los sitios, intento empaparme de cómo es cada uno. Inicio una relación con cada jugador porque pienso que no se les puede tratar a todos igual. Y luego veo cómo juegan e intento desarrollar un estilo a partir de eso. Pero si me dice un entrenador cómo se hace para que un jugador se regatee a tres y la meta por la escuadra, me ceñiré a ese método. Soy meticuloso con el trabajo colectivo, pero es el jugador el que tiene que tener la responsabilidad y la iniciativa. Lo que más ayuda es que el jugador sea bueno. Cuando hablamos de un entrenador top como es Guardiola, si hubiera estado en el Getafe, en el Sevilla en el que estuve yo o en el Olympiacos, a ver qué hubiese ganado. 

Cuando llegaste al Sevilla y le metiste cinco al Betis, estaban contentos porque creían que había llegado ese espíritu del Madrid ochentero que pasaba por encima a los rivales, pero luego no salió bien.

Fue una época complicada en Sevilla. Había una gran inestabilidad social. Cuando acabó ese año, salieron 16 futbolistas y el presidente ingresó en prisión. Ganamos partidos, pero el ambiente estaba más centrado en los problemas del presidente. Suelo ir a equipos en depresión, más que en ebullición. 

Igual que en el Olympique que cogiste después de Bielsa.

Bielsa jugó dos y perdió los dos. Al llegar yo había fallecido el dueño, detrás de mí se marchó el presidente… Soy un rango de entrenador que no llega a los sitios donde hay éxito. Y al estar afiliado al Real Madrid moralmente, mucha gente ya no me ve en otros equipos, a veces solo por la región donde están. Lo tengo difícil, pero aún así disfruto. 

Has entrenado a tu hijo Adrián. Sus números muestran que ha rendido lo mismo contigo que sin ti. ¿Cómo has llevado esta situación, que ahora está de actualidad por lo que hace Zidane, que ha puesto de titular en algún partido a su hijo Luca?

La relación entre ambos casos no existe. Yo no he hecho debutar a mi hijo en un club como el Real Madrid. El caso de mi hijo ha sido como el de mi homosexualidad y mi paternidad fuera del matrimonio. Ni siquiera son capaces de reconocer a mi hijo, que lleva diez años como profesional y ha jugado con todos los entrenadores que ha tenido. Aparte, yo nunca lo he fichado. O estaba cuando yo he llegado, o la dirección deportiva lo había fichado antes de llegar yo, como ha pasado en Málaga. Mi conciencia está bastante tranquila. En el caso de Zidane, no veo al portero del Real Madrid como «el hijo de». Zidane le habrá visto las cualidades necesarias. No le veo poniendo a un jugador para no querer ganar. 

No te gusta en lo que se está convirtiendo el fútbol, has dicho alguna vez.

Ya no es presente continuo, ahora es en lo que se ha convertido. El negocio pasa por encima de todas las circunstancias. Se va demasiado rápido, a veces vertiginosamente. El rigor no existe. Ahora se lleva el periodismo de bufanda. Antes, las críticas y la investigación eran más voraces, pero ahora son de un equipo o de otro, y eso es lo que defienden o atacan. La objetividad del periodista ha disminuido. Además, algunos escriben en medios y luego les llevan las redes sociales a jugadores. De esa manera, su objetividad está un poco en entredicho. 

Tampoco hay respeto, hay demasiados intereses. Se ha perdido la esencia del deporte y el juego y se ha convertido en otra cosa. De hecho, cada vez quedan menos aficionados y hay más gente que va de visita a los estadios. No hay nada más nocivo que, en una acción de gol, ver a los espectadores con el teléfono. No me imagino estar viendo un partido en el campo a través del teléfono. Me llamó mucho la atención, en un partido de Champions en el Bernabéu al que fui hace poco —pagando mi entrada, por cierto—, que del 90 % que me rodeaba nadie era español. Me llamó muchísimo la atención, quizá porque soy un tío antiguo.

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8 Comentarios

  1. Debo decir que los años le han sentado muy bien a Michel, personalmente hablando. Como futbolista era algo soberbio. Como
    entrenador en el Sevilla después fue una persona humilde, que no tuvo suerte. Ahora tiene un discurso muy aceptable y realista.
    Me ha gustado leerle. Lástima que como entrenador sea cierto que está un poco señalado por su pasado madridista.

  2. El mejor de la Quinta sin discusión. Cerca de él Martín Vázquez, pero este último era mucho más irregular. El Buitre tenía el carisma y cuando estaba inspirado la armaba, pero se pasaba muchos muchos partidos -demasiados- completamente perdido. Sanchís podía haber dado más de sí pero le costaba mucho bajar a defender, y eso es casi imperdonable dada su posición en el campo. Míchel era imperial por su banda, con sus desmarques, con sus pases al milímetro, y además luchaba lo indecible. Me acuerdo perfectamente del detalle del árbitro el día del PSV. Míchel sintió perder aquello como nadie.

  3. Es curioso lo que habla de Vorgic y cómo ha cambiado el fútbol y sobre todo la preparación física prácticamente en todo deporte de pelota en Europa. La ruptura de Yugoslavia fue la ruptura de una manera de hacer que habían exportado y que realmente creó un tipo de juego que estaba muy lejos de la fantasía, pero que siempre se ha mostrado efectivo. Sin embargo, no ha perdurado en el tiempo.

  4. Menos mal que hay gente que se atreve a criticar al mal llamado «Dream Team» y dar otra visión sobre Cruyff. Efectivamente, el holandés llegó a la final de Mestalla contra el Madrid casi deshauciado, y si no llega a ser por el mal arbitraje, quizás se hubiera ido para casa. Por lo demás, su equipo jugaría muy bien, pero en los momentos decisivos tuvo suerte, no brillantez, y la champions se la ganó a 2 o 3 equpos de medio pelo(nada que ver con los rivales del Madrid de la quinta)y a uno bueno en la final. El verdadero Dream Team era un equipo que arrollaba a sus rivales, les ganaba por más de 30 puntos sin despeinarse. El Barsa de Guardiola fue un equipo histórico, el de Cruyff no. El Milán se lo demostró en el 94. Y el PSG en el 95. El Madrid mediocre de la época le ganó una supercopa, le eliminó de la copa, le ganó en liga…No, no fue un Dream Team.

  5. Martín Vázquez era el más técnico,Butragueño el mito,Sanchís el longevo,Pardeza el inteligente,pero para mí el q más rendimiento real dio de todos fue Michel.
    Sólo hay que ver sus estadísticas de goles y pases para darse cuenta lo jugadorazo que era.
    En todo caso era un equipo que daba gusto verlo jugar.

  6. Pues esa final la echaron en tdp estos días y la he visto…. y es algo parecido a la que le gano mourinho a guardiola: a los diez minutos ya tendría que estar con nueve el rma, pero bueno….. A los equipos que el fcb le gana la copa de europa son curiosamente losmismos que defiende michel en la entrevista equipos que han ganado sus ligas por cierto quien conocía al psv en el 88?

    En una de las ligas que le gana al rma con lo del tenerife de los últimos 30 putnos el fcb hace 29 y en la del deportivo lo mismo

    Para hablar tonterías…

  7. Yo creo que tiene razón en lo que dice sobre Cruyff: antes de él ya se hacía buen juego en España. Empezando, efectivamente, por el Real Madrid de Beenhakker. Y para algunos, como Ángel Cappa, el buen fútbol ya se veía incluso mucho antes, en concreto en 1964, cuando la selección española gana la Copa de Europa de Naciones con los Luis Suárez, Lapetra y compañía. Hablan de Cruyff como de alguien que arrojó luz en las tinieblas, y eso no es del todo cierto. Propuso tácticas innovadoras, eso sí. Pero no inventó el buen fútbol. Otra cosa es que muchos equipos españoles, durante los ochenta, optasen por un juego a la inglesa.

    Incluso en el propio Barcelona hay un antecedente de Cruyff: Laureano Ruiz. Que precisamente fue entrenador de Cruyff en el primer equipo. Luego se dedicó fundamentalmente al fútbol de cantera e hizo muchas cosas hechas por Cruyff bastante antes de Cruyff: el portero adelantado, como un portero líbero; las líneas adelantadas; la presión alta; los extremos desmarcándose de fuera hacia dentro; el delantero centro retrasado para hacer dudar a los centrales…

  8. Lo de la quinta del buitre fue un globo hinchado por la prensa de Madrid. Ni ganaron la copa de Europa ni fueron relevantes en la selección nacional. En España se salían porque el nivel del fútbol español de la época no daba para más, por mucho que diga era una liga menor, muy por debajo de la alemana o italiana.

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